—Buenos días —saludo a Tom con voz cantarina cuando paso danzando
ante su mesa el jueves.
Él me mira por encima de las gafas de montura gruesa —una
descarada declaración de principios en cuanto a la moda y un esfuerzo por
su parte para que se le tome más en serio—. Debería decirle que se
deshiciese de esa camisa amarillo canario y de esos pantalones grises que
parecen mallas. Quizá así lo consiguiera.
—Parece que alguien ha echado un polvo —dice con una sonrisa
malévola—. Bienvenida al club. ¡Estoy exhausto!
—¡Venga ya! Tom, eres un putón —contesto, y finjo una expresión de
desagrado mientras tiro el bolso debajo de mi mesa—. ¿Alguna novedad?
—pregunto para desviar la conversación de las correrías sexuales de Tom.
—No. Voy a salir a visitar a la señora Baines para darle un abracito.
Anoche me llamó a las once para preguntarme si sería posible que los
electricistas llegasen esta mañana. Me interrumpió en pleno acto de...
—¡Vale, vale! —digo con las manos levantadas—. No sigas.
Me siento y giro la silla para ponerme de cara a él.
—Perdona, cielo. ¡Es que fue una pasada! —insiste, y me guiña un ojo
—. Pero bueno, está estresada porque tiene programado celebrar un baile
de verano en julio y lo quiere todo terminado para entonces. ¡Lo lleva
claro, bonita! Si no para de cambiar de idea jamás terminaremos. —De
repente, se levanta de su silla, me lanza un beso en el aire a tres metros de
distancia y dice—: ¡Au revoir, cielo!
—Adiós. Oye, ¿y Victoria? —le grito mientras se aleja.
—¡Ha ido a visitar a unos clientes! —grita, y cierra la puerta al salir.
Me vuelvo hacia mi escritorio y Sally me deja un café delante. Lo
cojo al instante y le doy un sorbo mientras ella ronda mi mesa con
nerviosismo.
—Patrick ha llamado para recordarte que hoy no vendrá —dice.
—Gracias, Sally. ¿Qué tal el fin de semana?
Ella sonríe y asiente con entusiasmo mientras se sube las gafas.
—Muy bien, gracias por preguntar. Terminé el punto de cruz y limpié
todas las ventanas, por dentro y por fuera. Fue estupendo —contesta, y
sonríe vagamente mientras se marcha corriendo a archivar unas facturas.
¿Limpiar ventanas? ¿Estupendo? Es una chica encantadora, pero, por
Dios, es más sosa que el pan sin sal.
Paso unas horas respondiendo correos electrónicos y limpiando la
bandeja de entrada. Compruebo que ya se ha realizado la última limpieza
en el Lusso y cojo el móvil cuando éste empieza a danzar sobre mi mesa.
Al ver el nombre que aparece en la pantalla pongo los ojos en blanco.
Nunca se da por vencido. Ayer me acribilló a llamadas sin parar (y yo se
las rechacé todas), pero sigue insistiendo. Tendré que hablar con él antes o
después. Tiene algo que necesito: mi coche.
A la una en punto salgo de la oficina para ir a comer con Kate.
—¿Queda algún hombre decente en este mundo? —pregunta pensativa
mientras se limpia la boca con una servilleta—. Estoy perdiendo las ganas
de vivir.
—No puede haberte ido tan mal.
Su cita de anoche fue un fracaso. En cuanto llegó a casa a las nueve y
media, supe que la cosa no había ido bien.
Deja la servilleta sobre el plato vacío y lo aparta.
—Paula, cuando un hombre saca la calculadora al final de la cena para
decirte cuánto le debes, es mala señal.
Me echo a reír. Sí, es mala señal. Es la igualdad llevada al extremo. El
hombre moderno aún tiene que captar que las mujeres queremos que nos
traten como iguales, pero sólo cuando nos conviene. La ávida necesidad de
independencia de la mujer moderna no implica que queramos pagar a
medias las comidas, ni que no nos guste que un hombre nos abra la puerta.
Seguimos deseando que nos mimen, pero con nuestras propias condiciones.
—Entonces ¿no vas a volver a quedar con él?
Ella resopla indignada.
—No. La escenita de la cuenta ya me había decepcionado bastante,
pero que cogiera las veinte libras que le ofrecí para pagar el taxi cuando
me dejó en casa ya me desencantó del todo.
—Le saliste bien barata —digo entre risitas.
—Ya te digo. —Kate coge el teléfono y pulsa la pantalla. Después me
la enseña—. Un sándwich de beicon y dos aguas, me debes doce libras.
Las dos nos reímos un poco del fracaso de su cita. Me encanta que se
lo tome con tanta filosofía. Siempre dice que las cosas pasarán cuando
tengan que pasar, y estoy de acuerdo.
—¿Cuándo tendrás listo el coche? —pregunta.
¡Mierda! Me lo había pedido prestado para ir a Yorkshire a visitar a
su abuela el sábado, y ya es jueves. Tengo que solucionar este asunto.
—Luego llamaré al taller —le prometo.
—Puedo ir con la furgoneta.
—No, tranquila. Con Margo no creo que llegues. —Es una
autocaravana Volkswagen rosa de veinte años que traquetea a duras penas
por todo Londres repartiendo tartas. Su impacto en el medio ambiente debe
de ser tremendo.
Mi teléfono empieza a sonar a todo volumen y Kate se inclina para
ver quién me llama. Lo cojo en seguida, pero es demasiado tarde. La miro
nerviosa, le doy una vez más al botón de rechazar y lo dejo de nuevo sobre
la mesa como si no ocurriera nada. Pero mi reacción no le ha pasado
desapercibida, como de costumbre.
—Pedro —dice con una ceja enarcada—. ¿Qué querrá?
No le he contado nada sobre los terribles acontecimientos del martes.
Me da demasiada vergüenza.
Me encojo de hombros.
—Yo qué sé.
—¿Te ha mandado más mensajes sugerentes?
Ha habido más que mensajes. Ha habido incesantes llamadas
telefónicas, y me enredó para que volviese a La Mansión con el pretexto de
que iba a diseñar unas habitaciones cuando lo que quería en realidad era
atraparme en una de las suites de su hotel y seducirme. Kate se alegraría de
mi desgracia, y ésa es justo la razón por la que no se lo he contado. Si no se
lo explico a nadie, casi puedo fingir que no ha pasado. Casi. Soy una idiota.
Apenas he logrado pensar en otra cosa desde entonces, y con todas esas
llamadas él no colabora mucho a mi intento de eliminarlo de mi mente. No
necesito una relación, y menos con alguien que está con otra persona.
Además, para él yo sólo soy un trofeo más. Es un vividor y no es la clase
de hombre con quien debo estar. Es evidente que tiene problemas para
comprometerse. Sarah no es santo de mi devoción, pero siento lástima por
ella.
—No —respondo con un suspiro.
Ella me mira con recelo y hace que me sienta interrogada. Y lo estoy
siendo. De repente me sorprendo jugueteando con mi pelo. Suelto el
mechón y resoplo.
—Tienes que divertirte —dice con aire pensativo. ¿Divertirme? A mí
no me parece que enrollarse con un hombre que está con otra sea
divertirse. ¡Me parece una insensatez!—. Después de lo de Matias, está claro
que necesitas divertirte un poco.
Preferiría no hablar de Matias. Kate no sabe que aún me llama de vez en
cuando. Y yo no sé por qué lo hace.
—Tengo que volver al trabajo —digo, y me inclino para darle un beso
en la mejilla—. Te quiero.
—Sí, yo también. Esta noche llegaré tarde a casa. Hay una exposición
de tartas en el Hilton.
Cuando me dispongo a darle dinero para la comida, ella me hace un
gesto de rechazo con la mano.
—Me toca a mí.
Vuelvo a guardarme el dinero en el bolsillo.
—Está bien, pero la próxima vez pago yo.
Nos despedimos en la puerta del bar. Kate se marcha a su taller de
tartas y yo de vuelta a la oficina.
Al llegar a casa me dejo caer sobre el sillón. Mañana será un día largo
en el Lusso y tengo que estar en plena forma. El móvil suena. Pongo los
ojos en blanco y miro la pantalla, pero no es quien esperaba que fuera. Es
Matias. Lloriqueo para mis adentros. ¿Cuándo sonará el teléfono y será
alguien con quien me apetezca hablar?
—Hola —contesto medio refunfuñando.
—¿Qué tal? —saluda con su tono seguro de siempre.
—Bien, ¿y tú? —Sé que está bien.
Tengo entendido que sale casi todas las noches para recuperar el
tiempo perdido. Como si cuando estaba conmigo no hiciese lo que le daba
la gana de todos modos.
—Muy bien. Llamaba para desearte suerte mañana. Es mañana, ¿no?
Me sorprende que se acuerde. Mi trabajo jamás le ha interesado lo
más mínimo.
—Sí, gracias. Estaba pensando en acostarme pronto.
—Ah, vale, entonces no te entretengo. —Parece decepcionado—. He
empaquetado el resto de tus cosas.
—Ah, genial.
—No hay prisa —añade—. Si alguna vez te apetece, estaría bien
quedar y ponernos al día.
¿Estaría bien? ¿Ponernos al día sobre qué? ¿Sobre con cuántas
mujeres se ha acostado desde que me largué? Me alegro de que
mantengamos el contacto, estuvimos cuatro años juntos, pero está llevando
demasiado lejos lo de «ser amigos». Me trata como si fuese uno más de sus
colegas y me informa de sus últimas conquistas. Y no me importa, pero
tampoco me apetece saberlo.
—Claro, te daré un toque —sugiero.
—Hazlo. Te echo de menos.
¡VENGA! ¿A qué ha venido eso? ¿Está borracho?
—¿Ah, sí? —le pregunto, y en mi voz se refleja claramente mi
sorpresa.
Él se echa a reír.
—Sí. Buena suerte mañana.
LEAN EL SIGUIENTE.
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