domingo, 2 de marzo de 2014
Capitulo 16 ♥
Esbozo una sonrisa de superioridad cuando lo veo manipular la
palanca para deslizar el asiento hacia atrás al máximo. Incluso estando a
esa distancia del volante tiene que esforzarse por embutir su cuerpo, alto y
delgado, dentro del Mini.
Tiene una pinta bastante ridícula. Quiero gritarle un poco más cuando
derrapa y patina al parar. Nadie ha tratado a mi pobre Mini tan mal jamás.
Resopla mientras regresa y se mete en su coche. Me lanza una mirada
feroz con el ceño fruncido, arranca y sale a toda velocidad.
El viaje de vuelta a casa es dolorosamente silencioso y
terroríficamente rápido. Este hombre es una amenaza en la carretera.
Desearía que al menos encendiera la radio para deshacernos de este
silencio tan incómodo.
Admiro con envidia el interior de su DBS. Estoy recostada en el
asiento, rodeada de kilómetros de piel negra guateada, y miro por la
ventana durante todo el camino a casa. Siento que su mirada se clava en mí
de vez en cuando, pero lo ignoro. Me concentro en el rugido gutural del
motor mientras devora la carretera que se extiende ante nosotros. ¿Qué
acaba de pasar?
Se detiene delante de casa de Kate después de que, de manera breve y
concisa, le indique cómo llegar. Me bajo del vehículo.
—¿Paula? —lo oigo llamarme, pero cierro la puerta del coche y acelero
mis pasos hacia la vivienda.
Al darme cuenta de que tiene las puñeteras llaves de mi coche
maldigo en voz alta. Me vuelvo para desandar el camino, pero oigo el
rugido del motor alejándose por la carretera.
Se me tuerce el gesto de disgusto. Lo ha hecho a propósito para que
tenga que llamarlo. Bueno, pues que espere sentado. Prefiero apañármelas
sin el coche. Deambulo hasta la casa y llamo a la puerta.
—¿Y tus llaves? —me pregunta Kate cuando la abre.
Pienso rápido.
—He llevado el coche al taller para que le cambien los frenos. Se me
ha olvidado sacar las llaves de casa del llavero.
Acepta mi excusa sin hacer más preguntas.
—Hay un juego de llaves extra en la maceta que se encuentra junto a
la ventana de la cocina.
Se apresura a subir de nuevo la escalera y yo la sigo para,
inmediatamente, abrir una botella de vino antes de buscar algo de comer en
la nevera. Nada me llama la atención. Me centro en el vino.
—Sí, por favor. —Kate irrumpe en la cocina.
Ya está en pijama, y yo me muero de ganas de ponérmelo también. Le
lleno una copa mientras intento cambiar por otra la expresión de
estupefacción que sé que aún tengo en la cara.
—¿Qué tal el día? —le pregunto.
Ella se deja caer en una de las sillas dispares que rodean la robusta
mesa de pino.
—He pasado casi todo el día recogiendo portatartas. La gente debería
ser lo bastante amable como para venir a devolvérmelos. —Toma un sorbo
de vino y deja escapar un suspiro apreciativo.
Me siento a la mesa con ella.
—Tienes que empezar a pedir una fianza.
—Ya lo sé. Oye, he quedado mañana por la noche.
—¿Con quién? —inquiero mientras me pregunto a mí misma si éste
pasará de la primera cita.
—Un cliente que está muy bueno. Vino a recoger una tarta para el
primer cumpleaños de su sobrina, una tarta de «Jungla sobre ruedas». ¿A
que es adorable?
—Mucho —admito—. ¿Y cómo surgió la cosa?
—Se lo pedí yo —contesta, y se encoge de hombros.
Me río. Su confianza en sí misma es fascinante. Creo que posee el
récord mundial en número de primeras citas. La única relación larga que ha
tenido fue con mi hermano, pero nunca hablamos de eso. Desde que
rompieron y Dan se trasladó a Australia, Kate ha tenido infinidad de citas y
con ninguno de esos hombres ha ido más allá de la primera.
—Voy a cambiarme y a llamar a mi madre. —Me levanto y me llevo
la copa conmigo—. Ahora te veo en el sofá.
—Guay.
Necesito hablar con mi madre. Kate es mi mejor amiga, pero no hay
nada como una madre cuando lo que quieres es que te reconforten. Aunque
no puedo contarle por qué necesito que me reconforten. Se horrorizaría.
Después de ponerme un pantalón de chándal y una camiseta de
tirantes, me desplomo sobre la cama y llamo a mi madre. Sólo suena una
vez antes de que descuelgue.
—¿Paula? —Su voz es aguda, pero reconfortante.
—Hola, mamá.
—¿Paula? ¿Paula? Miguel, no la oigo. ¿Lo estoy haciendo bien? ¿Paula?
—Estoy aquí, mamá. ¿Me oyes?
—¿Paula? Miguel, no funciona. No oigo nada. ¡Paula!
Oigo los las protestas ahogadas de mi padre en la distancia, antes de
que se ponga al teléfono.
—¿Hola?
—¡Hola, papá! —grito.
—¡Joder, no hace falta que grites!
—Es que mamá no me oía.
—Porque tenía el puñetero teléfono del revés, la muy tonta.
Oigo la risa de mi madre de fondo, seguida de una palmada que, sin
lugar a dudas, es un golpe que le ha propinado a mi padre en el hombro.
—¿Está ahí? ¿La oyes? Pásamela. —Discuten brevemente antes de
que mi madre vuelva a ponerse al teléfono—. ¿Paula? ¿Estás ahí?
—¡Sí!
¿Por qué no habré llamado directamente al teléfono fijo? Insistió en
que la llamara al móvil nuevo para poder practicar y así cogerle el truco,
pero, por todos los santos, mira que le cuesta. Sólo tiene cuarenta y siete
años, pero es una completa tecnófoba.
—Ah, mucho mejor ahora. Ya te oigo. ¿Cómo estás?
—Bien. Estoy bien, mamá. ¿Y tú?
—Aquí todo bien. ¿Sabes una cosa? Tenemos un notición. —No me
da la oportunidad de intentar adivinar a qué se refiere—: ¡Tu hermano va a
venir a visitarnos!
Me incorporo nerviosa. ¿Dan va a venir a casa? Hace seis meses que
no veo a mi hermano. Está pegándose la vida padre en la Costa de Oro,
trabaja como instructor de surf y sólo viene a casa una o dos veces al año.
Antes estábamos muy unidos. Kate va a alucinar cuando se entere, y no en
el buen sentido.
—¿Cuándo? —pregunto.
—El domingo que viene. ¿A que es estupendo? Justo le comentaba a
tu padre la semana pasada que teníamos que ir a verlo, pero él no quiere
montarse en un avión. Ya sabes cómo es.
El miedo a volar de mi padre es muy frustrante para mi pobre madre,
que todos los años tiene que soportar un viaje en coche de dos días hasta
España.
—¿Sabes qué planes tiene? —pregunto.
—Llega a Heathrow y se viene directamente a Cornualles para pasar
la semana conmigo y con papá. Después volverá a Londres. ¿Vendrás tú
también? Hace semanas que no vienes a vernos.
De repente me siento fatal. Llevo cerca de ocho semanas sin ver a mis
padres.
—Es que he estado muy ocupada con el trabajo, mamá. Estamos con
la inauguración del Lusso y es una locura. Haré lo que pueda, ¿vale?
—Ya lo sé, cariño. ¿Cómo está Kate? —me pregunta.
Mi madre todavía adora a Kate. Se quedó igual de deshecha que yo
cuando Dan y ella se dejaron.
—Está fenomenal.
—Estupendo. ¿Y sabes algo de Matias? —me pregunta vacilante.
Sé que espera que la respuesta sea un NO rotundo. No lo pasó tan mal
cuando fuimos Matias y yo quienes nos dejamos. No le caía muy bien que
digamos. Bueno, pensándolo bien, Matias no le caía muy bien a casi nadie.
Hemos hablado alguna vez desde que nos separamos, pero mamá no
necesita saberlo.
—No, estoy en otras cosas —le informo y la oigo suspirar de alivio.
Prefiero no contarle en qué otras cosas he estado centrada. Me siento
demasiado avergonzada de mí misma.
—Bien. ¡Miguel, ve a abrir la puerta! Pau, tengo que colgar. Ha
venido Susana a recogerme para ir a yoga.
—Vale, mamá. Te llamo la semana que viene.
—De acuerdo. ¡Buena suerte con la inauguración y diviértete también
un poco! —me ordena.
Sé que piensa que he desperdiciado siete años en dos relaciones que
no valían la pena. Y tiene razón, lo he hecho.
—Adiós, mamá. —Cuelgo.
Dan viene a casa. Bueno, eso me ha animado un poco. Siempre me
siento mejor después de hablar con mi madre. Están a kilómetros de
distancia y los echo muchísimo de menos, pero me reconforta el hecho de
que hayan dejado atrás la locura que es Londres al pre jubilarse y
trasladarse a Newquay, sobre todo después del susto que nos dio papá con
aquel ataque al corazón.
El móvil empieza a sonar y miro la pantalla esperando ver el número
de mi madre —seguro que se le ha olvidado bloquear el teclado y se ha
sentado encima—. Pero no es ella. Es Pedro Alfonso .
«Uffffffffff.»
—Rechazar —resoplo. Pulso el botón rojo y lanzo el teléfono sobre
mi cama.
Salgo de mi cuarto y me voy con Kate al sofá. Oigo que vuelve a
sonar mientras me dirijo al salón. Hago caso omiso. El tío nunca se da por
vencido. Al menos no tengo que volver a verlo. Me ha dado la excusa
perfecta para negarme en rotundo a diseñar cualquier cosa para él.
LEAN EL SIGUIENTE.
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