unas ondas grandes y naturales cortesía de Philippe, mi peluquero, y un
vestido nuevo de Selfridges que compré por impulso para sentirme mejor,
aunque me queda genial. Es negro, corto y muy entallado. Me he
maquillado los ojos con un negro ahumado muy marcado y he escogido un
tono nude para los labios. La verdad es que estoy bastante sexy.
Entro en la cocina y veo a Kate asomada a la ventana, fumándose un
cigarrillo a escondidas. ¿En qué estará pensando ahora? Está tan mona
como siempre, con un vestido de color crema con la espalda descubierta.
—¡Madre mía! —exclama—. Estás impresionante. —Baja de un salto
de la encimera y mete los pies en los tacones dorados—. ¿Es lo bastante
corto? Enarco una ceja e inspecciono su vestido.
—Puta...
Ella ríe con ese gorjeo desenfadado que siempre me saca una sonrisa.
—Toma. —Me pasa una copa de vino. Se la agradezco y
prácticamente me la bebo de un trago. Me hacía mucha falta—. Ya está
aquí el taxi.
Dejo la copa vacía a un lado y sigo a Kate hasta el taxi. Estoy
deseando que llegue esta noche para recuperarme, pero paso por alto el
hecho de que pretendo recuperarme de unos cuantos encuentros
apasionados con un hombre apasionado, no de la ruptura de mi relación de
cuatro años con Matias. Es curioso. La verdad es que en ningún momento
sentí la necesidad de salir y ponerme hasta las orejas de alcohol cuando él
y yo lo dejamos.
Entramos en el Baroque y de inmediato veo a Tom y a Victoria en la
barra. —¡Madre mía! —exclama Tom mirándome de arriba abajo—. ¡Paula,
estás de muerte!
—Estás estupenda, Paula —añade Victoria.
Sólo es un vestido.
—Gracias —digo, y me encojo de hombros para quitarle importancia.
—¿Qué quieres tomar? —pregunta Kate.
Ya me he tomado una copa de vino, así que supongo que debería
seguir con lo mismo. Dije que esta noche iba a beber.
—Un rosado, pero que sea Zinfandel, por favor.
Kate pide las bebidas y nos dirigimos a una mesa cerca del DJ. Tom
viste su nueva camisa de color coral y unos vaqueros demasiado apretados.
Sólo le falta tatuarse la palabra «gay» en la frente. Victoria está tan guapa
como siempre. Todo el mundo se ha arreglado mucho para esta noche,
incluida yo. ¿Por qué será?
Conforme el vino va entrando en mi cuerpo, mis preocupaciones
comienzan a disiparse. Reímos y charlamos, y empiezo a sentirme normal
otra vez. Me siento libre y me gusta. Mi madre siempre dice: «El alcohol
te suelta la lengua, y quien mucho habla mucho yerra.» Acabo de descubrir
que tiene razón, porque estoy totalmente desinhibida y he puesto a todo el
mundo al día sobre los últimos acontecimientos. Teniendo en cuenta que
quería olvidarme de todo, me estoy esforzando mucho por aferrarme a los
recuerdos.
Tom está entusiasmado con todo el sexo de despecho que he tenido.
—¿Así que se largó y no lo has visto desde entonces? —pregunta
afectado.
—Eso no mola nada —interviene Victoria.
Kate pone los ojos en blanco y mira a los dos como si fuesen tontos de
remate.
—Pero ¿es que no lo veis? —resopla enfurruñada.
Tom y Victoria se contemplan el uno a la otra, y después a mí. Yo me
encojo de hombros. ¿Qué no vemos? Kate niega con la cabeza.
—Parecéis idiotas. Es muy simple... él la quiere. Ningún hombre se
comporta así por un polvo. Ya te lo dije, Paula.
—Entonces ¿por qué ha desaparecido? —Victoria se inclina hacia
adelante, totalmente fascinada por la explicación de Kate al
comportamiento de Pedro.
—¡No lo sé! Pero creo que es eso. He visto la química que había entre
ellos. Y era una pesada. —Kate se deja caer en su silla alta, totalmente
exasperada.
Yo me echo a reír. No sé si es porque he tomado demasiado vino, pero
ha sido... gracioso.
—Da igual. Sólo era un polvo y ya está.
Mi explicación no parece satisfacerlos, porque todos continúan
contemplándome con cara de incredulidad. Creo que ni siquiera a mí me
convence, pero han pasado cuatro días y he logrado resistir la insoportable
tentación de llamarlo. Además, él tampoco me ha llamado ni ha vuelto a
concertar una cita, así que eso lo dice todo. Voy a pasar página. Sólo estoy
tremendamente cabreada conmigo misma por ceder ante su persistencia, lo
que lo situaba en posición de dejarme, cosa que ha hecho.
—Oye, ¿podemos cambiar de tema? —les suelto—. He salido a
divertirme, no a analizar los detalles de mi polvo de despecho.
Tom remueve su piña colada.
—¿Sabes qué? Todo sucede por una razón.
—¡Venga ya! ¡No empieces con todas esas chorradas! —lo reprende
Kate.
—Pero es verdad. Creo firmemente en ello. Tu polvo de despecho es
un escalón que te lleva hacia el amor de tu vida. —Me guiña un ojo.
—Y Matias fue un peldaño que duró cuatro años —señala Kate.
—¡Por los peldaños! —exclama Tom.
Kate se une al brindis.
—¡Y por los chupitos!
Apuro el vino y levanto la copa.
—¡Sí! ¡Por los chupitos! —grita Tom, y se marcha bailando hacia la
barra.
Nos tambaleamos por la calle hasta nuestro siguiente destino: el Blue
Bar. Los porteros nos dejan entrar, aunque uno de ellos mira la camisa de
Tom con recelo. Tom y Victoria salen corriendo hacia la pista de baile en
cuanto oyen a Flo Rida y a Sia cantando Wild Ones, y Kate y yo nos
quedamos pidiendo las bebidas.
Pido una ronda, cojo los vasos de Tom y Victoria y los dejo en el
estante que me señalan. Les encanta bailar, así que puede que tarden un
rato. Cuando vuelvo con Kate a la barra, me la encuentro hablando con un
tipo. No lo conoce. Lo sé porque ha activado todos sus mecanismos de
flirteo.
Cuando me acerco, levanta la voz para que la oiga por encima de la
música.
—Paula, éste es Greg.
Yo sonrío y le doy la mano. Parece bastante normal.
—Hola, encantada.
—Lo mismo digo. Éste es mi amigo, Alex —dice, y señala a un chico
mono de pelo oscuro que está a su lado.
—¡Hola! —grito.
Él sonríe con seguridad.
—Te invito a una copa.
—No, gracias, acabo de pedir una.
Regla número uno: no aceptar jamás copas de un extraño. Dan me lo
enseñó en cuanto empecé a salir.
—Como quieras —responde encogiéndose de hombros.
Kate y Greg se apartan de nosotros y nos dejan solos para que
charlemos. La verdad es que no me apetece. He salido para olvidarme de
los hombres en general. Y ahora me colocan a uno.
—¿A qué te dedicas? —me pregunta Alex.
—Al diseño de interiores, ¿y tú?
—Soy agente inmobiliario.
Me lamento por dentro. Tengo aversión a los agentes inmobiliarios,
suelen ser comerciales engreídos y con un ego excesivo. Y Alex tiene todas
esas características, además de hablar con una petulancia insoportable.
—Qué bien —digo. Ha perdido todo mi interés, aunque no es que haya
tenido mucho en ningún momento.
—Sí, hoy me he ganado un extra considerable. Soy capaz de venderte
hasta un cagadero. Vivo de lujo y en Londres, es una pasada. —Joder,
menudo capullo—. ¿Quieres que salgamos un día?
«¡NO!»
—Gracias, pero tengo pareja. —Menos mal que este payaso no nos
conoce ni a mí ni a mis manías. Me estoy tocando el pelo sin parar.
—¿Seguro? —pregunta, y se acerca y me acaricia el brazo.
Yo me aparto y planeo la huida.
—Seguro. —Sonrío dulcemente y busco a Kate con la mirada.
En lo que tardo en llevarme la copa a los labios, don Petulante
desaparece de mi vista. Me lleva dos segundos entender lo que está
pasando ante mis ojos pero, cuando lo hago, me quedo horrorizada.
Pedro ha agarrado a Petulante del cuello y lo ha estampado contra una
columna.
GRACIAS POR LEER!♥
Wowwwwwww, qué geniales los 2 caps!!!!!!!!
ResponderEliminarAaaaaaaaaaaaaaah, qué sorpresa, jaja!! Nos dejás así hasta mañana!!! Muy buenos capítulos!! @AmorPyPybb
ResponderEliminarNo podes dejarlo ahí!!!! Muy buenos caps. :)
ResponderEliminar@jesica_tkd