jueves, 27 de marzo de 2014
Capitulo 105 ♥
Al divisar el Lusso empiezo a hiperventilar. El apremiante deseo de abrir
la puerta y saltar del coche en marcha de Sam es difícil de resistir. Él me
observa con una expresión de ansiedad evidente en su precioso rostro,
como si intuyera mi intención de salir huyendo.
Cuando aparcamos frente a las puertas, Sam rodea el vehículo, me
agarra con fuerza del brazo y nos encaminamos hacia la entrada de
peatones, donde Drew nos espera.
Va tan elegante como siempre, con traje y botas y el pelo negro
perfectamente arreglado, pero su presencia ya no me incomoda. No
obstante, sí me sorprendo al ver que toma el relevo de Sam y me sujeta.
Tira de mí hacia él y me estrecha con fuerza. Éste es el primer contacto
físico que he tenido con él. Afirmar que era distante conmigo sería
quedarme muy corta.
—Paula, gracias por venir —dice mientras me sostiene pegada contra
sí.
No respondo nada porque no sé qué decir. Están muy preocupados por
Pedro, y ahora me siento culpable e incluso más nerviosa todavía. Me
suelta y me regala una leve sonrisa para darme seguridad, aunque no lo
consigue.
Sam señala la carretera.
—Ahí viene el grandullón.
Nos volvemos y vemos cómo John llega en su Range Rover negro y
derrapa hasta detenerse bruscamente tras el coche de Sam. Saca su
inmenso cuerpo del vehículo, se quita las gafas de sol envolventes y nos
saluda con la cabeza sin decir palabra, como hace siempre. Joder, parece
cabreado. Apenas le había visto los ojos hasta ahora, siempre los lleva
ocultos bajo esas lentes oscuras, incluso de noche o en interiores, pero hace
sol, así que no entiendo por qué se las ha quitado. Tal vez quiera que todo
el mundo sepa lo enfadado que está. Y funciona. Da miedo.
Respiro hondo e introduzco el código de la puerta para que puedan
pasar. Me gustaría no tener que seguir. Drew me insta a abrir el camino
con un gesto, él siempre tan caballeroso, así que hago de tripas corazón y
comienzo a avanzar en silencio por el aparcamiento. Veo el coche de Pedro
y advierto que todavía tiene la ventanilla rota. El corazón me da un vuelco.
Entramos en el vestíbulo de mármol del Lusso en silencio, excepto por el
sonido de nuestras pisadas. En mi estómago empieza a formarse un nudo y
se me acelera la respiración. Han pasado tantas cosas en este sitio. Fue mi
primer gran logro en cuestiones de diseño. Mi primer encuentro sexual con Pedro tuvo lugar aquí, y también el último. Todo empezó y acabó en este
lugar. Clive levanta la vista de su gran mostrador de mármol curvo
conforme nos acercamos y nos mira con una evidente expresión de
cansancio.
—Hola, Clive —digo con una sonrisa forzada.
Me mira primero a mí, y después a los tres seres imponentes que me
acompañan antes de volver a centrarse en mi persona.
—Hola, Paula. ¿Cómo estás?
—Bien —miento. De bien, nada—. ¿Y tú?
—Bien, bien. —Está receloso, sin duda tras haber tenido algún
encontronazo con los tres hombres que me escoltan, y a juzgar por la
frialdad con la que me ha recibido, no fueron muy agradables.
—Clive, te estaría muy agradecida si nos dejaras subir al ático para
comprobar cómo se encuentra Pedro —digo tratando de imprimir confianza
a mi voz, a pesar de no sentirla. El corazón se me acelera más y más a cada
segundo que pasa.
—Paula, ya les he dicho a tus amigos, aquí presentes, que podría perder
mi trabajo si los dejo subir. —Vuelve a mirar a los chicos con cautela.
—Lo sé, Clive, pero están preocupados —repongo en un tono neutro
—. Sólo quieren ver si Pedro está bien, y luego se marcharán —añado con
gentileza, sabiendo que Drew, Sam y John lo son todo menos gentiles.
—Paula, he subido, he llamado a la puerta del señor Alfonso y no he
obtenido respuesta. Hemos comprobado algunas grabaciones de la cámara
de seguridad y no lo he visto salir ni entrar en ninguno de mis turnos. El
personal de seguridad no puede comprobar cinco días de grabaciones
continuas. Ya se lo he dicho a tus amigos. Si los dejara subir estaría
poniendo en riesgo mi puesto de trabajo.
Me sorprende el cambio repentino que ha sufrido Clive en cuestiones
de etiqueta de conserjería. Si hubiese sido así de profesional y testarudo
cuando vine a ver a Pedro el domingo, quizá no habría sucedido aquel
altercado. Pero entonces todavía sería felizmente ajena a su problemilla.
Sam se pega a mi espalda.
—¡Déjanos subir, joder! —grita por encima de mi hombro.
Me estremezco ligeramente, aunque entiendo su desazón. Yo también
me siento bastante frustrada. Sólo quiero que Clive los deje pasar y así
poder marcharme. Tengo la sensación de que las paredes se me caen
encima. Veo a Pedro recorriendo el suelo de mármol conmigo en brazos.
Todas las imágenes que inundan mi mente parecen más claras ahora que
estoy aquí.
Me vuelvo y veo cómo John apoya la mano en el hombro de Sam con
cara de pocos amigos. Es su forma de decirle que se calme. No quería tener
que recurrir a eso, pero no podrán controlar su temperamento mucho más
tiempo.
—Clive, no quiero tener que chantajearte —digo con firmeza
volviéndome hacia él. Me mira confundido, y noto cómo empieza a
devanarse los sesos pensando con qué podría comprarlo—. No quisiera que
nadie se enterara de las frecuentes visitas del señor Gómez, o de la afición
del señor Holland por las chicas tailandesas...
Clive arruga el semblante en un gesto derrotado.
—Paula, eso es jugar sucio.
—No me dejas elección, Clive —espeto.
Él sacude la cabeza y nos señala el ascensor mientras masculla
insultos entre dientes.
—¡Genial! —exclama Sam mientras se dirigen al ascensor que sube al
ático.
No sé cómo, pero de repente mis pies se despegan del suelo y
empiezan a avanzar tras ellos.
—Es posible que Pedro haya cambiado el código —digo a sus
espaldas.
Sam se vuelve con expresión alarmada.
Me encojo de hombros.
—Si lo ha hecho, no hay manera de subir.
De repente estoy delante del ascensor, inspirando hondo e
introduciendo el código de la promotora. Las puertas se abren,
acompañadas de un coro de suspiros de alivio, y todos entran. Yo me quedo
fuera y miro a Sam, que sonríe y me invita a subir con un leve gesto de la
cabeza.
Lo hago.
Entro en el ascensor, con Sam y Drew a un lado y John al otro. Vuelvo
a introducir el código. Subimos en un silencio incómodo y, cuando
finalmente se detiene, nos encontramos con la puerta doble que da al ático
de Pedro.
Sam es el primero en salir del ascensor. Camina hacia la entrada y
acciona la manija con calma antes de comenzar a aporrear la puerta como
un loco.
—¡Pedro! ¡Abre la puta puerta!
Drew y John se acercan y apartan. John intenta abrir, pero no lo
consigue. No puedo evitar pensar que tal vez yo fuera la última persona en
salir del ático. Recuerdo que di un portazo con todas mis fuerzas.
—Sam, tío, puede que ni siquiera esté ahí dentro —lo tranquiliza
Drew.—
¡¿Y entonces dónde coño está?! —chilla Sam.
—Está aquí —ruge John—. Y ese cabrón lleva demasiado tiempo
ahogando las penas. Tiene un negocio que atender.
Sigo de pie dentro del ascensor cuando las puertas empiezan a
cerrarse y me sacan de mi ensimismamiento. Por acto reflejo, salgo al
vestíbulo del ático. Sé que dije que conseguiría que los dejaran subir y
luego me marcharía, sé que debería irme, pero ver a Sam en ese estado ha
hecho que me preocupe más todavía, y las palabras de John resuenan en mi
mente. ¿Ahogando las penas o ahogándose en vodka? Si me quedo,
¿volveré a enfrentarme a ese Pedro borracho e iracundo?
Drew llama a la puerta con calma. Es absurdo. Si los golpes frenéticos
de Sam no han obtenido respuesta, dudo mucho que éstos vayan a tenerla.
Se aparta y tira de Sam hacia mí.
—Paula, ¿has intentado llamarlo por teléfono? —pregunta Drew.
—¡No! —replico. ¿Por qué debería haberlo hecho? Estoy segura de
que no querría hablar conmigo.
—¿Puedes intentarlo? —me pregunta Sam con tono de súplica.
Niego con la cabeza.
—No lo cogerá, Sam.
—Paula, inténtalo, por favor —insiste Drew.
A regañadientes, saco mi móvil del bolso, abro la lista de contactos,
llamo a Pedro y sostengo el teléfono pegado a la oreja mientras Sam y
Drew me observan nerviosos. No tengo ni idea de qué voy a decirle si
responde.
Drew vuelve de repente la cabeza hacia la puerta.
—Está sonando.
Se vuelve de nuevo hacia mí esperando a que diga algo, pero salta el
contestador. Se me encoge el corazón. No quiere hablar conmigo. Me
dispongo a regresar al ascensor, herida por su rechazo, pero entonces oigo
un fuerte impacto.
Sam, Drew y yo volvemos la cabeza al instante hacia la doble puerta
que da al apartamento de Pedro y vemos a John al otro lado, rodeado de un
marco astillado. Nos hace un gesto con la cabeza, y los otros dos hombres
corren al interior. Yo los sigo, vacilante. Sólo puedo pensar en mi último
descubrimiento aquí. ¿Por qué avanzo en esta dirección?
«¡Da media vuelta! ¡Métete en el ascensor! ¡Vete YA!»
Pero no lo hago. Me quedo en el umbral y, por lo que parece, nada ha
cambiado. Todo da la impresión de estar en su sitio. Me adentro un poco
más en el espacio diáfano mientras oigo cómo los chicos corren arriba y
abajo buscando a Pedro y, cuando diviso la escalera, veo que la botella de
vodka vacía sigue sobre la consola. Después observo que la terraza está
abierta de par en par. Me acerco con cautela hacia allí. Los demás siguen
registrando el apartamento, abriendo y cerrando puertas y gritando su
nombre.
Yo, en cambio, me arrastro hacia la terraza. Sé por qué. Es el mismo
magnetismo que me lleva hacia Pedro siempre que está cerca, pero
¿realmente quiero saber qué se esconde fuera? Sé que no será mi Pedro.
¿Quiero volver a verlo en ese estado tan horrible, tan agresivo y tan
detestable? No, claro que no, pero tampoco parece que pueda dar media
vuelta.
Conforme me aproximo a las puertas abiertas, intento preparar los
ojos para ver un despojo ebrio tirado sobre una de las tumbonas
sosteniendo una botella de vodka, pero lo que me encuentro es el cuerpo
inconsciente de Pedro, desnudo, tumbado boca abajo sobre el entarimado.
Me quedo sin aliento y el pulso me golpea en la sien.
—¡Está aquí! —chillo mientras corro hacia su cuerpo inerte, dejo caer
el bolso y me echo al suelo a su lado.
Lo agarro de sus anchos hombros e intento ponerlo boca arriba. No sé
de dónde saco la fuerza, pero el caso es que lo consigo y hago girar su
cuerpo hasta que su cabeza descansa sobre mi regazo. Empiezo a pasarle
las manos desesperadamente por el rostro y advierto que todavía tiene la
mano hinchada y magullada, con sangre en los nudillos.
—Pedro, despierta. Por favor, despierta —ruego cediendo ante la
histeria al ver al hombre al que amo tumbado inconsciente sobre mis
piernas. Las lágrimas ruedan por mi rostro y se precipitan sobre sus
mejillas—. Pedro, por favor. —Le acaricio consternada la cara, el pecho y
el pelo. Parece demacrado, ha perdido peso, y una barba de una semana le
cubre el mentón.
—Cabrón —ruge John cuando me encuentra en el suelo de la terraza
con Pedro sobre mi regazo.
—No sé si respira —sollozo, y miro con ojos vidriosos al hombre
corpulento que avanza hacia mí. ¿Por qué no lo he comprobado todavía? Es
el primer paso en primeros auxilios. Le agarro la muñeca, pero mis manos
temblorosas me impiden sostenerlo quieto para detectarle el pulso.
—Espera —ordena John, y se arrodilla y me arrebata el brazo de
Pedro. Alzo la vista y veo que Sam llega corriendo hasta la puerta.
—¡Pero ¿qué...?!
Las lágrimas invaden mis ojos de manera incontrolable y todo parece
moverse a cámara lenta. Sam se acerca, se agacha a mi lado y empieza a
frotarme el brazo.
—Voy a llamar a una ambulancia —dice Drew inmediatamente al
vernos apiñados alrededor de la figura inmóvil de Pedro.
—Espera —ladra John con aspereza mientras se inclina sobre él, le
separa los labios resecos e inspecciona cada parte de su cuerpo laxo—. El
muy gilipollas tiene un coma etílico.
Miro a Sam y a Drew, pero no entiendo sus reacciones ante la
conclusión de John. ¿Cómo lo sabe? Podría estar medio muerto.
Definitivamente lo parece.
—Creo que deberíamos llamar a la ambulancia —insisto sorbiéndome
la nariz.
John me mira con compasión. Hasta ahora sólo había visto una
expresión impasible en su rostro severo, así que el modo en que me mira
ahora, apenado y como si yo fuera algo ingenua, me resulta curiosamente
reconfortante.
—Paula, niña, lo he visto así más de una vez. Lo único que necesita es
una cama y algunos cuidados para salir de ésta, no un médico. Al menos,
no de ese tipo —dice, y sacude la cabeza.
Vaya. ¿Cuántas veces son «más de una vez»? Por lo visto, John sabe
lo que se hace. No parece preocuparle ver a Pedro postrado sobre mi regazo,
y en cambio yo estoy hecha un manojo de nervios. Sam y Drew tampoco
están muy bien que digamos. ¿Lo habrán visto así antes también?
John me pellizca la mejilla y se levanta del suelo. Es la primera vez
que lo oigo hablar tanto. El grandullón silencioso ha resultado ser un
grandullón simpático, pero sigo pensando que no me gustaría que se
cabreara conmigo.
—¿Qué le ha pasado en la mano? —pregunta Sam al ver la sangre y
los cardenales.
La verdad es que tiene un aspecto horrible y seguramente necesitará
que le echen un vistazo.
—Rompió la ventanilla de su coche —sollozo, y todos me observan
—. El día que discutimos en casa de Kate —añado, casi avergonzada.
—¿Lo llevamos a la cama? —pregunta Drew con timidez.
—Al sofá —ordena John. Hemos vuelto a las respuestas escuetas.
Sam se levanta y recoge una botella de vodka vacía de debajo de la
tumbona. La mira con auténtico asco y la estrella contra un macetero
elevado. Me estremezco ante el fuerte estrépito que crea a nuestro
alrededor, pero lo más importante es que Pedro también lo hace.
—¿Pedro? —Lo llamo y lo sacudo ligeramente—. Pedro, por favor,
abre los ojos.
Sam, Drew y John se acercan y Pedro empieza a llevarse el brazo
tembloroso a la cabeza. Se lo agarro y vuelvo a apoyarlo a un lado, pero en
cuanto lo suelto, lo levanta de nuevo delante de mi cara mientras farfulla
algo ininteligible y comienza a mover las piernas.
—Te está buscando, niña —dice John con voz tranquila.
Miro al hombre, sorprendida, y él asiente. ¿Me está buscando a mí?
Le cojo la mano de nuevo, se la guío hacia mi rostro y apoyo su palma
abierta contra mi mejilla. Se calma al instante. Su tacto frío sobre mi cara
no me reconforta, pero a él parece aliviarlo, de modo que lo mantengo ahí
y dejo que me sienta, horrorizada al pensar que probablemente lleve días
aquí tirado en la terraza, desnudo e inconsciente. Aunque estemos a
mediados de mayo y las temperaturas sean agradables durante el día, por la
noche descienden. ¿Por qué me alejé de él? Debería haberme quedado a
tranquilizarlo en lugar de marcharme.
—Voy a subir a por sábanas y mantas —dice Drew, y entra de nuevo
en el apartamento.
—¿Vamos? —pregunta John al tiempo que señala a Pedro con la
cabeza.
A regañadientes, lo suelto y dejo que Sam y John lo cojan cada uno
por un lado para levantarlo de manera coordinada. Cuando lo apartan de
mis piernas, me incorporo y me adelanto para despejarles el camino. Retiro
los millones de cojines que hay sobre la rinconera de piel (que yo misma
me encargué de adquirir) para que parezca más una cama.
Drew baja la escalera cargado de mantas. Sam y John esperan
pacientemente con el peso desnudo de Pedro repartido equitativamente
entre ambos. Cojo un cubrecama de terciopelo, lo despliego sobre el frío
cuero y me aparto para que John y Sam lo coloquen encima del sofá antes
de acomodarle la cabeza sobre unas almohadas y cubrirle el cuerpo con una
manta. Me arrodillo a su lado y le acaricio el rostro hirsuto.
La culpa me invade y empiezo a llorar otra vez. Podría haber evitado
todo esto. Si no me hubiera largado de aquel modo, ahora no se encontraría
en este estado. Debería haberme quedado, haberlo calmado y haber
esperado a que recobrara la sobriedad. Me doy asco.
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