viernes, 7 de marzo de 2014

Capitulo 39 ♥


A las seis en punto, Margo llega traqueteando y se detiene delante de

la acera para recogerme. Me peleo con el tirador oxidado de la puerta y me

encaramo al asiento tras apartar una docena de revistas de tartas y tirar al

suelo unos vasos vacíos de Starbucks.

—Necesitas una furgoneta nueva —gruño.

Teniendo en cuenta lo ordenada que es Kate en casa, Margo está

hecha un asco.

—Chis, vas a herir sus sentimientos —dice riendo—. ¿Qué tal el día?

—me pregunta con cautela.

Tengo los hombros totalmente caídos. No he conseguido hacer nada

en el trabajo. Me he pasado todo el día pensando en cierta criatura

maravillosa de edad desconocida. Saco el libro y la nota del bolso y se los

paso. Ella los coge y una expresión de incertidumbre baña sus bonitas y

pálidas facciones cuando abre la tapa y la nota cae sobre su regazo. La

recoge, lee lo que dice y me mira con la boca abierta.

—Lo sé —digo en consonancia con su cara de asombro.

Vuelve a leer la nota y cierra la boca hasta que su gesto se transforma

en una sonrisa.

—¡Vaya! El señor nos ha salido profundo.

Me devuelve el libro y se adentra en el tráfico.

—Eso parece. —Mi mente se traslada a nuestras conversaciones

íntimas, pero me obligo a dejar de pensar en ello de inmediato.

—¿Hasta qué punto es bueno en la cama? —pregunta Kate como si tal

cosa, sin apartar la vista de la carretera.

Me vuelvo hacia ella de inmediato, pero no me devuelve la mirada.

—Más de lo que puedas imaginar —respondo. ¡El mejor, fantástico,

alucinante! ¡No pararía de hacerlo con él jamás!

—¿Va a convertirse en una relación de despecho?

Suspiro.

—Sí, creo que sí. Y no sólo por el sexo.

Estira el brazo, me aprieta la rodilla y sonríe con condescendencia.

Entiende perfectamente por lo que estoy pasando.

Aminoramos la marcha en la entrada de una calle residencial y Kate

detiene la furgoneta.

—Vale, vete atrás —ordena.

—¿Qué?

—¡Vete atrás, Paula! —repite la orden dándome palmaditas en la

pierna.—

¿Para qué? —Sé que estoy frunciendo el ceño. ¿Para qué narices

quiere que me vaya a la parte de atrás?

Kate señala la calle y entonces lo entiendo todo. La miro con los ojos

abiertos de par en par.

Al menos tiene la decencia de parecer algo arrepentida.

—La he protegido, acolchado y sujetado, pero esta calle es una puta

pesadilla. Me ha llevado dos semanas hacer esta tarta. Si le pasa algo,

estoy jodida.

Desvío mi expresión boquiabierta de Kate y miro la vía de tres

carriles con coches aparcados a ambos lados. Sólo el del medio permite

que circule el tráfico. Pero no es eso lo que me preocupa, sino los horribles

badenes de caucho negro que hay cada veinte metros. Madre mía, voy a dar

más vueltas que un penique en una secadora.

—¿No podemos llevarla en brazos? —pregunto con desesperación.

—Tiene cinco pisos y pesa una tonelada. Tú sujeta la caja. Todo irá

bien.

Resoplo y me desabrocho el cinturón.

—No puedo creerme que me estés haciendo esto —protesto mientras

paso a la parte trasera de la furgoneta para sujetar la enorme caja de la tarta

entre los brazos—. ¿No podías montarla allí?

—No.

—¿Por qué?

—Porque no. ¡Tú sujeta la puta tarta! —grita con impaciencia.

Me agarro a la caja con más fuerza, separo las piernas para mantener

el equilibrio y apoyo la mejilla contra ella. Estamos en la entrada de la

calle con el motor en marcha y parece que nos hayan sacado de una escena

cómica.

—¿Lista? —pregunta.

Oigo que mete la primera marcha con un fuerte tirón.

—Venga, arranca de una vez, ¿quieres? —le espeto. Ella sonríe y el

vehículo empieza a traquetear hacia adelante. Detrás, un coche empieza a

hacer sonar el claxon con impaciencia.

—¡Vete a la mierda, gilipollas! —grita Kate al tiempo que nos

topamos con el primer badén.

Mis pies dejan de tocar el suelo y aplasto la cara contra la caja.

Cuando vuelvo a bajar, se me resbalan los tacones.

—¡Kate! —chillo, y aterrizo sobre mi trasero.

—¡No sueltes la caja!

Vuelvo a ponerme de pie a duras penas sin soltar la tarta, pero

entonces las ruedas traseras rebotan al subir el montículo.

—¡Más despacio!

—¡No puedo! ¡Si no, no los sube! —exclama, y llega a otro badén.

—¡Joder! —Vuelvo a salir volando por los aires y aterrizo con un

fuerte golpe seco—. ¡Kate!

Se está partiendo de risa, lo que no hace sino cabrearme todavía más.

—¡Lo siento! —grita.

—¡Mentirosa! —digo entre dientes cuando vuelvo a levantarme.

Me quito los tacones para intentar tener más equilibrio.

—Mierda.

Me aparto el pelo de la cara.

—¿Qué pasa?

—¡No pienso dar marcha atrás, caballero! —sisea.

Un Jaguar viene hacia nosotras y, con sólo una vía disponible y sin

sitio para parar, no hay nada que hacer. Una orquesta de fuertes pitidos

empieza a sonar a nuestro alrededor. Kate continúa hacia adelante, y yo

sigo dando vueltas en la parte trasera de Margo.

—Te voy a embestir —le advierte al del Jaguar mientras aprieta el

claxon varias veces—. ¿Qué tal la tarta?

—¡Bien! ¡No dejes que nos gane! —grito, y vuelvo a aterrizar sobre

mi trasero—. ¡Mierda!

—¡Aguanta! ¡Sólo quedan dos!

—¡Nooo!

Tras dos sacudidas más y, probablemente dos moratones más en el

culo, aparcamos en doble fila y descargamos la estúpida tarta de cinco

pisos. El del Jaguar no para de pitar, de insultarnos y de hacernos gestos

con la mano, pero no le hacemos ni caso. Aún descalza, ayudo a Kate a

trasladar la tarta hasta la inmensa cocina de la señora Link, que va a

celebrar el decimoquinto cumpleaños de su hija por todo lo alto. Dejo a

Kate a su aire y regreso a la furgoneta para esperarla. Hago como que no

oigo los persistentes pitidos de los coches y busco los zapatos en la parte

trasera. Podrían estar en cualquier parte.

Noel Gallagher invade mis tímpanos con Sunday Morning Call desde

el asiento del copiloto y mi corazón, que ya está agitado por el reciente

esfuerzo, empieza a martillearme con fuerza el pecho. Abandono la

búsqueda de los tacones y gateo hasta la parte delantera para responder a la

llamada. Decido ignorar los motivos por los que tengo tantas ganas de

hablar con él.

—Hola —jadeo, y salgo de Margo y me desplomo contra un lateral

del vehículo. ¡Estoy exhausta!

—Vale, esta vez no he sido yo quien te ha dejado cansada, así que ¿te

importaría decirme quién te tiene jadeando como si no hubieses parado de

follar en una semana? —Sonrío. Su voz me causa mucha alegría después

del desastre de los últimos veinte minutos—. ¿Qué son todos esos pitidos?

—pregunta.

—He venido con Kate a entregar una tarta y estamos bloqueando la

carretera —explico, pero me distrae un hombre de negocios rechoncho,

medio calvo y de mediana edad que se acerca con cara de pocos amigos.

—¡Aparta la furgoneta, pedazo de imbécil! —brama mientras hace

aspavientos con los brazos.

«Mierda. ¡Kate, date prisa!»

—¿Quién coño es ése? —grita Pedro desde el otro lado de la línea.

—Nadie —contesto.

El gordo pelón da una patada a la rueda de Margo.

—¡Apártate, zorra!

Maldita sea, es un hombre de mediana edad con alopecia y está muy

cabreado.

Pedro gruñe.

—Dime que no ha dicho lo que acabo de oír. —Su voz se ha tornado

agresiva.

—Tranquilo. Kate ya viene de camino —miento rápidamente.

—¿Dónde estás?

—No lo sé, en alguna parte de Belgravia. —La verdad es que no me

he fijado mucho. Estaba demasiado ocupada rodando por Margo como para

fijarme en los nombres de las calles.

El gordo calvo me empuja.

—¿Estás sorda, zorra estúpida?

Mierda, va a atizarme. Pedro hiperventila al otro lado del teléfono y,

de repente, desaparece. Miro la pantalla y veo que ha finalizado la llamada.

Levanto la vista y miro hacia los escalones que llevan a casa de la señora

Link, pero la puerta está totalmente cerrada. Don Calvorota me empuja

dentro de la furgoneta.

—Por favor, deme cinco minutos —le ruego al capullo iracundo. Si

Kate estuviera aquí, ya habría mordido el suelo.

—¡Mueve esta puta chatarra, gilipollas! —me ruge en la cara. Yo

retrocedo.

Corro hasta la acera, pisando todas las piedrecitas sueltas que hay por

el camino, y subo la escalera hasta la entrada principal de la señora Link.

—¡Kate! —llamo con urgencia, y me vuelvo y sonrío dulcemente al

calvorota agresivo. El hombre me espeta otro aluvión de improperios. Está

claro que necesita unas sesiones de control de la ira—. ¡Kate! —vuelvo a

gritar mientras aporreo la puerta de nuevo. Los cláxones no paran de sonar,

y tengo al hombre más enfadado con el que me haya topado jamás

insultándome sin parar. ¡Me duele el culo y las putas piedras me están

apuñalando los pies!—. ¡¡¡KATE!!! —Vale, ahora también me duele la

garganta.

Entonces me paro a pensar. ¿Ha dejado las llaves en la furgoneta?

Bajo los escalones y regreso para comprobar el contacto; rodeo la

furgoneta por detrás para esquivar al calvo.

Pero parece ser que no está dispuesto a dejar que me libre de él, así

que choco contra su cuerpo gordo y sudoroso cuando llego a la puerta del

conductor.

—¡Ay! —grito, y me alcanza una bocanada de rancio olor corporal.

Me agarra del brazo y me aprieta con fuerza.

—Como no mueves este puto trasto ahora mismo voy a darte hasta

hartarme.

Me apoyo contra la furgoneta y él sigue apretando hasta que me duele

tanto que siento ganas de llorar. ¡Es un puto psicópata! Va a darme una

paliza en una preciosa calle arbolada del pijo barrio de Belgravia; saldré en

todos los informativos matinales de mañana. No pienso volver a hablar a

Kate en la vida. Los ojos se me llenan de lágrimas de terror y sigo pegada a

la puerta de Margo sin saber qué hacer. Es un tipo muy agresivo, seguro

que maltrata a su mujer.

—¡Quítale las manos de encima!

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