domingo, 23 de marzo de 2014

Capitulo 92 ♥



Paramos a desayunar en Camden después de que Pedro se haya salido
con la suya y hayamos ido en coche. Hace un día precioso y estoy pasando
calor con el cárdigan, pero lo soportaré un ratito más. Todavía es capaz de
llevarme a casa, caída en desgracia, y obligarme a cambiarme.
Me espera junto a la portezuela del coche y cruzamos la calle en
dirección a un café pequeño, adorable y singular.
—Te va a encantar. Nos sentaremos fuera. —Aparta un sillón grande
de mimbre para que me siente.
—¿Por qué me va a encantar? —pregunto ya sentada en el cojín con
estampado de lunares.
—Hacen los mejores huevos a la benedictina. —Me dedica una
sonrisa resplandeciente cuando ve que se me iluminan los ojos.
La camarera se acerca babeando al ver a Pedro en toda su divina
masculinidad, pero él no se da ni cuenta.
—Dos de huevos a la benedictina —dice señalando el menú—. Un
café solo y un capuchino con extra de café, sin azúcar y sin chocolate, por
favor. —Mira a la camarera y la destroza con una de sus sonrisas
reservadas sólo para mujeres—. Gracias.
Da la impresión de que la mujer se tambalea un poco. Me río para mis
adentros. Sí, tuvo ese mismo efecto en mí la primera vez que lo vi. Al final
consigue encontrar la voz.
—¿Van a querer salmón o jamón con los huevos?
Pedro le pasa el menú y se quita las Wayfarer para que reciba de lleno
el impacto de su impresionante rostro.
—Salmón, por favor.
Sacudo la cabeza, alucinada, y miro el teléfono mientras la camarera
se toma su tiempo para tomar nota de nuestro pedido, que es bien sencillo.
Me pregunto si Victoria y Drew habrán congeniado. Tom no me preocupa
tanto, seguro que está enamorado otra vez de su alma gemela más reciente.
—¿Pan blanco o integral?
—¿Perdona? —Levanto la vista del móvil y veo que la camarera sigue
ahí.
—¿Quieres pan blanco o integral? —me repite Pedro con una sonrisa.
—Ah, integral, por favor.
Vuelve a mirar a la camarera languideciente con sus gloriosos ojos
verdes. —Integral para los dos, gracias.
Ella le lanza su sonrisa más dispuesta antes de marcharse al fin. La
reacción que ha tenido con Pedro me recuerda la cantidad de mujeres que
debe de haber habido antes de que me conociera. Se me revuelve el
estómago. ¿Era igual de controlador y exigente con todas las demás? Dios
bendito, apuesto a que ha estado con unas cuantas. Dejo mi móvil en la
mesa y miro a Pedro, que me observa con atención y se muerde el labio.
¿Qué estará tramando?
—¿Qué tal las piernas? —pregunta, pero sé que ése no es el motivo de
que se muerda el labio.
—Bien. ¿Sueles correr a menudo? —Ya me sé la respuesta. Nadie se
levanta en plena noche para correr veinticuatro kilómetros si no es una
práctica habitual.
—Me distrae. —Se encoge de hombros y se reclina contra su asiento,
pensativo.
—¿De qué?
No me quita ojo.
—De ti.
Me río. Está claro que últimamente no sale mucho a correr, porque se
pasa casi todo el tiempo pasando por encima de mis planes.
—¿Por qué necesitas distraerte de mí?
—Paula, porque... —Suspira—. No puedo estar lejos de ti y, lo que es
aún más preocupante, no quiero. —Su tono transmite frustración. ¿Está
frustrado conmigo o consigo mismo?
La camarera nos sirve los cafés y se queda un momento a la espera,
pero no recibe otra sonrisa devastadora como premio. Pedro sólo tiene ojos
para mí. Su afirmación es agridulce. Me encanta que no pueda estar lejos
de mí, pero me ofende un poco que parezca resultarle molesto.
—¿Y por qué es preocupante? —pregunto como si no me importara
mientras remuevo mi capuchino y rezo mentalmente para que me dé una
respuesta satisfactoria. Pasan unos instantes y no hay respuesta, así que
levanto la mirada y me doy cuenta de que sus engranajes mentales están
trabajando a toda velocidad y de que su labio inferior está recibiendo
mordiscos a diestro y siniestro.
Al rato, exhala con fuerza y baja la vista.
—Me preocupa porque siento que no lo controlo. —Vuelve a
levantarla y me penetra con su mirada verde e implacable—. No llevo bien
lo de no tener el control, Paula. No en lo que a ti respecta.
¡Ja! ¿Está reconociendo que es un controlador y exigente más allá de
lo razonable? Es obvio que no le gusta nada que le lleven la contraria, lo he
visto con mis propios ojos.
—Si fueras más razonable no tendrías la sensación de no tener el
control. ¿Eres así con todas tus mujeres?
Abre los ojos como platos y luego los entorna.
—Nunca me ha importado nadie lo suficiente como para hacerme
sentir así. —Coge la taza de café—. Es típico que vaya y me busque a la
mujer más rebelde del planeta para...
—¿Intentar controlarla? —Arqueo las cejas y Pedro me pone mala
cara—. ¿Y tus relaciones pasadas?
—No tengo relaciones. No me interesa comprometerme con nadie.
Además, no tengo tiempo.
—Has dedicado bastante tiempo a pasar sobre mí y a fastidiarme —
contesto rápidamente por encima de mi taza de café. Si esto no es ir en
serio, yo no sé lo que es.
Sacude la cabeza.
—Tú eres distinta. Te lo he dicho, Paula. Pasaré por encima de quien
intente interponerse en mi camino. Incluso de ti.
Lo sé. Ya lo hizo cuando me negué a quedarme. Me alegro de que el
ritual sea distinto al de otros que hayan tenido el placer de sufrirlo. Me
viene a la cabeza el pobre Petulante. ¿No le interesan las relaciones?
Entonces ¿adónde va esto?
Nuestro desayuno aterriza en la mesa y huele a gloria. Lo ataco con el
tenedor y medito sobre lo que ha dicho acerca de no tener el control. La
solución es muy sencilla: deja de ser tan exigente y tan difícil. Va a darle
un infarto por culpa del estrés si sigue por ese camino.
—¿Por qué soy distinta? —pregunto, casi sin atreverme.
Está con el salmón.
—No lo sé, Paula —responde con calma.
—No sabes gran cosa, ¿no? —Es lo único que me dice, el muy
capullo, cuando intento encontrar una razón para su manía de controlarlo
todo. Despierto «toda clase de sentimientos». ¿Cómo se supone que debo
tomarme esta situación?
—Sé que nunca he querido follarme a una mujer más de una vez. De
ti, sin embargo, no me canso.
Me echo hacia atrás, horrorizada, y casi me atraganto con un trozo de
tostada.
Tiene la decencia de parecer arrepentido.
—Eso no ha sonado bien. —Deja el tenedor en el plato, cierra los ojos
y se masajea las sienes—. Lo que intentaba decir es que... en fin... nunca
me ha importado una mujer lo suficiente como para querer algo más que
sexo. No hasta que te conocí. —Se frota las sienes con más fuerza—. No
puedo explicarlo pero tú también lo sentiste, ¿verdad? —Me mira y creo
que desea con desesperación que se lo confirme—. Cuando nos conocimos,
lo sentiste.
Sonrío.
—Sí, lo sentí.
No lo olvidaré nunca.
Su expresión cambia al instante: vuelve a sonreír.
—Tómate el desayuno. —Señala mi plato con el tenedor y me resigno
a vivir ignorando lo que tanto ansío saber. Si él no lo sabe, no es muy
probable que yo llegue a enterarme. ¿Sería más fácil aguantarlo si supiera
qué hace que se ponga en marcha su compleja cabecita?
En cualquier caso, me ha dicho, aunque no con esas palabras, que
quiere algo más que sexo, ¿no? Así que le importo. ¿Que le importe
equivale a que me controle? ¿Y nunca ha tenido una relación? No me lo
creo ni de coña. Las mujeres se le echan encima. No es posible que se las
tire sólo una vez, ¿no? Jesús, si nunca se ha follado a una mujer más de una
vez, ¿con cuántas se habrá acostado? Estoy a punto de preguntárselo, pero
me freno en cuanto abro la boca. ¿Quiero saberlo? He estado acostándome
con este hombre sin protección y, aunque me ha dicho que nunca lo ha
hecho sin condón —excepto conmigo—, ¿debería creerlo?
—Tenemos que comprarte un vestido para la fiesta de aniversario de
La Mansión —me dice. Está claro que es una táctica para distraerme y
hacer que me olvide de mis preguntas y cavilaciones. Estoy segura de que
sabe lo que estoy pensando.
—Tengo muchos vestidos. —No podría haberlo dicho con menos
entusiasmo, lo cual es bueno, porque es como me siento. Sólo me consuela
un poco saber que Kate estará allí para ayudarme a sobrevivir a la velada
con Sarah observándome y lanzándome pullas. ¿Se habrá tirado a Sarah?
Supongo que es posible, ya que sólo se las folla una vez. La idea hace que
clave el tenedor a mi desayuno con demasiada violencia.
Frunce el ceño.
—Necesitas uno nuevo.
Es ese tono de voz que me reta a desafiarlo.
Suspiro ante la idea de otra discusión sobre ropa. Tengo muchas
prendas entre las que elegir sin necesidad de comprarme un vestido nuevo
y, aunque no las tuviera, encontraría cualquier cosa con tal de evitar ir de
compras con Pedro.
—Además, te debo un vestido. —Estira el brazo por encima de la
mesa y me sujeta un mechón rebelde detrás de la oreja.
Sí, me debe un vestido, pero no lo quiero porque dudo que me deje
elegirlo u opinar sobre el que me compre.
—¿Puedo elegirlo yo?
—Por supuesto. —Deja el tenedor en el plato—. Tampoco soy tan
controlador.
Casi se me caen los cubiertos. ¿Me está tomando el pelo?
—Pedro, eres verdaderamente muy especial. —Pongo en mi voz toda
la dulzura que la frase merece.
—No tanto como tú. —Me guiña el ojo—. ¿Lista para Camden?
Asiento y cojo el bolso de la silla. Me observa desconcertado. Pongo
un billete de veinte bajo el salero de la mesa y él lanza un resoplido
exagerado, se saca la cartera del bolsillo y sustituye mi dinero por el suyo.
Me quita el monedero de las manos y vuelve a meter el billete dentro.
«¡Don Controlador!»
Mi móvil empieza a bailar sobre la mesa, pero antes de que pueda
decirle a mi cerebro que lo coja, Pedro me lo birla delante de las narices.
—¿Hola? —saluda al interlocutor misterioso. Lo miro sin poder
creérmelo. No tiene modales en lo que a los teléfonos se refiere. ¿Quién
será?—. ¿Señora Chaves? —dice tan tranquilo. Abro la boca todo lo que
me da de sí. ¡No! ¡Que no sea mi madre! Intento que me devuelva el
teléfono, pero se aparta de mí con una sonrisa pérfida plasmada en ese
rostro tan endiabladamente atractivo—. Tengo el placer de estar en
compañía de su preciosa hija —informa a mi madre. Me revuelvo en la
mesa y él se vuelve en dirección contraria, mirándome con el ceño
fruncido. Aprieto los dientes y hago gestos desesperados con la mano para
que me devuelva el teléfono, pero se limita a levantar las cejas y a sacudir
la cabeza—. Sí, Paula me ha hablado mucho de usted. Tengo muchas ganas
de conocerla. —¡Cretino metomentodo! No le he contado gran cosa sobre
mis padres y, desde luego, ellos ni siquiera saben de su existencia. Por
Dios, esto es lo que me faltaba. Lo miro con odio, me levanto y estiro el
brazo para quitarle el móvil, pero él da un salto hacia atrás—. Sí, se la
paso. Ha sido un placer hablar con usted.
Me pasa el teléfono y se lo quito con un tirón furibundo.
—¿Mamá?
—¿Paula, quién era ése? —Mi madre parece desconcertada, como me
imaginaba. Se supone que soy joven, libre y soltera en Londres, y ahora un
hombre desconocido contesta mi móvil. Entorno los ojos y miro a Pedro,
que parece estar muy orgulloso de sí mismo.
—Sólo es un amigo, mamá. ¿Qué pasa?
Pedro se lleva las manos al corazón e imita a un soldado herido, pero
su expresión de enfado no casa para nada con su juguetona pantomima. Mi
madre emite un bufido de desaprobación. No me puedo creer lo que el
cabrón arrogante acaba de hacer. Y con todo lo que tengo que aguantar
ahora mismo, sólo me faltaba el bonus añadido de mi madre ensañándose
con que me haya metido en otra relación demasiado pronto.
—Me ha llamado Matias —me dice impasible.
Doy la espalda a Pedro para intentar ocultar mi cara de sorpresa. ¿Por
qué habrá llamado Matias a mi madre? ¡Mierda! No puedo hablar de esto
ahora mismo, no con Pedro delante.
—Mamá, ¿podemos hablar luego? Estoy en Camden y hay mucho
follón. —Los hombros me llegan a las orejas cuando noto la mirada de
acero de Pedro clavada en la espalda.
—Claro. Sólo quería que lo supieras. Fue muy cortés, no me gustó. —
Parece furiosa.
—Vale, te llamo luego.
—Bien, y recuerda: diversión sin compromiso —añade sin tapujos al
final para recordarme mi estatus, sea el que sea.
Me vuelvo para mirar a Pedro y lo encuentro tal y como era de esperar:
nada contento.
—¿Por qué has hecho eso? —le grito.
—¿Sólo es un amigo? ¿Sueles permitir que tus amigos te follen hasta
partirte en dos?
Dejo caer los hombros en señal de derrota. Me está dejando el cerebro
frito con tanto cambiar el modo en que habla de nuestra relación. Me folla;
le importo; me controla...
—¿Es que el objetivo de tu misión es complicarme la vida todo lo
posible?
Su mirada se suaviza.
—No —dice en voz baja—. Lo siento.
Dios mío, ¿hemos hecho progresos? ¿Acaba de disculparse por ser un
capullo? Me ha dejado más a cuadros que cuando me ha robado el teléfono
y ha saludado a mi madre como si la conociera de toda la vida. Él mismo
ha dicho que no se disculpa a menudo pero, teniendo en cuenta que no le
gusta hacerlo, comete un montón de locuras que merecen disculpas.
—Olvídalo —suspiro, y guardo el móvil en el bolso. Empiezo a
caminar por la calle hacia el canal. Me pasa el brazo por los hombros en
cuestión de segundos. Mi pobre madre estará provocándole a mi padre un
buen dolor de cabeza en este instante. Sé que me va a someter a un tercer
grado. En cuanto a Matias.. Sé a qué está jugando. Ese gusano taimado está
intentando ganarse a mis padres. Se va a llevar una gran decepción. Ahora
mis padres ya no se molestan en ocultar que lo detestan; antes lo
aguantaban por mí.

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