lunes, 24 de marzo de 2014

Capitulo 97 ♥



Me encierro en el cuarto de baño. No voy a quedarme aquí esperando
a que vuelva. Ha sido razonable y ha aceptado mi negativa a acompañarlo,
pero sólo para rematarlo con un «Me esperarás aquí» y punto. ¡No pienso
esperarlo! Me echo agua fría en la cara para intentar calmarme. Estoy de
muy mal humor. ¿Por qué no me ha hecho la cuenta atrás? Es lo que suele
hacer cuando no me someto a sus órdenes. Lo oigo hablar por teléfono en
el dormitorio. Me pregunto a quién habrá llamado. Abro la puerta.
—Hasta ahora. —Cuelga y tira el móvil encima de la cama.
¿A quién le ha dicho «Hasta ahora»? Se queda de pie dándome la
espalda un buen rato, con la cabeza sobre el pecho. Está pensando, y de
repente me siento una impostora.
Al cabo de un rato, respira hondo y se vuelve hacia mí. Me observa un
instante y se mete en el baño para darse una ducha. Me quedo en mitad de
la habitación sin saber qué hacer. Está actuando de un modo muy extraño.
No hay cuenta atrás ni manipulación. ¿Qué está pasando? Ayer fue un día
perfecto y ahora ha regresado la confusión. Parece que a fin de cuentas no
ha hecho falta que apareciera Sarah para bajarme del séptimo cielo de
Pedro. Me las he apañado yo solita.
Diez minutos después sigo jugueteando con los pulgares mientras
intento decidir qué debo hacer ahora. Oigo que cierra el grifo de la ducha.
Sale del baño y se mete en el vestidor sin dirigirme la palabra. Me
preocupa su expresión de derrota, que también arrastra una nota de tristeza.
Creo que quiero que explote o que inicie una cuenta atrás. No tengo ni idea
de lo que le pasa por la cabeza, y es la sensación más frustrante del mundo.
Aparece en la puerta del vestidor.
—Tengo que irme —se lamenta. Parece muy atormentado—. Kate
viene para acá.
Frunzo el ceño.
—¿Por qué?
—Para que no te vayas.
Vuelve al vestidor y yo lo sigo a toda prisa.
Se pone unos vaqueros y me mira un segundo, pero no me aclara nada.
Descuelga una camiseta negra, se la pone en un abrir y cerrar de ojos y a
continuación se calza unas Converse.
—Me voy a casa —le digo, pero no me mira.
¿Qué le pasa? Noto que mi mal genio se desinfla ante su pasotismo y,
como no sé qué otra cosa hacer, empiezo a descolgar mi ropa de las
perchas y a colocármela entre los brazos.
—¿Qué estás haciendo? —Me quita la ropa y vuelve a colgarla—. ¡No
vas a marcharte! —ruge.
—¡Claro que me marcho! —le grito, y vuelvo a descolgar las prendas
de un tirón.
—¡Pon la puta ropa en su sitio, Paula! —me grita.
Oigo el sonido de la tela al rasgarse cuando lucho por quitármelo de
encima. Unos segundos después ya no tengo ropa en los brazos y me han
echado del vestidor. Estoy sobre la cama, inmovilizada, resistiéndome a él,
desafiándolo abiertamente, pero no consigo soltarme. ¡Como intente
follarme gritaré!
—¡Cálmate, joder! —me grita, y me coge de la barbilla para
obligarme a mirarlo. Cierro los ojos con fuerza; jadeo y resoplo como un
galgo de carreras. No voy a dejar que se sirva del sexo para manipularme
—. Abre los ojos, Paula.
—¡No! —Me comporto de manera infantil, pero sé que si lo obedezco
me consumirá la lujuria.
—¡Que los abras! —Me sacude la barbilla.
—¡No!
—¡Vale! —grita mientras sigo intentando soltarme—. Escúchame,
señorita. No vas a ir a ninguna parte. Te lo he dicho una y otra vez, ¡así que
empieza a metértelo en la cabeza!
Cambia de postura para poder sujetarme con más fuerza.
—Me voy a La Mansión y, cuando vuelva, vamos a sentarnos y a
hablar sobre nosotros. —Dejo de resistirme. ¿Hablar sobre nosotros?
¿Qué? ¿Una conversación como Dios manda sobre qué tipo de relación hay
entre nosotros? Me muero por saberlo—. Las cartas sobre la mesa, Paula. Se
acabaron las estupideces, las confesiones de borracha y el guardarte cosas
para ti. ¿Lo has entendido? —Tiene la respiración pesada y habla con
decisión.
Es lo que he querido desde el principio: las cosas claras, poder
entender nuestra relación. Joder, estoy muy confusa. Necesito saber qué es
esto y luego, tal vez, pueda decidir si necesito poner distancia.
¿Y qué es eso de las confesiones de borracha y lo de que me guardo
cosas? Abro los ojos, y me recibe su mirada verde parduzca. Me aprieta un
poco menos la barbilla.
—Ven conmigo, te necesito conmigo. —Casi me lo suplica.
—¿Por qué?
—Porque sí. ¿Por qué no quieres venir?
Respiro hondo.
—No me siento cómoda en La Mansión. —Ahí la tiene, es la verdad.
Debería ser capaz de adivinar el porqué. No puede ser tan tonto.
—¿Por qué no te sientes cómoda?
Vale. Es así de tonto.
—Porque no —respondo.
Frunce el entrecejo y se mordisquea el labio.
—Por favor, Paula.
Niego con la cabeza.
—No voy a ir.
Suspira.
—Prométeme que estarás aquí cuando vuelva. Necesitamos aclarar
esta mierda.
—Estaré aquí —le aseguro.
Estoy desesperada por aclarar esta mierda. No voy a irme a ninguna
parte.—
Gracias —susurra y apoya la frente en la mía y cierra los ojos.
La esperanza florece en mi interior. Quiere «aclarar esta mierda». Se
levanta y, sin besarme siquiera, sale del dormitorio.
Me quedo en la cama recuperándome de mi ridícula batalla física,
preguntándome qué resultará de poner las cartas sobre la mesa y aclarar
esta mierda. No me decido. No sé si confesarle lo que siento o esperar a ver
qué tiene que decirme él. ¿Qué dirá? Hay tanto que aclarar... ¿Qué es
«nosotros»? ¿Una aventura de alto voltaje o algo más? Necesito que sea
algo más, pero no puedo soportar sus exigencias y su manía de
comportarse irracionalmente y pasar por encima de quien sea. Es agotador.
La mirada de puro tormento que oscurecía su hermoso rostro es
innegable. ¿Qué le rondará por esa mente tan compleja? ¿Por qué me
necesita? Tengo tantas preguntas...
Cierro los ojos e intento recobrar el aliento. Entro en una especie de
coma por agotamiento.
El teléfono que hay junto a la cama empieza a sonar y abro los ojos de
golpe. «¡Kate!» Me arrastro hasta el cabezal y contesto:
—Déjala subir, Clive.
Me pongo una camiseta y corro escaleras abajo. Abro la puerta justo
cuando Kate sale del ascensor. Me alegro mucho de verla, pero no entiendo
por qué Pedro piensa que necesito una niñera. Corro hacia ella y la abrazo
con desesperación.
—¡Vaya! ¿Alguien se alegra de verme? —Me devuelve el efusivo
abrazo y hundo la cara entre sus rizos rojos. No me había dado cuenta de lo
mucho que necesitaba verla—. ¿Vas a invitarme a entrar en el torreón o
nos quedamos aquí plantadas?
La suelto.
—Perdona. —Me aparto el pelo de la cara—. Estoy fatal, Kate. Y tú
has vuelto a dejar que un tío rebusque entre mis cosas —añado con mala
cara.
—Paula, apareció a las seis de la mañana y estuvo llamando a la puerta
hasta que Sam le abrió. Le he dejado hacer porque no había forma de
impedírselo. Ese hombre es un rinoceronte.
—Es aún peor.
Me mira con cara de pena, me da la mano y me lleva al ático.
—No puedo creerme que viva aquí —masculla mirando hacia la
cocina—. Siéntate. —Señala un taburete.
Tomo asiento y observo a Kate mientras refresca el recuerdo que tiene
de la impresionante cocina.
—No puedo ofrecerte té porque no tiene leche. La asistenta tiene el
día libre.
—¿Tiene asistenta? —musita—. Era de esperar.
Sacude la cabeza, va a la nevera y saca dos botellas de agua. Se sienta
a mi lado.
—¿Qué pasa?
—¿Qué voy a hacer, Kate? —Apoyo la cabeza entre las manos—. No
puedo creer que te haya hecho venir sólo para que no me marche.
—¿Y eso no te dice nada?
—¡Que es un controlador! ¡Es demasiado intenso! —Miro a Kate, que
sonríe un poco. ¿Qué tiene de gracioso? Estoy hecha un lío—. No sé qué
hago con él, en qué punto estamos.
—¿Se lo has dicho? —me pregunta, y arquea una ceja perfectamente
depilada.
—No, no puedo.
—¿Por qué? —me suelta totalmente sorprendida.
—Kate, no sé qué soy para él. Puede ser amable y cariñoso, decir
cosas que no entiendo y, al minuto, ser brutal y fiero, dominante y
exigente. ¡Intenta controlarme! —Abro la botella de agua y le doy un trago
para humedecerme la boca seca—. Me manipula con sexo cuando no
cumplo sus órdenes sin replicar, pasa por encima de quien sea, incluso de
mí, para salirse con la suya. Raya en lo imposible. No, ¡es imposible!
Kate me mira con los ojos azules y brillantes llenos de compasión.
—Sam me ha dicho que nunca había visto así a Pedro. Por lo visto, es
famoso por su carácter despreocupado.
Me echo a reír. Podría describir a Pedro de muchas maneras, pero
despreocupado no es una de ellas.
—Kate, no es así para nada, créeme.
—Está claro que sacas lo peor de él. —Sonríe.
—Está claro —repito. ¿Despreocupado? ¡Qué chiste!—. Él también
saca lo peor de mí. No le gusta nada que diga tacos, así que suelto más. Le
supone un problema que muestre mis encantos a alguien que no sea él, así
que me pongo vestidos más cortos de lo normal. Me dice que no me
emborrache, y yo voy y lo hago. No es sano, Kate. Tan pronto me dice que
le encanta tenerme aquí como que soy el polvo del día. ¿Qué debo pensar?
—Pero sigues aquí —dice pensativa—. Y no vas a conseguir
respuestas si no haces las preguntas.
—Hago preguntas.
—¿Las correctas?
¿Cuáles son las preguntas correctas? Miro a mi mejor amiga y me
pregunto por qué no me saca del torreón y me esconde de Pedro. Lo ha visto
en acción... No hay duda de que eso es más que suficiente para que
cualquier mejor amiga tome cartas en el asunto.
—¿Por qué no me dices que lo mande a la mierda? —pregunto
recelosa—. ¿Es porque te ha comprado una furgoneta?
—No seas idiota, Paula. Le devolvería la furgoneta con gusto si me lo
pidieras. Tú eres mucho más importante para mí. No te digo que lo mandes
a la mierda porque sé que no quieres hacerlo. Lo que tienes que hacer es
decirle cómo te sientes y negociar niveles aceptables de «intensidad». —
Sonríe—. Pero en la cama bien, ¿verdad?
Sonrío.
—Dijo que iba a asegurarse de que lo necesitara siempre. Y lo ha
hecho. Lo necesito de verdad, Kate.
—Habla con él, Paula. —Me da un empujoncito en el hombro—. No
puedes seguir así. —Sacude la cabeza.
Es cierto que no puedo seguir así. Me meterán en un manicomio
dentro de un mes. Mi corazón y mi cerebro se arrastran de un extremo al
otro a cada hora. Ya no sé ni dónde tengo la cabeza ni dónde tengo el culo.
Si tengo que servirle mi corazón en bandeja para que lo haga trizas, que así
sea. Al menos sabré a qué atenerme. Lo superaré... algún día... creo.
Me levanto.
—¿Me llevas a La Mansión? —le pregunto. Necesito hacerlo ahora,
antes de que me raje. Tengo que decirle cómo me siento.
Kate salta del taburete.
—¡Sí! —exclama con entusiasmo—. ¡Me muero por ver ese sitio!
—Es un hotel, Kate. —Pongo los ojos en blanco pero la dejo disfrutar
de su entusiasmo. Mi coche está en su casa, así que no puedo moverme sin
ella—. Dame cinco minutos. —Corro escaleras arriba para cambiarme y
ponerme unos vaqueros y unas bailarinas, y estoy con Kate en la puerta
principal en tiempo récord. Envío a Pedro un mensaje de texto rápido para
decirle que voy para allá.
Es hora de poner las cartas sobre la mesa

GRACIAS POR LEER! ♥


4 comentarios:

  1. Wowwwwwww, no veo la hora de leer los siguientes caps!!! Van a ser súper explosivos.

    ResponderEliminar
  2. Muy buenos capítulos!! Se vendrá el final de la relación? Espero que no, que aclaren todo y se digan todo, qué expresen su amor!!!! @AmorPyPybb

    ResponderEliminar
  3. Wow quiero leer los proximos capitulos ya!!! Buenisimos,ojala los dos acepten lo que sienten.

    ResponderEliminar
  4. Uauuuu¡ intensos , esta buenisima la novela, creo q algo grave le pasa a Pedro ¡¡

    ResponderEliminar