domingo, 30 de marzo de 2014

Capitulo 115 ♥



Estoy helada. Hago una mueca de dolor ante la luz que ataca mis ojos, los
abro de golpe y me incorporo de un salto.
¿Dónde está?
Me aparto el pelo de la cara, salto de la cama y corro al cuarto de
baño. No está. Presa del pánico, vuelo escaleras abajo y no paro hasta
llegar a la puerta de la cocina.
—Buenos días. —Deja su taza de café y se acerca hacia mí. Es como
si estuviera mirando a otro hombre. ¿He estado soñado los últimos dos
días?
Lleva puesto un traje gris marengo, una camisa blanca reluciente y
una corbata rosa claro. Se ha afeitado y se ha peinado la maraña rubia
ceniza a un lado. Sus ojos verdes brillan encantadores. Está impresionante.
—Bu... buenos días —tartamudeo. Estoy confusa.
Se acerca y me rodea la cintura con el brazo, luego me levanta del
suelo y me aproxima a su boca.
—¿Has dormido bien? —pregunta rozándome los labios con los
suyos.—
Mmm —murmuro. Me he quedado estupefacta. Estaba segura de
que esta mañana iba a tener que librar una batalla campal con don Difícil.
—¿Ves? Por eso te quiero aquí mañana, tarde y noche —musita.
—¿Por qué? —Frunzo el ceño. ¿Para que pueda hacer esto todas las
mañanas? Tal vez lo de mudarme con él no sea tan mala idea, después de
todo.
Me sienta sobre sus rodillas y se aparta para poder verme mejor. Se
pasa la mano lastimada por la barbilla recién afeitada, levanta una ceja y
me dirige una media sonrisa.
«¡Mierda! ¡Pero si estoy en pelotas!»
—¡Joder! —Me vuelvo e inicio una rápida retirada hacia la escalera.
No llego muy lejos. Me pilla a medio camino, me rodea la cintura con
el brazo y me levanta del suelo.
—¡Cuidado con esa boca!
Me lleva de vuelta a la cocina y me sienta sobre la isleta.
—¡Ay! —grito al notar el frío del mármol en mi trasero.
Se echa a reír y me separa los muslos antes de meterse entre ellos.
—Quiero que bajes a desayunar así todos los días. —Su índice se
pasea desde mi rótula hasta la ingle. Ahora estoy más que despierta. Y
tensa.—
Estás muy seguro de que voy a estar aquí todas las mañanas —digo
con toda la tranquilidad con la que una mujer puede hablar cuando un dios
le está pasando el dedo por el vello púbico.
Estoy intentando mantener el control y comportarme como si nada,
pero lo cierto es que estoy tiesa como un palo y él lo sabe. De todos modos,
no puede obligarme a cumplir lo que he prometido en mitad de un
orgasmo.
Lucha por contener una sonrisa.
—Lo estoy porque tú aceptaste. Lo que dijiste exactamente fue...
Mira al techo como si se estuviera concentrando mucho y luego me
mira a mí.
—Ah, ya me acuerdo. Dijiste: «¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! ¡Joder, sí!» —Pierde la
batalla por contener la risa y las comisuras de sus labios se levantan
picaronas mientras introduce un dedo en mi interior.
Me tenso todavía más.
—¡Fue en un momento de debilidad! —No puedo ocultar el deseo en
mi voz. Me ha pillado.
Traza círculos con el pulgar sobre mi clítoris y empiezan a dolerme
los músculos de las piernas. Cambio de postura sobre la encimera para
facilitarle el acceso. Soy una chica fácil.
—¿Tengo que recordarte por qué fue una buena decisión? —Me besa
en los labios e introduce un segundo dedo en mí. De repente, soy puro
deseo. No, no hace falta. No tiene sentido pero quiero el recordatorio. Lo
cojo de la chaqueta, aprieto los puños y gimo en su boca. Noto cómo se ríe
contra mis labios antes de soltarlos y tumbarme sobre la isla de la cocina.
El frío del mármol se extiende por mi cuerpo, pero en estos momentos no
me importa lo más mínimo. Lo necesito... otra vez.
Su mirada me quema. Se desabrocha el cinturón y los pantalones a
toda prisa y luego se baja los calzoncillos y deja en libertad su erección
matutina. Con un par de movimientos bien coordinados, me coge por
debajo de los muslos y tira de mí hacia su polla expectante.
—¡Éste es otro motivo! —ruge retirándose y volviendo a adentrarse
en mí.
—¡Ay, Dios! ¡Pedro! —Echo la cabeza atrás sobre el mármol y arqueo
la espalda para volver a él.
Por el amor de Dios, este hombre sabe moverse. Marca un ritmo
estremecedor que me tiene agarrada al borde de la encimera con todas mis
fuerzas, o me caería al suelo.
—¡Joder, eres perfecta, nena! —Se introduce en mí de nuevo, con
fuerza. Se me escapa un gemido de desesperación.
No sé qué hacer. Es incansable y carga una y otra vez. Estoy mareada.
Me coge una teta con la mano y la masajea con fuerza sin perder el ritmo
de sus contundentes estocadas.
—¿Te refresca la memoria? —ruge, pero soy incapaz de responder.
Me he quedado muda. Cada una de sus poderosas arremetidas me acerca
más y más al final.
Cojo aire y contengo la respiración cuando llego al borde del
orgasmo.
—Respóndeme, Paula —me ordena—. ¡Ahora!
—¡Sí!
—¿Vas a vivir conmigo? —Me aprieta la teta con más fuerza. Sus
caderas siguen embistiéndome sin descanso.
—¡Ay, Dios! ¡Ay, Dios! ¡Pedro!
—¡Responde a la puta pregunta, Paula!
Las continuas estocadas me están volviendo loca, la cabeza me da
vueltas y mi vientre tiembla sin control.
—¡Sí! —chillo mientras suelto todo el aire que tenía en los pulmones
y me catapulto a una sensación de plena satisfacción que me hace temblar
de pies a cabeza y me arquea la espalda. Mi cuerpo se sacude
repetidamente con violentos espasmos.
—¡Sí! —Él se derrumba sobre mí y me aprisiona contra el mármol.
Dejo caer los brazos por encima de la cabeza con una exhalación de
agotamiento y permito que mis músculos se contraigan de forma natural a
su alrededor mientras yacemos jadeando y sudorosos en la isleta de la
cocina. Estoy hecha polvo. Podría volver a la cama pero tengo que ir a
trabajar y, aunque no se lo confesaré nunca a Pedro, la verdad es que no
tengo ningunas ganas de ir. Preferiría que me llevara en brazos al
dormitorio y me hiciera el amor todo el día, y quizá también toda la noche.
—Buenos días —jadeo.
Él levanta la cabeza para mirarme.
—Dios, no sabes cuánto te quiero.
—Lo sé. Te has afeitado —suspiro.
Necesito volver a acostarme. Me siento como si acabara de correr una
de sus maratones.
—¿Quieres que me deje barba?
Le acaricio con la palma de la mano su nuevo rostro suave y limpio.
—No, me gusta verte la cara.
Me besa la mano, se levanta y me da otro beso en el estómago antes
de salir de mí y arreglarse los pantalones.
Me observa mientras se abrocha el cinturón y luego se seca los labios
húmedos y lascivos con el dorso de la mano.
—Tengo que irme. Sal de mi vista antes de que vuelva a poseerte. —
Me coge de la mano y tira para levantarme del mármol; luego me da un
beso largo y sensual en los labios—. Corre.
Sopeso la posibilidad de no moverme ni un milímetro. Quiero más,
pero él parece satisfecho con continuar su día sin mí, y eso debe de ser
bueno. No quiero descarriarlo, así que me marcho, en cueros, y consciente
de que me está mirando. Me detengo en el arco de la entrada y me vuelvo.
Está de pie con las manos en los bolsillos, las piernas un poco abiertas y
los ojos brillantes. Me observa con atención.
—Que tengas un buen día —sonrío, me paso el dedo por la raja
húmeda y luego me lo llevo a la boca. Sí, soy toda una tentación.
—Que te den, Paula—me espeta.
Me río, doy media vuelta y subo escaleras arriba. ¡Soy un zorrón!
Pero me da igual. Esta mañana está muy contento y eso me tiene
gratamente sorprendida. Me estaba preparando para una batalla campal,
para intentar salir del ático sin Pedro y sumergirme en mi jornada laboral.
Esto es hacer progresos. Estoy feliz.
Es lunes y tengo un montón de cosas que hacer. Me siento poderosa y
necesito un vestido acorde con mi actitud. Gracias a Dios, Kate tuvo la
iniciativa de meter algo de ropa de trabajo en la bolsa y... mi vestido negro
sin mangas con falda lápiz.
Me ducho y hago lo que puedo con el pelo antes de embutirme en el
vestido y coger los tacones rojos para bajar la escalera, pero me detengo en
seco en el umbral de la puerta.
¡Mierda!
No tengo el coche aquí y necesito las carpetas que están en el interior.
Salgo del ático a toda velocidad. Clive está en el vestíbulo, recogiendo un
paquete. Corro hacia la luz del día y me dirijo a él mientras me pongo las
gafas de sol.
—¡Clive, necesito un taxi!
—Paula, ¿qué tal estás? —me sonríe, feliz—. Tu coche te está
esperando.
—¿Mi coche?
Señala un Range Rover negro y veo a John, que está sentado sobre el
capó hablando por el móvil. Lleva puestas las gafas de sol y el traje negro
de rigor. Me dirige una inclinación de la cabeza, su saludo habitual.
Empiezo a caminar hacia él pero me acuerdo de algo. Me vuelvo hacia
Clive.—
¿Ha hablado Pedro contigo sobre la visita de ayer?
—No, Paula.
Clive vuelve a su mesa.
Hum, ya me lo imaginaba. Me acerco a John y oigo el final de su
conversación:
—La tengo al lado, Pedro. Llegaré en seguida. —Su voz grave hace
que siempre parezca estar de mal humor. Cuelga y con la cabeza señala el
coche. Eso significa que quiere que suba.
Me dirijo hacia el asiento del acompañante. Si no tuviera tanta prisa,
protestaría.
—¿Por qué estás aquí? —pregunto mientras subo al coche.
—Pedro me pidió que te llevara a trabajar. —No parece impresionado.
No quiero causarle molestias. Pedro debe de haberse dado cuenta antes
que yo de que mi coche no estaba aquí, pero soy perfectamente capaz de
coger un taxi. No hacía falta que lo arreglara para que alguien me llevara.
Además, ¿por qué no se ha quedado y me ha llevado él?
—Necesito que me lleves donde está mi coche, ¿te importa? Está en
casa de Kate, en Notting Hill.
Asiente, baja la ventanilla y apoya el codo en el marco. Tiene pinta de
ser un tío duro, un cabrón de armas tomar. Me pregunto cómo se
conocieron Pedro y él. Sí, trabaja para Pedro, pero parece saber lo de su
problema con la bebida (o que no tiene ningún problema con la bebida, lo
que sea). Tengo un millón de preguntas en la punta de la lengua pero me
resisto. Si he aprendido algo sobre el grandullón de John es que no es muy
hablador. Entonces se me escapa una pregunta.
—¿Has arreglado ya la puerta de entrada?
Se vuelve despacio hacia mí y veo que frunce ligeramente el ceño. Le
sostengo la mirada pero él sigue sin contestar.
—Las puertas de la entrada de La Mansión —insisto—, las que se
estropearon el domingo.
Asiente un par de veces y vuelve a mirar a la carretera.
—Todo arreglado, muchacha.
Seguro que sí. ¿Sabrá lo que estoy pensando?
Realizamos el trayecto en silencio, salvo esa especie de zumbido
constante que emite él. Me deja en casa de Kate.
—Gracias, John.
—No hay de qué —masculla, y acto seguido desaparece.
Son las ocho. Tengo tiempo, así que corro por el sendero que lleva a
casa de mi amiga.
Entro y me la encuentro batiendo un cuenco enorme de azúcar y
mantequilla.
—Hola. —Meto el dedo en el cuenco.
Lo aparta con la cuchara.
—¡Fuera! ¡Tengo mucho que hacer! Ayer no hice nada de nada. —
Está nerviosa, lo que no es nada habitual en ella, que siempre parece estar
tranquila y tenerlo todo bajo control. ¿Qué la habrá puesto así?
—¿Ah, sí? —me río.
—Muy divertido —me suelta mientras echa harina en la balanza.
Tomo la sensata decisión de dejarlo estar.
—¿Qué tal tu hermano? —me pregunta.
Vaya, hemos pasado de «Dan» a «hermano».
—Está bien —digo simplemente; no voy a entrar en detalles.
—¿Y Pedro? —pregunta con la lengua fuera mientras se inclina para
calibrar la balanza.
—Sí. —Me siento en uno de los sillones.
Se endereza y me mira inquisitiva. No he tenido tiempo de darle
detalles, hay demasiadas cosas sobre las que quiero saber su opinión.
—¿Paula?
Suspiro.
—Quiere que me vaya a vivir con él. He dicho que sí, pero sólo
porque me echó lo que él llama un polvo de entrar en razón cuando le dije
que no, seguido de un polvo de recordatorio esta mañana. —Me encojo de
hombros.
Me mira boquiabierta.
—¡Caray!
Me echo a reír.
—Ya.
—¿No es un poco pronto?
La pregunta me sorprende pero me alegro de que sea de la misma
opinión que yo.
—Eso creo yo también. Me quiere por la mañana, por la noche y un
poco entremedias. Ya es bastante terrible, con todas sus exigencias, su
manía de controlarlo y preocuparse por todo. Podría perder mi identidad.
—Pues claro. ¿Se lo has dicho a él? —Echa la harina en el cuenco y
comienza a batir la mezcla otra vez.
—No. Oye, ¿qué pasó en La Mansión el sábado por la noche, y por
qué no contestaste a ninguna de mis llamadas? —inquiero.
Me clava sus brillantes ojos azules.
—¡Nada! —me ladra a la defensiva—. Se me olvidó devolverte las
llamadas.
Sospecho de inmediato.
—Me refería a lo de la policía —digo con una ceja levantada. Le ha
faltado tiempo para decirme que nada. ¿Qué habrá estado haciendo?
—¡Ah! —Se pone nerviosa y temblorosa y vuelve a batir la masa para
tartas con demasiada fuerza—. Pues no sé. Pedro apareció y la policía se
fue poco después.
—¡Hola, nena!
La voz cantarina de Sam procede de la puerta, y las dos alzamos la
vista a la vez.
Toso, mirando hacia todas partes menos a él.
—Hola —digo levantando la mano para saludarlo. Me he puesto roja
como un tomate e, incómoda a más no poder; miro a Kate, suplicándole en
silencio que haga algo con ese cabroncete descarado.
—Samuel, ponte algo de ropa encima —lo riñe ella con una pequeña
sonrisa.
—Venía a ayudar —replica.
Sigo mirando a todas partes menos a él. Pedro tenía razón: es un
exhibicionista. Está en cueros. Lo único que lleva puesto es uno de los
diminutos delantales de Cath Kidston de Kate. Pasa junto a mí y mis ojos
vagan hacia su trasero, prieto y al descubierto.
—Ya has hecho que me retrase bastante —gime Kate dándole un
azote en el culo con una espátula cubierta de masa para tartas.
—Espero que la tires —digo, y me echo a reír.
Ella también ríe y empieza a lamer la espátula con una sonrisa de
oreja a oreja. Disfruta viéndome tan incómoda.
Sam se vuelve hacia mí con la sonrisa más grande que he visto nunca
en su rostro picarón. Es obvio que él también disfruta viendo lo incómoda
que estoy. Entonces se inclina un poco hacia adelante y le planta el culo en
la cara a Kate.
—Ahora vas a tener que lamerlo todo.
Azorada, salto de inmediato del sillón.
—Mejor me voy —suelto a toda velocidad con una vocecita aguda y
chillona. No quiero presenciar la «operación limpieza del culo cubierto de
masa para tartas de Sam».
—¡Hasta luego! —Kate se ríe a carcajadas al ver cómo salgo huyendo.
—Oye, ¿cómo está mi colega? —pregunta Sam.
No vuelvo la cabeza por miedo a lo que pueda ver.
—¡Bien! —grito cerrando la puerta al salir.
En mi mente no dejo de darles vueltas a las respuestas breves y
cortantes de Kate a mis preguntas sobre La Mansión. Ni siquiera quiero
imaginar lo que estoy pensando.

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