Un golpe en la puerta me sobresalta.
—¿Paula?
No contesto. Vaya, parece enfadado. Me atuso el pelo con los dedos y
me seco las lágrimas con papel. Sigo horrible, pero sé que me sentiré
mejor en cuanto salga de aquí. Me preparo para hacer frente a un hombre
frustrado que intenta evitar mi marcha y quito el pestillo con cautela. La
puerta se abre al instante y casi me tira al suelo. Pedro está al otro lado,
enfadado y bloqueándome la salida.
Inspecciono el dormitorio a sus espaldas y compruebo que estamos
solos. Debe de mentir muy bien, porque sigue descamisado y Sarah no está
en la habitación intentando arrancarme los pelos. No tiene ningún derecho
a mirarme con desaprobación ni a hacerme sentir como si lo hubiese
decepcionado. Lo aparto a un lado y paso.
—¿Adónde diablos vas? —grita a mis espaldas.
No le contesto. A paso ligero, agarro mi bolso, salgo al descansillo y
me marcho mientras lo oigo maldecir.
—¡Paula! —grita.
Desciendo la escalera a toda prisa y mirando de vez en cuando hacia
arriba. Veo que Pedro sale de la suite y se pone una camiseta como puede.
Me desvío hacia el bar para recoger el teléfono y veo que Mario está
sirviendo a unos caballeros. Mis buenos modales me impiden exigírselo al
instante, de modo que espero pacientemente sin parar de moverme con
inquietud.
—¿Ya tienes lo que has venido a buscar? —dice Sarah, y su voz fría
me hiela la carne.
Dios mío, ¿lo sabe? ¿Lo dice con doble sentido?
Me vuelvo y le regalo una sonrisa falsa.
—¿Te refieres a las medidas? Sí.
Ella me observa con el codo apoyado en la cadera y sosteniendo el
gin-tonic de endrinas ante su rostro. Lo sabe. Esto es espantoso.
Pedro entra corriendo en el bar y se detiene derrapando ante nosotras.
Lo miro con espanto. ¿No sabe lo que es el disimulo? Observo a Sarah para
analizar su reacción ante la escenita y veo que nos estudia atentamente a
ambos. No hay duda de que lo sabe. Tengo que largarme ahora mismo.
Me vuelvo hacia la barra y, por suerte, Mario me ve.
—Señorita Chaves, tenga, pruebe esto —dice, y me pasa una especie
de chupito.
—¿Tienes mi teléfono, Mario?
—Pruébelo —me insiste.
Desesperada por salir de aquí, me lo bebo de un trago. Me quema la
garganta y sigue quemándome mientras recorre la laringe hacia el
estómago.
Abro la boca en forma de O y cierro los ojos con fuerza.
—¡Madre mía!
—¿Le gusta?
Exhalo poco a poco el aliento caliente y le devuelvo el vaso.
—Sí, está muy bueno.
Empiezo a percibir un sabor a... ¿cerezas? El camarero recoge el vaso,
me guiña un ojo y me pasa el teléfono.
Me aliso el vestido y cojo aire antes de volverme hacia las dos
personas que no quiero volver a ver en la vida. Estoy convencida de que
sobre la frente llevo un cartel de neón gigante con la palabra «Zorra»
parpadeando.
—Te has dejado esto arriba.
Alfonso me entrega mi carpeta, pero no la suelta cuando tiro de ella
suavemente.
—Gracias —respondo, y arrugo la frente al ver que me mira con el
ceño fruncido mientras se muerde el labio inferior. Por fin suelta la carpeta
y me la meto en el bolso—. Adiós.
Los dejo a ambos en el bar y me dirijo hacia mi coche. No vendrá
detrás de mí con Sarah delante, lo cual es todo un alivio.
Me meto en el coche, arranco el motor y hago caso omiso de la voz
mental que me grita: «¡No deberías conducir así!» Sé que estoy siendo
muy irresponsable, pero la desesperación no me deja alternativa. Doy
marcha atrás para salir del aparcamiento y veo que Pedro atraviesa las
puertas de La Mansión a gran velocidad. No puede ser. ¿Por qué no le
cuenta directamente a su novia todo lo que ha pasado?
Pongo la primera a toda prisa y piso el acelerador. Arranco dejando
una nube de humo tras de mí. Nunca he conducido mi Mini de un modo tan
brusco. Cuando la nube negra se dispersa, veo por el retrovisor que Pedro
sacude los brazos en el aire como un poseso. Acelero por el camino de
acceso bordeado de árboles. La cabeza me da vueltas a causa de la bebida y
la ansiedad.
Intento bloquear todo lo demás y centrarme en la carretera que tengo
delante. No debería conducir. Tengo los sentidos nublados, y la bebida es
sólo un factor menor que se suma a mi estado de histeria mental.
Miro el salpicadero y me doy cuenta de que voy a una velocidad
absurda, sin luces y sin el cinturón. No estoy en lo que tengo que estar. Las
puertas aparecen ante mí y levanto el pie del acelerador.
—Abríos, por favor, abríos —ruego mientras pongo el punto muerto
—. ¡Abríos!
Al golpear el volante con frustración, hago sonar el claxon y doy un
respingo en el asiento. El sonido de un coche que se acerca atrae mi vista
hacia el retrovisor. Las luces se aproximan.
—¡Maldita sea! —exclamo.
El coche derrapa, se detiene detrás de mí y la puerta se abre de golpe.
Pedro sale y se acerca a paso ligero a mi Mini. Es evidente que está furioso.
¿Y todo por qué? ¿Porque no ha mojado?
Dejo caer los brazos y la cabeza sobre el volante, me siento
totalmente vencida. Mi objetivo de escapar sin preguntas ni explicaciones
se ha visto completamente frustrado. No tengo por qué contarle nada. La
situación es detestable y habla por sí sola.
Pedro abre la puerta del conductor, me agarra del brazo, me saca del
coche y quita las llaves del contacto.
—Paula—dice mientras me mira con desaprobación. Tengo ganas de
gritarle, pero él se me adelanta—: ¡Estás medio borracha! Te juro por Dios
que como te hagas daño...
Me avergüenzo al escuchar sus palabras mientras me regaño
mentalmente por ser tan imprudente. Permanezco de pie frente a él,
aguantando su descontento, sintiéndome humillada y patética. Me agarra la
mandíbula con la mano y me mira desde arriba. Quiere besarme, lo veo en
sus ojos. Por favor. Esto es lo que menos necesito ahora mismo. Con un
movimiento brusco consigo que me suelte la cara.
—¿Estás bien? —me pregunta con suavidad, e intenta agarrarme de
nuevo.
Consigo zafarme.
—Pues, por extraño que parezca, no, no lo estoy. ¿Por qué has hecho
eso?
—¿No es evidente?
—Me deseas.
—Más que a nada —declara rotundamente.
—¿Qué? Nunca he conocido a nadie tan pagado de sí mismo. ¿Lo
habías planeado? ¿Era ésta tu intención cuando me llamaste ayer?
—Sí —admite en un tono que nada tiene que ver con la disculpa—. Te
deseo.
No tengo ni idea de cómo enfrentarme a esto
—¿Quieres abrir las puertas, por favor? —Me dirijo hacia ellas, pero
siguen inmóviles cuando las alcanzo. Me vuelvo de la manera más
amenazante que mi estado me permite—. ¡Abre las malditas puertas!
—¿De verdad crees que voy a dejar que deambules por ahí estando a
kilómetros de casa?
—Pediré un taxi. No es problema tuyo. Abre las puertas.
—De eso nada, yo te llevo.
Miro su coche. Es un Aston Martin (todo negro, brillante y precioso),
me parece.
—¡Abre las putas puertas de una vez! —le grito.
—¡Controla esa puta boca!
¿Que controle mi boca? ¿«Mi puta boca»? Quiero golpearlo, dejarme
caer de rodillas y llorar de frustración, como un lobo que aúlla a la luna.
Me siento como una idiota: humillada y avergonzada.
—No estoy preparada para ser otro de los muchos tantos que te anotas
en el cabezal de la cama —le espeto.
Me respeto lo bastante a mí misma... lo suficiente como para no llegar
a eso... más o menos.
—¿En serio piensas eso? —Está verdaderamente pasmado.
Señor, dame fuerzas. Este hombre es el jugador definitivo, obtiene lo
que quiere cuando quiere. ¿Quién se cree que es? Nuestro enfrentamiento
se ve interrumpido cuando su móvil empieza a sonar.
Lo saca rápidamente del bolsillo.
—¿John? —Se da la vuelta y comienza a pasearse—. Sí... De acuerdo.
—La llamada termina en seguida—. Yo te llevo a casa —insiste.
—No, por favor. Sólo abre las puertas. —Le estoy suplicando y ése no
era el tono en el que pretendía hablarle.
—No, no voy a dejarte sola ahí fuera, Paula. Fin de la historia. Te
vienes conmigo.
—No.
—Sí.
Vuelvo la cabeza bruscamente al oír que se acerca un coche por la
carretera principal.
—¡Mierda! —ruge Pedro mientras vuelve a sacar apresuradamente el
móvil del bolsillo al tiempo que intenta agarrarme.
Las puertas empiezan a abrirse y echo a correr hacia mi coche para
coger el bolso.
—¡John, no abras las putas puertas! —grita por el teléfono—. ¡Vale,
pues dile a Sarah que no lo haga!
En cuanto están lo bastante abiertas me deslizo entre ellas, justo antes
de que empiecen a cerrarse de nuevo. Veo a Pedro correr hacia su coche y
golpear algo en el salpicadero. Las puertas comienzan a abrirse de nuevo.
¿Es que no va a darse por vencido? Saco mi móvil y llamo a un taxi
mientras comienzo a andar por la carretera. Alguien contesta y, justo
cuando voy a hablar, me quedo sin aliento al notar que Pedro me agarra por
la cintura.
—¡Pero qué...! —grito mientras me levanta, me da la vuelta y me
lanza sobre su hombro.
—No vas a vagar por ahí por tu cuenta, señorita —dice entre dientes
con tono lleno de autoridad. Hace que me sienta más joven... o él mayor,
no lo tengo claro.
—¿A ti qué narices te importa? —le espeto. Estoy furiosa y no hago
más que revolverme mientras me lleva hasta su coche.
—Pues, al parecer, nada, pero tengo conciencia. Tú de aquí no te vas
si no es en mi coche. ¿Lo entiendes? —Me deja de pie en el suelo, me coge
del codo y me guía hasta su vehículo. Lo cierra de un portazo y se
encamina hacia mi Mini para apartarlo de la entrada.
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—¿Quieres abrir las puertas, por favor? —Me dirijo hacia ellas, pero
siguen inmóviles cuando las alcanzo. Me vuelvo de la manera más
amenazante que mi estado me permite—. ¡Abre las malditas puertas!
—¿De verdad crees que voy a dejar que deambules por ahí estando a
kilómetros de casa?
—Pediré un taxi. No es problema tuyo. Abre las puertas.
—De eso nada, yo te llevo.
Miro su coche. Es un Aston Martin (todo negro, brillante y precioso),
me parece.
—¡Abre las putas puertas de una vez! —le grito.
—¡Controla esa puta boca!
¿Que controle mi boca? ¿«Mi puta boca»? Quiero golpearlo, dejarme
caer de rodillas y llorar de frustración, como un lobo que aúlla a la luna.
Me siento como una idiota: humillada y avergonzada.
—No estoy preparada para ser otro de los muchos tantos que te anotas
en el cabezal de la cama —le espeto.
Me respeto lo bastante a mí misma... lo suficiente como para no llegar
a eso... más o menos.
—¿En serio piensas eso? —Está verdaderamente pasmado.
Señor, dame fuerzas. Este hombre es el jugador definitivo, obtiene lo
que quiere cuando quiere. ¿Quién se cree que es? Nuestro enfrentamiento
se ve interrumpido cuando su móvil empieza a sonar.
Lo saca rápidamente del bolsillo.
—¿John? —Se da la vuelta y comienza a pasearse—. Sí... De acuerdo.
—La llamada termina en seguida—. Yo te llevo a casa —insiste.
—No, por favor. Sólo abre las puertas. —Le estoy suplicando y ése no
era el tono en el que pretendía hablarle.
—No, no voy a dejarte sola ahí fuera, Paula. Fin de la historia. Te
vienes conmigo.
—No.
—Sí.
Vuelvo la cabeza bruscamente al oír que se acerca un coche por la
carretera principal.
—¡Mierda! —ruge Pedro mientras vuelve a sacar apresuradamente el
móvil del bolsillo al tiempo que intenta agarrarme.
Las puertas empiezan a abrirse y echo a correr hacia mi coche para
coger el bolso.
—¡John, no abras las putas puertas! —grita por el teléfono—. ¡Vale,
pues dile a Sarah que no lo haga!
En cuanto están lo bastante abiertas me deslizo entre ellas, justo antes
de que empiecen a cerrarse de nuevo. Veo a Pedro correr hacia su coche y
golpear algo en el salpicadero. Las puertas comienzan a abrirse de nuevo.
¿Es que no va a darse por vencido? Saco mi móvil y llamo a un taxi
mientras comienzo a andar por la carretera. Alguien contesta y, justo
cuando voy a hablar, me quedo sin aliento al notar que Pedro me agarra por
la cintura.
—¡Pero qué...! —grito mientras me levanta, me da la vuelta y me
lanza sobre su hombro.
—No vas a vagar por ahí por tu cuenta, señorita —dice entre dientes
con tono lleno de autoridad. Hace que me sienta más joven... o él mayor,
no lo tengo claro.
—¿A ti qué narices te importa? —le espeto. Estoy furiosa y no hago
más que revolverme mientras me lleva hasta su coche.
—Pues, al parecer, nada, pero tengo conciencia. Tú de aquí no te vas
si no es en mi coche. ¿Lo entiendes? —Me deja de pie en el suelo, me coge
del codo y me guía hasta su vehículo. Lo cierra de un portazo y se
encamina hacia mi Mini para apartarlo de la entrada.
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