miércoles, 12 de marzo de 2014

Capitulo 59 ♥



Me aparto el pelo de la cara de un soplido y sus magníficos ojos aparecen

en mi campo de visión.

Sonrío.

—Hola.

—Ha vuelto. —Pega los labios a los míos, me levanta y me lleva

hasta el sofá. Me deja junto a él, se guarda el miembro en los pantalones y

se abrocha la cremallera.

Mientras recoge mi bolso del suelo, me coloco bien el vestido y me

derrumbo sobre el sofá con una sonrisa en la boca. Su capacidad para pasar

de ser salvaje y dominante a tierno y atento me tiene hecha un lío. Pero

adoro ambas personalidades. Es demasiado bueno para ser verdad.

Se acerca, se sienta a mi lado y me cobija bajo su brazo.

—He pensado que podrías acercarte a la nueva ala y empezar a

esbozar algunas ideas.

—¿De verdad quieres que me encargue del diseño? —Mi voz suena

confundida. No me importa, porque lo estoy. Pero es que pensaba que lo

del diseño no era más que un cebo para llevarme a la cama.

—Pues claro que sí.

—Creía que sólo me querías por mi cuerpo —bromeo, y él me

retuerce un pezón en represalia.

—Te quiero por muchas cosas, además de por tu cuerpo, señorita.

¿En serio? ¿Por qué más?

—Es domingo —digo, y me aparto de su abrazo—. No trabajo los

domingos. Y, además, no tengo aquí mi equipo de trabajo.

Arruga la frente, me agarra y me sienta sobre su regazo refunfuñando.

—¿Papel y lápiz? —dice, y me mordisquea juguetonamente la oreja

—. Podemos proporcionártelo, pero te lo descontaré de tus honorarios.

Lo cierto es que sí, unas hojas de papel y un lápiz me bastan de

momento, pero es domingo. Se me ocurren mil cosas que podría estar

haciendo y que preferiría hacer. Además, no es necesario que me desplace

a la nueva ala para empezar a plasmar ideas.

Pero entonces pienso que a lo mejor quiere que me vaya de su

despacho. Ya ha conseguido lo que quería y ahora le molesto. Y ni siquiera

puedo coger mi coche y largarme. Llaman a la puerta y me bajo de su

regazo.—Adelante —ordena mientras me observa con una mirada inquisitiva

que decido obviar.

El tío de pelo cano del restaurante entra con una bandeja y la deja

sobre la mesita.

—Gracias, Pablo —dice Pedro sin apartar la mirada de mí.

—Señor. —Inclina la cabeza ante él y me sonríe amigablemente antes

de marcharse.

—¿Me das unas hojas de papel? —pregunto mientras cojo la bandeja

y me cuelgo el bolso al hombro.

—¿No vas a desayunar? —Se pone de pie con el ceño todavía

fruncido.

—Me lo tomaré arriba. —«No quiero molestarte.»

—Ah, de acuerdo. —Se acerca a su mesa.

Hago todo lo posible por ignorar ese culo perfecto que se esconde bajo

el pantalón vaquero cuando se agacha y abre un cajón para sacar un bloc de

dibujo y un estuche de lápices de colores. ¿Para qué tiene eso? No es algo

que uno tenga porque sí. Se acerca y me los entrega. Yo los cojo, los meto

debajo de la bandeja y me dirijo hacia la puerta.

—Oye, ¿no se te olvida algo?

Me vuelvo y veo que su mirada curiosa se ha transformado en asesina.

—¿El qué? —pregunto. Sé a qué se refiere, pero no estoy de humor

para alimentar su ego.

—Mueve el culo hasta aquí —dice reforzando la orden con un

movimiento de cabeza.

Dejo caer los hombros ligeramente. Acabaremos antes si le doy lo que

quiere y desaparezco de su vista. Llego hasta él y me esfuerzo al máximo

por no poner buena cara, aunque fracaso estrepitosamente.

—Dame un beso —ordena con las manos en los bolsillos. Me pongo

de puntillas, acerco los labios a los suyos y me aseguro de que no sea un

simple pico. Él no responde—. Bésame de verdad, Paula.

Mi tibio intento por satisfacerlo no ha colado. Suspiro. Tengo una

bandeja en las manos, el bolso colgado del hombro y un cuaderno y un

lápiz debajo de la bandeja. Esto no está siendo fácil, sobre todo porque él

no colabora. Dejo la bandeja y el material de dibujo sobre la mesa, hundo

las manos en su pelo y acerco su rostro al mío. No tarda ni un nanosegundo

en reaccionar. Cuando nuestros labios se encuentran, me toma por

completo. Me rodea la cintura con los brazos y se inclina ligeramente para

compensar la diferencia de altura. No quiero disfrutarlo, pero lo hago, y

demasiado.

—Mucho mejor —dice pegado a mi boca—. No me niegues nunca lo

que te pido, Paula. —Me suelta y me deja ligeramente mareada y

desorientada. Alguien llama a la puerta—. Vete —ordena señalando a la

puerta con la cabeza.

Recojo mis cosas y me marcho sin mediar palabra. Me ha cabreado.

Estoy pisando un terreno muy peligroso, y lo sé. Este hombre tiene la

palabra «rompecorazones» escrita por todo el cuerpo.

Abro la puerta del despacho y me encuentro al grandullón de John

esperándome. Me saluda con la cabeza y se coloca detrás de mí para

escoltarme hasta el piso de arriba.

—Conozco el camino, John —le digo. No es necesario que me

acompañe hasta allí.

—Tranquila, mujer —truena, y continúa avanzando con pasos largos.

Me sigue por la escalera.

Cuando llegamos a la vidriera que hay en la parte baja del tramo que

lleva a la tercera planta, me paro a observar la amplia escalera. En la parte

de arriba hay unas puertas de madera con unos preciosos símbolos

circulares grabados en ellas. Están cerradas e intimidan bastante.

¿Qué habrá ahí arriba? Podría ser un salón de actos. Una puerta que se

abre desvía mi atención de las inmensas e imponentes hojas de madera.

Miro hacia el descansillo y veo a un hombre que sale de una habitación

subiéndose la cremallera. Alza la vista y me pilla contemplándolo. Me

pongo como un tomate y miro a John, que observa al tipo y sacude la

cabeza de manera amenazadora. El hombre parece un tanto atemorizado, y

yo acelero por el pasillo que da a la ampliación para escapar de esa

situación tan incómoda. A John no parece afectarle. Nunca entenderé por

qué los hombres creen que es aceptable salir de los aseos y de las

habitaciones de los hoteles sin haber acabado de vestirse.

Entro en la última habitación. No hay muebles, así que me siento en el

suelo y me apoyo contra la pared.

John asoma la cabeza por la puerta.

—Llama a Pedro si necesitas algo —gruñe.

—Iré directamente.

—No, llámalo —insiste, y cierra la puerta.

Vale, y si necesito ir al baño ¿también tengo que llamar a Pedro?

Debería haberme quedado en casa.

Miro en torno a mí hacia la enorme habitación vacía y empiezo a dar

bocados al sándwich de salmón. Aunque me cueste admitirlo, está

delicioso. Intento recordar las especificaciones. ¿Qué dijo? Ah, sí, que

tenía que ser sensual, estimulante y reconstituyente. No es lo que suelen

pedirme, pero me las apañaré. Cojo el bloc, saco un lápiz del estuche y

empiezo a dibujar camas grandes y lujosas y suntuosas cortinas para las

ventanas. Concentrarme en el boceto es la mejor manera de que olvide de

las preocupaciones que asedian últimamente mi pobre mente.

Unas horas después, tengo el culo dormido y un diseño de una

habitación maravillosa. Deslizo el lápiz sobre el papel, y aplico sombras y

retoques por aquí y por allá. Ha quedado muy sensual. Dijo que era

fundamental que hubiese una cama grande, y el enorme lecho con dosel

que he colocado en medio de la habitación transpira lujuria y sensualidad.

Analizo el dibujo y me sonrojo ante mi propio trabajo. Joder, es casi

erótico. ¿De dónde ha salido esto? Tal vez me haya influido todo el

magnífico sexo que he practicado últimamente. La cama que domina la

habitación es una réplica de una que vi en una tienda de artículos de

segunda mano hace unos meses. Tiene unos postes gruesos de madera y un

dosel reticular, y quedará fantástica con unas cortinas de seda dorada. No

sé cómo decorar las paredes porque Pedro sólo dijo que quería elementos

decorativos grandes y de madera, probablemente algo parecido a lo que

había en la suite en la que me acorraló.

La puerta se abre e interrumpe el hilo de mis pensamientos. Me

encuentro con la cara de fastidio de Sarah en el umbral. Refunfuño para

mis adentros. Esta mujer está en todas partes... en cualquier parte donde

esté Pedro.

—Paula, qué agradable sorpresa.

«¡Mentira!»

No hay comentarios:

Publicar un comentario