sábado, 8 de marzo de 2014

Capitulo 41 ♥


A la mañana siguiente, inicio la jornada laboral estrepitosamente mal, y lo

digo de manera casi literal. Acabo tirada en el suelo de madera, rodeada de

cajas, y Tom corre hacia mí con el horror reflejado en su cara de bebé.

—Madre mía, ¿estás bien? —Se agacha para ayudarme a levantarme y

me alisa la falda negra ceñida antes de pasar a la blusa sin mangas—. Lo

siento muchísimo. Iba a llevarlas al almacén.

Revolotea a mi alrededor como una mamá gallina, barboteando sobre

libros de salud, de seguridad y de prevención de accidentes.

—Tom, estoy bien. ¡Quítame las manos de las tetas!

Al instante, retira de mis pechos las manos nerviosas entre risitas.

—¡Qué pechos tan hermosos tienes, Caperucita!

—Si no fueras gay ya te habría dado una bofetada —le advierto.

—Ya, pero lo soy —responde con orgullo mientras empieza a recoger

las cajas.

—¿Qué hay en esas cajas?

—Muestras. Sally recibió la entrega. Lo lógico sería que las hubiera

guardado en el armario. Esa chica es una inútil —protesta.

Rastreo la oficina y veo a Sally peleándose con la fotocopiadora. La

verdad es que vive en su propio mundo.

—Buenos días —oigo cómo saluda a Victoria antes de verla—. Tom,

no pienso volver a salir contigo —le recrimina mientras se sienta en la

silla.

Los miro a los dos y me quedo esperando una explicación, pero parece

que ninguno está dispuesto a dármela.

—¿Qué pasa? —pregunto.

Tom se encoge de hombros con expresión de culpabilidad y Victoria

inspira hondo para empezar a detallar sus quejas punto por punto:

—¡Volvió a dejarme tirada! —exclama, y dirige a Tom una mirada

acusadora.

Dejo el bolso junto a mi mesa y observo a Victoria mientras lanza

todo tipo de acusaciones a Tom, que parece sentirse muy culpable.

—No vuelvas a pedirme que salga contigo en la vida —espeta, y lo

señala con el bolígrafo—. ¡El viernes te largaste con el científico y anoche

ni siquiera tuviste la decencia de irte a casa con el mismo hombre!

—¡Tom! —exclamo con sarcasmo—. ¿No decías que el científico era

tu alma gemela?

—Puede que aún lo sea —se defiende con un tono de voz muy agudo

—. Sólo estoy probando muestras antes de decidir en qué debo invertir.

Victoria resopla y gira su silla para darle la espalda. Con mucho

cuidado, apoyo el culo sobre el asiento suave y acolchado de la mía, que en

estos momentos me parece de hierro, y hago una mueca de dolor. Saco el

móvil del bolso y veo que tengo un mensaje de Kate.

Me he ido temprano. No he querido despertarte por si estabas soñando con «señores»

;-) ¿Nos vemos en el Baroque a las 13? Tengo que estar de vuelta a las 14.30 :*

Así es. Y despierta también sueño con él. Empiezo a contestarle para

rechazar su invitación —he quedado con un dios—, pero me detengo a

mitad del mensaje. Se supone que había quedado con Matias para comer. Me

desmorono en la silla. Tengo la cabeza en otra parte en estos momentos, y

no voy a engañarme a mí misma acerca de la razón. Empiezo a darme

golpecitos en un incisivo con la uña e intento pensar en cómo salir de ésta.

¿Conclusión? No puedo, así que escribo primero a Kate.

Lo siento. Estoy muy, muy, muy ocupada. Nos vemos en casa. Un beso. P.

No puedo creerme que me toque el pelo incluso cuando escribo una

mentira. Se pondría hecha una fiera si se enterase de que he quedado con

Matias. Empiezo a golpetearme el diente de nuevo. No sé a cuál de los dos

debería dejar tirado. Matias parecía muy deprimido, y me dijo que no estaba

bien. Pedro quiere que vuelva a La Mansión para empezar con el diseño y

es posible que pase algo más... Esa mera idea hace que apriete los muslos.

Cojo el teléfono y llamo a Matias.

—Hola —me saluda, y suena más contento de lo que me esperaba.

Aunque seguramente no por mucho tiempo.

—Oye, me ha surgido algo. ¿Podemos quedar otro día? —Contengo la

respiración y me muerdo con fuerza el labio inferior mientras espero su

respuesta, y sí, me estoy tocando el pelo. Pese a que en realidad no estoy

mintiendo. Me ha surgido algo.

—¡Paula, por favor! —me ruega. Me suelto el mechón al instante. El

Matias arrogante y seguro de sí mismo ha vuelto a desaparecer y ha sido

sustituido por un extraño tímido e inseguro—. Necesito hablar contigo, de

verdad.

Me dejo caer en la silla, totalmente derrotada. ¿Cómo negarme si me

lo pide así? Debe de estar pasándole algo terrible.

—Vale —suspiro—. Nos vemos en el Baroque.

—Genial, nos vemos entonces —contesta de nuevo con tono seguro.

Me mantengo ocupada enviando correos electrónicos y comprobando

los progresos de los contratistas. Pero al mismo tiempo pienso en mil

excusas que darle a Pedro. Menos mal que no tengo que dárselas cara a

cara, porque mi manía de juguetear con el pelo me delataría al instante.

Patrick aparece a las once con un café de Starbucks. Quiero besarlo.

—Capuchino, doble y sin azúcar ni chocolate para ti, flor. —Me besa

la mejilla y me deja el vaso en la mesa—. No olvides tu cita con Mikael

mañana. —Se sienta en mi escritorio y yo aguanto la respiración al oírlo

crujir.—

Tranquilo. —Le muestro mi agenda para que vea que lo tengo

marcado y con letras bien grandes.

—Así me gusta. ¿Qué tal te fue en La Mansión?

Me pongo colorada al instante. No le conté a Patrick mi segunda visita

al hotel, pero sólo tenía que pasar las páginas de mi agenda para verla, y es

evidente que ya lo ha hecho.

—Bien —contesto con una voz unos tonos más aguda de lo normal y

con la cara roja como un tomate. Rezo para que acepte mi abrupta y

monosilábica respuesta y me deje en paz.

—Vaya, vaya. Ya me contarás. —Se levanta de la mesa y se marcha

para repartir el resto de los cafés.

Instintivamente, compruebo la mesa por debajo, por si hay astillas o

se ha soltado algún tornillo. Suspiro de alivio por haberme librado del

interrogatorio y porque mi escritorio sigue ileso. He estado tan despistada

que ni siquiera se me había pasado por la cabeza la posibilidad de que

Patrick se hubiese enterado de mis actividades extracurriculares con el

señor Alfonso. Podría meterme en un buen lío.

Mi teléfono me informa de que tengo un mensaje. Lo cojo al instante

y leo la respuesta de Kate:

Compra el vino. Un beso.

Miro la hora en el ordenador. Las once y cuarto. Debería estar

saliendo ya para reunirme a las doce con el señor Alfonso. Muy a mi pesar,

busco su teléfono, pero, en lugar de llamarlo, me entra el canguelo y le

mando un mensaje:

Me ha surgido algo importante. Ya quedaremos. Luego te llamo. Un beso. P.

Apenas dejo el teléfono sobre la mesa y me suelto el pelo, la puerta de

la oficina se abre y entra una repartidora con un montón de calas. Es la

misma chica que fue al Lusso. Tom señala mi mesa y de pronto me siento

invadida por un torrente de culpabilidad. Me hundo aún más en la silla,

hecha polvo. Acabo de dejarlo plantado y él me manda flores. Bueno,

técnicamente no lo he dejado plantado. Sólo he aplazado una reunión de

negocios. Lo entenderá. Acepto las flores, firmo los papeles de la chica y

después encuentro la nota.

ESTOY DESEANDO QUE LLEGUE MI CITA.

TÚ TAMBIÉN DEBERÍAS SENTIR LO MISMO.

UN BESO, P.

Dejo caer los brazos sobre el escritorio y entierro la cabeza entre

ellos. Me siento como una auténtica mierda. Después de todo lo que hizo

ayer por mí, de que golpeara a ese calvorota capullo, de que me rescatase

de una agresión... ¿y voy yo y hago esto? Soy una auténtica imbécil, y lo he

dejado plantado por mi ex. Soy una estúpida. Joder, cuando Kate se entere

estoy muerta. No obstante, tengo que decirle que deje de mandarme flores

al trabajo. Patrick no tardará en empezar a hacerme preguntas.

Salgo del trabajo a la una menos cuarto para ir a reunirme con Matias

después de haberme comportado todavía peor y haber ignorado diez

llamadas de Pedro. Sé que sólo he empeorado las cosas, pero no he visto su

primera llamada porque estaba en el baño y no he podido contestarle a la

segunda porque estaba hablando con un cliente por el fijo, así que ha

empezado a llamar sin parar, por lo que deduzco que no está muy contento.

Y ha conseguido que me harte de una de mis canciones favoritas de todos

los tiempos.

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