domingo, 2 de marzo de 2014
Capitulo 18 ♥
Cuelgo y me quedo ahí sentada preguntándome si habrá llegado el
momento de recoger mis cosas y cortar toda relación con él. No creo que lo
de «ser amigos» vaya a funcionar con nosotros. ¿Le funciona a alguien? Mi
teléfono vuelve a sonar, pero es un número que no conozco.
—Paula Chaves —digo, pero no hay respuesta—. ¿Diga?
—¿Estás sola?
La voz me golpea en el estómago como si fuera un martillo. Mierda.
Mierda. Me pongo de pie y me vuelvo a sentar. La imagen de su cuerpo
semidesnudo delante de mí, suplicándome con la mirada, empieza a
apoderarse de mi mente. Ésta es precisamente la razón por la que he
rechazado todas sus llamadas. El influjo que ejerce sobre mí es perturbador
y de lo más desagradable.
¿Por qué no ha aparecido su nombre en la pantalla?
—No —miento, y mi frente empieza a empaparse de sudor.
Lo oigo suspirar. Es un suspiro profundo.
—¿Por qué me mientes?
Vuelvo a levantarme del sillón de un salto. ¿Cómo lo sabe? Corro al
otro lado del salón, a punto de derramar mi copa de vino, y miro por la
ventana hacia la calle, pero no veo su coche. ¿Cómo sabe que estoy sola?
Nerviosa y con un nudo en la garganta, decido colgar. El teléfono vuelve a
sonar inmediatamente. Lo hundo entre los cojines del sillón y lo dejo
sonar. Pero vuelve a insistir.
—¡Para ya!
Paseo de un lado a otro del salón mordiéndome las uñas y dando
sorbos de vino. Las imágenes de lo sucedido el martes se proyectan en mi
mente, pero no las malas. Mierda. Es todo lo bueno: cómo me hacía sentir,
el calor de sus manos... Todo lo acontecido hasta que oí la voz fría y
estridente de su novia. Bloqueo esos pensamientos de inmediato. No soy
más que otro títere del que aprovecharse sexualmente, y lo más probable es
que se sienta despechado porque me he negado a entrar en su juego. El
teléfono me avisa de que tengo un mensaje. Me acerco con cautela al
sillón, como si el aparato fuese a atacarme.
Dios mío, qué patética soy. Cojo el móvil y leo el mensaje.
¡Coge el teléfono!
Vuelve a sonar en mi mano y me hace dar un brinco, aunque lo cierto
es que me lo esperaba. No se cansa nunca. Vuelvo a dejar que suene y,
como si fuera una cría, le contesto:
No.
Sigo paseándome de un lado a otro, sorbiendo vino y aferrándome al
teléfono. Su respuesta no tarda en llegarme:
Vale, entonces voy a entrar.
—¿Qué? ¡No, no! —le grito al móvil.
Una cosa es no cogerle el teléfono, pero intentar rechazarlo cuando lo
tengo delante en carne y hueso requiere un nivel de resistencia totalmente
diferente.
«¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!» Accedo toda nerviosa al registro de
llamadas para llamarlo. Da un tono.
—Demasiado tarde, Paula—contesta.
Me quedo mirando el teléfono descolocada y entonces comienzan los
golpes en la puerta.
Corro hacia el descansillo y me inclino sobre la barandilla mientras
llama.—
Abre la puerta, Paula—dice, y vuelve a golpearla.
¿De qué va? ¿Tan desesperado está?
«¡Toc, toc, toc!»
—Paula, no me iré sin hablar contigo.
«¡Toc, toc, toc!»
—Tengo tus llaves. Voy a entrar.
Mierda. Es verdad. Bien, dejaré que entre, oiré lo que tenga que decir
y después se irá. Al fin y al cabo necesito el coche. Me mantendré lo más
alejada posible de él, con los ojos cerrados y sin respirar para evitar olerlo.
No debo permitir que traspase mis defensas. Dejo la copa sobre la consola
del descansillo y me miro en el espejo. Tengo el pelo recogido en un moño,
pero al menos no me he quitado el maquillaje todavía. Podría ser peor. Un
momento... ¿por qué me preocupo por eso? Cuanto peor aspecto tenga,
mejor, ¿no? Tengo que decirle que no me interesa.
«¡Toc, toc, toc!»
Bajo la escalera con paso firme y decidido y abro la puerta
resoplando. Estoy perdida. Sigo subestimando (u olvidando) el efecto que
este hombre tiene sobre mí. Ya estoy temblando.
Con las manos apoyadas en el marco de la puerta, me mira a través de
unos párpados caídos, jadeante y con aspecto de estar bastante cabreado.
Su cabello rubio está desgreñado, ha vuelto a dejarse barba de unos días y
lleva una camisa rosa claro con el cuello desabrochado y metida por dentro
de unos pantalones grises. Está fantástico.
Me atraviesa con su mirada de ojos verdes.
—¿Por qué no quisiste seguir?
Le cuesta respirar.
—¿Perdona? —pregunto con impaciencia. ¿Ha venido a preguntarme
eso? ¿Acaso no es obvio?
Aprieta los dientes.
—¿Por qué te fuiste?
—Porque era un error —respondo también apretando los dientes.
Mi irritación ante su osadía consigue superar el otro efecto, más
indeseado, que tiene sobre mí.
—No era un error, y lo sabes —masculla—. El único error fue dejar
que te marchases.
¿Qué? No puedo con esto. Hago ademán de cerrar la puerta, pero él
me lo impide deteniéndola con las manos desde el otro lado.
—De eso nada. —La empuja contra mí sin ningún miramiento, entra
en el recibidor y cierra con un portazo a su espalda—. No dejaré que
vuelvas a huir. Ya lo has hecho dos veces y no habrá una tercera. Vas a
tener que dar la cara.
Descalza, me saca casi treinta centímetros. Me siento pequeña y débil
frente a él, que todavía respira con dificultad. Retrocedo, pero él me sigue
y deja una distancia mínima entre nuestros cuerpos. Mi plan de mantener
cierto espacio entre nosotros está fracasando y pronto percibo su magnífico
perfume a agua fresca. Huele a gloria bendita.
—Tienes que irte. Kate llegará en seguida.
Se detiene y frunce el ceño.
—Deja de mentirme —dice, y me aparta de un manotazo la mano del
pelo—. Basta de tonterías, Paula.
No sé qué decir. La defensa no está funcionando. Quizá si pruebo con
el desinterés... Parece que todo lo que le digo le resbala, y está
acostumbrado a conseguir siempre lo que quiere.
Me doy la vuelta para regresar al piso de arriba.
—¿Para qué has venido? —pregunto.
Pero antes de que haya logrado alejarme demasiado lo tengo detrás
agarrándome de la muñeca. Me da la vuelta para colocarme de cara a él y
el contacto me pone al instante en alerta roja. Sé que estoy pisando terreno
peligroso. Permanecer cerca de este hombre me transforma en una idiota
irracional e imprudente. Estoy en territorio kamikaze. ¿Por qué lo he
dejado entrar?
LEAN EL SIGUIENTE.
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