cuerpo que termina con un beso suave en mi barbilla.
—Levanta —me ordena agarrándome las bragas.
Me apoyo en la encimera y dejo que las deslice por mis piernas.
—Ahora vuelvo. Tengo hambre.
De mala gana, le suelto el pelo y se dirige a la nevera como su madre
lo trajo al mundo, sin ningún pudor. Me fascina más allá de lo
humanamente posible la visión de su culo duro, de esas piernas esbeltas y
de la espalda suave y poderosa. Sus andares son todavía mejores cuando
está en cueros.
—¿Disfrutando de las vistas?
Levanto la mirada y veo que está observándome. No sé cuánto tiempo
llevo soñando despierta. Podría pasarme la vida contemplándolo. Lleva un
bote de nata montada en la mano y sonríe antes de destaparlo, agitarlo
ligeramente y echarse un poco del contenido en la boca. Lo observo con
atención. Está muy orgulloso de sí mismo.
—¿Y eso en tu mundo es un alimento básico?
Vuelve junto a mí agitando el bote.
—Pues claro —dice muy serio mientras vuelve a colocarse entre mis
piernas y me levanta la barbilla con la punta de un dedo—. Abre.
Abro la boca y me apoya el tubo en la lengua. Presiona el seguro y
deposita una bola de nata en mi boca. La cierro y la nata se derrite en mi
lengua al instante.
Coloco las manos tras de mí y me apoyo sobre ellas mientras él me
recorre el torso con la mirada.
—A ver qué se le ocurre, señor Alfonso —lo reto.
Se le iluminan los ojos y me lanza una sonrisa arrebatadora.
—Está un poco fría —me avisa, y traza un sendero recto y
descendente por el centro de mi cuerpo. Doy un respingo ante la frialdad
inicial de la nata, que me cubre desde el cuello hasta donde comienza la
pelvis. Sonríe y echa un poco más justo allí. Miro el largo sendero de
bolitas blancas y siento que los pezones se me endurecen ante la
proximidad del frío. Da un paso atrás y sus ojos bailan de felicidad.
—Un poco típico, ¿no? —Miro su rostro satisfecho.
Se echa un poco más de nata en la boca.
—Los clásicos son los mejores.
Vuelve a marcharse. ¿Adónde va? Sigo sentada en la barra de
desayuno cubierta de nata y lo veo rebuscar por los armarios de la cocina.
—Aquí está —sentencia.
¿Aquí está qué? Abre un cajón, saca una espátula y vuelve a mi lado
dando golpecitos maliciosos a un tarro de crema de cacao. Se coloca otra
vez entre mis piernas, desenrosca la tapadera y la tira sobre la bancada de
mármol.
Arqueo una ceja, inquisitiva, aunque sé perfectamente qué está
tramando. Hunde la espátula en el tarro, saca una buena cantidad de crema
de cacao y me pega con la espátula en el pecho.
—¡Ay! —Me duele la teta del golpe.
Sonríe y empieza a trazarme círculos de chocolate alrededor del
pezón. El dolor combinado con los remolinos rítmicos hace que ronronee
desde lo más profundo de mi ser. La arruga de la frente de Pedro aparece en
cuanto empieza a morderse el labio. Continúa esparciendo la crema de
cacao por mi cuerpo, a ambos lados de la nata, dibujando círculos y
untándome allá por donde pasa.
Cuando vacía el tarro y ha cubierto todo mi torso a su gusto, deja los
instrumentos de trabajo a un lado y retrocede para admirar su obra. La
sonrisa que aparece en su hermoso rostro hace que quiera abalanzarme
sobre él y tirarlo al suelo. Está verdaderamente satisfecho consigo mismo.
—Mi pastelito de Paula —dice relamiéndose los labios.
Miro mi cuerpo embadurnado y luego sus ojos danzarines.
—Supongo que, ahora que ya te has divertido, debería ir a ducharme.
Hago ademán de moverme, pero en un abrir y cerrar de ojos me
detiene abrazándome, tal y como suponía que haría. Estoy pegada a él y
resbalo. Mis pechos se mueven cuando me río y se los restriego por el
torso, pero no en plan gilipollas.
—Qué lista —murmura, y se aparta. Hay hebras de chocolate y nata
entre nuestros cuerpos. Me toma las manos y me empuja con suavidad
hasta que estoy recostada del todo sobre la espalda, mirándolo—. Ni
siquiera he empezado aún a divertirme, señorita.
Sonrío.
—Estoy sucia.
—Ah, cómo me gusta esa sonrisa. No estarás sucia mucho más
tiempo. —Se agacha sobre mí y me pasa la erección por el sexo. Con el
dedo índice, dibuja un sendero de chocolate que comienza en mi pezón. No
aparta la mirada de la mía cuando se lo lleva a los labios y lo lame con el
deleite más espectacular.
—Hummm. Cacao, nata y sudor —dice con voz ronca.
Me estremezco bajo sus ojos penetrantes y siento el clítoris encendido
mientras me retuerzo contra la encimera bajo su embriagadora mirada.
Levanto los brazos para atraerlo hacia mí. Necesito tocarlo. Me deja
cogerlo, sus labios caen sobre los míos y apoya el pecho en mí, de modo
que nos restregamos y nos embadurnamos otra vez. La calidez de su cuerpo
sobre el mío me catapulta directamente al séptimo cielo de Pedro.
Mediante pequeños lametones, lo persuado para que saque la lengua y
sonrío contra sus labios cuando gime. Desliza un brazo bajo mis nalgas y
me levanta de la encimera, me sujeta mientras me tiene en alto y reclama
mi boca. Continúo con los brazos alrededor de su cuello y los dedos
enroscados en su pelo. Él sigue volviéndome loca de placer y yo estoy
retorciéndome bajo sus caricias.
Se aparta de mis labios y comienza a besarme desde la mejilla hasta la
oreja, rozando con sus adorables labios cada milímetro del camino e
intensificando la sensación de pesadez que se acentúa en mi entrepierna.
Lanzo un gemido grave y largo y mis dedos se enredan con fuerza en su
pelo cuando me muerde el lóbulo y tira de él con los dientes. Joder, voy a
levitar de placer.
—Pedro —jadeo, y arqueo la espalda.
—Lo sé —murmura en tono bajo junto a mi oído—. ¿Quieres que me
ocupe de ello?
—¡Sí! —grito.
Me da un beso tierno en el hueco de la oreja y me suelta con cuidado
hasta que quedo tumbada de nuevo boca arriba.
Con la parte superior del cuerpo y un brazo pegados a mí, me aparta
con suavidad el pelo de la cara. Lo observo estudiarme con atención,
percibo la marea de sus ojos verdes, su mente dando vueltas.
—Todo es mucho más llevadero contigo, Paula —afirma en voz baja
mientras busca algo en mis ojos.
Absorbo sus palabras. Su confesión me ha dejado de piedra. ¿Qué es
más llevadero? No puedo soportar la vaguedad de la frase, especialmente
ahora. Este hombre es más de lo que parece a simple vista, es más que
confianza en sí mismo y riqueza, más que alguien posesivo, gentil,
controlador y dominante. Podría seguir así toda la vida. Pero hay más.
Lo miro. Quiero hacerle preguntas pero, cuando tomo aliento para
hablar, deja caer la cabeza sobre mi pecho y pasea la lengua por mi ya
endurecido pezón, trazando círculos y lamiendo la crema de cacao. Me
aparto cuando lo muerde, la puñalada de dolor me hace arquear la espalda
y propulsar el pecho hacia él, lo cual lo obliga a retroceder un poco para
hacerme sitio.
—¿Te gusta? —pregunta.
—¡Sí!
—¿Quieres más de mi boca?
—¡Jesús, Pedro!
Emite un gruñido de satisfacción y divide la atención entre mis dos
pechos, recogiendo, mordiendo y chupando el chocolate de forma gradual y
meticulosa.
Gimo. Estoy sudada y pegajosa. Mis dedos continúan enredados en su
pelo mientras me estremezco bajo su lengua experta. Una caricia en mi
sexo bastaría para lanzarme a un estado de estupor desesperado.
—Ya estás limpia —dice mientras se aparta de mi cuerpo y entrelaza
la mirada con la mía—. Pero ella quiere más de mi boca.
Se lame los labios, se aparta de mí y el estómago me da un vuelco.
Dios mío, no voy a durar ni un segundo.
Me mira directamente al punto donde se unen mis caderas. Me coloca
las palmas de las manos en los muslos y los separa un poco más.
—Joder, Paula, estás chorreando.
Respira hondo y observo que el subir y bajar de su pecho se acelera.
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