martes, 4 de marzo de 2014

Capitulo 25 ♥



Bajo la vista y me quedo algo impactada al ver una cicatriz bastante

fea que tiene en el estómago y que se extiende hasta su cadera izquierda.

No la había visto antes. La luz en La Mansión era tenue, pero es una marca

muy grande. Ya apenas se nota, pero es enorme. ¿Cómo se la hizo? Decido

no preguntar. Podría ser un asunto delicado, y no quiero que nada estropee

este momento. Podría quedarme aquí sentada mirándolo embobada

eternamente. Incluso con esa cicatriz tan siniestra, sigue siendo hermoso.

Hago una pelota con la camisa y la tiro sobre mi vestido. Él me mira

con una ceja enarcada.

—Ya te compraré una nueva —digo encogiéndome de hombros.

Él sonríe con picardía, se inclina hacia adelante, se apoya en el

mueble y me besa los labios con mucha ternura. Alcanzo sus pantalones y

empiezo a quitarle el cinturón. Lo desabrocho con rapidez y provoco que

emita un sonido similar al de un látigo.

Él retrocede con una ceja enarcada.

—¿Vas a azotarme?

«¿Eh?»

—No —respondo vacilante.

¿Le gusta ese tipo de cosas? Añado el cinturón al montón de ropa del

suelo y deslizo la mano entre sus firmes y estrechas caderas y la cintura de

sus pantalones. Tiro de él hacia mí para tenerlo lo más cerca posible.

—Aunque, si quieres que lo haga...

¿He dicho yo eso?

—Lo tendré en cuenta —contesta con una media sonrisa.

Efectivamente, lo he dicho. Pero ¿qué me pasa?

Con los ojos fijos en los suyos, empiezo a desabrocharle el botón del

pantalón y mis nudillos rozan su sólida erección provocándole una

sacudida. Cierra los ojos con fuerza. Le bajo la cremallera lentamente,

deslizo la mano por dentro de sus bóxeres y me abro paso a través de la

masa de pelo rubio oscuro. Se estremece y levanta la mirada hacia el techo.

Los músculos de su pecho se contraen y se relajan y no puedo evitar

inclinarme hacia adelante y pasarle la lengua por el centro del esternón.

—Paula, deberías saber que una vez que te posea, serás mía.

Estoy demasiado embriagada por la lujuria como para darle

importancia a ese comentario.

—Hummm... —murmuro contra su piel mientras dibujo círculos con

la lengua alrededor de su pezón y saco la mano de sus calzoncillos. Agarro

el elástico y los hago descender por su perfecta cadera. Su erección se

libera como un resorte.

«¡Madre mía, es enorme!» La punta, hinchada y húmeda, me está

señalando. La exclamación involuntaria que escapa de mi boca delata mi

sorpresa. Fijo mis ojos en los suyos y descubro un atisbo de sonrisa

formándose en sus labios. Eso demuestra, para mi vergüenza, que mi

reacción no le ha pasado inadvertida.

Retrocede, se quita los zapatos y los calcetines y aparta los pantalones

y los bóxeres de sus tobillos. Mi atención se centra en sus muslos fuertes y

definidos. Empiezo a babear ante la imponente magnificencia que se

yergue ante mí en todo su esplendor. No puedo evitarlo.

Haciendo acopio de lo que me queda de confianza, me inclino

lentamente hacia adelante y empiezo a acariciarle la cabeza con el pulgar

mientras observa cómo lo explora mi mano. Cuando le envuelvo la base

con la mano, vacilante, veo que el contacto hace que se estremezca.

—Joder, Paula —resuella, y entonces me toma los labios y la boca con

vehemencia mientras yo empiezo a acariciar su erección a un ritmo lento y

constante, aumentando la velocidad cuando siento que su boca se aprieta

cada vez más contra la mía. Su mano se oculta entre mis piernas y, con un

leve roce de su pulgar sobre mi clítoris, me veo catapultada de nuevo al

séptimo cielo de Pedro. Dejo escapar un gemido en su boca. Él me muerde

el labio.

—¿Estás lista? —me pregunta con urgencia.

Me limito a asentir, porque mi capacidad de hablar me ha

abandonado.

Despega la mano de entre mis muslos y me aparta de su palpitante

excitación. Con un movimiento estudiado, me coloca las manos en el

trasero, me levanta y me penetra con su ansiosa prolongación.

«¡AU! ¡Joddder!»

—¿Estás bien? —jadea.

—Un segundo. Necesito un segundo.

Lo rodeo con las piernas mientras grito de placer y de dolor. Sé que ni

siquiera ha llegado a metérmela entera. Pero es enorme, joder.

Me muevo un poco y me apoyo contra la pared. El frío de las baldosas

no me molesta lo más mínimo mientras intento adaptarme a la enormidad

de Pedro. Él apoya su frente en la mía. Deslizo las manos por su espalda

empapada de sudor mientras él permanece quieto unos instantes para

darme tiempo a acostumbrarme a la intrusión.

Jadea y se retira de mi cuerpo muy despacio para volver a entrar a un

ritmo pausado y constante. Esta vez se adentra más en mí y su inmenso

tamaño hace que la cabeza me dé vueltas.

—¿Crees que tienes espacio para más? —pregunta con ansiosa

necesidad.

¿Más? Pero ¿cuánto más queda? «Puedo hacerlo, puedo hacerlo», me

repito una y otra vez mientras me adapto a su tamaño y respiro para

relajarme. Cuando noto que lo tengo controlado, empiezo a besarlo

lentamente, arqueo la espalda y alzo los pechos contra su tórax. Entonces

empujo hacia adelante, haciendo más profunda la conexión.

—Paula, dime que estás lista —susurra sin aliento.

—Estoy lista. —Jamás había estado tan preparada para algo en mi

vida.

Tras mi respuesta, empieza a salir y a entrar en mí con más fuerza. Yo

suspiro y muevo las caderas hacia adelante para aceptarlo mientras él

gruñe de agradecimiento y repite sus rápidas embestidas una, y otra, y otra

vez.

—Ahora eres mía, Paula —suspira mientras se hunde deliciosamente en

mí. Yo inclino la cabeza hacia adelante para apoyarla contra la suya—.

Toda mía.

Con un movimiento rápido, se retira y entra del todo. Yo grito. Ya no

me duele y estoy disfrutando de cada segundo. Lo agarro de los hombros

mientras aumenta las embestidas, se estrella contra mí y me golpea el

cuello del útero. Aúllo de placer cuando reclama mis labios y me mete la

lengua en la boca con avidez mientras nuestros cuerpos, empapados de

sudor, colisionan y resbalan. Estoy a punto de estallar en mil pedazos.

¡Joder! ¡Nunca me corro con la penetración!

—¿Vas a correrte? —jadea en mi boca.

—¡Sí! —exclamo, y le clavo los dientes en el labio inferior. Él se

queja. Sé que le he hecho daño, pero estoy fuera de control.

—Espérame —me ordena embistiéndome con más fuerza.

Grito y me agarro a él desesperadamente en un intento de retrasar el

orgasmo, pero no funciona. ¿Cuánto le falta? No puedo más.

Después de tres ataques más, grita:

—¡Ahora!

Y yo estallo ante su orden, echo la cabeza hacia atrás y grito su

nombre mientras siento que su líquido caliente se derrama en mi interior.

Él me agarra hasta que nuestros cuerpos quedan totalmente pegados y

hunde el rostro en mi garganta.

—¡Jodddderrrrr! —gruñe contra mi cuello. El largo gemido de

satisfacción que escapa de mis labios expresa a la perfección cómo me

siento ahora mismo. Estoy totalmente satisfecha.

Él ralentiza las arremetidas para que ambos comencemos a descender

de nuestras maravillosas nubes y yo lo retengo con fuerza. Mis músculos

internos se contraen a su alrededor mientras él traza círculos suaves con la

cadera.

—Mírame —me ordena suavemente. Inclino la cabeza para mirarlo y

suspiro de felicidad mientras él analiza mis ojos. Vuelve a mover la cadera

y me planta un beso en la punta de la nariz—. Preciosa —se limita a decir

mientras me coge de la nuca y me acerca hacia él para que mi mejilla

descanse sobre su hombro. Me quedaría así para siempre.


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