domingo, 23 de marzo de 2014

Capitulo 90 ♥

Mierda, eso digo yo. Aprieto los labios por temor a echarme a reír y
hacerlo enfadar aún más.
—Ay, no. Me va a tener un mes castigada —susurro para que sólo
Kate pueda oírme. Mi amiga escupe a diestro y siniestro al intentar
contener la risa, y yo no consigo reprimir la mía.
Estamos las dos sentadas en el suelo del bar como un par de hienas
borrachas. La cara de Pedro se pone más roja a cada segundo que pasa. Kate
se ríe todavía más cuando Sam aparece junto a Pedro, con la desaprobación
reflejada en la cara. ¿Por qué mi chico no puede mirarme con cara de
desaprobación en vez de quedarse ahí plantado como si fuera a entrar en
combustión espontánea? Tampoco voy tan mal. Mi ubicación actual es sólo
cortesía de la delincuente de mi mejor amiga, que me lleva por el mal
camino.
Un portero cachas con la cabeza rapada se acerca a nosotros. Tiene
cara de malo. Doy un codazo a Kate para indicarle que van a echarnos del
bar.
—Kate, si no nos dejan entrar más para comer, tendré que darme a la
bebida. —Me encanta el sándwich de beicon, lechuga y tomate del
Baroque.
—Pero si ya lo has hecho —resopla mientras intenta levantarse otra
vez apoyándose en mí.
—Pedro, encárgate de tu chica —gruñe el portero, que lo saluda con un
apretón de manos.
—Descuida. —Me lanza su mirada más amenazadora—. Yo me
encargo. Gracias por la llamada, Jay.
«¿Qué?»
—Vamos, pesada —le dice Sam a Kate en tono de burla mientras la
levanta.
Kate le echa los brazos al cuello y se ríe en su cara.
—Llévame a la cama, Samuel. Dejaré que me ates otra vez. —Se
desploma sobre él como un saco de patatas.
Sam intenta reprimir una carcajada ante el numerito de Kate, pero no
lo hace porque esté enfadado con ella. En absoluto. Se contiene por Pedro,
que ha vuelto a fastidiarme la noche. No esperaba verlo hasta las ocho de la
mañana, así que no iba a enterarse nunca de que me había emborrachado un
poco. ¿Y qué es todo ese rollo de que el portero lo ha llamado?
Vuelvo a dirigir mi mirada achispada hacia don Exigente y pongo mi
mejor cara de ofendida. Se le van a salir los ojos de las órbitas. Se ha fijado
en el vestido tabú. Ay, madre, he desobedecido dos órdenes. Va a
castigarme de verdad. Y me vuelve a entrar la risa floja.
—Vamos, levanta —gruñe con los dientes apretados.
—¡Relájate, plasta! —lo riño con más seguridad de la que siento. Le
tiendo la mano para que me ayude, sé que no me va a dejar tirada.
Suspira y sacude la cabeza en señal de exasperación. Luego se agacha
para levantarme. Abre aún más los ojos cuando recibe de pleno el impacto
frontal del vestido tabú. Otra vez la risa floja. Va a necesitar que lo lleve al
tinte después de haberme revolcado con él por el suelo sucio del bar.
Me tranquilizo.
—¿Estás enfadado conmigo? —Lo miro, achispada, sin dejar de
pestañear y aferrada a la solapa de su traje gris. ¿Es que no ha pasado por
casa en todo el día?
—Muchísimo, Paula —dice amenazadoramente. Me agarra del codo y
me saca del bar. Localizo al portero que me ha delatado y lo miro con
desdén cuando pasamos junto a él. Estrecha la mano a Pedro y me muestra
su desaprobación sacudiendo la cabeza.
«Que te jodan.»
Sam está ayudando a Kate a meterse en el asiento delantero del
Porsche. Le sujeta la cabeza cuando se agacha para entrar. Mi amiga sigue
con la risa floja y me la contagia otra vez.
—¡Samuel, hoy es tu noche de suerte! —canturrea mientras Sam
cierra la puerta del coche. Estaré pedo pero sé que esta noche no habrá
acción en el dormitorio de Kate.
Pedro y Sam se despiden; el primero me tiene bien sujeta del codo.
—Hasta luego, bonita. —Sam me da un beso en la mejilla y me lanza
una sonrisa sólo para mis ojos. Se la devuelvo mientras me concentro en no
echarme a reír y cabrear más de lo necesario a mi hombre exigente e
irracional.
Pedro me lleva a su coche y me mete en el asiento delantero con
suavidad y firmeza, todo en el más absoluto silencio. Parece muy cabreado,
pero estoy borracha y envalentonada, así que me da igual.
Se estira por encima de mí para ponerme el cinturón y lo rechazo de
un manotazo.
—Puedo ponérmelo sola —gruño enfurruñada.
Me lanza una mirada para avisarme de que no me pase, así que —y
probablemente sea lo más sensato— me pongo las manos en el regazo y
dejo que me abroche el cinturón. Le robo una bocanada de su fragancia.
—Hueles a gloria —lo informo en voz baja.
Se aparta. Sigue con cara larga y los ojos le brillan de rabia. Pero no
dice ni una palabra. No me habla. ¡Qué maduro! Cierra de un portazo y se
coloca tras el volante, arranca y se incorpora al tráfico a lo loco, sin la
menor consideración para con los demás usuarios.
—La casa de Kate está por ahí —señalo cuando el vehículo avanza
rugiendo en otra dirección.
—¿Y? —Es la única palabra tensa que me escupe.
Venga, hombre, por el amor de Dios.
—Y es donde vivo —digo con firmeza. No va a chafarme la noche por
completo. Kate y yo tenemos algunas de nuestras mejores conversaciones
con una taza de té en la mano después de haber bebido hasta hartarnos.



—Duermes en mi casa. —Ni siquiera me mira.
—No, eso no formaba parte del trato —le recuerdo—. Tengo hasta las
ocho de la mañana antes de que vuelvas a distraerme.
—He cambiado el trato.
—¡No puedes cambiarlo!
Se vuelve muy despacio para tenerme cara a cara.
—Tú lo has hecho.
Retrocedo y lo miro con enfado, pero no se me ocurre nada que decir.
Tiene razón, he roto las condiciones del trato. ¡Pero sólo porque eran
irracionales! Me reclino contra la tapicería de cuero suave. De todas
formas, sólo faltan, más o menos, ocho horas para las ocho.
Llegamos al Lusso y lanzo un gemido de protesta. Parece que Clive
sólo me ve cuando estoy borracha o cuando estoy tan agotada que tienen
que llevarme en brazos. Abro la portezuela y me muevo con cuidado para
intentar ponerme de pie. Pedro me mira con atención, sin duda con la
esperanza de que me caiga para poder recogerme y dar a Clive la impresión
de que estoy pedo otra vez.
Pues se va a llevar una decepción. Cierro la puerta, con suavidad, y
echo a andar hacia el vestíbulo. No debo tropezar, no debo caerme. Llego
al vestíbulo, todavía en vertical, y saludo educadamente a Clive con la
cabeza al pasar ante él, pero el conserje no dice nada. Me devuelve el
saludo con la cabeza y mira a Pedro. Cuando vuelve a mirar hacia abajo sin
haber dicho ni hola, sé que ha visto la cara de cabreo de Pedro. Resoplo
para mis adentros, entro en el ascensor y espero cortésmente a que Pedro
haga lo propio.
—Tienes que cambiar el código —murmuro mientras introduzco el
código del constructor. No tiene más que notificarlo a seguridad y ellos se
encargarán en seguida.
No dice ni una palabra. Se está esforzando por no hablarme. Levanto
la cabeza y veo que me mira fijamente, estudiándome con atención, con
cara de póquer. Estoy segura de que está a punto de saltar sobre mí y
echarme uno de los polvos de Pedro. ¿Me follará para hacerme entrar en
razón o será un polvo de recordatorio? Ah, ¡seguro que me echa un polvo
de disculpa! Mi cerebro ebrio se deleita con la idea, pero entonces se abren
las puertas del ascensor y él sale antes que yo. Estoy sorprendida. Habría
apostado la vida a que iba a follarme. En fin, aún no estamos en su
apartamento.
Abre la puerta y entra sin siquiera mirarme. La cierro a mis espaldas y
lo sigo a la cocina, donde lo veo sacar una botella de agua de la nevera. Le
da un par de tragos y me la pasa bruscamente.
No me molesto en rechazarla. El sábado pasado y el recuerdo del
dolor de cabeza que tenía al despertar son motivo más que suficiente para
aceptar su oferta. Bebo agua bajo su atenta mirada y dejo la botella vacía
en la encimera.
—Date la vuelta —ordena.
¡Allá vamos! Un millón de fuegos artificiales entran en combustión
en mi interior cuando obedezco su orden. Me doy la vuelta, con la libido
gritando y un cosquilleo en la piel. La sensación de sus manos cálidas
sobre mis hombros me hace apretar los dientes y me acelera la respiración.
Coge la cremallera del vestido y la baja muy despacio, deslizando las
manos por mi cuerpo en su descenso. Se arrodilla para terminar. Me da un
golpecito en el tobillo y levanto los pies por turnos para salir de la maraña
de seda. Me vuelvo y miro hacia abajo para verlo arrodillado delante de
mí.
Me devuelve la mirada, se levanta despacio y frota la nariz entre mis
pechos mientras asciende hacia mi garganta. Me huele el cuello. ¡Sí! Estoy
suplicando por él mentalmente, como siempre.
Me succiona con los labios y me mordisquea y lame la delicada piel,
que arde en deseos de que me toque. Quiero tocarlo, pero sé que es él quien
pone las condiciones.
—¿Quieres que te coma, Paula? —me pregunta en voz baja. El aire se
me queda atrapado en la garganta cuando su voz vibra en mi oído. Suelto
un largo e intenso suspiro—. Tienes que decir la palabra mágica. —Me
roza la oreja con los labios. Me tiemblan las rodillas.
—Sí —jadeo.
—¿Quieres que te folle, nena?
—Pedro. —Me estremezco cuando me acaricia entre los muslos.
—Lo sé. Me deseas. —Me muerde el lóbulo de la oreja y el metal del
cierre de mis pendientes de plata tintinea contra sus dientes.
Tiemblo y jadeo, desesperada por él. Pero entonces se aparta y me
deja hecha un saco de hormonas y de deseo.
—Quédate ahí —me ordena con firmeza, y después se va.
Todavía lleva puesto el traje. Se acerca a un armario de la cocina, lo
abre y saca algo. ¿Crema de cacao? Se me acelera el pulso.
Vuelve a mí con calma. Recorro su cuerpazo con la mirada y me
deleito con el bulto rígido que tiene en la entrepierna. Lo espero sin
protestar, aceptando que se tome su tiempo. Cuando por fin llega a mí, se
me acerca a la cara y exhala su aliento caliente y mentolado contra mí
cuando me roza las mejillas, los ojos y la barbilla con los labios antes de
posarlos suavemente sobre los míos.
Gimo de puro placer. Abro la boca pero él deshace el beso y empieza
a descender por mi cuerpo. Una ráfaga de calor me inunda y mi
respiración, ya superficial y agitada, se torna entrecortada y dificultosa.
Me mira y sigue bajando, toca con la nariz mis bragas de encaje y eso hace
que mis manos se aferren a sus hombros en busca de un lugar donde
apoyarse. Me dedica una sonrisa de complicidad y empieza a ascender
apretando el cuerpo al mío.
—Te pongo a mil —me susurra al oído.
—Sí —digo con un escalofrío y tratando de recobrar el aliento.
—Lo sé. Y eso me... pone... muchísimo..., joder. —Se aparta de mí.
Pero ¿qué hace? Levanta las manos y me doy cuenta de que lleva mi
vestido en una... Y unas tijeras en la otra.
No será capaz. Abre las tijeras y las acerca a mi vestido. Entonces,
muy despacio, lo corta por la mitad mientras yo lo observo boquiabierta.
Ha sido capaz. ¿Un vestido de quinientas libras? Ni siquiera tengo
capacidad para gritarle o detenerlo. Estoy estupefacta.
No contento con haber cortado en dos mi vestido tabú de quinientas
libras, procede a seccionarlo en trozos más pequeños antes de depositar,
tranquilo y sin expresar emoción alguna, la tela mutilada en la isla, junto
con las tijeras. Me mira.
Encuentro mi voz.
—No puedo creerme lo que acabas de hacer.
—No juegues conmigo, Paula —me avisa, sereno, controlado. Se mete
las manos en los bolsillos del pantalón y me observa con atención mientras
yo sigo de pie delante de él, pasmada. La embriaguez ha desaparecido.
Estoy despabilada, sobria y perpleja ante su demostración de eso que él
llama poder.
—¡Tú! —Le planto el dedo en la cara—. ¡Estás loco!
Sus labios forman una línea recta.
—Así es como me siento. ¡Ahora lleva ese culo a la cama!
¿Cómo? ¿Que lleve mi culo a la cama? Este hombre es increíble: no
es exigente, es imposible del todo. Frunzo el ceño. Si me quedo un minuto
más a su lado, necesitaré bótox antes de cumplir los veintisiete.
—¡No voy a meterme en la cama contigo!
Me quito los tacones de una patada, doy media vuelta, salgo de la
cocina y dejo a don Controlador allí, rabiando. Voy en ropa interior y ha
hecho pedazos mi vestido, así que estoy jodida.
Subo los peldaños de la escalera con furia, pisando fuerte y
resoplando. ¡Quiero gritar! ¡Se le va la olla, está loco de atar! Entro en el
dormitorio y veo mi bolsa del gimnasio en un extremo de la cama, pero sé
que ahí no hay nada de ropa. Lo descubrí esta mañana cuando me dejó
encima de la cama el vestido que me tenía que poner. Pues no pienso
quedarme aquí. ¡De ninguna manera!
Bajo la escalera a toda prisa, cruzo el descansillo y entro en el
dormitorio más lejano. Tengo otros tres para elegir, pero ¡éste es mi
favorito y el que está más lejos de él! Cierro de un portazo y me meto en la
cama. Las sábanas son maravillosas. Todavía está igual que la noche de la
inauguración. Tiro todos los elegantes cojines al suelo y hundo mi cabeza
frustrada en la almohada. No huele a agua fresca y a menta y no es ni de
lejos tan cómoda como la de Pedro, pero servirá para esta noche. Mañana
me marcharé. ¡Este hombre está trastornado! No tiene sentido que intente
salirme con la mía: aunque tenga la gentileza de darme la razón, a
continuación pasa por encima de mí como una apisonadora.
«¡Gilipollas!»
La puerta se abre de par en par y la luz del descansillo entra en la
habitación. Su silueta crece a medida que se acerca a mí. ¿Qué va a hacer
ahora? ¿Lavarme el estómago?
Se agacha y me coge en brazos sin mediar palabra. Si pensara que iba
a servir de algo, me resistiría. Pero no lo hago. Dejo que me lleve a su
dormitorio y me acueste en su cama.
Me pongo boca abajo y entierro la cara en una almohada. Cierro los
ojos y finjo no disfrutar del consuelo de su olor en las sábanas. Estoy
mentalmente agotada y agradecida de que sea fin de semana. Podría dormir
hasta el lunes. Escucho las idas y venidas de Pedro. Se está desvistiendo.
¡Más le vale no moverse de su lado de la cama!
La cama se hunde, me coge de la cintura y tira de mí. Sin apenas
esfuerzo, estoy sobre su pecho. Intento apartarlo y hago caso omiso del
gruñido que brota de su garganta.
—¡Suéltame! —grito mientras intento quitarme sus dedos de encima.
—Paula... —Su tono me dice que se le está agotando la paciencia. Eso
me cabrea aún más.
—Mañana... me largaré de aquí —le espeto, y me alejo de él.
—Ya veremos. —Casi se ríe cuando vuelve a atraerme hacia su pecho
y me aprieta contra su cuerpo.
Dejo de resistirme. Es un esfuerzo inútil. Además, no puedo evitar la
inmensa alegría que siento cuando sus brazos me rodean con fuerza y noto
su aliento tibio en el pelo.
Aunque sigo estando hecha una furia

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