martes, 18 de marzo de 2014
Capitulo 71 ♥
Nuestro viaje de vuelta al Lusso es el más largo de mi vida. La tensión
sexual que reina en el coche es realmente insoportable y Pedro se pone casi
violento cuando un conductor dominguero le bloquea el paso.
—A algunos no deberían darles el carnet. ¡Muévete!
Hace una maniobra ilegal y adelanta al otro coche en una calle de un
solo carril.
Se toca a menudo la entrepierna, y bajo la luz tenue del DBS veo el
sudor que brilla en su frente. Es un hombre con una misión. Derrapa, se
detiene ante las puertas electrónicas del Lusso y pulsa el mando a distancia
para abrirlas. Tamborilea con los dedos en el volante mientras espera
impaciente a que empiecen a moverse.
Sonrío.
—Te va a dar un ataque si no te tranquilizas.
El tamborileo cesa y me mira. Echa humo.
—Paula, me ha dado un puñetero ataque todos los días desde que te
conocí.—
Estás diciendo muchos tacos —murmuro cuando las puertas se
abren y avanza hacia el aparcamiento a toda velocidad y sin ningún
cuidado.
—Y tú vas a gritar mucho. —Lo dice sin una pizca de humor—. Fuera
—me ordena.
No me cabe duda de que así será, pero me encanta verlo tan frenético.
Me tomo mi tiempo para salir del coche y, cuando ya estoy erguida,
levanto la vista y veo que lo tengo enfrente.
—¿Qué haces? —pregunta sin poder creerse la calma con la que me lo
estoy tomando.
Miro el cielo negro de la noche y los muelles.
—¿Te apetece ir a dar un paseo?
Abre la boca de forma exagerada.
—¿Que si me apetece ir a dar un paseo?
—Sí. Hace una noche preciosa. —Vuelvo a mirarlo, pero no logro
esconder una sonrisa tonta.
—No, Paula. Lo que me apetece es follarte hasta que me supliques que
pare.
Se agacha, me coge por detrás de los muslos, me carga sobre los
hombros y cierra de una patada la puerta de su carísimo coche.
—¡Pedro! —El estómago se me sale por la boca a causa del
movimiento brusco—. ¡Puedo andar!
Entra a grandes zancadas en el vestíbulo del Lusso.
—No lo bastante rápido. Buenas noches, Clive.
Me abrazo a las lumbares de Pedro y levanto la cabeza. Clive me
observa mientras atravieso la sala tirada sobre el hombro de Pedro. ¿Qué
pensará de mí? La última vez que entré en el Lusso también me llevaba
en brazos...
—¡No estoy borracha! —grito antes de que Pedro me meta en el
ascensor. Introduce el código con furia y Clive desaparece de mi campo de
visión. En un momento de osadía, deslizo las manos bajo sus vaqueros, van
directas a su duro y fantástico trasero. Siento que sus músculos se tensan y
relajan bajo su piel suave y cálida cuando sale del ascensor.
—Nada de jueguecitos. Quiero estar dentro de ti. Como te pongas a
hacer tonterías te juro por Dios que... —Va muy en serio.
—Eres un romántico.
—Tenemos todo el tiempo del mundo para el romanticismo, señorita.
«¿Ah sí?»
Irrumpe en el ático y da un portazo a su espalda. Estoy un pelín
desorientada cuando me deja de pie en la cocina. Me quedo inmóvil ante
él, con las manos apoyadas en sus hombros, intentando recomponerme.
—¿Sabes? Es cierto que mañana no vas a estar en condiciones de
trabajar. —Su aliento cálido extiende una capa de condensación sobre mi
cara—. Desnúdate.
Estoy temblando descaradamente. Ordeno a mis manos que se aparten
de sus hombros, pero no me hacen ni caso. Intento controlarme, aunque me
resulta imposible cuando me mira de esa manera. Siento que me cubre las
manos con las suyas y las despega de su cuerpo. Me las pone sobre el
estómago.
—Empieza por la camisa. —Su voz es ronca, teñida por un dejo de
desesperación.
Puedo hacerlo, puedo ser atrevida.
—Entonces ¿yo estoy al mando? —pregunto, mientras me preparo
internamente para sus burlas.
No se mofa. Me mira. La sorpresa ante mi pregunta es evidente, pero
no se ríe. No puede tener el control continuamente.
—Si eso te hace feliz... —Se quita el Rolex y lo deja sobre la isla.
Pues sí, me hace muy feliz. Me suelto una arenga mental. Puedo
hacerlo. Puedo hacerlo. Respiro hondo y, mirándolo a los ojos sin ningún
pudor, me llevo las manos al primer botón de la camisa intentando que mis
dedos cooperen. Con cada botón que me desabrocho, más se tensa su rostro
y más atrevida me vuelvo yo. Si esto no es andarse con tonterías, no sé lo
que es.Me abro la camisa, la dejo así y observo cómo me recorre el torso con
la mirada mientras se pasa la lengua por el labio inferior. Saboreo su
reacción y me llevo las manos a los hombros para quitarme la camisa.
Acentúo el movimiento de mis pechos cuando la dejo deslizarse por mis
brazos. Como la diablilla hambrienta de sexo que soy, la mantengo a un
lado durante unos segundos mientras sus ojos vagan por mi cuerpo.
Entonces, cuando nuestras miradas vuelven a encontrarse, abro las palmas
de las manos con un gesto dramático y la dejo caer al suelo. Mis brazos
permanecen inertes a los costados. La mirada le arde y tiene la frente
húmeda. Lo estoy haciendo muy bien.
—Me encanta cómo te queda el encaje —susurra.
Sonrío. Estoy en racha. Bajo las manos con firmeza hacia el cierre de
los pantalones y, como quien no quiere la cosa, desabrocho un botón detrás
de otro mientras él me observa. Se le acelera la respiración con cada
segundo que pasa, y su autocontrol está tan mermado que tiene que
morderse el labio con mucha fuerza. Va a hacerse sangre.
Una vez desabrochados todos los botones del pantalón y con la
bragueta bien abierta, me quedo de pie con las manos metidas por ella,
lista para bajármelos. Pero no lo hago. Estoy fascinada con la reacción que
le provoca mi descarado striptease. Se han invertido los papeles.
Alza la mirada y me percato de que sus ojos arden de desesperación.
—Te los arrancaría en dos segundos.
—Pero no lo harás —digo con voz ronca y seductora. Mi presunción
me tiene alucinada—. Vas a esperar.
Me quito los zapatos de un puntapié. Salen volando unos metros más
allá.
Sigue su trayectoria antes de mirarme con las cejas levantadas.
—¿No lo estás llevando demasiado lejos?
Sonrío con dulzura mientras, centímetro a centímetro, me bajo los
capri por las piernas y los tiro lejos. Estoy de pie en ropa interior color
coral y de encaje delante de este hombre y he perdido todas la inhibiciones.
Es revelador. ¿Quién iba a pensar que yo podía ser tan atrevida? ¡Me gusta
estar al mando!
Acerca la mano para acariciarme el pecho.
—No —le digo con firmeza. Su mano queda flotando sobre mi
esternón. No llega a tocarme, pero el calor que emana de ella me lleva al
borde de la hiperventilación. Aquí estoy yo, diciéndole que espere, y tan
desesperada como él. Mi autocontrol vacila, pero la verdad es que me
encanta la sensación de poder.
—Que te jodan —farfulla cuando deja caer la mano.
—Adelante.
Sonríe con suficiencia.
—Suplícamelo.
¿Que suplique? ¿Cómo le ha dado la vuelta a la tortilla tan rápido? Va
a ser que no.
—Paso.
—Deja de tocarte el pelo, Paula. —Sus ojos se oscurecen aún más. Me
suelto el pelo y él baja la mirada—. Todavía llevas la ropa interior puesta.
Me miro.
—¿Y qué vamos a hacer al respecto?
—Yo no voy a hacer nada. —Se encoge de hombros—. A menos que
me lo supliques.
—No pienso hacerlo —digo con frialdad. No voy a rajarme ahora.
—Puede que nos quedemos así un rato, entonces.
—Eso parece.
—Quizá sigamos así hasta el sábado.
¡El muy tramposo! No puede dejarlo estar, ¿verdad? Lo miro mal y él
enarca las cejas. Así que estamos en tablas y ninguno de los dos quiere
hacer el primer movimiento. ¡Le toca a él! Él es quien ha dejado bien claro
que no toleraría ningún jueguecito...
¿Qué hago? ¿Qué hago? Entonces, se me ocurre:
—Lo siento, no puedo andarme con tonterías. Mañana tengo que
trabajar.
Doy media vuelta, dispuesta a marcharme, y oigo ese gruñido familiar
que tanto me gusta. Me rodea la cintura con el brazo y me levanta del
suelo. Me parto en dos sobre su antebrazo. No puedo evitarlo... Me da la
risa.
Se dirige a la isla de la cocina, me da la vuelta y me sienta sobre el
frío granito. Sus ojos transmiten el descontento que le ha producido mi
pequeña broma.
—¿Cuándo vas a escucharme, señorita? Nunca vas a ir a ninguna
parte. —Me abre de piernas, las mantiene separadas con su cuerpo y me
coloca las manos en la cintura. Está muy serio.
Aún estoy recobrándome del ataque de risa, pero me callo de
inmediato cuando tira de mí para acercarme a su entrepierna y su erección
da en el punto exacto. Gimo y le rodeo el cuello con los brazos.
—Y vigila esa boca —gruñe; la concentración-barra-preocupación no
le sienta bien a su frente. Esta vez es preocupación. ¿Va en serio lo de que
no vaya nunca a ninguna parte?
¿Qué? ¿Nunca?
—Lo siento —lo digo con sinceridad.
No debería jugar con él así. Está claro que tiene un problema con la
desobediencia.
—Sabes cómo sacarme de mis casillas —murmura—. A partir de
ahora haremos las cosas a mi manera.
—Siempre hacemos las cosas a tu manera.
—Cierto. A ver si te lo aprendes de una vez.
Se planta delante de mí, se quita el jersey y los Grenson de dos
patadas, y en un abrir y cerrar de ojos se deshace de los vaqueros y de los
bóxeres. Permanezco pacientemente sentada, más que contenta de ver
cómo se desnuda. Este hombre es un dios. Recorro con la mirada todas sus
maravillas, me detengo un instante en la cicatriz y me quedo mirando su
erección, gruesa y pulsante.
—Quedarse mirando es de mala educación —me dice suavemente.
Levanto los ojos de golpe hacia los suyos. No estoy muy segura de si
se refiere a que le mire la cicatriz o su hermosa virilidad. No me lo aclara.
Vuelve a mí, me rodea con los brazos para desabrocharme el sujetador y,
lentamente, me lo baja por los brazos y lo tira al suelo a sus espaldas.
Apoya las manos en el borde de la encimera, me observa mientras se
agacha y me coge un pezón con la boca. Traza círculos y lo acaricia
despacio con la lengua.
En un estado de deleite absoluto, suspiro y enredo los dedos en su pelo
mientras él divide la atención entre un pecho y otro. Echo la cabeza hacia
atrás y cierro los ojos para concentrarme en su atenta boca. La verdad es
que no me importa dejar que tome el control. Me encanta.
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