en mi campo de visión.
Sonrío.
—Hola.
—Ha vuelto. —Pega los labios a los míos, me levanta y me lleva
hasta el sofá. Me deja junto a él, se guarda el miembro en los pantalones y
se abrocha la cremallera.
Mientras recoge mi bolso del suelo, me coloco bien el vestido y me
derrumbo sobre el sofá con una sonrisa en la boca. Su capacidad para pasar
de ser salvaje y dominante a tierno y atento me tiene hecha un lío. Pero
adoro ambas personalidades. Es demasiado bueno para ser verdad.
Se acerca, se sienta a mi lado y me cobija bajo su brazo.
—He pensado que podrías acercarte a la nueva ala y empezar a
esbozar algunas ideas.
—¿De verdad quieres que me encargue del diseño? —Mi voz suena
confundida. No me importa, porque lo estoy. Pero es que pensaba que lo
del diseño no era más que un cebo para llevarme a la cama.
—Pues claro que sí.
—Creía que sólo me querías por mi cuerpo —bromeo, y él me
retuerce un pezón en represalia.
—Te quiero por muchas cosas, además de por tu cuerpo, señorita.
¿En serio? ¿Por qué más?
—Es domingo —digo, y me aparto de su abrazo—. No trabajo los
domingos. Y, además, no tengo aquí mi equipo de trabajo.
Arruga la frente, me agarra y me sienta sobre su regazo refunfuñando.
—¿Papel y lápiz? —dice, y me mordisquea juguetonamente la oreja
—. Podemos proporcionártelo, pero te lo descontaré de tus honorarios.
Lo cierto es que sí, unas hojas de papel y un lápiz me bastan de
momento, pero es domingo. Se me ocurren mil cosas que podría estar
haciendo y que preferiría hacer. Además, no es necesario que me desplace
a la nueva ala para empezar a plasmar ideas.
Pero entonces pienso que a lo mejor quiere que me vaya de su
despacho. Ya ha conseguido lo que quería y ahora le molesto. Y ni siquiera
puedo coger mi coche y largarme. Llaman a la puerta y me bajo de su
regazo.—Adelante —ordena mientras me observa con una mirada inquisitiva
que decido obviar.
El tío de pelo cano del restaurante entra con una bandeja y la deja
sobre la mesita.
—Gracias, Pablo —dice Pedro sin apartar la mirada de mí.
—Señor. —Inclina la cabeza ante él y me sonríe amigablemente antes
de marcharse.
—¿Me das unas hojas de papel? —pregunto mientras cojo la bandeja
y me cuelgo el bolso al hombro.
—¿No vas a desayunar? —Se pone de pie con el ceño todavía
fruncido.
—Me lo tomaré arriba. —«No quiero molestarte.»
—Ah, de acuerdo. —Se acerca a su mesa.
Hago todo lo posible por ignorar ese culo perfecto que se esconde bajo
el pantalón vaquero cuando se agacha y abre un cajón para sacar un bloc de
dibujo y un estuche de lápices de colores. ¿Para qué tiene eso? No es algo
que uno tenga porque sí. Se acerca y me los entrega. Yo los cojo, los meto
debajo de la bandeja y me dirijo hacia la puerta.
—Oye, ¿no se te olvida algo?
Me vuelvo y veo que su mirada curiosa se ha transformado en asesina.
—¿El qué? —pregunto. Sé a qué se refiere, pero no estoy de humor
para alimentar su ego.
—Mueve el culo hasta aquí —dice reforzando la orden con un
movimiento de cabeza.
Dejo caer los hombros ligeramente. Acabaremos antes si le doy lo que
quiere y desaparezco de su vista. Llego hasta él y me esfuerzo al máximo
por no poner buena cara, aunque fracaso estrepitosamente.
—Dame un beso —ordena con las manos en los bolsillos. Me pongo
de puntillas, acerco los labios a los suyos y me aseguro de que no sea un
simple pico. Él no responde—. Bésame de verdad, Paula.
Mi tibio intento por satisfacerlo no ha colado. Suspiro. Tengo una
bandeja en las manos, el bolso colgado del hombro y un cuaderno y un
lápiz debajo de la bandeja. Esto no está siendo fácil, sobre todo porque él
no colabora. Dejo la bandeja y el material de dibujo sobre la mesa, hundo
las manos en su pelo y acerco su rostro al mío. No tarda ni un nanosegundo
en reaccionar. Cuando nuestros labios se encuentran, me toma por
completo. Me rodea la cintura con los brazos y se inclina ligeramente para
compensar la diferencia de altura. No quiero disfrutarlo, pero lo hago, y
demasiado.
—Mucho mejor —dice pegado a mi boca—. No me niegues nunca lo
que te pido, Paula. —Me suelta y me deja ligeramente mareada y
desorientada. Alguien llama a la puerta—. Vete —ordena señalando a la
puerta con la cabeza.
Recojo mis cosas y me marcho sin mediar palabra. Me ha cabreado.
Estoy pisando un terreno muy peligroso, y lo sé. Este hombre tiene la
palabra «rompecorazones» escrita por todo el cuerpo.
Abro la puerta del despacho y me encuentro al grandullón de John
esperándome. Me saluda con la cabeza y se coloca detrás de mí para
escoltarme hasta el piso de arriba.
—Conozco el camino, John —le digo. No es necesario que me
acompañe hasta allí.
—Tranquila, mujer —truena, y continúa avanzando con pasos largos.
Me sigue por la escalera.
Cuando llegamos a la vidriera que hay en la parte baja del tramo que
lleva a la tercera planta, me paro a observar la amplia escalera. En la parte
de arriba hay unas puertas de madera con unos preciosos símbolos
circulares grabados en ellas. Están cerradas e intimidan bastante.
¿Qué habrá ahí arriba? Podría ser un salón de actos. Una puerta que se
abre desvía mi atención de las inmensas e imponentes hojas de madera.
Miro hacia el descansillo y veo a un hombre que sale de una habitación
subiéndose la cremallera. Alza la vista y me pilla contemplándolo. Me
pongo como un tomate y miro a John, que observa al tipo y sacude la
cabeza de manera amenazadora. El hombre parece un tanto atemorizado, y
yo acelero por el pasillo que da a la ampliación para escapar de esa
situación tan incómoda. A John no parece afectarle. Nunca entenderé por
qué los hombres creen que es aceptable salir de los aseos y de las
habitaciones de los hoteles sin haber acabado de vestirse.
Entro en la última habitación. No hay muebles, así que me siento en el
suelo y me apoyo contra la pared.
John asoma la cabeza por la puerta.
—Llama a Pedro si necesitas algo —gruñe.
—Iré directamente.
—No, llámalo —insiste, y cierra la puerta.
Vale, y si necesito ir al baño ¿también tengo que llamar a Pedro?
Debería haberme quedado en casa.
Miro en torno a mí hacia la enorme habitación vacía y empiezo a dar
bocados al sándwich de salmón. Aunque me cueste admitirlo, está
delicioso. Intento recordar las especificaciones. ¿Qué dijo? Ah, sí, que
tenía que ser sensual, estimulante y reconstituyente. No es lo que suelen
pedirme, pero me las apañaré. Cojo el bloc, saco un lápiz del estuche y
empiezo a dibujar camas grandes y lujosas y suntuosas cortinas para las
ventanas. Concentrarme en el boceto es la mejor manera de que olvide de
las preocupaciones que asedian últimamente mi pobre mente.
Unas horas después, tengo el culo dormido y un diseño de una
habitación maravillosa. Deslizo el lápiz sobre el papel, y aplico sombras y
retoques por aquí y por allá. Ha quedado muy sensual. Dijo que era
fundamental que hubiese una cama grande, y el enorme lecho con dosel
que he colocado en medio de la habitación transpira lujuria y sensualidad.
Analizo el dibujo y me sonrojo ante mi propio trabajo. Joder, es casi
erótico. ¿De dónde ha salido esto? Tal vez me haya influido todo el
magnífico sexo que he practicado últimamente. La cama que domina la
habitación es una réplica de una que vi en una tienda de artículos de
segunda mano hace unos meses. Tiene unos postes gruesos de madera y un
dosel reticular, y quedará fantástica con unas cortinas de seda dorada. No
sé cómo decorar las paredes porque Pedro sólo dijo que quería elementos
decorativos grandes y de madera, probablemente algo parecido a lo que
había en la suite en la que me acorraló.
La puerta se abre e interrumpe el hilo de mis pensamientos. Me
encuentro con la cara de fastidio de Sarah en el umbral. Refunfuño para
mis adentros. Esta mujer está en todas partes... en cualquier parte donde
esté Pedro.
—Paula, qué agradable sorpresa.
«¡Mentira!»
No hay comentarios:
Publicar un comentario