nuevo; su movimiento reactiva mi orgasmo. Siento que me arde la piel
mientras bombea con lentitud y fuerza, hasta el fondo. Le cojo la cabeza
con las manos y lo aproximo a mis labios para devorarlo mientras él
continúa con sus deliberadas arremetidas y me acerca cada vez más a otro
orgasmo orgásmico.
—Me voy a correr —farfulla—. Córrete conmigo, Paula. Dámelo.
Y con tres estocadas más, dejo la mente en blanco y los fuegos
artificiales empiezan a estallar en mi cabeza. Me corro bajo su cuerpo con
un sonoro alarido.
—Eso es, nena —dice entre dientes, y se une a mi placer mientras yo
sigo emitiendo gritos y gemidos largos y graves.
Su erección se expande y se agita dentro de mí antes de expulsar,
chorro a chorro, su húmeda simiente en mi interior. Pedro se desploma
sobre mi cuerpo y sigue apretándome con fuerza, asegurándose de que se
vacía hasta la última gota. Estoy exhausta. Ambos permanecemos
entrelazados, jadeando y esforzándonos por respirar.
—No sé qué decir —me susurra al oído.
Yo empiezo a recobrar la conciencia. Todavía me estoy recuperando
del orgasmo, pero lo he oído, alto y claro, y no sé muy bien cómo
tomármelo. Creo que ambos hemos dicho demasiadas cosas ya. Mi propio
comentario hace que me sienta un poco incómoda. Eso es lo que sucede
cuando te dejas llevar por el momento. La lujuria, el deseo y la pasión se
apoderan de tu mente y, antes de que te des cuenta, empiezas a soltar
estupideces por la boca.
Tras unos minutos de silencio, estoy mucho más que incómoda, así
que me revuelvo un poco debajo de él.
—¿Puedo usar ya el baño? —pregunto.
Él libera un suspiro largo y deliberado para dejarme clara su
frustración. Aunque no sé muy bien por qué está frustrado. Acaba de
tomarme.
Sale de mi cuerpo y se aparta de encima de mí, haciendo un tremendo
y exagerado esfuerzo por dejarse caer sobre la cama. Yo me despego de las
sábanas y, sin mediar palabra, camino sobre la moqueta blanca hasta el
cuarto de baño y cierro la puerta tras de mí. Sé que ha observado cada paso
que he dado. He sentido que sus ojos me aguijoneaban la espalda desnuda.
La inevitable incomodidad se ha retrasado, pero ya está aquí. Y ha llegado
con ganas.
Uso el retrete, me lavo las manos y me tomo unos momentos para
prepararme psicológicamente antes de volver a abrir la puerta. Él sigue
echado boca arriba, desnudo sin ningún pudor, y me clava la mirada de
inmediato. No sé qué hacer.
Al final, vuelvo a entrar en el cuarto de baño, cojo una toalla blanca y
suave del toallero, me envuelvo con ella y sujeto el extremo con la axila.
Salgo del aseo, me dirijo directamente a la puerta del dormitorio y llego al
espacioso salón. El suelo de la cocina está lleno de cristales que me
recuerdan lo que pasó anoche cuando se abalanzó sobre mí de repente. Iba
a ocurrir antes o después, lo hiciese o no, pero ahora la naturalidad de
nuestros cuerpos al unirse ha disminuido y ha dejado espacio para una sola
sensación: la incomodidad.
Veo mis bártulos junto a la puerta de entrada y busco mi teléfono.
«¡Mierda!» Son las siete y media. Se supone que Kate se marcha
dentro de media hora. Le mandé un mensaje diciéndole que iba hacia casa
y no he aparecido. Aunque ella ni siquiera ha llamado para ver dónde
estoy. ¡Qué detalle!
—¡Joder! —exclamo entre dientes.
Me vuelvo y veo a Pedro, todavía desnudo, mirándome con cara de
enfadado. Pero ¿por qué coño está enfadado? Ahora soy yo la que está
cabreada.
—¡Esa boca! —me reprende con el ceño fruncido.
Está muy mosqueado. Bueno, y yo también. ¡Conmigo misma! Cojo
mi maleta y me dirijo hacia su cuarto de baño, aunque me paro para ir
recogiendo mi ropa diseminada por el suelo.
—¿Puedo usar la ducha?
—¡No! —espeta.
Yo me echo a reír.
—No seas crío, Pedro —le digo con tono condescendiente, y paso por
delante de él, tan lejos como puedo, para volver al cuarto de baño. Sé que
es mejor para mí no tocarlo.
Me dispongo a cerrar la puerta, pero él la detiene con el hombro y
entra detrás de mí. Lo miro con desaprobación y me aparto para abrir el
grifo de la ducha. ¿Está enfadado por lo que he dicho en la cama? No lo
culpo. Yo también estoy enfadada conmigo misma. Tiene razones para
estarlo. Debería mantener la boca cerrada mientras follamos. Aunque, bien
pensado, él debería hacer lo mismo. También ha dicho unas cuantas
tonterías.
Busco en mi maleta la camiseta que llevaba puesta ayer, dejo caer las
chanclas al suelo embaldosado, tiro el estuche de maquillaje junto a la pila
del lavabo y me cepillo los dientes. Durante todo ese tiempo, Pedro
permanece ahí, echando humo.
Cuando la habitación está llena de vapor, me quito la toalla con todo
el pudor del mundo. Pero estoy enfadada, así que me importa una mierda.
Abro la puerta de la ducha y me meto dentro para lavarme los cuatro
asaltos de Pedro Alfonso. Si no fuese porque estoy toda pegajosa por el sudor
y el semen que se extienden por todo mi cuerpo, ni siquiera me molestaría.
Me habría marchado ya.
El agua caliente me relaja a pesar de la mirada encolerizada de mi
espectador. Me lavo el pelo y dejo que el agua caiga sobre mí durante unos
momentos más. Pero no tengo tiempo de disfrutar de una ducha calmante.
Cuando abro los ojos, la puerta está abierta de par en par. El aire frío
envuelve mi cuerpo desnudo. Pedro me mira con una mueca de ira.
—¡No vas a ir a ninguna parte! —me ladra.
Yo lo miro, totalmente exasperada y con la boca abierta hasta el plato
de la ducha. Ha hecho lo que ha querido conmigo desde que llegué aquí, ¿y
todavía no está satisfecho?
—Por supuesto que sí.
—¡De eso nada!
—Pedro, pero ¿qué problema tienes? —El agua caliente de la ducha
cae sobre mí, el aire frío me envuelve y tengo a un tío bueno crispado
delante.
—¡TÚ! —me grita.
—¿Yo?
Menuda cara tiene. Paro el agua y me abro paso junto a su enorme
cuerpo; ignoro las chispas que recorren el mío al tocarlo. ¿Qué se ha creído
que soy? ¿Un objeto que puede follarse a voluntad? Me envuelvo con una
toalla y me coloco otra en la cabeza. Me froto con ella para eliminar la
humedad. No tengo tiempo de secarme el pelo, y además dudo que don
Irracional tenga un secador.
Noto que me agarra del brazo. Yo tiro de él con brusquedad para
soltarme y sigo poniéndome la ropa interior, los vaqueros y la camiseta.
—No quiero que te vayas. —Su voz se ha suavizado.
—No seas idiota, Pedro. No puedes encerrarme aquí como a una
esclava sexual. Seguro que hay muchas mujeres rendidas a tus pies,
búscate a otra. —No puedo creer que le esté hablando con tanta dureza.
Sólo con imaginármelo con otra me entran ganas de matar.
Veo su mirada reflejada en el espejo. Tiene los ojos entrecerrados y
hacen que me arda la piel.
—No quiero a ninguna otra mujer. Te quiero a ti.
Paro cuando estoy a medio aplicarme la crema.
—¿No has tenido ya suficiente de mí? —pregunto. Una gran parte de
mi ser está deseando que diga que no, aunque sabe que las cosas acabarían
mal si lo hiciera.
Alarga la mano y me acaricia la mejilla con los nudillos. Yo me apoyo
contra ella involuntariamente, y cierro los ojos.
—Lo siento —dice con suavidad, y me rodea la cintura con el otro
brazo para atraerme hacia su pecho y posar los labios junto a mi oído—.
Perdóname.
Joder, pero ¿qué estoy haciendo? Este hombre es un imán. Absorbe
todo mi sentido común y me convierte en una persona irracional. Me
vuelvo para mirarlo y dejo que tome mi boca suave y vacilantemente.
Desliza la mano desde mi mejilla hasta mi nuca, y hunde los dedos en mi
pelo mojado. Me acaricia la lengua y los labios con veneración. Ya he
vuelto a caer en su red. Estoy completamente perdida.
Me libera la boca.
—Mucho mejor. —Me da un beso en la nariz—. ¿Aún quieres que te
lleve?
Arqueo las cejas y sonrío abiertamente.
—¿ por mi coche?
Vuelve a pegar los labios a los míos y resopla.
—Me encanta esa sonrisa. Dame diez minutos.
Abre el grifo de la ducha y coge una toalla limpia del calentador.
—¿Puedo beber agua? —pregunto.
—Puedes hacer lo que quieras, nena —responde. Me da una palmada
en el culo y se mete en la ducha.
GRACIAS POR LEER!♥♥
Muy buenos capítulos!!!!
ResponderEliminarWowwwwwww, qué intensos los 4 caps!!!!!!!!!!!!
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