lunes, 24 de marzo de 2014

Capitulo 95 ♥



Tengo la mente nublada, hecha un revoltijo, y mi pobre cuerpo se
pregunta qué coño acaba de pasar. Ha sido el polvo de hacerme entrar en
razón por antonomasia. Pero ¿con qué propósito?
—Estoy jo... —me callo antes de ganarme otra reprimenda, pero aun
así me hunde los dedos en el hueco de las cosquillas.
—¡Eh! —protesto. He suprimido el impulso. Vamos mejorando.
Me envuelve entre sus brazos e inhala en mi cuello.
—No lo has dicho.
—¿El qué? ¿Que no voy a dejarte? No voy a dejarte. ¿Contento?
—Sí, pero no me refería a eso.
—¿Y a qué te referías?
Resopla con fuerza en mi oreja.
—No importa. ¿Quieres repetir?
Se me entrecorta la respiración. Está de broma, ¿no? Sé que no voy a
ser capaz de decir que no, para empezar porque él no va a dejarme, pero
¿va en serio? Noto la leve sacudida de una carcajada ahogada debajo de mí.
—Por supuesto. No me canso de ti —digo con la voz seria y firme.
Se queda petrificado debajo de mí, pero me abraza con más fuerza.
—Me alegro, a mí me pasa lo mismo. Pero mi corazón ya ha sufrido
bastante las últimas veinticuatro horas con tu desobediencia y tu rebeldía.
No sé si podrá resistir mucho más.
Ya estamos otra vez: desobediencia. ¡Don Controlador!
—Debe de ser la edad —murmuro.
—Oiga, señorita. —Se da la vuelta y yo acabo sobre el suelo del
cuarto de baño y él encima de mí. Me muerde la oreja y susurra—: Mi
edad no tiene nada que ver. —Vuelve a morderme la oreja y me revuelvo
debajo de él—. ¡Eres tú! —dice con tono acusador y haciéndome
cosquillas.
—¡No! —grito y hago un intento inútil por escapar—. ¡Vale, me
rindo!—
Ya me gustaría —refunfuña, y me suelta.
—Vejestorio —digo con una sonrisa.
Me pone de pie a la velocidad de la luz y me empuja contra la pared.
Me sujeta los brazos por encima de la cabeza. Me muerdo los labios para
contener la risa. Entorna los ojos, fiero.
—Prefiero que me llames dios —me notifica con un beso de los que te
paran el corazón, y me presiona con el cuerpo para hacerme subir por la
pared.—Puedes ser mi dios.
—Señorita, de verdad que no me canso de ti.
Sonrío.
—Eso está bien.
—Eres mi seductora suprema.
Me recorre la cara con los labios y suspiro contra su piel.
—¿Tienes hambre? —pregunta.
—Sí. —Estoy famélica.
Me coge en brazos, camina hacia el lavabo doble y me sienta en él.
—Ya te he follado y ahora voy a alimentarte.
Frunzo el ceño ante su falta de tacto. ¿Por qué no dice que me ha
hecho el amor y que ahora va a prepararme la cena?
Me deja en el lavabo y abre el grifo de la ducha. Empiezo a soñar
despierta al ver cómo se tensan y relajan con sus movimientos los
músculos de su espalda.
—Adentro. —Me tiende la mano.
Me bajo del lavabo, le cojo la mano y dejo que me meta en la ducha.
—Esto me mata —suspira al agarrar la esponja natural.
—¿Qué? —Me agarro a su hombro cuando se arrodilla delante de mí
para enjabonarme las rodillas y la cara interior de los muslos con círculos
lentos y resbaladizos.
—Odio lavarme y dejar de oler a ti —dice con cara de pena.
¿Lo dice en serio?
Sigo de pie, permitiéndole que limpie los restos que ha dejado en mí,
con cuidado, con cariño, y lanzándome sonrisas fugaces cuando me pilla
mirándolo. Me pone champú y acondicionador en el pelo y le quito la
esponja para devolverle el favor. Tardo bastante más porque su cuerpo es
mucho más grande que el mío. Además, siento la necesidad de besar cada
centímetro cuadrado de su piel. Me deja salirme con la mía, me sonríe y
echa más gel de ducha en la esponja cuando se lo indico. Como de
costumbre, me entretengo en su cicatriz con la esperanza de que se abra a
mí pero, de nuevo, no lo hace. Un día lo hará, me digo a mí misma, aunque
no sé cuándo. Quizá todo haya terminado antes de que me lo cuente. Sólo
de pensarlo me deprimo. No quiero que esto se acabe nunca.
Me envuelve en una toalla blanca y suave y me cubre la cara de besos
pequeños antes de pasarme el brazo por los hombros y llevarme al
dormitorio.
—Ponte algo de encaje —me susurra y se va al vestidor. Reaparece a
los pocos minutos con unos pantalones de pijama verdes a rayas. Sonrío.
Me encanta verlo vestido de verde pardusco—. Te veo en la cocina, ¿de
acuerdo?
—De acuerdo —le confirmo en voz baja.
Me guiña el ojo antes de salir del dormitorio y me deja buscando un
conjunto de encaje. Yo estaba más bien pensando en unas bragas grandes y
una sudadera, pero está de tan buen humor que no me apetece fastidiarla
por un detalle insignificante. ¿Dónde estará mi ropa interior? ¿Habrá
metido Kate en mi maleta lencería de encaje?
Miro alrededor en busca de mis cosas, pero no veo nada. Entro en el
vestidor, pero solo hay vestidos y zapatos. Ha dicho que me quede unos
cuantos días. Aquí hay ropa para más de unos cuantos días, perfectamente
colgada en su pequeño rincón. Sonrío al pensar en Pedro haciendo sitio para
mi ropa en su amplio vestidor. ¿Habrá deshecho él mi maleta?
Busco en una de las dos cómodas que encargué en Italia. Abro el
primer cajón y encuentro tres pilas perfectas de bóxeres en blanco, negro y
gris, todos de Armani. Parecen nuevos. Abro otro y encuentro cinturones,
muy bien enrollados, en todos los tonos de cuero negro y marrón que
puedan imaginarse.
Es un fanático del orden. ¡Qué mal! Yo soy un desastre en casa. Cierro
el cajón y abro el último, pero sólo encuentro calcetines de deporte y varias
gorras. A continuación, abro todos los cajones de la otra cómoda: están
llenos de una amplia selección de pantalones cortos de correr y camisetas
deportivas.
Me rindo y, todavía envuelta en la toalla, bajo a la cocina, donde Pedro
tiene la cabeza metida en la nevera.
—No encuentro mis cosas —le digo a la puerta de la nevera.
Saca la cabeza de la nevera y me recorre con la mirada el cuerpo
envuelto en una toalla.
—Desnuda me vale —dice, y cierra la puerta. Pasa junto a mí con un
tarro de mantequilla de cacahuete—. Cathy tiene el día libre y la nevera
está vacía. Voy a encargar comida; ¿qué te apetece?
—Tú —sonrío.
Sonríe, me arranca la toalla, la tira al suelo y admira mi cuerpo
desnudo.
—Tu dios debe alimentar a su seductora. —Su mirada danzante se
centra en mis ojos—. El resto de tus cosas está en ese enorme arcón de
madera que metiste en mi dormitorio. ¿Qué te apetece comer?
Paso de su comentario y me encojo de hombros. Podría comer
cualquier cosa.
—Soy fácil.
—Lo sé, pero ¿qué quieres comer?
Tengo que dejar de decir eso.
—Sólo soy fácil contigo —refunfuño. ¿Cree que soy una chica fácil?
—Más te vale. Ahora, dime, ¿qué te apetece comer?
—Me gusta todo. Elige tú. ¿Qué hora es?
He perdido la noción del tiempo. De hecho, pierdo la noción de todo
cuando estoy con él.
—Las siete. Ve a secarte el pelo antes de que me olvide de la cena y
vuelva a por ti. —Me da la vuelta y me propina un azote en el culo antes de
dejarme ir.
Subo escaleras arriba, desnuda, para seguir sus instrucciones. Cuando
llego a lo alto, giro a la izquierda en dirección al dormitorio principal y
miro hacia la cocina. Pedro está en la puerta observándome en silencio. Le
mando un beso y desaparezco en el dormitorio. Antes de perderlo de vista,
veo que me lanza una sonrisa de esas que hacen que me tiemblen las
rodillas.
Cuarenta y cinco minutos más tarde, me he secado el pelo como Dios
manda, me he limpiado la cara, la he tonificado y he aplicado la crema
hidratante que necesitaba, y llevo puesto un conjunto de encaje limpio.
Kate se ha olvidado de meter mi ropa de estar por casa —casualmente, sólo
ha olvidado eso—. Pero también es verdad que Pedro la ha secuestrado
antes de que pusieran las calles esta mañana, así que es probable que
simplemente metiera lo que había más a mano. Tengo mis nuevos
pantalones tailandeses, pero no tengo camiseta.
Voy al armario a coger una camiseta blanca. Esta vez no elijo la más
cara, aunque estoy segura de que todas valen un dineral.
—Iba a ir a buscarte —dice mientras vacía el contenido de varios
envases en dos platos—. Me gusta tu camiseta.
—Kate no me ha metido ropa de estar por casa en la maleta.
—¿Ah, no? —Levanta una ceja y lo entiendo al instante.
O bien Kate sí que metió esa ropa en la maleta, o bien no es Kate
quien ha hecho la maleta. Sospecho que se trata de lo segundo.
—¿Dónde quieres comer?
—Soy f... —Cierro la boca y me encojo de hombros.
—Sólo conmigo, ¿sí? —Sonríe, se mete una botella de agua debajo
del brazo y coge los platos—. Vamos a apoltronarnos en el sofá.
Me lleva al imponente espacio abierto y señala con la cabeza el sofá
gigante. Me siento en la rinconera y cojo el plato que me ofrece. Es comida
china y huele de maravilla. Perfecto.
Las puertas del tremendo mueble del salón se abren y aparece la tele
de pantalla plana más grande que haya visto en toda mi vida.
—¿Quieres ver la tele o prefieres música y conversación? —Me mira
sonriente.
El tenedor me cuelga de la boca. No me había dado cuenta de lo
hambrienta que estaba.
Mastico y trago lo más rápido que puedo.
—Música y conversación, por favor.
Era una elección fácil. Asiente como si supiera que ésa iba a ser mi
respuesta. A continuación la habitación se llena del sonido relajante de
Mumford & Sons. Sorpresa. Cruzo las piernas y me reclino contra el
respaldo. Este sofá fue una buena elección.
—¿Está bueno?
Me está observando, con una rodilla en alto y el brazo apoyado en el
respaldo del sofá para sostener el plato.
—Muy bueno; ¿tú no cocinas?
—No.
Sonrío con el tenedor en la boca.
—¡Señor Alfonso! ¿Acaso hay algo que no se le da bien?
—No puedo ser excepcional en todo —dice muy serio y
observándome con atención.
Es un capullo engreído.
—¿La asistenta te hace la comida?
—Cuando se lo pido, pero casi siempre como en La Mansión.
Imagino que es lógico que aproveche que tiene una comida deliciosa a
su disposición. Si pudiera, yo haría lo mismo.
—¿Cuántos años tienes?
Se queda quieto con el tenedor a medio camino de la boca.
—Alrededor de treinta, más o menos. —Se mete en la boca el tenedor
cargado hasta arriba y me observa mientras mastica.
—Más o menos —repito.
—Sí, más o menos. —En la comisura de sus labios aparece una
sonrisa.
Vuelvo a mi comida. Su respuesta vaga no me molesta. Seguiré
preguntando y él seguirá dándome evasivas. Quizá debería probar a
persuadirlo a mi manera, ¿tal vez con un polvo de la verdad o con una
cuenta atrás? ¿Qué le haría al llegar a cero? Me pierdo en mis
pensamientos al respecto mientras le doy un bocado tras a otro a mi
comida china. Se me ocurren muchas cosas, pero ninguna que pudiera
ejecutar con facilidad. Tiene más fuerza que yo. La cuenta atrás queda
descartada, así que sólo me queda el polvo de la verdad. Tengo que
inventar el polvo de la verdad. ¿Qué podría hacer?
— ¿Paula?
Levanto la vista y Pedro y su arruga en la frente me están observando.
—¿Sí?
—¿Soñando despierta? —pregunta con un dejo de preocupación.
—Perdona. —Dejo el tenedor en el plato—. Estaba muy lejos de aquí.
—Ya me había dado cuenta. —Recoge mi plato y lo deja en la mesita
de café—. ¿Dónde estabas?
Estira el brazo para atraerme hacia él.
Me acurruco a su lado, feliz.
—En ninguna parte.
Cambia de postura, ocupa mi sitio en el rincón y me coloca bajo su
brazo. Apoyo la mejilla sobre su pecho desnudo y le paso las piernas por el
regazo. Inhalo para percibir todo su esplendor de agua fresca. Suspiro y
dejo que la música suave y el calor de Pedro me llenen de paz.
—Me encanta tenerte aquí —dice mientras juega con un mechón de
mi pelo.
A mí también me encanta estar aquí, pero no como una marioneta.
¿Será siempre así? Podría hacer esto todos los días, ha sido un día
fantástico. Pero ¿podría vivir con su lado controlador y exigente? Le paso
el dedo por la cicatriz.
—A mí también me encanta estar aquí —susurro.
Es verdad, sobre todo cuando se porta así.
—Bien. Entonces ¿te quedas?
¿Cuándo? ¿Esta noche?
—Sí. Dime cómo te la hiciste.
Se lleva la mano al estómago y coge la mía para impedir que siga
tocando esa zona.
—Paula, de verdad que no me gusta hablar del tema.
Ah.
—Perdona. —Me siento mal.
Eso ha sido una súplica. Le ocurrió algo terrible y me pone enferma
saber que le hicieron daño.
Se acerca mi mano a la cara y me besa la palma.
—Por favor, no me pidas perdón. No es nada que importe aquí y
ahora. Desenterrar mi pasado no sirve más que para recordármelo.
¿Su pasado? ¿Así que tiene un pasado? Bueno, todos tenemos un
pasado, pero la forma en que lo ha dicho y el hecho de que estemos
hablando de una cicatriz horrible me ponen muy nerviosa.
—¿A qué te referías cuando dijiste que las cosas son más llevaderas
cuando estoy aquí?
Baja la mirada y me pone una mano en la nuca para apretar mi mejilla
contra su pecho.
—Significa que me gusta tenerte cerca —dice quitándole importancia.
No le creo ni de coña, pero lo dejo estar. ¿Acaso importa?
Lo beso en el canal que se abre entre sus pectorales y me acurruco
junto a él mientras me echo una bronca mental. Estoy tomando el sol en el
séptimo cielo de Pedro y disfrutando como una enana de cada minuto, hasta
que sienta la necesidad de otra cuenta atrás o de un polvo de hacerme
entrar en razón.
Y eso llegará. No me cabe duda

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