martes, 11 de marzo de 2014

Capitulo 55 ♥




Una oleada de temblores me recorre el cuerpo cuando me besa la nariz

con suavidad y se postra de rodillas delante de mí. Me sujeta las caderas

con sus enormes manos y desliza el pulgar por debajo de mis bragas.

Me pongo tensa y espero, pero no hace ademán de quitármelas. Bajo

la mirada y lo veo ahí, arrodillado, con la frente apoyada en mi regazo, y

sumerjo los dedos en su cabello rubio oscuro. Nos quedamos así una

eternidad, atrapados en nuestro pequeño ensueño. Me limito a mirarlo

mientras me acaricia el vientre con la frente una y otra vez.

Finalmente inspira hondo y se acerca más. Me besa el ombligo y

permanece ahí unos segundos hasta que empieza a deslizarme las bragas

por las piernas. Me da unos golpecitos en el tobillo para ordenarme sin

hablar que levante el pie, y hace lo mismo con el otro.

Sigue arrodillado delante de mí, con la cerviz inclinada, y sé que algo

le ronda por la cabeza. Le tiro un poco del pelo para sacarlo del estado de

ensoñación y alza la cara para mirarme. Empieza a levantarse con las

arrugas de la frente muy marcadas. Abre las manos sobre mi trasero y

vuelve a hundir la cabeza en mi estómago para besarlo de nuevo. Está

actuando de una manera extraña.

—¿Qué pasa? —No puedo seguir guardándome la preocupación para

mí.

Él me mira y sonríe, pero la sonrisa no le alcanza los ojos.

—Nada —dice de manera poco convincente—. No pasa nada.

Justo cuando estoy a punto de replicarle, entierra el rostro entre mis

muslos y se me doblan las piernas.

—¡Hummm...! —Echo la cabeza hacia atrás y me agarro con más

fuerza a su pelo. Con un inesperado lametón, bloquea todos mis sentidos y

abandono las intenciones de insistirle.

Me agarra de las caderas y me hace dar un fuerte respingo. Él es lo

único que me sostiene. Siento que su lengua caliente y entrenada traza

círculos alrededor de mi hipersensible cúmulo de nervios y que lo rodea

con movimientos precisos y lentos antes de hundirse en mi sexo. No se

deja ni un milímetro por explorar.

—Necesito ducharme —protesto.

—Y yo te necesito a ti —gruñe pegado a mí.

Me derrito cuando aumenta la presión y me clava los dedos en las

caderas. Me aprieto contra su boca. Es sólo cuestión de segundos que

estalle en mil pedazos. La presión que se concentra en mi entrepierna me

obliga a contener la respiración; el corazón se me sale por la garganta.

—Tienes un sabor delicioso. Dime que estás cerca.

—¡Estoy cerca! —jadeo sin aliento. Joder, ¡estoy muy cerca!

—Parece que te has levantado muy obediente.

Retira una mano de mi cadera y hunde dos de sus dedos en mi sexo.

Acaba de ponerme en órbita.

—¡Joder! —grito—. ¡Por favor! —Debo de estar arrancándole el pelo.

—Esa... puta... boca —me reprende entre intensas y constantes

caricias. No puede reñirme por decir tacos en estos momentos. Es culpa

suya por ponerme en este estado.

Ensancha mi abertura con los dedos trazando círculos y empujando,

mientras me masajea el clítoris y me lame los labios sensibles con la

lengua. Es una placentera tortura a la que estaría sometida toda la vida, de

no ser por esa creciente presión que exige liberarse.

—¡Pedro! —grito con desesperación.

Con unas cuantas caricias más de sus dedos, de su pulgar y de su

lengua, me lanza por el borde de un precipicio y desciendo en caída libre

hacia la nada. El dolor que sentía en el cerebro deshidratado ha sido

sustituido por chispas de placer. Estoy curada.

Me lame y me chupa lenta y suavemente, hasta que mi cuerpo se

relaja y mis latidos empiezan a estabilizarse. Yo dejo las palmas de las

manos sobre su cabeza y dibujo pequeños círculos sobre su pelo.

—Eres el mejor remedio para la resaca que existe —exhalo con un

suspiro de satisfacción.

—Y tú eres el mejor remedio para todo —responde. Su lengua se

desliza hacia mi estómago y asciende entre mis pechos mientras se pone de

pie. Continúa trepando por mi cuello y me echa la cabeza hacia atrás con

un gruñido para lamerme la garganta—. Hummm..., y ahora —dice, y me

besa la barbilla suavemente—, voy a follarte en la ducha. —Me baja el

mentón para que mi cara quede frente a la suya y me besa en los labios—.

¿Vale?—

Vale —accedo. Qué pregunta más tonta. Llevo cuatro días sin él.

¿Dónde estaba? Prefiero no preguntar. De todos modos, tampoco creo que

me diera una respuesta. En lugar de eso, recorro despacio su maravilloso

pecho con las manos y me fijo en la horrible cicatriz. Otra cosa que no creo

que quiera contarme.

—Ni se te ocurra preguntar. ¿Qué tal va tu cabeza?

Aparto la mirada de la cicatriz y la elevo hacia él. Me observa con

aire de advertencia. Será mejor que no me enfrente a ese tono o a esa cara.

—Mejor —contesto. Y es verdad. Su expresión se relaja y mira hacia

sus bóxeres.

Capto la indirecta y le deslizo la mano por la cintura. Le acaricio el

vello con el dorso de la mano y la paso por encima de su erección

matutina. Lo miro a los ojos y veo que me estudia detenidamente. Cuando

me acerco más a él, aprovecha la oportunidad para apoyar la frente en la

mía y me regala ese aliento fresco que lo caracteriza.

El vapor de la ducha nos rodea y la condensación nos cubre; me doy

cuenta de que su pecho empieza a humedecerse. Me aferro a su piel, le

paso las manos por la parte trasera de los calzoncillos y acaricio con las

palmas su extraordinario culo prieto.

—Me encanta esto —susurro mientras le masajeo las nalgas.

Él mueve la frente contra la mía.

—Es todo tuyo, nena.

Sonrío, arrastro las manos hacia la parte delantera de su cuerpo y le

agarro la gruesa y palpitante excitación por la base.

—Y me encanta esto.

Él gruñe agradecido y me reclama los labios. Me toma la boca con

posesión y me obliga a soltar su erección y a volver a agarrarme de su

trasero. Me aprieta contra su pecho y siento el fuerte impacto de su dureza

contra mi ingle. Empiezo a excitarme de nuevo. La necesidad de tenerlo

dentro me obliga a interrumpir nuestro beso y a tirar de sus calzoncillos

hasta que caen por sus piernas largas y esbeltas. Aparta una mano de mi

culo para ayudarse y pronto sus bóxeres revelan una tremenda erección que

me señala. Ansiosa, no para de dar sacudidas. La gota de humedad que le

moja la punta me indica que se aproxima un momento de conmoción. Y así

es. Pronto me agarra de la cintura y me aprieta contra su cuerpo agitado.

—Rodéame la cintura con los muslos —gruñe contra mi cuello

mientras lo chupa y lo muerde. Yo obedezco sin vacilar y envuelvo su

cuerpo ansioso con las piernas cuando me levanta y su excitación roza mi

entrada hinchada obligándome a lanzar un grito de desesperación.

—Dios —jadeo.

Pega sus labios contra los míos y gime cuando nuestras lenguas se

funden en una danza ceremonial. Le acaricio con la mano la barba

incipiente mientras me sujeta con un brazo alrededor de la cintura y nos

conduce a ambos hacia la ducha. Inmediatamente, me empotra contra las

baldosas. Pega una mano contra la pared por encima de mi cabeza mientras

me devora la boca y el agua cae a nuestro alrededor.

—Esto va a ser intenso, Paula —me advierte—. Puedes gritar.

Que Dios me ayude. Estoy ardiendo y no tiene nada que ver con el

agua caliente que llueve sobre nosotros. Me agarro a su espalda y noto que

retrocede, preparado para penetrarme. Relajo los muslos para darle

espacio. Aparta la mano de la pared y se guía hacia mi abertura. Me mira a

los ojos cuando la cabeza de su erección entra en mí, y tiemblo.

—Tú y yo —dice, y me busca los labios y me besa con ansia—. No

nos peleemos más. —Y con un fuerte movimiento de caderas, embiste

hacia arriba y me llena hasta el fondo. Con un rugido, apoya la mano de

nuevo en la pared junto a mi cabeza.

—¡Dios! —grito.

—No, nena, soy yo —masculla entre potentes arremetidas que me

empotran más y más contra las baldosas de la pared—. Te gusta, ¿verdad?

Le clavo las uñas en la piel para intentar agarrarme, pero el agua, que

no deja de caer sobre su espalda, lo hace imposible.

—Paula...

—¿Qué? —Dejo caer la cabeza hacia atrás, jadeando y loca de placer,

mientras cada embestida me empuja más hacia un éxtasis absoluto. Siento

sus labios sobre mi garganta expuesta, que se deslizan en llamas sobre mi

piel mojada.

—Me encanta follarte —gruñe contra mi cuello sin interrumpir su

ritmo intenso y voraz—. ¿Lo recuerdas ya? —Ah, ¡se trata de un polvo

recordatorio! No tiene de qué preocuparse. Es imposible que me olvide de

algo así—. ¿Te has acordado ya, Paula? —ruge acompañando cada palabra

con un empujón.

—¡No lo había olvidado! —grito indefensa ante sus arremetidas de

castigo contra mi cuerpo.

Le suelto la espalda sabiendo que él me sostendrá y acerco su rostro al

mío. Aparto con las manos el agua que corre por su cara. Levanta la vista

para mirarme.

—No se me había olvidado —grito mientras me percute con fuerza.

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