viernes, 14 de marzo de 2014

Capitulo 66 ♥



Hunde el rostro en mi cuello y me restriega la nariz por él antes de

recostarse sobre la espalda. Levanta el brazo y yo me pego contra su torso

firme y cálido y apoyo la cara en sus pectorales. Estoy jodida. Totalmente

jodida.—

Me encantan estos polvos soñolientos —musito.

—No era un polvo soñoliento, nena. —Me aparta el pelo de la cara

con la mano libre.

¿Ah, no?

—Entonces ¿qué era?

Me besa la frente con ternura.

—Era un polvo para recuperar el tiempo perdido.

Vaya, uno nuevo.

—Entonces me gustan los polvos para recuperar el tiempo perdido.

—Pues no deberían gustarte tanto. No se darán muy a menudo.

Una puñalada de decepción me atraviesa el alma.

—¿Por qué no?

—Porque no vas a volver a huir de mí, señorita, y yo tampoco tengo

intenciones de alejarme de ti con mucha frecuencia. —Inhala el olor de mi

pelo—. Si es que llego a hacerlo alguna vez.

Sonrío para mis adentros y le paso una pierna por encima de los

muslos. Me agarra la rodilla y traza círculos sobre mi piel con el pulgar

mientras yo acaricio la superficie de su cicatriz. Necesito saber cómo se la

hizo. Nunca la ha mencionado, a excepción de la vez que me dijo que ni

siquiera preguntase, pero no es algo que pase desapercibido. Necesito saber

más sobre él.

—¿Cómo te la hiciste? —le pregunto mientras recorro la línea que

lleva hasta su costado.

Él coge aire como si estuviera harto.

—¿Cómo me hice qué, Paula? —Sus palabras lo dejan bastante claro.

No quiere hablar de ello.

—Nada —susurro en voz baja, y tomo nota mental de que no tengo

que volver a preguntárselo.

—¿Qué haces mañana? —pregunta para cambiar de tema por

completo.

—Es miércoles. Trabajo.

—Tómate el día libre.

—¿Qué? ¿Así, sin más?

Se encoge de hombros.

—Sí, me debes dos días.

Lo dice como si tal cosa. Él puede hacerlo, porque tiene su propio

negocio y no responde ante nadie. Pero yo, en cambio, tengo clientes, un

jefe y un montón de trabajo que hacer.

—Tengo mucho trabajo. Además, tú me abandonaste durante cuatro

días —le recuerdo.

Todavía no se ha explicado. ¿Lo hará ahora?

—Pues vente conmigo ahora. —Me abraza con un poco más de fuerza.

Al parecer hoy tampoco va a darme ninguna explicación.

—¿Adónde?

—He de regresar a La Mansión, tengo que comentar unas cosas con

John. Puedes cenar algo mientras me esperas.

¡Ni hablar! No pienso ir a La Mansión y no pienso esperarlo en el

restaurante mientras él trabaja. No me arriesgaré a toparme otra vez con

doña Morritos.

—Prefiero quedarme aquí. No quiero molestarte —digo con la

esperanza de que no insista. Otro encontronazo con la zorra retorcida y

entrometida de Sarah no sería precisamente la mejor manera de acabar el

día. ¿Qué le importa a ella lo que haga Pedro con su vida privada?

Me da la vuelta, me sujeta las muñecas una a cada lado de la cabeza y

se coloca sobre mí.

—Tú jamás me molestarás. —Aproxima los labios a mis pechos y

empieza a besarme el pezón—. Te vienes.

La protuberancia aumenta de tamaño bajo su lengua suave y juguetona

y se me agita la respiración.

—Te veré mañana —digo entre jadeos.

Me aprisiona el pezón suavemente entre los dientes y me mira con

una sonrisa malévola.

—Hummm. ¿Necesitas un polvo para hacerte entrar en razón? —

sugiere, y se mete mi pecho en la boca.

Ni hablar. Acepto el polvo, pero no pienso ir a La Mansión. Aunque,

si empieza a follarme para hacerme entrar en razón, estoy jodida de más de

una manera. Es capaz de hacerme decir lo que sea. Bueno, en realidad eso

lo consigue en cualquier momento, pero sobre todo durante ese tipo de

polvos.

Oigo que se abre la puerta de casa y las risas de Kate y Sam mientras

suben por la escalera. Miro a Pedro, que sigue aferrado a mi pezón, y la

frustración que le invade el rostro me complace en secreto. Los polvos para

hacerme entrar en razón siempre serán bien recibidos, pero su objetivo en

esta ocasión en particular no tiene ningún sentido. ¿Por qué iba a querer

exponerme a otra disputa verbal con Sarah?

Él resopla de modo pueril y me suelta el pezón.

—Supongo que te será imposible no hacer ruido mientras te follo para

hacerte entrar en razón.

Enarco las cejas. Sabe que eso es imposible.

—Joder —refunfuña, y se levanta no sin antes restregarme la rodilla

entre las piernas, sobre mi sexo húmedo. La fricción hace que desee tenerlo

de nuevo encima de mí. No quiero que se vaya. Se inclina y me besa con

pasión e intensidad—. Tengo que irme. Cuando te llame mañana, cogerás

el teléfono.

—Lo haré —confirmo obedientemente, por la cuenta que me trae.

Sonríe con malicia y me pellizca la cadera. Chillo como una niña

pequeña y me pongo boca abajo. Entonces siento el aguijonazo de su mano

al chocar contra mi trasero.

—¡Ay!

—El sarcasmo no te pega, señorita. —La cama se mueve cuando se

levanta.

Cuando me doy la vuelta, ya tiene la camisa puesta y está

abrochándose los botones.

—¿Estará Sarah en La Mansión? —suelto antes de que mi cerebro

filtre la estúpida pregunta.

Él se detiene un momento, recoge los calzoncillos del suelo y se los

pone.

—Eso espero, trabaja para mí.

«¿Qué?»

—Me dijiste que era una amiga —repongo indignada, y me regaño a

mí misma por ello.

Frunce el ceño.

—Sí, es una amiga y trabaja para mí.

Genial. Me levanto de la cama y recojo mi camiseta de tirantes y mis

pantalones cortos. Por eso siempre está revoloteando por allí. ¿Debería

contarle lo de su advertencia? No, probablemente no haría caso de mis

celos inmaduros e insignificantes. Joder, qué asco me da esa mujer. Me

pongo la ropa y me vuelvo. Pedro se está colocando la chaqueta y me

observa con aire pensativo. ¿Sabe lo que estoy pensando?

—¿No vas a ponerte nada más? —pregunta mientras me analiza de

arriba abajo.

Le echo un vistazo a mi conjunto y vuelvo a mirarlo a él. Tiene las

cejas levantadas.

—Estoy en casa.

—Sí, y Sam está aquí.

—A Sam no parece importarle pasearse en calzoncillos por mi casa.

Al menos yo voy tapada.

—Sam es un exhibicionista —gruñe. Se acerca a mi armario y busca

entre las perchas—. Toma, ponte esto. —Me pasa un jersey de lana

gordísimo de color crema.

—¡No! —exclamo indignada. ¡Paso de morirme de calor!

Me lo acerca y lo agita delante de mí.

—¡Póntelo!

—No. —Mi respuesta es lenta y concisa.

No va a decirme lo que tengo que ponerme, y menos en mi propia

casa. Le quito el jersey de las manos y lo tiro sobre la cama. Él sigue su

trayecto en el aire con la mirada. Lo observa, tirado sobre el edredón, y

después vuelve a mirarme. Empieza a morderse el labio inferior con

fuerza. —Tres —masculla.

Abro los ojos como platos.

—¿Estás de coña?

No me responde.

—Dos.

Todavía no sé qué pasa cuando llega a cero, pero creo que esta vez

voy a descubrirlo.

—No voy a ponerme el jersey.

—Uno. —Sus labios forman una línea recta de enfado.

—Haz lo que quieras, Pedro. No voy a ponerme ese jersey.

Frunce el ceño.

—Cero.

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