—¿Dónde diablos estás? —me ladra por teléfono. No hago caso de su
tono de voz.
—¿Y dónde estás tú? —contraataco. Por supuesto, sé perfectamente
dónde está. Me quedo de pie junto a la ventana, viendo cómo se pasa la
mano por el pelo. Pero entonces desaparece de mi vista en el rellano de la
puerta principal.
—Estoy en casa de Kate, echando la puerta abajo a patadas. ¿Es
mucho pedir que me cojas el teléfono a la primera?
—Estaba ocupada con otra cosa. ¿Por qué no me has llamado en todo
el día? —pregunto mientras bajo hasta la puerta principal.
—Porque, Paula, ¡no quiero que sientas que te estoy agobiando! —Está
totalmente exasperado y eso me hace sonreír. Me encantan todos y cada
uno de sus rasgos de locura.
—Pero aun así me estás gritando —le recuerdo. Miro por la mirilla y
me derrito cuando lo veo apoyarse contra la pared.
—Lo sé —dice ya más tranquilo—. Me estás volviendo loco. ¿Dónde
estás?
Lo veo deslizarse hacia abajo por la pared hasta que toca el suelo con
el culo. Deja las rodillas dobladas e inclina la cabeza a un lado. Ay, no
puedo verlo así.
Abro la puerta.
—Aquí.
Me mira y suelta el teléfono, pero no intenta levantarse. Sólo me
mira, con el rostro inundado de alivio. Salgo y me deslizo por la pared de
enfrente, de tal modo que quedamos sentados uno frente al otro, rodilla con
rodilla. Esperaba que me cogiera y me obligase a entrar en casa, ya que voy
medio desnuda, pero no lo hace, sino que alarga el brazo y me pone la
mano en la rodilla. No me sorprende que provoque chispas de fuego en
todo mi ser.
—Estaba en la ducha.
—La próxima vez, llévate el móvil al baño —me ordena.
—Vale. —Le hago un saludo militar.
—¿Y tu ropa? —Me recorre el cuerpo, cubierto por una toalla, con la
mirada.
¡Ja! No iba a tenerlo esperando mientras me vestía. Me lo habría
encontrado muerto de un ataque al corazón.
—En mi armario —respondo con sequedad.
Su mano desaparece bajo la toalla, me coge por encima de la cadera
para hacerme cosquillas y la toalla se afloja.
—¡Amigo mío!
Miro hacia el sendero y veo a Sam. Cuando vuelvo a mirar a Pedro,
parece como si... En fin, como si fuera a darle un ataque. Se pone de pie y
tira de mí. No sé cómo lo hace, pero consigue mantenerme cubierta con la
toalla.—
¡Sam, no te muevas, joder! —le grita.
Me coge en brazos y cruzamos la puerta a la velocidad de la luz. Oigo
a Sam reírse a nuestras espaldas mientras Pedro sube la escalera corriendo
conmigo en brazos y murmurando algo acerca de arrancar los ojos a los
curiosos. Me arroja sobre la cama.
—Vístete, vamos a salir.
Levanto la cabeza de golpe. No pienso ir a La Mansión. Me pongo de
pie, sin la toalla, y me dirijo al tocador.
—¿Adónde?
Recorre con la mirada mi cuerpo desnudo.
—He salido a correr y mientras tanto se me ha ocurrido que aún no te
he llevado a cenar. Tienes unas piernas increíbles. Vístete.
Señala mi armario con la cabeza.
Si se refiere a cenar en La Mansión, yo paso. Evitaré el lugar a toda
costa si ella va a estar allí y, dado que ya sabemos que trabaja para él, lo
más probable es que esté.
—¿Adónde? —vuelvo a preguntar mientras empiezo a aplicarme
manteca de coco en las piernas.
—A un pequeño italiano que conozco. Anda, vístete antes de que me
cobre mi deuda.
De pie, me masajeo lentamente con la crema.
—¿Qué deuda?
Levanta las cejas.
—Me debes una.
—¿Cómo que te debo una? —Frunzo el ceño, pero sé exactamente a
qué se refiere.
—Claro que me la debes. Te espero fuera, no sea que me dé por
cobrármela antes de tiempo. —Me lanza una sonrisa picarona—. No quiero
que pienses que es sólo sexo.
Me deja con ese pequeño comentario antes de irse.
Ah, ¿no es sólo sexo? Esas palabras me han alegrado el día. Quizá esta
noche descubra qué trama esa maravillosa y compleja cabecita suya. De
repente, me inunda la esperanza.
Tras darle muchas vueltas a qué voy a ponerme —me sorprende que
no lo haya decidido por mí—, me decanto por unos pantalones capri beige,
una camisa de seda en nude y unas bailarinas color crema. Me aseguro de
ponerme un conjunto de ropa interior de encaje color coral; le encanta
verme vestida de encaje. Me hago un recogido informal, me pinto los ojos
ahumados y termino con un brillo de labios sin apenas color.
Salgo al descansillo y me encuentro a un Pedro irritado dando vueltas
de un lado a otro. Frunzo el ceño.
—Tampoco he tardado tanto.
Levanta la vista y me dedica una sonrisa gloriosa, reservada sólo para
mujeres, y vuelvo a sentirme segura. Me acerco a él y me mira de arriba
abajo con satisfacción. En cuanto estoy lo bastante cerca, tira de mí hacia
su cuerpo musculoso.
—¿Cómo es posible que seas tan bonita? —susurra en mi pelo.
—Lo mismo digo. ¿Dónde está Sam?
—Kate le está dando un paseo en la furgoneta.
Ah, casi me había olvidado de Margo Junior. Me aparto y le lanzo una
mirada llena de sospecha.
—¿Le has comprado tú esa furgoneta a Kate?
Sonríe satisfecho.
—¿Estás celosa?
«¿Qué?»
—¡No!
Se pone serio.
—Sí, se la he comprado yo.
—¿Por qué?
¿Acaso no le parece raro? ¿Está intentando sobornar a mi amiga para
que pase por alto su comportamiento irracional?
—Pues, Paula, porque no quiero que vayas dando tumbos en esa
chatarra sobre ruedas, por eso. Y no tengo por qué darte explicaciones —
me bufa, y cruza los brazos para mantenerse alejado de mí.
Me entra la risa.
—¿Le has comprado una furgoneta a mi mejor amiga para que no me
lastime cuando sujete una tarta? —Es para morirse.
Me mira y adopta una expresión muy digna.
—Como ya he dicho, no tengo por qué darte explicaciones. Vámonos.
Me coge de la mano y me conduce hasta abajo, al coche.
—Le has alegrado el día a Sally —comento mientras corro para poder
seguir el ritmo de sus largas zancadas.
—¿Quién es Sally?
—La criatura desvalida de mi oficina —le recuerdo. Empiezo a
sopesar si la mala memoria es también un síntoma de la edad.
—Ah, ¿me ha perdonado?
—Del todo —musito.
Kate nos ve y se lanza a los brazos de Pedro.
—¡Gracias! —le repite una y otra vez en la cara.
Pedro se abraza a ella con la mano que tiene libre y ella continúa
lanzando grititos de emoción junto a su oído. Pongo los ojos en blanco y
miro a Sam, que sacude la cabeza. Me reconforta saber que él también
opina que se ha pasado un poco.
—El que sale ganando soy yo, Kate, no tú —le dice.
Ella lo suelta.
—¡Lo sé! —Sonríe y me mira con sus brillantes ojos azules—. ¡Lo
adoro!—
Eh, ¿y a mí no? —grita Sam. Kate va corriendo a abrazarlo.
Pongo los ojos en blanco otra vez. Estoy rodeada de locos.
Aparcamos en la puerta de un pequeño restaurante italiano del West
End. Salgo del coche y Pedro viene a por mí. Me coge de la mano y me
lleva a lo que sólo puede describirse como una sala de estar. La
iluminación es tenue y todo está lleno de trastos italianos. Es como si me
hubiera trasladado en el tiempo a la Italia de la década de los ochenta.
—Señor Pedro, me alegro de verlo —dice un hombrecillo italiano que
se acerca a nosotros de inmediato. Luce una expresión de felicidad natural.
Pedro le estrecha la mano con afecto.
—Luigi, yo también me alegro de verte.
—Venga, venga. —Luigi nos hace gestos para que nos adentremos
más en la estancia.
Nos sienta a una pequeña mesa en un rincón. El mantel es de color
crema y lleva bordado la «Italia Turrita». Es muy bonito.
—Luigi, ésta es Paula. —Pedro nos presenta.
El italiano me hace una reverencia con la cabeza.
—Un nombre precioso para una dama preciosa, ¿sí? —Es tan directo
que me siento un poco avergonzada—. ¿Qué desea el señor Pedro?
—¿Me permites? —me pregunta Pedro señalando el menú con la
cabeza.
¿Me está pidiendo permiso?
—Es lo que sueles hacer —murmuro.
Arquea una ceja y pone morritos, como diciéndome que no tiente mi
suerte. Lo dejo a lo suyo. Está claro que sabe cuáles son los mejores platos
del menú.
—Muy bien, Luigi. Tomaremos dos de fettuccini con calabaza,
parmesano y salsa de limón con nata, una botella de Famiglia Anselma
Barolo 2000 y agua. ¿Lo tienes todo?
Luigi toma nota a toda velocidad en su cuaderno y da un paso atrás.
—Sí, sí, señor Pedro. Ahora me voy.
Pedro sonríe con afecto.
—Gracias, Luigi.
Miro el restaurante, que está lleno de trastos.
—A esto sí que se le llama mierda italiana —murmuro pensativa.
Cuando mi mirada se encuentra con la de Pedro, veo una sonrisa de oreja a
oreja sobre un labio mordido—. ¿Vienes a menudo?
Su sonrisa se hace más amplia y entramos en el territorio de las
rodillas que se vuelven de gelatina.
—¿Estás intentando seducirme?
—Por supuesto —sonrío, y él cambia de postura en su silla.
—Mario, el barman de La Mansión, insistió en que lo probara y eso
hice. Luigi es su hermano.
—¿Luigi y Mario? —suelto, más bien con poca educación. Pedro
levanta las cejas y me lanza una mirada—. Lo siento. ¡Es que ésa sí que no
me la esperaba!
—Ya lo veo. —Frunce el ceño cuando Luigi se acerca con las bebidas.
Pedro me sirve vino a mí y agua para él.
—¿No habrás pedido una botella entera para mí? —le suelto—. ¿Tú
no vas a beber nada?
Por Dios, voy a acabar como una cuba.
—No. Tengo que conducir.
—¿Y a mí me permites beber?
Aprieta los labios hasta convertirlos en una línea recta, pero veo que
está intentando reprimir una sonrisa ante mi descaro.
—Te lo permito.
Sonrío, cojo la copa y bebo con cuidado mientras él me observa. El
vino está espectacular.
Cuando miro al hombre guapísimo y neurótico que tengo al otro lado
de la mesa, al que me ha jodido los planes pero bien, mi cerebro sufre de
repente un bombardeo de preguntas.
—Quiero saber qué edad tienes —digo segura de mí misma. Ese
asunto de la edad se está convirtiendo en una estupidez.
Acaricia el borde de la copa con la punta del dedo y me mira.
—Veintiocho. Háblame de tu familia.
¿Eh? ¡Ah, no, no, no!
—Yo he preguntado primero.
—Y yo te he contestado. Háblame de tu familia.
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