sábado, 29 de marzo de 2014
Capitulo 112 ♥
Cuando entro en Almundo’s recorro con la mirada la cara de la gente que
disfruta de su desayuno de domingo y veo a Dan sentado en un rincón, con
el rostro hundido en el periódico dominical. Tiene un aspecto fenomenal,
bronceado y guapísimo. Cruzo el café a toda velocidad y me echo a sus
brazos.—
¡Pero bueno! —Se echa a reír—. ¿Es que te alegras de verme?
Me abraza a su vez mientras yo estoy totalmente encima de él. Estoy
tan contenta de verlo que toda la anticipación, el estrés y la emoción de las
últimas semanas vuelven a desbordarme.
—Oye, nada de eso —me regaña.
—Lo siento. —Aparto la cara de su pecho y me siento a su lado.
Me coge la mano.
—Sécate las lágrimas, anda —me sonríe—. Es lo mejor que te ha
podido pasar en la vida. Estás mejor sin él.
Vaya, ¿se cree que estoy llorando por Matias? ¿Dejo que siga en la
ignorancia? La alternativa sería contarle todo lo demás, y eso no puedo
hacerlo. Nos tiraríamos aquí un mes entero. Me seco las lágrimas.
—Lo sé. Han sido unas semanas de mierda. Estoy bien, de veras.
—Olvídate de él y sigue con tu vida. Tienes que recuperar el tiempo
perdido. —Me pasa la mano por el brazo con afecto—. ¿Qué hay de ese
tipo que tiene a Matias lloriqueando?
Mierda, esperaba evitar cualquier pregunta relacionada con Pedro. Me
hacía ilusiones, claro.
—Se llama Pedro. No es nada. Sólo es un amigo.
—¿Sólo un amigo? —Me mira en absoluto convencido, y yo me llevo
la mano a un mechón suelto de mi recogido.
—Sólo un amigo —repito sacudiendo la cabeza—. Kate tuvo un
momento tenso con Matias y pensó que lo haría callar si exageraba un poco
la verdad.
—Conque hay parte de verdad... —Me observa, inquisitivo.
—No. —Necesito cambiar de tema—. ¿Cómo están mamá y papá?
Me dirige una mirada de advertencia.
—Amenazan con venir a visitarte y dejarte como nueva. Mamá dijo
algo de un extraño que respondía a tu móvil la semana pasada. Imagino que
él es esa «verdad exagerada», ¿no?
Vale, mis maniobras de distracción han fracasado miserablemente.
—Sí, sí. ¿Podemos cambiar de tema, por favor? —sueno molesta.
Dan levanta las manos en un gesto defensivo.
—Vale, vale. Sólo te digo que te andes con cuidado, Paula.
Me hundo en la silla y pienso qué opinarían mis padres de Pedro. No
les gustaría, ni siquiera aunque no tuviera ningún problema con la bebida y
La Mansión. Es evidente que es mayor que yo. Puede que le salgan los
billetes por las orejas, pero eso no va a impresionar a mis padres, y el
hecho de que le guste pasar por encima de quien sea de vez en cuando
tampoco ayuda. Me es casi imposible disimular la frustración cuando se
porta como un crío. Aunque quizá lo rápidamente que ha aceptado mi
negativa de acompañarlo a La Mansión esta mañana sea el cambio que he
estado esperando.
Pedimos café, agua y unas pastas, y charlamos sobre el trabajo de
Dan, sobre Australia y sobre sus planes para el futuro. Le va bien. Su
amigo está ampliando la escuela de surf y quiere que Dan sea su socio. Me
alegro por él pero, por motivos egoístas, por dentro me siento un poco
decepcionada. No parece que vaya a volver a Inglaterra.
—¿Qué tal está Kate? —pregunta mientras mordisquea las esquinas
de su bollo y finge un desinterés total.
Debería abstenerme de mencionar a Sam. No creo que a Dan le guste
ese detalle. De repente me acuerdo de que no me he tomado la píldora, y
empiezo a rebuscar en mi bolso.
—Sigue siendo Kate —digo como si nada, a pesar de que me siento
muy incómoda hablando de ella con Dan. No me parece bien—. ¿Y tú?
¿Alguna chica a la vista? —pregunto arqueando una ceja mientras dejo el
café y cojo el agua.
—No —sonríe—. Al menos, no hay ninguna permanente.
Ya me imagino. Estoy a punto de soltarle la charla sobre el ir de flor
en flor cuando mi móvil empieza a bailar sobre la mesa y Sweet disposition
de Temple Trap suena a todo volumen. Sonrío. ¿Está intentando ser
gracioso? Doy las gracias porque Pedro haya cambiado el tono asignado a
su número, pero necesito hablar con él sobre su manía de hacer lo que le da
la gana con mi móvil.
Sólo es la una en punto. Pensé que tardaría más, pero quizá siga en La
Mansión y sólo esté llamando para ver cómo estoy.
—¡Me encanta esa canción! —exclama Dan—. Déjalo sonar.
Y empieza a cantar, haciéndome reír.
—Tengo que contestar.
Me levanto de la mesa con el móvil y Dan frunce el ceño. Sé que va a
sospechar si me retiro para atender la llamada. Diré que era Kate.
Salgo a la luz del sol.
—Hola —digo con alegría.
—¿Dónde coño estás? —brama Pedro por teléfono.
Lo aparto de mis tímpanos. Ya está exagerando.
—Cálmate. Estoy con mi hermano.
—¿Que me calme? ¡Vuelvo a casa y me encuentro con que has salido
huyendo!
—¡Deja de gritarme, joder! —¿De verdad es necesario?
Ese hombre es imposible. Yo no dije que fuera a esperarlo sentada.
Por Dios santo, estoy en caída libre, a punto de estrellarme contra el suelo
después de que me hayan echado de mala manera del séptimo cielo de
Pedro. Pongo los ojos en blanco de pura desesperación.
—No he salido huyendo. He ido a ver a mi hermano, que ha vuelto de
Australia —le cuento con calma—. Iba a quedar con él ayer, pero me
entretuvieron en otra parte. —No era mi intención ser sarcástica, pero me
sale solo.
—Disculpa las molestias —sisea.
—¿Perdona? —Su hostilidad me deja atónita.
—¿Cuánto vas a tardar? —Su tono de voz no ha cambiado, sigue
siendo el de un capullo. Es posible que me vaya a casa de Kate. No estoy
lista para que me arranquen la piel a tiras por haber quedado con mi
hermano.
—Le he dicho que pasaría el día con él.
—¡Todo el día! —grita—. ¿Por qué no me lo has contado?
¿Por qué? ¡Pues porque sabía que me fastidiaría el plan!
—Tu móvil me interrumpió, y estabas muy ocupado con los
problemas en La Mansión —le espeto.
Se hace el silencio al otro lado del auricular pero todavía lo oigo
respirar trabajosamente. Imagino que ha estado corriendo por el ático,
buscándome por todas partes. Demonios, esto va a ser muy difícil. Ese
cambio que yo creía que se había producido acaba de ser borrado del mapa
de un plumazo.
—¿Dónde estás? —Su tono se ha suavizado un poco, aunque es
evidente que sigue molesto por mi salida secreta.
—En una cafetería.
—¿Dónde?
¡Ni de coña se lo voy a decir! Lo tendría aquí en un santiamén. Lo sé.
Y luego me tocaría a mí explicarle a Dan quién es y de dónde ha salido.
—Eso no importa. Volveré a tu casa cuando termine.
—Vuelve a mí, Paula —dice, y no me cabe duda de que se trata de una
orden. Relajo los hombros.
—Lo haré.
Nos quedamos en silencio y de repente me acuerdo de que hay una
pequeña parte de Pedro que me saca de quicio. ¿De verdad deseaba volver a
todo esto?
—¿Paula?
—Sigo aquí.
—Te quiero. —Lo dice con dulzura, pero suena forzado. Sé que quiere
pelea y le gustaría arrastrarme de vuelta al Lusso, y no puede hacerlo si no
estoy localizable.
—Lo sé, Pedro. —Cuelgo y respiro tranquila y agotada.
Estoy empezando a desear no haber descubierto el problema de Pedro
con la bebida, ese al que todo el mundo parece no darle ninguna
importancia. Yo, por otra parte, me preocupo como una idiota por temor a
empujarlo a que vuelva a empinar el codo. Siempre he defendido que saber
es poder, pero ahora mismo preferiría lo de que la ignorancia es una
bendición. Así podría colgarle a ese hombre controlador y exigente y
dejarlo con su cabreo. Pero ahora lo sé, le he colgado y me preocupa
haberlo dejado con la botella de vodka en las manos.
—¿Va todo bien?
Me vuelvo y veo a Dan, que se acerca con mi bolso. Le sonrío.
—Sí.
—Ya he pagado la cuenta. Ten. —Me pasa el bolso.
—Gracias.
—¿Estás bien? —pregunta frunciendo el ceño.
Pues la verdad es que no. La «verdad exagerada» está poniendo a
prueba mi paciencia.
—Estoy bien. —Pongo cara de alegría—. ¿Adónde te apetece que
vayamos?
—¿Al Tussaud? —pregunta con una amplia sonrisa.
Se la devuelvo.
—Estupendo. Vamos.
Me ofrece el brazo, se lo acepto y echamos a andar. He perdido la
cuenta de las veces que hemos vagado por las salas del museo de Madame
Tussaud. Es una tradición. No hay una sola figura de cera con la que no nos
hayamos hecho una foto. Nos hemos colado en las zonas restringidas y
hemos hecho de todo con tal de hacernos las fotos que necesitábamos para
ir actualizando el álbum. Quizá sea infantil, pero nos gusta.
Hemos pasado un día fantástico. Me he reído tanto que me duelen las
mejillas. Resulta que las únicas figuras nuevas en el museo son miembros
de la realeza. Me he hecho una foto con Guillermo y Catalina, y Dan ha
quedado inmortalizado tocándole las tetas a la reina. Hemos cenado en
nuestro restaurante favorito de China Town y nos hemos tomado un par de
copas de vino en un bar. Me he sentido algo culpable cuando he bebido el
primer sorbo, pero no iba a pedir un vaso de agua, Dan habría hecho
preguntas. Además, una vez terminada la primera copa, la segunda ha
entrado con facilidad.
Abrazo a Dan con todas mis fuerzas cuando nos despedimos en el
metro. —¿Cuándo te vas?
—Dentro de un par de semanas. Mañana me voy a Manchester a
visitar a los amigos de la universidad, pero el domingo que viene estaré de
vuelta en Londres, nos veremos antes de que me vaya, ¿verdad?
Lo suelto.
—Sí. Llámame en cuanto estés aquí otra vez.
—Vale. Cuídate mucho. —Me da un beso en la mejilla—. Tendré el
móvil conectado por si me necesitas.
—Muy bien —sonrío. Está preocupado.
Se aleja a grandes zancadas y yo deseo que se quede para siempre.
Nunca lo he necesitado tanto como ahora.
Entro en el vestíbulo del Lusso y veo que Clive está al teléfono.
Avanzo con decisión hacia el ascensor. No tengo ganas de hablar.
—Adiós y gracias. ¡Paula! —me grita.
Me detengo y pongo los ojos en blanco antes de volverme.
—¿Sí?
Cuelga el teléfono y viene hacia mí.
—Ha venido una señora. He intentado llamar al señor Alfonso pero no
contestaba. No podía dejarla subir. Era una señora de mediana edad.
—¿Una señora? —Clive tiene toda mi atención.
—Sí, una mujer guapa con el pelo rubio ondulado. Ha dicho que era
urgente, pero ya conoces las normas. —Levanta las cejas.
Vaya si conozco las normas y, por una vez, me alegro de que las
hiciera respetar. ¿Pelo rubio y ondulado? Entonces seguro que no era
Sarah.—
¿De qué edad, más o menos?
Se encoge de hombros.
—Unos cuarenta y pocos.
Vale. Sarah no me cae bien, pero no aparenta tener cuarenta años.
—¿A qué hora ha sido eso, Clive?
Mira el reloj.
—Hace como media hora.
—¿Ha dicho cómo se llamaba?
Frunce el ceño.
—No. La he detenido en la puerta. Quería subir directamente al ático,
pero cuando no la he dejado pasar y he dicho que tenía que llamar al señor
Alfonso ha empezado a contestarme con vaguedades.
—No te preocupes, Clive. Gracias.
Doy media vuelta y sigo hacia el ascensor. Subo e introduzco el
código. ¿Una señora? ¿Una señora que no da detalles y que pensaba que
podía subir al ático sin ser anunciada?
Se abren las puertas, salgo y me encuentro con que la puerta de casa
de Pedro está abierta. ¿Es que no le preocupa la seguridad? Vale que tiene
un conserje abajo que vigila quién entra y quién sale las veinticuatro horas
y también un equipo de seguridad, pero no le iría mal un poco de sentido
común. Cierro la puerta al entrar y me pongo en guardia al instante. El
equipo de sonido está en marcha. No está tan alto como la última vez, pero
es la canción lo que me pone nerviosa. Es la misma que estaba sonando el
domingo pasado, cuando encontré a Pedro borracho.
Angel.
Corro por el ático, sin apagar la música. Encontrar a Pedro es más
importante que quitar la canción que me recuerda a aquel día nefasto. Voy
directa a la terraza pero no está allí. Tiro el bolso, subo los escalones de
dos en dos y entro en el dormitorio. Nada. ¿Dónde está?
Me entra el pánico pero entonces oigo correr el agua en el baño. Me
precipito hasta allí y encuentro a Pedro sentado en el suelo de la ducha.
Sólo lleva puestos los pantalones cortos de correr, que están empapados y
pegados a sus muslos. Tiene la espalda apoyada en la fría pared de
azulejos, la cabeza gacha, y está abrazándose las rodillas mientras el agua
cae encima de él.
Como si notara mi presencia, levanta la cabeza y me mira a los ojos.
Sonríe un poco pero no puede ocultar el dolor en la mirada. ¿Cuánto
tiempo llevará así? Suspiro de alivio y de exasperación antes de meterme
en la ducha, vestida, sentarme en su regazo y rodearle el cuerpo empapado
con las piernas y los brazos.
Hunde la cabeza en mi cuello.
—Te quiero.
—Lo sé. ¿Cuántas vueltas has dado? —Ya ha hecho esto antes: corre
por los parques reales para no pensar... en mí.
—Tres.
—Eso es demasiado —lo regaño. Estamos hablando de unos cuarenta
kilómetros, no de una carrera rápida para aliviar el estrés. Su cuerpo no
está lo bastante fuerte para eso.
—Me puse fatal cuando vi que no estabas.
—Ya me he dado cuenta —digo sólo con una pizca de sarcasmo.
Lleva las manos a mis caderas y va a por mi pelvis. Doy un salto.
—Deberías habérmelo dicho —añade, muy serio.
Es posible, pero probablemente me habría chafado los planes, y no
puede irse a correr una maratón cada vez que estamos unas horas
separados.
—Iba a volver luego —intento darle seguridad—. No puedo estar
siempre pegada a ti.
Deja escapar un largo suspiro y se hunde más en mi cuello.
—Ojalá lo estuvieras —gruñe—. Has bebido.
De repente me siento rara e incómoda.
—¿Has comido? —No se me ocurre qué otra cosa decir. Habrá
quemado un millón de calorías corriendo como Forrest Gump.
—No tengo hambre.
—Tienes que comer, Pedro —protesto—. Te prepararé algo.
—Luego. Estoy muy a gusto.
Así que lo dejo que se quede a gusto un rato más. Me siento en su
regazo, con el vestido pegado al cuerpo y el pelo mojado, y dejo que me
abrace. No puede hacerme esto cada vez que estemos un rato separados, no
puedo aceptarlo. Lo que está claro es que no se ha producido ningún
cambio en él y me he llevado una amarga decepción. ¿Y ahora, qué?
—Odio esa canción —digo en voz baja después de pasarnos una
eternidad pegados como lapas.
—A mí me encanta. Me recuerda a ti.
—A mí me recuerda a un hombre que no me gusta. —No quiero
volver a escucharla.
—Lo siento. —Me muerde el cuello y recorre con la lengua mi
mandíbula—. Me duele el culo —masculla.
Es la ducha más larga que me he dado en la vida.
—Estoy muy a gusto —lo imito.
Vuelve a llevar la mano a mi cadera y yo salto y doy un grito.
—¡Para! —chillo—. Tienes que comer.
—Cierto. Y yo quiero a mi Paula, desnuda y en nuestra cama, para
poder darme un atracón.
Se pone de pie conmigo en brazos, rodeándole el cuerpo, y sin apenas
esfuerzo, teniendo en cuenta la mano maltrecha y el cuerpo exhausto.
¿«Mi Paula»? Me parece bien ¿«Nuestra cama»? Mejor no voy a pensar
en eso por ahora.
—Me apunto, pero mi hombre tiene que comer. —Ya he hecho que
corriera hasta caer redondo y sin una gota de combustible en el cuerpo; no
voy a ser también la culpable de que se muera de hambre—. Primero
comida, luego mimos.
—Mimos ahora, comida luego —contraataca mientras sale de la
ducha conmigo en brazos y me deposita en el lavabo doble.
—Te voy a dar de comer y punto —lo informo. Lo digo muy en serio
—. ¿Dónde está la venda?
—Y punto, ¿eh? —Coge una toalla de baño de la pila del estante y
empieza a secarme el pelo con la mano sana. Me vendría bien un poco de
champú y acondicionador—. Me molestaba. —Le resta importancia a mi
preocupación.
Empiezo a temblar. El vestido empapado me roza el cuerpo y tengo la
carne de gallina. Pedro me envuelve con la toalla y tira de las esquinas para
atraerme hacia él. Me besa con fuerza en los labios. Lo veo hacer una
mueca.—
Y punto. Se me empieza a pegar la forma de ser de mi hombre.
—Tu hombre quiere pegarse a ti —me susurra acercando la
entrepierna a mi muslo mientras me besa con dulzura.
—Por favor, come algo primero.
Se aparta con cara de pena.
—Vale. Primero comida y luego mimos.
¿Otra concesión? Esto sí que es hacer progresos. Normalmente nada
se interpone en su camino a la hora de tomarme cuándo y cómo le apetece.
—¿Qué tal va la mano?
Mira la mano que sujeta la esquina de la toalla.
—No va mal. Fui bueno y le puse un poco de hielo.
—¡Qué valiente!
Sonríe, me da un beso de esquimal y luego otro en la frente.
—Vamos. Necesitas ropa seca. —Intenta levantarme del lavabo pero
lo aparto—. ¡Oye! —protesta.
—La mano. No se te va a curar nunca si sigues llevándome en brazos
a todas partes.
Salto del lavabo, me quito las bailarinas mojadas y me bajo la
cremallera del vestido antes de quitármelo por la cabeza. Entonces me
carga sobre sus hombros y me saca del cuarto de baño.
—Me gusta llevarte en brazos —sentencia tirándome en la cama—.
¿Dónde están tus cosas?
—En la habitación de invitados —digo recuperándome del viaje por
las alturas.
Deja claro su desagrado con un gruñido antes de salir del dormitorio
para volver poco después con todas mis cosas repartidas entre su mano
sana, debajo del brazo y la boca. Lo echa todo sobre la cama.
—Ya está.
Saco de la bolsa unas bragas limpias y mi sudadera negra extragrande,
pero pronto me arrebata las bragas de algodón. Frunzo el ceño cuando lo
veo rebuscar en mi bolsa y sacar unas de encaje.
Me las pasa.
—Siempre encaje —dice asintiendo con la cabeza, y yo obedezco sin
pensar y sin quejarme.
Me pongo las bragas de encaje y la sudadera gigante. Pedro se quita
los pantalones de correr mojados y se pone otros de algodón azul. Puedo
ver que tiene los músculos de la espalda más definidos cuando se agacha
para subirse los pantalones. Sentada, lo admiro desde la cama antes de que
me coja otra vez en brazos y me lleve a la cocina.
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