lunes, 24 de marzo de 2014
Capitulo 94 ♥
Entramos por la puerta del ático fundidos en un apasionado abrazo. Llevo
todo el día esperándolo. Estoy a punto de explotar de deseo. Lo necesito
dentro de mí, ya.
Me quita el bolso del hombro y lo tira al suelo, me coge por la cintura
y me levanta para que rodee la suya con las piernas. Camina hacia la
cocina, pulsa un par de botones del mando a distancia y Running up that
Hill de Placebo inunda mis oídos rápidamente y aumenta la desesperación
con la que lo necesito. Es un hombre de palabra.
—Te quiero en la cama —me dice con urgencia, y sube la escalera a
una velocidad alarmante.
Me quito las bailarinas por el camino para que, al llegar arriba,
tardemos menos en librarnos de la ropa. Abre la puerta del dormitorio
principal de una patada y me deja a los pies de la cama.
—Date la vuelta —dice con ternura. Hago lo que me dice y le doy
acceso a la espalda de mi vestido—. Por favor, dime que llevas ropa
interior de encaje —suplica mientras me lo desabrocho—. Te necesito
vestida de encaje.
—Es de encaje —confirmo con tranquilidad. Últimamente no me
pongo otra cosa. Suelta un largo suspiro de alivio, me quita el vestido por
la cabeza y lo deja caer al suelo.
Me vuelvo para verle la cara. Tiene la boca relajada y los ojos
entrecerrados. Está tan desesperado como yo. Acerca la mano y, despacio,
me baja una copa del sujetador rozando el pezón con los nudillos. El
corazón se me dispara en el pecho. Está cariñoso, me encanta el Pedro
cariñoso.
Se lleva las manos a la espalda, agarra su camiseta y se la quita por la
cabeza. Está en tan buena forma que cada vez que veo su cuerpo jadeo. No
tiene un gramo de grasa.
—¿Lo has pasado bien hoy? —me pregunta. No me toca, se limita a
quedarse ahí, delante de mí, quitándose los zapatos. Mentalmente le
suplico que se dé prisa. ¿Quiere ponerse a charlar ahora?
—Ha sido un día encantador —le digo, e intento ignorar lo mejor que
puedo el ritmo apasionado de la música que nos envuelve, especialmente si
ha decidido que vamos a pasar un ratito charlando.
—Yo también lo he disfrutado mucho. —Está serio y pensativo. No sé
cómo tomármelo—. ¿Quieres que lo hagamos aún mejor?
Ay, Dios.
—Sí —jadeo.
—Ven aquí.
Esta vez no va a ser necesaria una cuenta atrás. Doy un paso adelante,
le pongo las manos en el pecho de acero y levanto la cabeza para buscar su
mirada. Pasamos unos instantes en silencio, contemplándolos, antes de que
sus labios tomen los míos y me catapulten al instante al séptimo cielo de
Pedro, mi lugar favorito del universo.
Gimo y traslado las manos hacia su pelo. Me agarro a él cuando me
levanta y me apoya contra su cuerpo. Nuestras lenguas enredadas se
acarician despacio. Me lleva a la cama, se tumba encima de mí y me
coloca las manos por encima de la cabeza. No me las sujeta, pero sé que es
donde tienen que quedarse.
Abandona mi boca y se sienta. Me deja acalorada, aturdida y jadeante.
Me mira y veo los engranajes de su maravillosa mente trabajando a
toda máquina. Quiero saber qué está pensando. Hace días que se pone
pensativo de repente.
—Podría quedarme aquí sentado todo el día viendo cómo te arqueas y
revuelves con mis caricias —murmura mientras juega con mi pecho.
Después baja la otra copa y le dedica a éste las mismas atenciones que al
primero.
Se me endurecen los pezones. Los pellizca y estira con los dedos,
atento a sus movimientos, que me están volviendo loca. Tiene los labios
húmedos, la boca entreabierta. ¡La quiero en mi cuerpo ya!
—No te muevas. —Se levanta de la cama y, ya de paso, me quita las
bragas.
Gimoteo un poco al dejar de sentir su peso sobre mí. ¿Adónde va? Lo
veo desabrocharse la bragueta de los vaqueros, bajárselos y quitárselos de
un puntapié, sin prisa. Luego se saca los bóxeres. Aprieto las piernas con
fuerza para controlar el pálpito sordo de mi vientre, que al verlo desnudo
ha aumentado en intensidad y frecuencia. Tiene un cuerpo espectacular.
Vuelve a la cama, me abre las piernas y me pasa la lengua directamente
por el centro del sexo.
—¡Dios, Dios, Dios! —Me cubro la cara con las palmas de las manos
y me clavo los dientes en ellas cuando me mete la lengua, la saca y traza
lentamente mi circunferencia con ella antes de volver a meterla. Creo que
voy a desmayarme.
Empiezo a rotar las caderas siguiendo su ritmo, en busca de más
fricción. Me presiona el vientre con la palma de la mano para evitar que
me arquee debajo de él. ¿Por qué iba a salir huyendo de él? De todas las
estupideces que podría hacer, huir de este hombre se llevaría la medalla de
oro.
Levanta la boca y envía una corriente de aire fresco por mi piel antes
de volver a su inexorable patrón de tortuoso placer. Cuando comienzo a
mover la cabeza de un lado a otro e intento cogerlo del pelo, aumenta la
presión y exploto a su alrededor, levantando las caderas en un acto reflejo
y exhalando un grito desesperado. Cierra la boca sobre mi sexo y succiona
literalmente cada pulsación que sale de mí. Tiemblo como una hoja y
arqueo la espalda todo lo que da de sí.
Pedro gime de pura satisfacción.
—Hummm, noto cómo palpitas contra mi lengua, nena.
No puedo ni hablar. La influencia que tiene sobre mi cuerpo es
extraordinaria. No creo que yo sea débil, creo que él es demasiado
poderoso, está claro que es él quien tiene el poder.
Mi pobre corazón empieza a calmarse y yo le paso los dedos por el
pelo mientras disfruto de las atenciones de su boca, que me besa con
ternura, me muerde y me chupa la cara interior de los muslos. Estamos
haciendo el amor con ternura, pero es imposible saber lo que va a durar. No
voy a intentar engañarme a mí misma y convencerme de que no va a
decirme nada más de la desobediencia de anoche. Pero ahora mismo me
doy por satisfecha con estar aquí tumbada, con Pedro acariciándome y
besándome entre las piernas, hasta que él quiera. Y ésa es otra cosa que se
hace siempre de acuerdo con sus condiciones.
Cierra los dientes con suavidad sobre mi clítoris y me estremezco.
Oigo su risa y traza un camino ascendente de besos por mi cuerpo hasta
que encuentra mis labios y comparte conmigo mi orgasmo. Aprieta sus
labios suaves contra los míos sin dejar de mirarme. Le pongo los brazos
sobre los hombros y acepto su peso cuando entierra la cara en mi cuello y
suspira. Su excitación es tremenda y palpita contra mi muslo. Muevo la
cadera para que quede justo en mi abertura.
—Me cabreas hasta la locura, señorita —susurra en mi cuello.
Levanta las caderas introduciéndose despacio en mí, con un gemido
ahogado. Yo también gimo y aprieto todos y cada uno de mis músculos a
su alrededor—. Por favor, no vuelvas a hacerlo.
Me busca la pierna y desliza el brazo bajo mi rodilla. Tira de ella para
colocársela encima del hombro y luego apoya la parte superior del torso en
los antebrazos. Lentamente, se retira y vuelve a entrar mientras me mira
fijamente.
—Lo siento —susurro con los dedos enredados en su pelo.
Vuelve a salir y a continuación empuja con un gemido.
—Paula, todo lo que hago, lo hago para protegerte y mantenerme
cuerdo. Por favor, hazme caso.
Gimo al recibir otra embestida deliciosa y profunda.
—Lo haré —confirmo, pero soy consciente de que estoy desbordada
de placer y de que, una vez más, puede hacerme decir lo que quiera. No
necesito que me protejan, excepto de él, tal vez.
Me mira.
—Te necesito. —Parece abatido, y eso me deja fuera de juego—. Te
necesito de verdad, nena.
Estoy atontada de placer, me ha engullido por completo, pero no
puede seguir diciendo esas cosas así como así, al menos no sin
aclarármelas. Me tiene hecha un lío con tanto mensaje en clave. ¿Es que
confunde necesitar con desear? Yo he ido más allá del deseo y me da un
poco de miedo haberme adentrado en el territorio de necesitar de verdad a
este hombre.
—¿Por qué me necesitas? —Tengo la voz ronca y áspera.
—Te necesito y ya está. No me dejes, por favor. —Vuelve a
sumergirse en mí, lo que provoca un gemido mutuo.
—Dímelo —gruño, y aprieto sus hombros con fuerza, aunque me
aseguro de sostenerle la mirada. Quiero algo más que sus acertijos liosos.
Las aguas superficiales se están enturbiando.
—Acéptalo y bésame. —Lo miro, dividida entre mi cuerpo, que lo
necesita, y mi mente, que lo que necesita es información. Entra y sale de
mí sin prisa, a un ritmo de ensueño que hace que la exquisita presión
vuelva a acumularse gradualmente. No puedo controlarlo—. Bésame, Paula.
Mi cuerpo gana, acerco su cara a la mía y lo beso, venero su
maravillosa boca mientras él se hunde en mí y vuelve a salir rotando las
caderas. La tensión mecánica de mi cuerpo entra en acción cuando alcanzo
el punto álgido del placer y empiezo a temblar al borde de la liberación. Se
me escapa el aire en jadeos cortos y punzantes, pero intento controlar mi
inminente orgasmo.
—Aún no, nena —me advierte con dulzura, y aprieta con fuerza en su
embestida.
¿Cómo lo sabe? Me concentro todo lo que puedo, pero con esta
música y con Pedro besándome con tanta delicadeza la verdad es que va a
costarme. Le clavo los dedos en la espalda, una señal sin palabras de que
estoy al borde del precipicio. Gruñe, me muerde el labio y empuja hacia
adelante.
—Juntos —masculla contra mi boca. Asiento y aumenta la intensidad
de sus arremetidas para acercarnos a ambos al éxtasis supremo. Mantiene
el control y la precisión de sus embestidas.
—Ya casi estoy, nena —gime.
—¡Pedro!
—Aguanta, aguanta un poco —dice con suavidad, y me la clava una
vez más ejecutando una rotación tan profunda con las caderas que me
resulta deliciosamente dolorosa. Se adentra en mí cuanto puede.
Los dos gritamos.
—Ahora, Paula.
Sale y vuelve a entrar, más fuerte.
Me libero. Noto que palpita y tiembla dentro de mí mientras ambos
engullimos los gemidos del otro y nos entregamos al placer. Descendemos
en una caída apacible y pausada hacia la nada. Mis músculos se estremecen
en torno a su pene palpitante y el corazón me late con fuerza en el pecho.
Lo beso con adoración mientras se relaja, aún con mi pierna por
encima del hombro y apretándose contra mí, soltando todo lo que tiene,
gimiendo de placer puro y duro.
Una molesta invasión de lágrimas se apodera de mis ojos y lucho con
todas mis fuerzas para evitar que se derramen y estropeen el momento. Él
sigue aceptando mis besos devotos y devuelve a mi lengua, lenta y ávida,
una caricia con otra. Estoy intentando decirle algo con este beso. Necesito
desesperadamente que lo entienda.
«¡Te quiero!»
Se aparta, deshace nuestro beso y me mira con el ceño fruncido.
—¿Qué ocurre, Paula? —me pregunta con cariño y la voz llena de
preocupación.
—Nada —respondo demasiado de prisa. Maldigo mentalmente a mi
dichosa mano por ponerse tensa en su nuca. Busca en mis ojos y dejo
escapar un suspiro—. ¿Qué es esto? —le pregunto. Sigue moviéndose
lentamente dentro de mí.
—¿Qué es qué? —Su tono denota confusión. Estoy enfadada conmigo
misma por haber abierto la bocaza.
—Me refiero a ti y a mí. —De repente, me siento idiota y quiero
esconderme bajo las sábanas.
Su mirada se torna más dulce y mueve las caderas despacio.
—Somos sólo tú y yo —dice tan tranquilo, como si fuera algo muy
sencillo. Me besa con suavidad y me suelta la pierna—. ¿Estás bien?
«No, estoy hecha una mierda.»
—Sí —contesto con un tono más cortante del que pretendía. ¿Es tan
insensible este hombre que no ve a una mujer enamorada ni cuando la tiene
debajo? Tú y yo, yo y tú, eso está más claro que el agua. No veo a nadie
más en la cama con nosotros. Me retuerzo debajo de él y entrecierra sus
ojos pantanosos—. Necesito hacer pis. —Intento decirlo como si no
estuviera cabreada. Fracaso estrepitosamente.
Se muerde el labio inferior y me mira con recelo, pero se aparta y, con
no mucho entusiasmo, me libera de su peso. Me llevo la mano a la espalda
para desabrocharme el sujetador de camino al cuarto de baño y cierro la
puerta al entrar.
¿Por qué no soy capaz de decirlo? Necesito liberar a mi boca de las
palabras que me causan esta maldita agonía. Mentalmente, me pego
patadas en mi patético culo por todo el baño de lujo, meto la cabeza en el
retrete y tiro de la cisterna. Me siento para hacer pis. Soy una perdedora.
Seguro que sabe cómo me siento. Me echo a los pies de este hombre como
una esclava, le entrego mi mente y mi cuerpo en cuanto chasquea los
dedos. No me creo, ni por un segundo, que no haya visto todas las señales.
Termino y me coloco desnuda delante del espejo. Contemplo mi
reflejo. Tengo los ojos marrones brillantes otra vez y la piel aceitunada
fresca y limpia. Me apoyo en el lavabo doble y dejo escapar un largo
suspiro. No tenía planeado estar en esta situación, pero aquí estoy. Este
hombre ha arrasado conmigo en todos los sentidos y estoy peligrosamente
cerca de que me rompa el corazón. La idea de vivir sin él... Me llevo la
mano al pecho. La sola idea de vivir sin él me constriñe el corazón. A pesar
de lo difícil que es, estoy enamorada sin remedio. Así son las cosas.
Me sobresalto cuando se abre la puerta y entra, desnudo,
impresionante y glorioso. Se pone detrás de mí y me coloca las manos en
la cintura y la barbilla en el hombro. Nuestras miradas no se separan en
una eternidad.
—¿No habíamos hecho las paces? —pregunta frunciendo un poco sus
hermosas cejas.
—Sí. —Me encojo de hombros.
Esperaba una retribución mayor que la que acabo de recibir. Sí, cortó
en pedacitos el vestido tabú pero, con todo y con eso, hoy ha sido bastante
razonable. Es curioso que pueda reducir la masacre de prendas a algo
«bastante razonable».
—Entonces ¿por qué estás enfurruñada?
«¡Porque eres un insensible!»
—No estoy enfurruñada —digo un pelín demasiado ofendida. Joder,
está claro que sí.
Sacude la cabeza y suelta un largo suspiro de cansancio. ¿De qué está
tan cansado? Menea las caderas contra mi trasero. Se ha puesto duro otra
vez. Va a distraerme de mis cavilaciones con su manipulación sexual y
exigente. Lo sé.
—Paula, eres la mujer más frustrante que he conocido —gruñe. Abro
los ojos como platos. Pero ¡qué morro tiene! ¿Considera que yo soy
frustrante? Cierra la boca en mi cuello y su calor penetra en mí—. ¿Me
estás ocultando algo a propósito, señorita?
—No —susurro.
¿De qué habla? Nunca me he guardado nada con él. Me entrego a él
sin reservas y siempre de buena gana. A veces hace falta un poco de dulce
persuasión, pero al final consigue lo que quiere una y otra vez. ¿Que qué
me estoy guardando?
Empieza a pasarme la palma de la mano, arriba y abajo, entre los
muslos. Es la fricción perfecta al ritmo perfecto. Le sostengo la mirada en
el espejo. Mierda, lo estoy deseando otra vez. Echo la cabeza hacia atrás y
le ofrezco mi cuello. Su boca traza un sendero por la columna de mi
garganta y me rodea el nacimiento de la oreja, esa zona tan sensible.
—¿Lo deseas de nuevo? —me tienta mientras me lame la oreja sin
parar de acariciarme el sexo.
—Te necesito.
—Nena, no sabes lo feliz que me hacen esas palabras. ¿Siempre?
—Siempre —confirmo.
Gruñe de aprobación.
—Joder, necesito estar dentro de ti.
Tira de mis caderas hacia él y se coloca en mi entrada antes de
clavarse en mi interior con un grito ensordecedor que resuena en el amplio
cuarto de baño.
—Ah, ¡mierda, Pedro! —Me sujeto al lavabo doble preparándome para
el ataque.
Me embiste.
—¡Esa... boca!
Me somete a una ráfaga desesperada e incesante de estocadas de
castigo y grita como un poseso mientras tira de mí y me penetra hasta
profundidades insoportables. La cabeza me da vueltas, mi cuerpo no puede
más y estoy fuera de mí, colocada con la droga más placentera, intensa y
poderosa: don Difícil en persona. Dejo caer la cabeza.
«¡Dios, coño, jodeeeer!»
Me coge de los hombros.
—¡Mírame! —me grita, y se clava en mí para enfatizar su orden.
Cojo aire con dificultad, consigo levantar la cabeza y miro su reflejo,
pero me cuesta enfocarlo. Me empuja con mucha fuerza hacia adelante, y
mis brazos a duras penas me sostienen cuando me golpea el culo con las
caderas entre continuos rugidos. La arruga de su frente es muy profunda y
tiene los músculos del cuello tensos. El señor del sexo, brutal y exigente,
ha vuelto.
—Nunca vas a guardarte nada, ¿verdad, Paula? —me ladra con esfuerzo
entre dientes.
—¡No!
—Porque no vas a dejarme nunca, ¿verdad?
Ya estamos otra vez. Tanto hablar en clave mientras lo hacemos me
machaca el cerebro más que el asalto que está soportando mi cuerpo.
—¿Y adónde coño iba a irme? —grito de frustración al recibir otra
estocada despiadada.
—¡Esa boca! —ruge—. ¡Dilo, Paula!
—¡Dios! —grito. Me fallan las rodillas y él mueve rápidamente las
manos hacia mi cintura para sujetarme.
Mi mundo se queda en silencio cuando cabalgo la vibración de olas de
placer que se han disparado en mí con tanta fuerza que creo que el corazón
ha dejado de latirme del susto.
—¡Jesús! —Se desploma en el suelo y se tumba de espaldas para que
pueda echarme sobre él, yo con la espalda apoyada en su pecho y él con los
brazos en cruz.
Me hace ascender y descender al respirar.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario