lunes, 10 de marzo de 2014

Capitulo 49 ♥



—¡No la toques! —le ruge Pedro al pobre y estupefacto Petulante.

Lo ha cogido por sorpresa. Me siento mal; sólo estaba probando

suerte. Podía apañármelas yo sola. ¿De dónde ha salido? Justo lo que

necesitaba en mi noche de fiesta y supuestamente libre de hombres

arrogantes. Me ha tenido cuatro días preguntándome de qué iba el asunto y

ahora aparece, de repente, como un toro salvaje. ¿Aún le dura el cabreo del

martes?

—Lo siento, tío. No pretendía ofender. Tu novia y yo sólo estábamos

charlando, sin más —explica Petulante muerto de miedo.

«¿Novia? ¡Vaya!» Me gustaría decirle al pobre muchacho que el

maníaco que lo está agarrando de la garganta ni siquiera es mi novio pero,

viendo el humor de Pedro, decido no arriesgarme a empeorar las cosas.

—Pedro, suéltalo, no estaba haciendo nada.

Petulante me mira agradecido. Sabe que no es del todo cierto. Unos

segundos más, y estoy convencida de que habría acabado tirándole la copa

encima. Acaricio el brazo a Pedro con suavidad en un intento de

tranquilizarlo e ignoro su cálida dureza. Parece estar a punto de estallar de

furia. Estoy cabreada. ¿Cómo se atreve a presentarse aquí y fastidiar mi

noche de superación?

—¿Qué está pasando? —pregunta Kate a mi lado.

—Nada —respondo tajantemente—. Pedro, suéltalo.

No parece escucharme. ¿Qué se supone que tengo que hacer ahora? No

quiero verlo. Ya empiezo a perder la razón y ni siquiera me ha mirado

todavía. Tampoco puedo largarme y dejar que el pobre Petulante soporte la

ira injustificada de Pedro. ¿Dónde coño se ha metido los últimos cuatro

días?

Me siento tremendamente aliviada cuando Sam aparece en escena.

—Sam, por favor, tranquiliza al gilipollas de tu amigo. —Me vuelvo

hacia Kate—. Vamos.

Los ojos de mi amiga se iluminan como un festival de fuegos

artificiales con la inesperada llegada de Sam, que intenta convencer a Pedro

de que libere la garganta de Petulante mientras yo me marcho con Kate a la

pista de baile.

—¿A qué ha venido eso? —pregunta.

—Olvídalo. ¿Qué ha pasado con Greg?

—Era un capullo. Venga, vamos a bailar.

Tom y Victoria nos reciben agitando los brazos en la pista de baile. La

aparición de Pedro me ha pillado desprevenida. ¿Es una coincidencia o

sabía que estaría aquí? ¿Cómo iba a saberlo? Me lo estaba pasando genial y

llevaba ya por lo menos una hora sin pensar en él, lo cual era todo un

récord comparado con los últimos cuatro días. ¡Joder!

Aparto a Pedro de mi mente y dejo que The Source y Candi Staton me

trasladen a un lugar mejor. Me encanta esta canción.

Tras media hora y un montón de canciones fantásticas, sigo sin saber

nada de Pedro. Sam debe de habérselo llevado, o tal vez lo hayan echado los

porteros. Da igual, el caso es que soy libre de continuar con la gran noche

que estaba teniendo antes de que él apareciera. Le indico a Kate que voy al

baño y sonrío cuando ella me responde con un meneo y echándose a reír.

Cuando salgo del cubículo, busco el carmín nude en el bolso para

retocarme el maquillaje. Miro el teléfono y veo que tengo diez llamadas

perdidas de Pedro. ¿Qué? Está furioso. Pero ¿por qué cojones lo está? Toda

la aflicción que sentía por su ausencia se ha extinguido debido a su

comportamiento irracional. ¿Quién se cree que es? Paso de comerme la

cabeza con esto. Borro las llamadas y vuelvo a la pista justo cuando los

demás van de camino a la barra.

—¡Necesito beber! —dice Tom mientras se agarra la garganta de

manera exagerada como síntoma de su tremenda sed.

Le toca pagar a Victoria. Mientras espero a que le sirvan la ronda, me

inunda la ansiedad. Él está aquí. Lo sé.

Mi compañera me pasa la copa y abre la boca exageradamente.

—¡Qué fuerte!

Cojo el vino.

—¿El qué?

—Ese tío es el del Starbucks, el de la historia que les conté —explica,

y lo señala con la cabeza por encima de mi hombro—. Está ahí. les dije que

estaba bueno.

Me vuelvo y veo que se refiere a Sam. Pero eso no es lo que más me

llama la atención. Todos y cada uno de los vellos del cuello se erizan

cuando veo a Pedro apoyado en la misma columna contra la que ha

aplastado al pobre Petulante hace menos de una hora. Me fulmina con su

mirada severa. Sam y el otro chico de La Mansión, Drew, están ocupados

charlando y bebiendo. Pedro no participa en la conversación. No, está

inmóvil, igual de cabreado que antes y perforándome con la mirada. De

repente me viene a la mente la información que nos dio Victoria.

Me vuelvo hacia ella.

—¿Qué pasó?

Ella parece confundida. Entrega las bebidas a Kate y a Tom, que las

cogen rápidamente y regresan a la pista.

—¿Qué pasó dónde? —pregunta con el ceño fruncido.

Pongo los ojos en blanco. A veces parece lela.

—En Starbucks. ¿Qué pasó?

—Ah. —Vuelve a centrarse—. La tía entró, empezó a dar voces y le

tiró un café encima al pobre muchacho.

—¿Y él qué dijo?

—Ya no me acuerdo. Ella le gritó que era un egoísta y un mentiroso

que la había engañado o no sé qué —responde con indiferencia. ¿Sam tiene

novia? Tengo que decírselo a Kate, porque parece que le gusta bastante—.

Oye, está con el tío que te sacó de la oficina.

—Sí, no digas nada, ¿vale?

Frunce el ceño.

—¿De qué?

—De lo del café. Y ya que estamos, ni una palabra a Patrick sobre la

escena de la oficina del otro día.

Se encoge de hombros.

—Como quieras. ¡Me encanta está canción, Paula! ¡Vamos!

Victoria se pierde bailando entre la multitud, pero yo soy incapaz de

moverme. Siento su mirada clavada en mi espalda. Sé que debería

marcharme, pero el efecto magnético que ejerce sobre mí hace que me

vuelva hacia él. Tiene el móvil en la mano y lo sacude en el aire como

indicándome que mire el mío. No sé por qué, pero lo hago. Saco el teléfono

del bolso y, como era de esperar, su nombre ilumina la pantalla. Alzo la

vista y veo que se lleva el teléfono a la oreja. Quiere que conteste.

La música del local está a todo volumen, pero pasa a un segundo

plano y se reduce a un zumbido; el barullo de risas y voces disminuye

hasta transformarse en un murmullo a mi alrededor. Sus ojos me absorben.

Soy incapaz de moverme. Mis sentidos son presa de la presencia de Pedro Alfonso y, al verlo, me viene a la cabeza el recuerdo de su voz, de su olor, de

su tacto. El tremendo poder que tiene sobre mí actúa de abogado del diablo

con mi inteligencia. Mi corazón palpita salvajemente y siento sus latidos

irregulares en los oídos.

Se aparta el teléfono del oído, lo baja y sacude la cabeza. Empieza a

caminar hacia mí. Sam mira en mi dirección al ver que Pedro abandona el

grupo. Drew también se vuelve. Ambos parecen incómodos al ver el

evidente destino de su amigo.

Recobro momentáneamente los sentidos cuando veo que Sam lo

agarra del brazo para detenerlo, pero Pedro se libra de él de un empujón. La

música y la actividad regresan a mi conciencia y rezo para que mis piernas

escuchen a la parte sensata de mi cerebro y salgan pitando de aquí antes de

que la parte idiota me permita caer presa de su magnetismo físico de

nuevo. Dejo la copa en la barra y empiezo a moverme. Corro entre la gente

y la aparto de mi camino a empujones; me encamino hacia la seguridad de

los baños. No debo establecer ningún contacto con él. Es más que

peligroso. Esta noche ha dejado bien claro por qué debo huir de él como de

la peste.

Cierro la puerta del cubículo y me peleo con el pestillo mientras él

empuja desde el otro lado para anular mis intentos de mantenerlo alejado

de mí. La adrenalina me inunda. Durante un instante me parece que he

conseguido bloquearle el acceso porque la resistencia al otro lado cesa,

pero no lo suficiente como para que me dé tiempo a correr el pestillo del

todo.

—Paula, o sales o entro yo. No quiero hacerte daño, pero si no dejas de

rehuirme derribaré la puta puerta —dice con la respiración agitada.

Apoyo la espalda contra la puerta e intento llenarme los pulmones de

aire. Miro a mi alrededor. No tengo escapatoria. Pensaba que sería seguro

entrar en el baño de mujeres. No puedo mirarlo. Volveré a caer si me toca.

¡No quiero estar en esta mierda de situación! ¿Cómo coño me he metido en

esto? Doy un brinco cuando el puñetazo que golpea la puerta resuena a

través de mí.

—¡Maldita sea, Paula! —¡Pum!—. Paula, por favor.

Me estremezco con cada uno de sus golpes. Estoy jodida.

—¡Vete, por favor! —grito.

Su puño impacta de nuevo contra la puerta.

—Ni hablar. ¡Paula!

Tengo que largarme de aquí. No podrá retenerme en un lugar tan

público. Tengo que marcharme. Tengo que acabar con esto... y con él. Se

hace el silencio. Contengo la respiración. ¿Se ha ido? 

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