domingo, 30 de marzo de 2014
Capitulo 117 ♥
Dejo a Clive jugando con su equipo y subo al ático. Abro con mi llave
rosa y me meto directa en la cocina. Abro la puerta de la nevera y me
encuentro con botellas y más botellas de agua mineral. Lo que daría por
una copa de vino. Vuelvo a cerrarla con más fuerza de la necesaria; la
nevera no tiene la culpa de que no haya vino. ¿Podré volver a tomarme una
copa algún día?
Me siento en un taburete y miro la inmensa cocina que yo diseñé. Me
encanta, y ni en un millón de años habría imaginado que iba a tener la
oportunidad de vivir aquí. Y ahora que la tengo, no estoy segura de que me
apetezca. Quiero a Pedro, pero me da miedo que vivir con él refuerce su
forma de ser, controladora y difícil. ¿O quizá mejore su carácter? ¿Se
volvería más razonable?
Mi estómago ruge y me recuerda que debería comer algo. Sólo he
picoteado unas galletas en todo el día. No me sorprende que me encuentre
tan fatigada.
Estoy a punto de obligarme a levantar mi culo cansado del taburete
cuando oigo la puerta principal. Pedro entra instantes después en la cocina,
con aspecto de estar tan agotado como yo. No dice nada durante una
eternidad. Sólo se queda ahí de pie, mirándome. Las manos le tiemblan
ligeramente y tiene la frente sudada. ¿Qué debería hacer? Mi antojo de
beberme una copa de vino desaparece al instante.
—¿Te encuentras bien?
Se acerca a mí lentamente y me pone de pie. Se agacha, agarra mi
vestido por el bajo y me lo sube hasta la cintura. Me coge por las nalgas y
me levanta para que con las piernas me aferre a su cintura. Entierra la cara
en mi pelo y sale de la cocina. Sujeta a él con fuerza, puedo oír los latidos
de su corazón en su pecho mientras sube la escalera conmigo en brazos, en
silencio. Quiero preguntarle qué le pasa. Tengo muchas cosas que
preguntarle pero parece muy abatido.
Camina hasta la cama y se tumba, conmigo debajo de él, su peso
distribuido por todo mi cuerpo. Es muy relajante. Lo abrazo e inhalo el
perfume de su cuello, que huele a agua fresca. Suspiro feliz. Él es un factor
que contribuye significativamente a mi nivel de agotamiento y de estrés,
pero también es capaz de hacerlos desaparecer con la misma facilidad.
—Dime cuántos años tienes. —Rompo el cómodo silencio después de
haberlo tenido abrazado hasta que los latidos de su corazón han recuperado
su ritmo habitual.
—Treinta y dos —dice pegado a mi cuello.
—Dímelo.
—¿Acaso importa?
No importa pero quiero saberlo. Puede que a él le guste este juego,
pero a mí no, y no va a cambiar lo que siento. Sólo creo que debería saber
cuántos años tiene. Es un dato que debo conocer, igual que su color
favorito, su comida preferida y la canción que más le gusta de todas. No sé
ninguna de esas cosas. De hecho, sé muy poco de él.
—No, pero me gustaría que me lo dijeras. No sé ninguna de las cosas
básicas de ti.
Me acaricia el cuello con la nariz.
—Sabes que te quiero.
Suspiro. Eso no es un dato básico. Empiezo a pensar en introducir el
polvo de la verdad en nuestra relación. Algo tiene que haber que pueda
sacarle esa clase de pequeños e insignificantes detalles. Sé que el ser
persistente y preguntárselo una y otra vez no produce resultados
satisfactorios.
—¿Qué tal tu día? —dice; mi pelo ahoga su voz.
—Ha sido un no parar, pero muy productivo.
Estoy contenta con todo lo que he conseguido hacer, teniendo en
cuenta que pensaba que mi día iba a ser un bombardeo de llamadas y
mensajes de texto.
—Tienes que dejar de mandarme flores a la oficina.
Levanta la cabeza y me mira descontento.
—No. Báñate conmigo.
Me exaspera que sea tan cabezota, pero no se me ocurre nada mejor
que hacer, por ahora, que bañarme con él.
—Vale.
Se levanta y tengo que soltarle el cuello. Me besa en los labios.
—Tú quédate aquí, yo preparo el baño. —Da un brinco y se quita la
chaqueta de camino al lavabo.
El agua empieza a correr y me tumbo de lado. Estoy tranquila y
contenta. Él me hace sentir así, y es en momentos como éste cuando sé por
qué estoy aquí: por lo atento y cariñoso que es. Quizá lo de vivir con él no
sea tan malo después de todo. Pero entonces me fuerzo a recordar que
ahora mismo estoy en el séptimo cielo de Pedro, y que no pensaré lo mismo
en cuanto me niegue a una de sus exigencias. Ese momento llegará, e
incluso es posible que se produzca por el tema de venirme o no a vivir con
él.
Regresa al dormitorio y yo me tumbo boca arriba para poder
deleitarme observando su forma de andar. Hay que ver cómo se mueve. Se
afloja el nudo de la corbata y la tira sobre el diván. A continuación se
desabrocha la camisa pero se la deja puesta, y luego se agacha para
quitarse los calcetines. Está descalzo, con los pantalones colgando de sus
gloriosas y estrechas caderas, la camisa abierta que deja ver su torso bien
cincelado. Podría comérmelo a mordiscos. Eso le gustaría.
—¿Disfrutando de las vistas?
Alzo la mirada y veo dos estanques verdes que me observan. Me basta
esa mirada para empezar a mojar las bragas.
—Siempre —respondo con voz gutural. No era mi intención que me
saliera de ese modo, pero es el efecto que causa en mí.
—Siempre —confirma—. Ven aquí.
Me levanto de la cama y me saco los zapatos de tacón.
—No te quites el vestido —me pide con dulzura.
Camino descalza hacia él sin apartar la vista de su mirada hipnótica.
Tiene los brazos relajados a los lados mientras me acerco. El corazón se
me va a salir del pecho y entreabro los labios para dejar escapar pequeñas
bocanadas de aire cuando él se pasa lentamente la lengua por el labio
inferior.
—Date la vuelta.
Obedezco. Me pone las manos en los hombros y su contacto, incluso a
través del vestido, activa todas mis terminaciones nerviosas.
Me acerca la boca al oído.
—Me gusta mucho este vestido —susurra, y cierro los ojos con fuerza
por el escalofrío que me recorre el cuerpo.
Sus manos se deslizan hacia mi nuca, donde encuentran la cremallera.
Me recoge el pelo y lo aparta colocándolo sobre mi hombro. Lentamente,
me baja la cremallera del vestido.
Flexiono los músculos del cuello intentando controlar la abrumadora
necesidad de evitar los escalofríos que me provoca, pero me rindo cuando
noto sus labios entre mis hombros, su lengua deslizándose hacia mi nuca.
El vello de todo el cuerpo se me eriza y arqueo la espalda en respuesta a la
caricia ardiente y larga de su lengua.
Es como una tortura. Quiero que pare para poder recobrar el sentido
antes de decir algo como «Sí, vendré a vivir contigo».
—Me encanta tu espalda. —Sus labios vibran contra mi cuerpo y me
provocan aún más escalofríos. Lleva la boca de vuelta a mi oído—. Tienes
la piel muy suave.
Echo la cabeza hacia atrás, sobre su hombro, de cara a su cuello. Se
agacha un poco para poder besarme en los labios, lleva las manos a la parte
de delante de mi vestido y tira de él hacia abajo.
—¿Encaje? —pregunta.
Asiento, y sus ojos brillan de deseo mientras me besa con delicadeza,
como si fuera de cristal.
Nuestras lenguas se entrelazan sin esfuerzo y me apoyo en él para no
caerme. Estoy disfrutando de su dulzura y de su ternura.
Sus manos encuentran mis pechos y me pellizca los pezones a través
del encaje del sujetador hasta dejarlos como picos firmes.
—¿Ves lo que me haces? —Aprieta las caderas contra mi trasero y me
demuestra exactamente lo que le hago antes de darme un casto beso en los
labios—. Moriré amándote, Paula.
Sé cómo se siente. No contemplo un futuro sin él, y eso me emociona
y me pone nerviosa a la vez. El problema es todo lo que no sé; sigo sin
conocerlo realmente. Necesito más que su cuerpo, su atención..., su forma
difícil de ser.
Baja las copas de mi sujetador dejando expuestos mis pechos y me
pasa las palmas de las manos por la punta de los pezones.
—Tú y yo —me susurra al oído, deslizando las manos por mi cuerpo,
directo a donde se unen mis muslos.
Las rodillas me tiemblan cuando su mano toma mi sexo por encima de
mi ropa interior y una oleada de líquido mana de mí. Mis caderas se
mueven hacia adelante, contra su mano, en busca de más fricción.
—¿Te pongo, Paula?
—Ya sabes que sí —jadeo, y luego gimo cuando me pega a su
entrepierna.
—Acaríciame el cuello —dice con voz suave. Estiro los brazos hacia
atrás y llevo las manos a su nuca—. ¿Estás mojada por mí?
—Sí.
Pasa los pulgares por debajo del elástico de mis bragas.
—Sólo por mí —me susurra arrastrando la lengua por el borde
inferior de mi oreja.
—Sólo por ti —concedo en voz baja. Él es todo cuanto necesito.
Siento un tirón y oigo algo que se rasga. Abro los ojos y veo que tiene
las bragas colgando del dedo índice, delante de mí. Las deja caer y lleva la
otra mano a mi cadera.
Doy un pequeño respingo y se echa a reír en mi oído. Sus dedos
cambian de posición y su enorme mano me envuelve la cintura. La otra
sigue delante de mí.
—¿Qué hago con esto, Paula? —Flexiona la mano sana delante de mí
—. Dímelo.
El corazón se me acelera y no me ayuda a controlar la respiración.
Quiero esa mano en mí. Le aparto un brazo del cuello y cojo su mano. La
guío despacio hacia el interior de mi muslo y aplano la palma contra mi
cuerpo, con mi mano sobre la suya. Noto que tiembla ligeramente. Me
alegra saber que no soy la única a quien afectan por estos encuentros
nuestros. ¿O acaso está temblando porque necesita una copa? No quiero ni
pensarlo. No necesita alcohol mientras me tenga a mí. Y a mí ya me tiene.
Empiezo a aplicar presión sobre su mano y a arrastrarla hasta que la
palma se desliza sobre mi sexo, ayudada por lo mojada que estoy. Trago
saliva y muevo las caderas. Chocan contra su entrepierna, le arrancan un
gemido y echo la cabeza hacia atrás. Necesito que me bese.
Vuelvo la cara hacia él, que adivina lo que quiero al instante y cubre
mi boca con la suya. Muerdo con suavidad su labio inferior y tiro para que
se deslice poco a poco entre mis dientes. Me mira fijamente mientras sigo
moviendo su mano arriba y abajo en una caricia lenta e interminable.
—No te corras —dice con voz ronca.
De inmediato retiro la mano y se la llevo a la boca. Me mira fijamente
mientras empieza a lamerse la palma y los dedos. Dios santo, me muero de
ganas. Pero no puedo desobedecerlo, no en estos momentos.
Me desabrocha el sujetador y me vuelvo. Me aparta el pelo de la cara.
—Prométeme que no vas a dejarme nunca.
Alzo la vista hacia sus ojos atormentados. No me acostumbro a su
parte insegura. No me gusta, aunque al menos es una súplica y no una
orden. —No voy a dejarte nunca.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
Le cojo una muñeca y le quito los gemelos de la camisa, luego hago lo
mismo con la otra y se la quito por los hombros. Deja los brazos laxos y
ladea la cabeza, mirando cómo le bajo la bragueta. Mis manos se deslizan
por sus caderas, bajo sus bóxeres, y le quito a la vez los pantalones y la
ropa interior haciéndolos descender por la piel suave y tersa de su culo y
sus caderas. Su erección, larga y gruesa, aparece entre sus piernas,
seductora. Provoca toda clase de deseos en mí y no me ayuda que sus
abdominales se tensen bajo mis caricias cuando mis manos ascienden por
su torso, maravilladas ante su belleza.
—No puedo esperar más. Necesito estar dentro de ti. —Termina de
quitarse los pantalones, me levanta del suelo y le rodeo la cintura con las
piernas. Parpadeo cuando su polla me roza en lo más íntimo mientras me
lleva contra la pared.
Me empuja contra la pintura fría y siento su erección caliente y
resbaladiza presionando contra mi sexo y entrando en mí sólo un poco.
Respira con fuerza y deja caer la cabeza en mi cuello mientras se prepara
para invadirme. Muevo las caderas y desciendo sobre él. Me la meto
entera. —Me vas a matar —gime mientras se queda quieto dentro de mí.
Quiero sacudir las caderas y provocar algún movimiento pero, por
cómo tiembla y palpita en mi interior, sé que se está conteniendo. Me
quedo quieta y le acaricio el pelo rubio mientras coge fuerzas. El corazón
le late con tanta fuerza que casi puedo oírlo.
—¿Te estás guardando cosas? —Pone la cara a la altura de la mía.
—Sí —digo, al tiempo que enrosco los dedos alrededor de su cuello y
aprieto las caderas.
Ruge de aprobación, retira las manos de mi espalda y las apoya contra
la pared. Poco a poco, recobra el aliento y luego arremete contra mí con
una exhalación.
Gimo. Su asalto ardiente y palpitante hace que cambie las manos de
lugar y le clave las uñas en la espalda. Apoya la frente en la mía y empieza
a entrar y a salir de mí.
Suspiro con cada estocada mientras él prosigue a un ritmo constante.
Joder, es perfecto. Empiezo a resbalar sobre su piel húmeda, nuestros
alientos se mezclan en los escasos milímetros que hay entre nuestras
bocas.—
Bésame —jadea, y pego los labios a los suyos en busca de su
lengua.
Siento cómo un grito cobra forma en mi garganta cuando se echa
hacia atrás, me embiste y me desliza pared arriba. Aprieto los muslos en su
cintura con más fuerza para subir más y luego me dejo caer sobre él.
—Por Dios, mujer, ¿qué diablos me haces?
Me embiste de nuevo, una y otra vez, empujándome pared arriba,
mientras yo me trago mis pequeños gritos y él me besa hasta dejarme sin
respiración.
—Llevo todo el día esperando esto. —Me embiste de nuevo—. Ha
sido el puto día más largo de mi vida.
—Mmm, encajas tan bien. —Estoy disfrutando.
—¿Que encajo bien? Joder, Paula, me vuelves loco —dice al tiempo
que se hunde más profundamente en mi interior.
—¡Pedro! —Ya no aguanto más. Los movimientos suaves y calmados
se están desvaneciendo. Ahora son estocadas firmes y más agresivas.
—Te voy a llevar conmigo allá adonde vaya a partir de ahora, nena.
«¡Embestida!»
Joder, estoy sudando la gota gorda. Clavo las uñas sin miramientos en
su espalda.
—¡Mierda, Paula! —exclama, y unas gotas de su sudor me caen encima
—. Vas a correrte.
—¡Sí!
Masculla algo en mi boca. No aguanto más. Me ataca con una energía
feroz y exploto. Las espirales de placer llegan al punto álgido y se
dispersan en ondas expansivas. Le clavo más las uñas y le muerdo el labio
sin piedad. Dejo caer la frente sobre su piel sudada y salada, allá donde el
cuello se funde con el hombro, y echo la cabeza a un lado mientras tiemblo
sin control contra su cuerpo.
—¡Paula! —grita mientras se retira y se adentra en mí, vuelve a salir
despacio y a entrar en mí con fuerza. Llega a su clímax y varias oleadas de
contracciones se extienden por mi cuerpo.
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