¡Cerdo conspirador! Me tiene acorralada, desnuda, llego tarde a trabajar y
necesito que me lleve a casa.
De pie, considero el trato. Si soy sincera, no pensaba emborracharme
mucho, especialmente después de mi actuación del sábado pasado. Ni
siquiera le he preguntado todavía a Kate si está libre, pero no quiero que
don Controlador piense que puede dictar todos y cada uno de mis
movimientos. Como dar la mano y que te tomen el brazo.
—¡De acuerdo!
Total, ¿cómo va a enterarse de si me tomo una copa?
Parece sorprendido.
—Ha sido más fácil de lo que creía. ¿Comemos juntos?
—Vale, pero ¡dame mi ropa!
—¿Quién manda aquí, Paula? —pregunta.
No tengo tiempo para llevarle la contraria.
—Tú. ¡Ahora tráeme mi ropa!
—Correcto.
Camina pavoneándose hacia la nevera —con un toque de arrogancia
extra dedicado a mí— y abre la puerta.
—Aquí tienes, señorita.
¿Estaba en el frigorífico? En fin, nunca se me habría ocurrido buscar
ahí. Se la quito de las manos y me levanta una ceja en señal de advertencia.
Me da igual. Voy a llegar tardísimo. Observa cómo me pongo los
pantalones capri a tirones y dando saltitos como una loca. Doy un respingo
cuando la tela fría me roza la piel.
—¿Me da tiempo a ducharme? —Lo pregunta en serio.
—¡No!
Se ríe, me da una palmada en el trasero y sale a paso lento de la
cocina.
Pedro me lleva a casa con su estilo de conducción habitual: tan rápido
que da miedo y sin ninguna paciencia, pero hoy doy gracias.
Me espera en el coche haciendo llamadas mientras yo me ducho y me
arreglo en tiempo récord. Me pongo unos pantalones pitillo negros, una
camisa blanca y mis bailarinas rojas de Dune. Lista para correr. Mi pelo
está ingobernable porque anoche no me lo sequé con secador, así que me
hago un recogido informal. Ya me maquillaré en el coche.
Corro por el descansillo y choco con Sam. Está medio desnudo. ¿Es
que ahora vive con nosotras? «¡Ponte algo de ropa encima!»
—Siempre vas corriendo, chica —se ríe. Paso junto a él como un rayo
de camino a la cocina para coger un vaso de agua y tomarme la píldora.
—¿Has pasado una buena noche?
Asiento mientras me bebo el agua. Él sigue de pie, sin ningún pudor,
en la puerta de la cocina, hecho un desastre. No voy a preguntarle si él
también ha pasado una buena noche. Está clarísimo.
—¿Dónde está Kate? —pregunto.
Sonríe.
—La he atado a la cama.
Abro los ojos como platos. No tengo ni idea de si lo dice en serio o no.
Es un bromista.
—Dile que la llamo luego.
Espero a que Sam se aparte y me deje salir.
—Hasta luego —me despido ya corriendo escaleras abajo.
—¡Oye, dile a Pedro que no podré ir a correr hoy! —grita desde la
cocina.
Avanzo a toda velocidad por el sendero que lleva a la calle, donde
Pedro está mal aparcado y quitándose de encima a un guardia de tráfico que
bloquea la puerta del copiloto. Espero a que el guardia termine de leerle la
cartilla a Pedro, pero parece que tiene mucho que decir.
—Apártese para que la señorita pueda entrar en el coche —gruñe
Pedro. El guardia no le hace caso y empieza a soltar un discurso sobre el
abuso verbal y la falta de consideración hacia otros usuarios de la vía.
—Disculpe —intervengo. A ver si la educación funciona, ya que la
agresividad de Pedro parece no hacerlo. Pasa de mí. Maldición, voy a llegar
supertarde.
—¡Por el amor de Dios! —Pedro abre la puerta, rodea el coche a
grandes zancadas y planta cara al guardia de pie sobre el asfalto. El pobre
hombre empequeñece con claridad ante la presencia de Pedro y se aparta a
toda prisa.
Me abre la puerta, espera a que me siente en el coche antes de cerrarla
de un portazo, maldice un poco más y se sienta detrás del volante. Salimos
rugiendo calle abajo, demasiado rápido.
—Sólo está haciendo su trabajo. —Bajo el espejo y empiezo a sacar el
maquillaje.
—Fracasados hambrientos de poder incapaces de entrar en la Policía
—gruñe. Me mira y sonríe—. Estás preciosa.
Me río.
—Mira a la carretera. Ah, Sam dice que hoy no puede salir a correr
contigo.
—Cabrón perezoso. ¿Sigue allí? —pregunta mientras adelanta a un
taxi.
Me agarro a un lateral de mi asiento. El maquillaje va a acabar
esparcido por todas partes.
—Tiene a Kate atada a la cama —murmuro a la vez que me aplico la
máscara de pestañas.
—Es probable.
Me vuelvo hacia él con el cepillo para pestañas suspendido ante mis
ojos.
—No pareces sorprendido.
—Porque no lo estoy. —Me mira con el rabillo del ojo.
¿No está sorprendido? ¿A Sam le van los rollos raros?
—No quiero saberlo —farfullo, y vuelvo a centrarme en el espejo.
—No, no quieres saberlo —dice tan pancho.
Paramos cerca de mi oficina, pero lo bastante lejos como para que
nadie me vea bajar del Aston Martin de Pedro. Sigo intentando adivinar
cómo se tomaría Patrick todo esto. Pedro no ha mencionado la ampliación
desde el domingo, y no creo que a mi jefe le haga gracia que le diga que no
estoy diseñando nada para el señor Alfonso, sino que me lo estoy tirando.
—¿A qué hora sales a comer? —pregunta. Me acaricia el muslo, lo
que me provoca las habituales punzadas de placer. No es momento de
ponerse cachonda, y eso es precisamente lo que consigue esa caricia.
—A la una —digo con un gritito.
Dibuja círculos en mi muslo. Me tenso un poco.
—Entonces estaré aquí a esa hora.
—¿Justo aquí? —jadeo.
—Sí, justo aquí. —Detiene la mano entre mis piernas.
—Pedro, para. —Cierro los ojos e intento combatir las sacudidas de
placer.Mueve la mano hacia arriba y la sitúa justo en mi sexo, por encima de
los pantalones.
Gimo.
—No puedo quitarte las manos de encima —dice con ese tono de voz
grave e hipnótico, ese que me nubla el sentido y la razón—. Y no vas a
detenerme, ¿verdad?
Pues no. ¡Maldita sea!
Se inclina hacia mí, me coge por la nuca, me acerca a él y aumenta las
caricias en mi núcleo. Cuando encuentra mi boca con los labios, gimo. Me
arrastra hacia un ritmo celestial mientras me acaricia la lengua con la suya,
lento pero seguro, para garantizarme el máximo placer. No puedo creerme
que le esté dejando hacer esto en su coche a plena luz del día, pero ha
provocado algo y no puedo entrar en la oficina con el anhelo de un
orgasmo abandonado y a la espera dentro de mí. Necesito aliviarme o no
podré concentrarme en todo el día.
Las espirales de deseo se extienden e intensifican y la preocupación
de que nos pillen desaparece sin más. Estoy loca por él. Logra causarme
ese efecto de mil formas diferentes.
—No lo reprimas, Paula —dice en mi boca—. Te quiero en esa oficina
pensando en lo que puedo hacerte.
Llego al clímax y grito cuando aprieta los labios con fuerza sobre los
míos; ahoga mis gemidos y suaviza la presión de su mano para calmarme
otra vez. Suspiro contra sus labios.
—¿Mejor? —pregunta mientras me da pequeños besos en la boca.
Sí, mucho mejor. El Pedro molesto, travieso y enfurruñado de hace una
hora ha desaparecido por completo.
—Ya puedo trabajar tranquila —suspiro.
Se ríe y me suelta.
—Bueno, me voy a casa a pensar en ti y a resolver esto. —Se pone la
mano en la zona en que sus pantalones cortos de correr parecen una tienda
de campaña.
Sonrío, me acerco a él y le planto un beso casto en los labios.
—Yo podría encargarme de eso —me ofrezco mientras acaricio su
erección con la palma de la mano. Abre unos ojos brillantes de placer
cuando le meto la mano en los pantalones y saco su masculinidad
palpitante, aprieto la base y subo y bajo con la mano un par de veces,
despacio.
Deja caer la cabeza hacia atrás contra el reposacabezas del asiento.
—Joder, Paula. Qué gusto.
Sí que da gusto, pero en mi boca te gustaría aún más. Pero ¿qué me
pasa? Sigo con unas cuantas caricias controladas y la punta comienza a
destellar. Pedro se tensa y gime en el asiento. No debe de faltarle mucho.
Bajo la cabeza hacia su regazo y paso la lengua por la cabeza vibrante de la
gloriosa polla. Trazo círculos en la punta húmeda. ¿Cuánto aguantará?
Lanza un gemido grave, largo y profundo. Está claro que no le falta
mucho.
Sin prisa, deslizo la lengua húmeda por el tronco, lo que hace que se
agite un poco más. Después le envuelvo la punta con los labios y me la
llevo lentamente hasta el final de la garganta.
Jadea.
—Eso es, nena. Hasta el fondo.
Me paro, noto que el tronco palpita contra mi lengua, exhalo
lentamente y vuelvo a la punta. Suspira agradecido.
—Sigue, justo así —me anima al tiempo que me pasa la mano por la
nuca.
Sonrío, suelto su erección y la dejo chocar contra su duro abdomen.
Abre los ojos y yo me enderezo en el asiento y me limpio la boca.
—Me encantaría, pero ya me has hecho llegar bastante tarde al
trabajo. —Salgo del coche de un salto y chillo cuando intenta cogerme.
—Paula, pero ¿qué coño haces?
Cruzo la calle de prisa, y de repente se me ocurre que quizá me
persiga y me cargue sobre los hombros. ¿Será capaz?
Me doy la vuelta cuando llego a la acera. Está de pie junto al coche,
frotándose la entrepierna con una sonrisa siniestra dibujada en la cara. No
puedo expresar mi alivio.
—¿Cuántos años tienes, Pedro? —le pregunto desde la otra acera.
—Treinta. Eso no ha estado bien, pequeña provocadora.
Le lanzo un beso y hago una pequeña reverencia. Él estira la mano
para cogerlo, pero la sonrisa maquiavélica no ha desaparecido. Incluso
desde aquí puedo ver que la cabeza le echa humo, maquinando. Me doy la
vuelta y me voy meneando el culo, satisfecha de mí misma, al menos por
ahora. Al fin y al cabo, el que manda es él.
GRACIAS POR LEER!♥
Muy buenos capítulos!! Extrañé la novela ayer!! Gracias por los cap de hoy!!! @AmorPyPybb
ResponderEliminarEspectaculares los 5 caps!!!!!!!!!!!!!
ResponderEliminarWow buenisimos los capitulos,me encantaron!!!
ResponderEliminarmamita querida que intenso fueron los capitulos !!
ResponderEliminarq capitulosssss quiero saber q esconde pedro ???????
ResponderEliminar