sábado, 8 de marzo de 2014

Capitulo 44 ♥




Acelero el paso y cruzo las puertas de la oficina pero, en cuanto llego

a mi mesa, me arranca de allí entre quejas y me arrastra de nuevo hacia la

calle.

—Pero ¿qué coño haces? —vocifero. Él pasa de mí y sigue avanzando

hacia la puerta.

Me agarro al final de su espalda y, al alzar la vista, veo que Tom,

Victoria y Sally contemplan con la boca abierta cómo me transporta hasta

el exterior. Por favor, que Patrick no esté.

—¡Joder, Pedro! ¡Suéltame!

Deja que me deslice por la parte delantera de su cuerpo, y lo hace

lentamente, con la intención de que note los duros músculos de su

magnífico pecho. Me detiene antes de que toque el suelo con los pies. Me

sostiene por la cintura para que mis labios queden a la altura de los suyos y

su flagrante erección me roce justo en el lugar adecuado. ¿Está cabreado y

cachondo?

Se me escapa un gemido traicionero cuando se aprieta contra mí con

ese aliento cálido y fresco. Se supone que tengo que estar cabreada, y, sin

embargo, aquí estoy, retenida en contra de mi voluntad —más o menos— y

deseando desnudar a mi captor delante de todos mis colegas, que se han

pegado al cristal de la puerta de la oficina peleándose por las mejores

vistas.—

Esa boca. Me has dejado plantado. —Aprieta sus labios contra los

míos y se aparta. Su mirada se suaviza mientras me mira y espera una

explicación.

Ahora no puedo decirle por qué he cancelado la cita. Supongo que se

subiría por las paredes.

—Lo siento —suspiro. ¿Aceptará mis disculpas?

He de volver a la oficina y aclararme las ideas. No, he de volver a casa

y aclararme las ideas, a ser posible con una botella de vino.

Él sacude la cabeza suavemente y me ataca la boca con vehemencia en

mitad de Bruton Street. Hundo los dedos en su pelo y me rindo a esos

labios tremendamente adictivos sin darle demasiadas vueltas. No tiene

ninguna vergüenza y parece ajeno por completo al ajetreo de peatones que

se apresuran de un lado a otro a la hora de comer y que, con toda seguridad,

se quedan mirando cómo me devora. Me tiene absorbida. Presiona la

entrepierna con fuerza contra mí y gimo. Este beso es para demostrarme lo

que me he perdido, y estoy empezando a odiar a Matias por ello.

—No vuelvas a hacerlo —me ordena con un tono que no acepta

réplica. Me suelta y toco el suelo con los pies. La repentina falta de

sujeción hace que me tambalee hacia adelante.

Me coge del brazo para enderezarme y una puñalada de dolor me

recorre el cuerpo y rompe el embrujo. Respiro hondo. Me suelta y se aparta

de mí. Sus dulces ojos verdes se inundan de rabia al ver los moratones que

luzco en el brazo por cortesía del calvo gilipollas. Mientras los observa, la

mandíbula empieza a temblarle y se le hincha el pecho.

Sólo pienso en la suerte que tuvo el calvorota de que estas

magulladuras no se vieran ayer.

—Estoy bien. —Me cubro con la mano con la esperanza de que, al

ocultar la zona que lo altera, abandone el estado de furia.

Parece un loco homicida. ¿Está cabreado porque tengo unos

moratones?

—Tengo que volver al trabajo —digo con un hilo de voz, algo

nerviosa.

Aparta la mirada de mi brazo y vuelve a fijarla en mis ojos. Me mira

como si yo fuera lo que lo altera. Un destello de irritación cruza su

atractivo rostro cuando levanta la mano para frotarse las sienes con las

puntas de los dedos. Entonces suspira agobiado.

Finalmente, sacude un poco la cabeza y se marcha sin mediar palabra.

Me deja ahí plantada sobre la acera, preguntándome qué coño ha pasado.

Agacho la cabeza y miro desesperadamente al suelo, como si fuese a

encontrar la respuesta escrita con tiza en los adoquines.

¿Ya está? ¿Se ha acabado? Su expresión decía que sí. No sé muy bien

cómo me siento al respecto. De repente me está clavando las caderas y

haciéndome gemir, y al segundo siguiente me mira con toda la rabia del

mundo. ¿Qué se supone que debo pensar? No tengo ni idea. Me obligo a

salir de mi ensimismamiento y regreso a la oficina. Reina un silencio

incómodo. Todo el mundo finge estar ocupado.

—¿Estás bien? —pregunta Tom, que pasa despacio junto a mi mesa.

Levanto la mirada y veo su expresión cotilla de siempre teñida de un

aire de preocupación.

—Estoy bien. Ni una palabra de esto a Patrick —digo con más dureza

de la que pretendía.

—Claro, tranquila. —Levanta las manos en señal de defensa.

«¡Joder!» Lo último que necesito es que Patrick se entere de que me

han pillado con un cliente. Debería haber sido más fuerte y haberme

resistido a sus insinuaciones. No me gusta nada cómo me siento ahora

mismo. Creo... creo que me siento... ¿abandonada?



GRACIAS POR LEER!!♥


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