domingo, 9 de marzo de 2014

Capitulo 47 ♥



—Buenos días. —Sé que mi voz destila tristeza, pero estoy haciendo todo

lo posible por evitarlo.

Tom levanta la vista de su copia de la Interiors Weekly y se baja las

gafas hasta la punta de la nariz.

—Querida, ¿a qué viene esa cara tan larga? —pregunta. No tengo

energías ni para fingir una sonrisa. Me dejo caer en la silla y Tom se acerca

corriendo a mi mesa, en un nanosegundo—. Mira, esto te animará.

Me enseña una página de la revista que está leyendo y ahí, sentada

como si tal cosa en el diván de terciopelo del Lusso, aparezco yo.

—Genial —suspiro.

Ni siquiera me molesto en leerlo. Tengo que borrar de mi mente todo

lo relacionado con ese edificio.

—¿Mal de amores? —Me mira con compasión.

No, no es eso. Para eso hace falta que haya amor. Me enfurruño. Sabía

que sería la última vez que lo veía. Cuando se marchó, supe que no

volvería a verlo. No he estado mirando el teléfono cada diez minutos, no he

estado dándole vueltas al asunto todo el rato y no estoy jugueteando con mi

pelo mientras pienso esto. Admito a regañadientes... que lo echo mucho de

menos. Qué ridículo. ¡Sólo era un polvo de despecho!

—Estoy bien —digo, y reúno las fuerzas necesarias para esbozar una

sonrisa—. Es viernes, estoy deseando pillarme un pedo mañana por la

noche. Necesito una noche de fiesta.

—¿De verdad vamos a pillarnos un pedo? ¡Fabuloso!

Desvío la atención hacia la entrada de la oficina cuando oigo la voz

aguda de Victoria.

—¡Ma-dre mí-a! No vais a creeros lo que acabo de ver. —Está a punto

de desmayarse.

Tom y yo la miramos perplejos.

—¿Qué? —preguntamos al unísono.

—Estaba en Starbucks esperando mi capuchino doble con extra de

chocolate, y de repente entra un tío... Me suena de algo, pero no sé de qué.

Un tío que está como un tren. Pero bueno, estaba ahí de pie, a lo suyo, y de

repente ha llegado una mujer pavoneándose y le ha tirado un frappuccino

por encima. —Hace una pausa para respirar—. La mujer empieza a

gritarle, a decirle que es un capullo egoísta y mentiroso, y se larga y lo deja

ahí, empapado de café helado y nata. Ha sido superfuerte.

Me siento y contemplo a Victoria mientras recupera el aliento después

de narrar casi sin respirar los sucesos del viernes por la mañana en

Starbucks. Cuando voy yo nunca pasa nada.

—Parece que alguien ha sido un chico malo —sonríe Tom con malicia

—. ¿Cómo estaba de bueno?

Pongo los ojos en blanco. Sin duda Tom habría ido a rescatarlo.

Victoria levanta las manos con las palmas hacia adelante.

—De portada de la Men’s Vogue.

—¿En serio? —dice Tom mientras se quita las gafas—. ¿Sigue allí?

Ella hace una mueca con su preciosa cara.

—No.

Esto es absurdo.

Patrick irrumpe a toda prisa en la oficina.

—Chicos, ¿hoy se trabaja o el viernes es día festivo? —Pasa a nuestro

lado a toda velocidad en dirección a su despacho y cierra la puerta a sus

espaldas.

—Venga, vamos a trabajar un poco, ¿no? —Los echo de mi mesa con

un gesto de la mano.

—Ah, se me olvidaba —dice Tom tras dar media vuelta—. Van Der

Haus ha llamado para decir que vuelve a Londres el lunes. Va a mandarte

las especificaciones por correo electrónico y de momento nos ha enviado

esto. ¿Está bueno? —Arquea una ceja de manera sugerente y me entrega un

sobre. Es el gay más zorrón que he visto en mi vida, pero voy a complacerlo.

—Mucho —digo abriendo mucho los ojos para darle énfasis a mis

palabras. Cojo los planos que me ofrece.

Me mira con recelo.

—¿Por qué siempre te dan a ti los clientes más sexy? —Se marcha

hacia su mesa—. ¿Qué no daría yo porque un adonis entrase aquí y me

aupara sobre su hombro.

Me apeno al escuchar el comentario de Tom respecto a la escenita de

Pedro la última vez que lo vi y saco el teléfono del bolso justo cuando

empieza a sonar. No es más que un recordatorio del calendario. Mi cita en

la peluquería, mañana por la tarde. Se me había olvidado. Al menos eso me

anima un poco. Estaré bien guapa para nuestra gran noche de fiesta.

Perfecto.

Reviso montones de presupuestos, fechas de entrega y requisitos de

promotores antes de llamar a mis clientes actuales para comprobar que

todo va bien. Y así es, excepto por el drama de las cortinas de la señora

Martinez. Recibo un correo de Mikael. Lo leo rápidamente y decido estudiarlo

con más detenimiento el lunes.

Sally se acerca a toda prisa a mi mesa con una entrega.

—Eh... Creo que esto es para ti, Paula. —Se mueve de un lado a otro

con una caja en la mano—. ¿Lo quieres?

¿Qué? Sí, lo quiero. Si es una entrega para mí, claro que lo quiero.

Esta chica tiene un problema de seguridad. Le cojo la caja de las manos.

—Gracias, Sally. ¿Puedes hacerle un café a Patrick?

—No sabía que quisiera uno.

Su expresión de pánico hace que me den ganas de hacerle yo a ella un

café.

—Es que parece que está algo bajo de moral. Vamos a mimarlo un

poco.

—¿Está bien? No estará enfermo, ¿verdad?

—No, pero creo que le vendrá bien un café —insisto mientras lucho

con todas mis fuerzas por no perder la paciencia.

—Claro. —Se marcha corriendo. Su falda de cuadros se agita

alrededor de sus zapatos de salón. No sabría decir qué edad tiene. Parece

rondar los cuarenta, pero algo me dice que debe de tener mi edad. Abro la

caja y veo todas las muestras de tela que había pedido para la Torre Vida.

La meto debajo de la mesa. Ya les echaré un vistazo también el lunes.

Cerca de las seis de la tarde, asomo la cabeza por la puerta de Patrick.

No tiene buen aspecto.

—Patrick, me voy ya. ¿Estás bien?

Aparta la vista del ordenador y sonríe, pero sus ojos no brillan como

de costumbre.

—Sólo estoy un poco pachucho, flor.

—Deberías irte a casa —digo preocupada.

—Sí, creo que eso es lo que voy a hacer. —Levanta su corpachón de la

silla y apaga el ordenador—. Esa dichosa mujer me ha dado de comer algo

en mal estado —masculla mientras coge su maletín.

—Lo he apagado todo. Sólo tienes que poner la alarma.

—Estupendo. Que pases un buen fin de semana, flor. Nos vemos el

lunes. —Se pasa el dorso de la mano por la frente sudorosa. Algo no va

bien.

—De acuerdo, nos vemos el lunes.

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