mezclada con un poco de satisfacción y yo preguntándome qué coño va a
hacer ahora que ha llegado a cero.
Inspecciono la habitación en busca de una vía de escape, pero sólo hay
una, y tengo que esquivar a Pedro para llegar hasta ella. Es decir, que es
imposible.
Sacude la cabeza, exhala una larga bocanada de aire y echa a andar
hacia mí. Yo trato de saltar por encima de la cama para escapar, pero
quedo atrapada en el revoltijo de sábanas y chillo cuando siento que me
agarra del tobillo con una mano cálida y tira de mí.
—¡Pedro! —grito. Me da la vuelta y se me pone encima, cogiéndome
las manos por debajo de sus rodillas—. ¡Suéltame! —Me aparto el pelo de
la cara de un soplido y me lo encuentro mirándome con una expresión de
absoluta seriedad.
—Vamos a dejar una cosa clara. —Se quita la chaqueta, la tira sobre
la cama y coge el jersey—. Si haces lo que te mando, nuestra vida será
mucho más sencilla. Todo esto... —me pasa las manos por el torso y me
agarra los pezones por encima de la camiseta. Yo gimo—... es sólo para
mí. —Echa las manos hacia atrás y me hunde un dedo en el hueco que se
me forma encima de la cadera.
—¡NO! —grito—. ¡No, por favor! —Empiezo a reírme. Madre mía,
¡voy a mearme encima!
Continúa con su tortura y yo empiezo a retorcerme con violencia. No
puedo respirar. Entre la risa y el llanto, mi vejiga amenaza con estallar.
—¡Pedro, necesito ir al baño! —digo medio riendo medio llorando. No
puedo pensar en nada más que en el agonizante sufrimiento al que me está
sometiendo, el muy capullo. Y todo porque no he querido ponerme un
estúpido jersey.
—Eso está mejor —lo oigo decir entre mis frenéticas sacudidas. Me
aparta el pelo de la cara y pega sus labios contra los míos con fuerza—.
Podrías habernos ahorrado a los dos muchos problemas si te hubieses...
puesto... el puto... jersey.
Lo miro y frunzo el ceño mientras él aparta su peso de mí y vuelve a
ponerse la chaqueta. Yo me siento y descubro que llevo puesto el maldito
jersey. ¿Cómo lo ha hecho? Lo miro con todo el odio del mundo. Él me
observa atentamente, sin una pizca de humor en el rostro.
—Voy a quitármelo —espeto.
—De eso nada —me garantiza, y probablemente tenga razón.
Me levanto de la cama y me voy al baño con el ridículo jersey de lana
puesto.—
Eres un auténtico gilipollas —mascullo, y cierro la puerta de un
golpe. Voy a hacer pis y tomo otra nota mental: no volver a dejar que llegue
al cero. Acabo de vivir mi peor pesadilla. Me froto las caderas y noto que
la piel sensible de encima de los huesos todavía me hormiguea.
Cuando termino, Pedro está en la cocina con Sam y Kate. Ambos se
fijan en que llevo puesto un jersey. Me encojo de hombros y me sirvo otra
copa de vino.
—¿Habéis hecho las paces? —pregunta Kate al tiempo que se sienta
sobre las piernas de Sam. Él las abre y mi amiga cae en el hueco del medio
dando un chillido. Le da una bofetada cariñosa y vuelve a mirarme
esperando una respuesta.
—No —mascullo, y miro a Pedro con rencor—. Y por si te preguntas
quién ha hecho un agujero en la puerta de la cocina, no hace falta que
busques muy lejos. —Señalo a Pedro con la copa—. Y también ha sido él el
que ha roto tu copa de vino —añado como la chivata patética que soy.
Pedro se lleva las manos a los bolsillos, saca un montón de billetes de
veinte libras y los planta encima de la mesa delante de Kate.
—Si es más, dímelo —dice sin apartar la vista de mí. Escudriño la
mesa. Debe de haber dejado al menos quinientas libras ahí. Y me he dado
cuenta de que el muy arrogante ni siquiera se ha disculpado.
Kate se encoge de hombros y coge el dinero.
—Con esto bastará.
Pedro vuelve a meterse las manos en los bolsillos, se acerca a mí y se
inclina hasta que su cara queda a la altura de la mía.
—Me gusta tu jersey.
—Vete a la mierda —le suelto, y doy un buen trago de vino.
Él se ríe y me da un beso en la nariz.
—Esa boca —me regaña. Me agarra por la nuca, me recoge todo el
pelo en un puño y tira de mí hasta que quedamos nariz con nariz—. No
bebas mucho —ordena, y después me besa apasionadamente. Intento
resistirme... un poco.
Cuando sus labios me liberan y recupero el sentido, carraspeo y doy
otro trago.
Sacude la cabeza, inhala profundamente y se aleja de mí.
—Mi trabajo aquí ha concluido —dice con suficiencia mientras se
marcha.
—Adiós —canturrea Kate entre risas. La fulmino con la mirada.
—Colega. —Sam le estrecha la mano con una sonrisa—. Paula, sólo te
está dando amor.
—¡Que se lo meta por el culo! —exclamo.
Dejo mi copa de vino, cojo el móvil y salgo echando humo de la
cocina en dirección a mi habitación. Este hombre es imposible. Sam y Kate
empiezan a reír y yo me echo sobre la cama con el jersey puesto.
Finjo que mi único motivo para estar cabreada es que Pedro me haya
obligado a ponerme un jersey. El hecho de que se dirija a La Mansión y de
que cierta bruja de labios gordos vaya a estar allí no tiene nada que ver con
mi mal humor. Nada en absoluto.
Cuando estoy a punto de dormirme, en mi teléfono empieza a sonar
This is the One, de The Stone Roses. Pongo los ojos en blanco y estiro el
brazo para cogerlo de la mesita de noche. Este hombre tiene que aprender a
respetar mi teléfono.
—¿Qué? —ladro.
—¿Con quién te crees que estás hablando, señorita?
—¡Con un auténtico gilipollas!
—Haré como que no he oído eso. ¿Aún tienes el jersey puesto?
Quiero decirle que no.
—Sí —farfullo. ¿Vendrá a torturarme más si digo que no?—. ¿Has
llamado para preguntarme eso?
—No, quería oír tu voz —dice con dulzura—.
Me derrito con un suspiro. Puede ser dominante, mandón e irracional
y al momento transformarse en un ser sentimentaloide y encantador.
—Has vuelto a manipular mi teléfono —lo acuso.
—Es que si llamo y lo tienes en silencio no vas a oírlo, ¿verdad?
—No, pero ¿cómo sabes que estaba en silencio? —pregunto, aunque
ya sé la respuesta. Tengo que bloquearlo con un código PIN—. Bueno, da
igual, es de mala educación coger el teléfono de los demás. Y, por cierto,
tienes que disculparte con Sally.
—Lo siento. ¿Quién es Sally?
—No lo sientes. Sally es la pobre chica de mi oficina a la que
agrediste verbalmente.
—Ah, no te preocupes por eso. Que sueñes conmigo.
Sonrío.
—Lo haré. Buenas noches.
—Ah, Paula...
—¿Qué?
—Tú eres «la definitiva», nena.
Me cuelga y el corazón se me sale del pecho. ¿A qué se refiere con «la
definitiva»? ¿Quiere decir lo que creo que quiere decir? Empiezo a
morderme la uña del pulgar y me quedo medio dormida pensando en su
comentario codificado.
¿Soy yo «la definitiva»?
¿Es él «el definitivo»?
Joder. Deseo con todas mis fuerzas que lo sea.
GRACIAS POR LEER!♥
Me encanta Pedro jajajajaj ¡ es un loco
ResponderEliminarMe encantaron los capítulos!! Es de lo peor Pedro, jaja. Está enamorado, cuándo se lo va a decir a Paula? @AmorPyPybb
ResponderEliminarwow buenísimo,me encanto!!!
ResponderEliminarEspectaculares los 3 caps!!!!! Son re locos los 2 jaja.
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