miércoles, 19 de marzo de 2014
Capitulo 76 ♥
—Reunión a las doce —nos recuerda Victoria cuando sale contoneándose
del despacho de Patrick.
Examino mi lista de clientes y tomo nota de cómo van las cosas con
cada uno de ellos. Nuestras reuniones quincenales son relajadas y sirven
para poner a Patrick al corriente de nuestros proyectos y para avisar a Sally
del papeleo que queda por terminar. También son una hora para engullir
pastelitos de crema y beber té sin parar. Esta noche tendré que salir a
correr.—
¿Sally? —la llamo desde mi despacho. Levanta la vista de la
pantalla del ordenador y se quita las gafas para verme mejor—. ¿Podrías
pasarme la lista de pagos de mis clientes, por favor?
—Por supuesto, Paula.
—¡Y a mí también! —grita Victoria.
Sally mira a Tom, que asiente con la cabeza. No es frecuente tener que
perseguir a un moroso, pero cuando toca hacerlo es bastante incómodo.
Patrick es muy estricto con las fechas de cobro.
Me sumerjo en el trabajo durante unas horas, persigo pedidos y
respondo correos electrónicos.
A las doce, Sally deja una caja sobre mi mesa.
—Ha llegado esto para ti.
Anda. No he oído la puerta.
—Gracias, Sally.
Miro la caja blanca. Sé de quién es. La abro, íntimamente
emocionada, y miro a mi alrededor para asegurarme de que nadie me está
prestando atención. Dentro hay un pastelito de chocolate y nata. Me río a
carcajadas y Tom levanta la cabeza de inmediato de su mesa de trabajo. Le
hago un gesto con la mano para decirle que no es nada. Pone los ojos en
blanco y vuelve a sus bocetos.
Cojo la nota y la abro.
LA VENGANZA ES DULCE.
BSS, P
Sonrío, cojo el pastelito y le hinco el diente. A continuación, agarro la
carpeta y me dirijo al despacho de Patrick. Sally me sigue con una bandeja
llena de té y pastelitos.
—¡Espéranos! —gimotea Tom, que contempla cómo me meto el
último trozo de pastel en la boca. Me mira con envidia cuando me limpio
una gota de nata de la comisura de los labios—. Yo quiero uno de ésos, Sal
—dice mientras estudia con atención la bandeja que Sally ha dejado sobre
la mesa de Patrick.
—Hay milhojas de vainilla.
—¡No puedo ni olerlos! —ladra Victoria al tiempo que se sienta en
uno de los sillones semicirculares que hay colocados alrededor de la
enorme mesa de caoba de Patrick.
—No me digas que estás otra vez a dieta —protesta Patrick.
—Sí, pero ésta funciona —repone feliz.
En serio, la chica está tan flaca que no se la ve de perfil, pero cada
semana está con una dieta distinta.
Me siento a su lado y Tom se une a nosotras. Sally nos pasa una hoja
de cálculo con el estado de los pagos de los clientes antes de servirnos el té
y sentarse. Miro la lista de facturas, todas están marcadas como «Pagada»
o «Pendiente», pero al pasar el dedo por la página veo una subrayada en la
sección de «Impagos». Sólo hay un cliente en esa columna. Uno sólo.
«¿Cómo?»
Me estremezco por dentro. Toda esperanza de evitar cualquier tipo de
referencia a La Mansión y al señor Alfonso se ha desvanecido. El muy idiota
aún no ha pagado la factura de la primera visita. ¿En qué piensa? Levanto
la mirada y veo a Patrick repasando la misma lista que yo, igual que
Victoria y Tom, que me miran a la vez con idéntica expresión en la cara.
Es esa mirada de «Ay, pobre». Me hundo en el sillón, preparándome para
la que se avecina.
—Paula, tienes que contactar con el señor Alfonso y darle un tirón de
orejas. ¿Cómo van las cosas? —me pregunta Patrick.
Ay, Dios. No he rellenado los formularios de cliente, salvo el informe
inicial; no he enviado presupuestos; no he definido mi papel en el
proyecto, si voy a limitarme a diseñar o si voy a diseñarlo y a dirigirlo. No
he hecho nada. Bueno, en realidad sí, pero no está relacionado con el
trabajo. Ni siquiera he pedido que se le envíe la factura para la segunda
reunión —por llamarla de alguna manera—, esa de la que salí corriendo
sin sujetador. Y, por cierto, ¿dónde está ese sujetador?
Sí, he dedicado un par de horas a hacer bocetos, he pasado el domingo
en la nueva ala, pero no puedo cobrar por eso. No trabajo los domingos, y
Patrick no tiene más que echar un vistazo a mi agenda para ver que no he
tenido más reuniones con el señor Alfonso. Lo único que he hecho con
respecto a él no encaja en mi categoría profesional.
A la mierda. Me aclaro la garganta.
—Estoy preparando el detalle de las visitas y el presupuesto.
Me mira con el ceño fruncido y cara de pocos amigos.
—La primera reunión fue hace dos semanas y ya has hecho una
segunda visita. ¿Cómo es que estás tardando tanto, Paula?
Me entran sudores fríos. El desglose de las tarifas de mis servicios es
una tarea muy sencilla: se soluciona mediante contratos individuales y
normalmente antes de la segunda visita. No tengo excusa. Tom y Victoria
no me quitan los ojos de encima.
—Ha estado fuera —farfullo—. Me pidió que esperara un poco antes
de enviarle correspondencia.
—Cuando hablé con él el lunes pasado estaba muy dispuesto a
ponerse manos a la obra —contraataca Patrick mientras consulta su
agenda. ¡Qué manía tiene de apuntárselo todo!
Me encojo de hombros.
—Creo que fue por un asunto de negocios de última hora. Lo llamaré.
—Llámalo, y no quiero que le dediques más tiempo hasta que afloje la
mosca. ¿Cómo vamos con el señor Van Der Haus?
Suspiro de alivio y me lanzo con entusiasmo a relatar los progresos en
la Torre Vida, feliz de haber terminado con el asunto del señor de La
Mansión. ¡Voy a matarlo!
Salgo del despacho de Patrick y Tom me da un apretón en el hombro y
suelta una risita cuando pasa a mi lado.
—¡Ni se te ocurra! —lo aviso.
—Podría haber sido peor, Paula —comenta Victoria.
Tiene razón. Podría haber sido un desastre.
Salgo de la oficina y camino por la calle hacia donde Pedro me ha
dejado esta mañana. Me acerco a Berkeley Square y un imbécil me da un
susto de muerte cuando está a punto de atropellarme con su motocicleta
ruidosa. Mi corazón recupera la normalidad, me detengo y me apoyo
contra la pared. Saco el móvil del bolso para ver los mensajes. Hay dos de
Kate.
"Necesito ayuda. ¿Puedes venir a casa y desatarme, porfa?"
Me quedo mirando el teléfono con la boca abierta y rápidamente
busco la hora a la que ha enviado el mensaje: las once. ¿Seguirá atada?
Abro el siguiente.
"¡No te asustes! Sam está haciendo el tonto. Me encantaría poder verte la cara. Bss."
Sí, claro, Sam el comediante. Pero una pequeña parte de mí se
pregunta si su broma tendrá una parte seria. Pedro no se sorprendió cuando
se lo comenté. Kate dijo que era «divertido». Hummm. Me lo imagino.
Miro la hora. Es la una y cinco. Vale, llega tarde y eso me molesta.
¿Cuánto debo esperarlo? Me estoy preguntando hasta qué punto debo de
estar desesperada para quedarme aquí plantada esperándolo cuando levanto
la cabeza y veo ese rostro hermoso que tanto amo. Está montado en la
ruidosa motocicleta que me habría gustado romper en mil pedazos. Curvo
los labios en una media sonrisa, me aparto de la pared y camino hacia él.
Está mucho más que sexy sobre esa trampa mortal.
—Eres un peligro —lo regaño, y me detengo delante de él.
—¿Te he asustado? —Cuelga el casco del manillar de la motocicleta.
—Sí. Esa cosa necesita una revisión del nivel de ruido —me quejo.
—Esa cosa es una Ducati 1098. Cuidado con esa boca.
Me rodea la cintura con los brazos y me sienta en su regazo.
—Bésame —susurra.
Me reclama la boca y convierte la toma de posesión de mis labios en
una exhibición teatral para que todo el mundo la vea. Oigo las burlas y los
chistes de la gente que pasa, pero me da igual. Enlazo los brazos alrededor
de su cuello y me entrego a él. Sólo han pasado unas horas, pero lo he
echado de menos.
De repente, se me ocurre que estamos a unos cientos de metros de la
oficina y que Patrick podría pasar a nuestro lado en cualquier momento. Si
me ve retozando con el señor Alfonso se hará una idea equivocada: que le
estoy dando un trato de favor a costa de perder dinero. Después de la
reunión, me muevo en aguas turbulentas.
Me retuerzo para soltarme, pero me abraza con más fuerza y aprieta
aún más los labios contra los míos. Mi intento de fuga gana en intensidad y
desesperación y él me sujeta más fuerte. Apoyo las manos en su pecho y
empujo para apartarlo. Al final me deja la boca libre, pero no el resto del
cuerpo. Me mira fijamente.
—¿Qué crees que estás haciendo?
—Suéltame. —Me revuelvo contra él.
—Oye, dejemos una cosa clara, señorita. Tú no decides cuándo y
dónde te beso o durante cuánto tiempo. —Lo dice muy en serio.
«¡Maníaco del control engreído!»
Hago uso de todas mis fuerzas para liberarme y fracaso
miserablemente. Estoy sin aliento.
—Pedro, si Patrick me ve contigo, estaré de mierda hasta el cuello.
¡Suéltame!
Para mi sorpresa, me suelta, así que vuelvo a la acera como puedo
para recomponerme. Cuando lo miro, me encuentro con la mirada más
furibunda y penetrante que me hayan lanzado jamás. Me cabrea de verdad.
Y ¿a qué viene todo eso de los besos cuando, donde y como él quiera? Eso
es llevar sus tendencias controladoras a una nueva categoría.
—¿De qué coño estás hablando? —me grita—. ¡Y vigila esa boca!
—Tú —le digo en tono acusador— no has pagado la factura, de
manera que ahora se supone que tengo que mandarte un recordatorio
amistoso. He tenido que mentir diciendo que estabas de viaje.
¿Un morreo en toda regla cuenta como recordatorio amistoso? Seguro
que Pedro cree que sí.
—Pues ya me lo has recordado. Ahora sube el culo a la moto.
¡Si las miradas matasen!
—¡No! —digo con incredulidad. No le gusta nada que le plante cara.
No voy a arriesgar mi puesto de trabajo sólo para que don Controlador no
coja una pataleta.
Me mira sin poder creérselo y se baja de la moto en plan espectacular,
con los vaqueros ceñidos a esos muslos tan magníficos. Vacilo. Este
hombre me afecta demasiado.
Me mira con fijeza.
—Tres.
Abro la boca de forma exagerada. No será capaz. No en plena
Berkeley Square. ¡Va a parecer que me está secuestrando, violando y
asesinando, todo a la vez! Yo sé que no es así, pero es lo que va a parecerle
a todo el mundo, y odio pensar en lo que Pedro es capaz de hacer si alguien
intenta obligarlo a que me suelte.
Forma una desagradable línea recta con sus labios mientras me taladra
con una mirada durísima.
—Dos —masculla con los dientes apretados.
«Piensa, piensa, piensa.»
Resoplo.
—No voy a pelearme contigo en mitad de Berkeley Square. ¡Te
comportas como un crío!
Doy media vuelta y me marcho. No sé por qué lo estoy haciendo, es
como una bomba de relojería. Pero tengo que mantenerme firme.
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