miércoles, 5 de marzo de 2014
Capitulo 30 ♥
Se quita los zapatos marrones de Grenson y los calcetines. Sólo le
falta librarse de los pantalones para estar desnudo. Repaso con la vista su
físico perfecto y la boca se me hace agua, hasta que llego a la horrible
marca que tiene en el abdomen. Mi mirada se detiene en ella durante un
instante, pero él vuelve a colocarse entre mis piernas y hace que me olvide
de mi curiosidad. Me esfuerzo por controlar el impulso de agarrarlo. La
presión que noto entre las piernas hace que me agite sobre la encimera para
aliviar los tremendos espasmos que me mortifican. Él tampoco está
relajado. Su inmensa erección, presa bajo sus pantalones, se me clava con
fuerza en el muslo.
Apoya las manos sobre la parte superior de mis piernas y empieza a
trazar círculos con los pulgares a tan sólo unos milímetros de mi sedienta
intimidad. Estoy poseída por la más pura lujuria, y cada vez me cuesta más
controlar la respiración.
Me aprieta los muslos.
—¿Por dónde empiezo? —musita, y levanta una mano y me acaricia
el labio inferior con el pulgar—. ¿Por aquí? —pregunta. Yo separo los
labios. Él me mira y me mete el dedo en la boca. Yo lo rodeo con la lengua
y en sus labios empieza a formarse una diminuta sonrisa. Retira el pulgar y
me acaricia la cara con él. Entonces, muy lentamente, me desliza la palma
de la mano por el cuello hasta llegar al pecho y me lo agarra, posesivo—.
¿O por aquí? —Su voz ronca traiciona su calmada fachada. Me mira con
una ceja arqueada y empieza a masajearme el pezón con el dedo. Gimo.
Si está esperando que diga algo, ya puede ir olvidándose. He perdido
por completo la capacidad de hablar, sólo puedo emitir jadeos cortos y
agudos.
—Son mías.
Me amasa el pecho con suavidad durante unos instantes más y
después vuelve a acariciarme la piel sensible con la mano. Se pasa varios
segundos trazando círculos grandes sobre mi vientre antes de continuar
hacia abajo. Tengo que obligarme a respirar cuando el calor de su mano
alcanza la parte interior de mi muslo. Estoy embriagada de deseo.
Justo cuando creo que va a reclamarme con los dedos, cambia
rápidamente de dirección y me acaricia la cadera, lo que me sobresalta. Me
agarra el culo.
—¿O por aquí? —Habla en serio. Yo me pongo rígida—. Cada
centímetro, Paula —resuella.
Contengo la respiración. Me arden los pulmones cuando sonríe
ligeramente y sus manos empiezan a deslizarse de nuevo hacia mi parte
delantera. No lo alarga mucho más. Me coloca la palma de la mano entre
las piernas.
—Creo que empezaré por aquí.
Suelto un suspiro de agradecimiento y una sensación de alivio me
recorre todo el cuerpo. Me pone un dedo debajo de la barbilla y me obliga
a mirarlo a esos maravillosos ojos que tiene.
—Pero he dicho cada centímetro —afirma con frialdad antes de
apoyar la mano sobre la encimera junto a mi muslo. La otra continúa entre
mis piernas.
¡Joder! No sé si estoy dispuesta a hacerlo. Matias lo intentó unas
cuantas veces, pero siempre le dije que ni hablar. Solía decir que era la ruta
más placentera... Sí, ¡para él! No tengo tiempo de pensar demasiado en
ello. Pedro recorre el centro de mi sexo con un dedo y me provoca grandes
oleadas de placer que salen disparadas en mil direcciones diferentes. Yo
me echo hacia delante y apoyo la frente en su hombro mientras la parte
superior de mi cuerpo asciende y desciende al ritmo de los frenéticos
latidos de mi corazón.
—Estás empapada —me dice con voz grave al oído mientras hunde un
dedo dentro de mí. Mis músculos se tensan a su alrededor de inmediato—.
Me deseas —dice con seguridad al tiempo que lo extrae y extiende toda la
humedad por mi clítoris antes de atacar de nuevo con dos dedos.
Yo lanzo un grito.
—Dime que me deseas, Paula.
—Te deseo —jadeo contra su hombro.
Oigo un gruñido de satisfacción.
—Dime que me necesitas.
Ahora mismo le diría todo lo que quisiera oír. Absolutamente todo.
—Te necesito.
—Vas a necesitarme siempre, Paula. Me aseguraré de ello. Ahora, a ver
si puedo hacerte entrar en razón a polvos.
¿En razón? ¿De qué coño habla?
Retira los dedos de mi interior, me levanta de la encimera y me hace
girar lentamente en sus brazos. Busco con las manos la lisa superficie del
granito. No me gusta esta posición.
—Quiero verte —me quejo, aunque sé que no tengo nada que hacer.
Parece que le gusta ser el dominante.
Siento que su cuerpo se aproxima, el calor que emana hacia mí.
Cuando su pecho firme presiona mi espalda, me pego a él y apoyo la
cabeza en su hombro.
Acerca la boca a mi oído.
—Cállate y disfruta. —Aprieta la cadera contra la parte baja de mi
espalda y lentamente la amolda a mi cuerpo mientras alarga los brazos y
me agarra de las muñecas.
—No hables hasta que yo te lo diga, ¿entendido?
Asiento. ¡Ya no me cabe la menor duda de que le gusta tener el
control!
Empieza a acariciarme los brazos lenta y suavemente con sus dedos
expertos y me pone el vello de punta. Mi sangre parece lava. Mis pechos
ansían su tacto cuando llega con las manos al extremo superior de mis
brazos y asciende hasta los hombros. Cierro los labios con fuerza, pero se
me escapa un gemido. No puedo evitarlo. No si me hace sentir así.
Me cubre los hombros con las manos por completo y empieza a
trazarme círculos con los pulgares en el cuello, masajea la tensión que se
acumula en él. Es una sensación que no puedo explicar. Todo mi cuerpo se
relaja y mi mente se serena.
Baja la boca hasta mi cuello y me roza la piel con los labios antes de
besarla suavemente.
—Tu piel es adictiva.
—Hummm... —ronroneo. Eso no es hablar.
Se ríe en voz baja.
—¿Te gusta? —pregunta mientras me regala suaves besitos por la
mandíbula.
Vuelvo el rostro hacia él, lo miro directamente a los ojos y asiento de
nuevo.Me mantiene la mirada durante unos segundos, con expresión
satisfecha, y me planta un tierno beso en los labios. Deja que sus manos se
abran paso hacia mis caderas. Cierro los ojos con fuerza e intento con todas
mis fuerzas no despegarme de él.
—Que no se te ocurra mover las manos —ordena con firmeza antes de
soltarme.
Oigo que se quita los pantalones y sus manos vuelven a posarse sobre
mis caderas. Da unos pasos atrás y lentamente las arrastra con él. Se me
acelera el pulso y me agarro con más fuerza a la encimera para evitar
moverme. Me estremezco cuando me apoya las manos en el cuello y siento
que su erección se acerca a mi abertura. En un intento por estabilizar mi
respiración, inspiro profundamente e intento relajarme mientras me deleito
al borde de la penetración. Ésta es la peor clase de tortura que existe.
Se inclina hacia adelante, y su lengua, cálida y húmeda, me acaricia la
espalda y recorre la línea de mi columna hasta acabar con un suave beso en
el cuello.
—¿Estás lista para mí, Paula? —pregunta contra mi piel, y la vibración
de sus labios provoca temblores de placer en el centro de mi sexo—.
Puedes contestar.
A pesar de mis ejercicios de respiración, sigue faltándome el aire.
—Sí —respondo prácticamente jadeando.
La bocanada de aire que escapa de su boca es de auténtico
agradecimiento. Siento que me acaricia el culo con la mano mientras él se
coloca en posición. Entonces, muy lentamente, atraviesa mi palpitante
vacío y se sumerge en mí con movimientos suaves y controlados. A él
también le cuesta respirar, y yo quiero gritar de placer, pero no estoy
segura de si está permitido.
Joder, qué gusto. Bien pensado, ¿qué va a hacerme si lo desobedezco?
Mi castigo también será el suyo. Vuelve a colocar una mano en mi cadera y
se detiene. Yo me agarro aún con más fuerza a la encimera, hasta que los
nudillos se me ponen blancos, y me descubro a mí misma moviéndome
contra él, absorbiéndolo hasta el final.
—Joder, Paula, me vuelves loco —gruñe, y me agarra el cuello con más
fuerza, me sujeta en el sitio, mientras la otra mano abandona mi cadera
para cogerme el pecho—. No puedo hacerlo despacio —jadea mientras me
lo amasa. Se retira lentamente y avanza de nuevo, con una embestida
rápida y enérgica que me obliga a dar un salto hacia adelante.
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