domingo, 9 de marzo de 2014

Capitulo 45 ♥



Entro prácticamente a rastras por la puerta principal, agotada y exhausta.

Kate está en la cocina fumándose un cigarrillo en la ventana.

—Tienes que dejar esa mierda —le digo con desprecio.

No fuma mucho, sólo un par de vez en cuando, pero es un mal hábito

de todas formas.

Le da una última calada y lo tira por la ventana antes de bajarse

rápidamente de la encimera.

—Me ayuda a pensar —se defiende.

Sí, siempre que la pillo fumándose un cigarro a escondidas me viene

con el mismo cuento. Ahora se supone que debería preguntarle en qué está

pensando, pero ya sé la respuesta a la pregunta.

—¿Y el vino?

Me quita el bolso de las manos, lo abre del todo y me mira con

disgusto. He cometido un pecado capital: se me ha olvidado el vino.

Me encojo de hombros. Tenía la cabeza en otras cosas.

—Lo siento.

—Voy a la tienda, tú cámbiate. ¿Te apetece cenar fish and chips?

Coge el monedero de la mesa mientras mete los pies en las chanclas.

—Sólo patatas.

Recorro el pasillo hasta mi habitación. Estoy completamente

desanimada.

Me siento con Kate en el sofá y picoteo patatas fritas de mi plato. No

tengo nada de hambre y apenas presto atención a la reposición de

«Friends». Tengo la cabeza hecha un lío y estoy furiosa conmigo misma

por permitirlo.

—Venga, escúpelo —me exige Kate.

Vuelvo la cabeza hacia mi temperamental amiga con una patata frita a

medio camino de la boca. Soy una idiota por pensar que iba a poder

disfrutar en paz de mi taciturno estado de ánimo. Me encojo de hombros

para indicarle que no estoy de humor para hablar, me meto la patata en la

boca y la mastico sin ganas. Hablar de ello sería como admitir que estoy

así por eso, y por «eso» me refiero a un hombre.

—Él te gusta.

Pues sí. Me gusta. Y no quiero que me guste, pero así es.

—Sólo me traerá problemas. Ya lo has visto hoy —refunfuño.

En un alarde de dramatismo, pone los ojos en blanco y se deja caer

sobre el respaldo del sofá.

—Lo has dejado plantado por tu ex novio. —Deposita el plato en la

mesita de café que tenemos delante del sofá—. Paula, ¿qué esperabas?

La miro con el ceño fruncido.

—Él no sabe por qué lo he dejado plantado. Sólo sabe que no he

aparecido.

—Bueno, entonces está claro que no le gusta que lo dejen plantado —

ríe—. Por cierto, estoy muy cabreada contigo.

De repente se pone muy seria.

¿Qué he hecho? Ah, ya. Debe de referirse a mi pequeña bomba sobre

Dan.

—¿Preferías que no te dijera nada? —le pregunto.

—¡No me has avisado con bastante tiempo para que pueda irme de la

ciudad! —gime.

¡Ay, madre, cuánto drama!

—¡Estás haciendo una montaña de un grano de arena! No tienes por

qué verlo.

—No, claro que no. ¡Y no pienso hacerlo!

—Pues entonces perfecto, ¿no?

Intento cambiar de tema.

—¿Qué tal con Sam? —Arqueo las cejas.

—¿A que está buenísimo? Pedro volvió al bar, con cara de pocos

amigos por cierto, así que los dejé allí. Me ha pedido el teléfono.

—¡Eres un putón, Kate!

—¡Ya lo sé! —chilla—. ¿Y cómo ha quedado la cosa con el señor?

Me observa con prudencia, evaluando mi reacción a su pregunta.

—Seguía enfadado conmigo y se largó cabreadísimo —contesto al

tiempo que me encojo de hombros.

Kate sonríe.

—Es un poquito intenso.

Me echo a reír.

—¿Un poquito? ¡Soy incapaz de pensar con claridad cuando lo tengo

cerca! Cuando me toca es como si se hiciera con el control de mi mente y

mi cuerpo. Da miedo.

—¡Joder!

—Eso digo yo, ¡joder!

Se vuelve de nuevo hacia el televisor.

—Me gusta —dice en voz baja como si le diera miedo admitirlo,

como si fuera malo que le gustase—. Sólo lo comento para que lo sepas. —

Se encoge de hombros pero no me mira—. Es rico, está super bueno y es

evidente que le gustas mucho. Un hombre no se comporta así si lo único

que busca es un polvo, Paula.

Puede que tengas razón, pero eso no cambia el hecho de que se ha

esfumado y no ha vuelto a llamarme desde entonces. Y quizá sea lo mejor.

—¿Te apetece que salgamos de fiesta el sábado? —le pregunto.

Es una pregunta estúpida porque conozco perfectamente la respuesta.

Me mira con cara de pilla y yo le sonrío.

Al día siguiente, llego tranquilamente al hotel Royal Park a las doce y

cuarto lista para reunirme con Mikael Van Der Haus. Me acompañan hasta

una sala de espera acogedora con unos sillones muy caros. Los cuadros que

decoran las paredes tienen los marcos dorados y una chimenea tallada

preside la habitación. Es majestuosa. Me ofrecen té, pero prefiero beber

agua. Hace muchísimo calor y el vestido negro de tubo se me está pegando

al cuerpo.

Veinte minutos después, el señor Van Der Haus hace su aparición con

un aspecto impecable. Es muy atractivo. Me sonríe sin reparos con su

perfecta dentadura blanca. ¿Qué me pasa últimamente con los hombres

mayores? Bloqueo a toda prisa esos pensamientos.

—Paula, por favor, acepta mis disculpas. Detesto hacer esperar a una

dama. 


Su suave acento danés es casi imperceptible pero muy sexy.

«¡Para!» Me levanto cuando se acerca a mí y le tiendo la mano con

una sonrisa. Él la estrecha, pero me deja estupefacta cuando se inclina y

me besa en la mejilla. Vale, ha estado un poco fuera de lugar, pero voy a

pasarlo por alto. Puede que sea algo normal en Dinamarca. ¡Ja! Será mejor

que no me olvide de lo que pasó la última vez que un cliente varón me besó

en nuestra primera reunión.

—No se preocupe, señor Van Der Haus. He llegado hace poco —lo

tranquilizo.

—Paula, éste es nuestro segundo proyecto juntos. Sé que has tratado

con mi socio en el Lusso, pero yo voy a involucrarme mucho más en la

Torre Vida, así que, por favor, llámame Mikael. Detesto las formalidades.

—Toma asiento en el sofá que tengo delante y cruza las largas piernas—.

Estoy deseando contrastar ideas contigo pronto.

¿Eh? ¿Es que acaso no he venido para eso?

—Sí, la verdad es que no he tenido ocasión de estudiar el proyecto

todavía. Esperaba que me dieras la información y una semana para poder

exponerte algunas ideas.

—¡Por supuesto! —Ríe—. He sido muy descortés al hacerte venir

avisándote con tan poco tiempo, pero vuelvo a Dinamarca el viernes.

Tengo tu dirección de correo electrónico. Te enviaré los detalles. Has

hecho un trabajo fantástico en el Lusso. Es muy tranquilizador colaborar

con gente competente.

Me sonríe.

¿No va a darme ninguna especificación ahora? Pero si he venido a eso,

¿no?

—Si te parece, podemos hablarlo ahora un poco —le propongo.

Me observa en silencio durante un momento antes de inclinarse hacia

adelante.

—Paula, espero que no pienses que soy demasiado atrevido, pero,

verás... ¿Cómo expresarlo? —Se da golpecitos con los dedos en la barbilla.

Estoy un poco preocupada—. Me temo que te he traído hasta aquí con

falsos pretextos.

Ríe nerviosamente y se revuelve en su asiento.

—¿Qué quieres decir? —pregunto confundida.

Y de repente lo entiendo todo. «¡Ay, no! ¡No, no, no!» Me echo hacia

atrás en mi asiento, con el cuerpo tenso de los pies a la cabeza, y ruego al

Todopoderoso que le infunda un poco de cordura antes de que diga lo que

creo que va a decir.

—Quería pedirte que cenaras conmigo. —Me mira expectante y

seguro que advierte mi cara de horror. Estoy más roja que un tomate—.

Mañana por la noche, si te parece bien, claro —añade.

No hay comentarios:

Publicar un comentario