encuentro con una mujer menuda y rubia en el vestíbulo. Es de mediana
edad y parece un duendecillo, tiene unas facciones muy afiladas y el pelo
corto. El traje negro no pega con la palidez de su piel.
—Usted debe de ser la señorita Chaves —dice al tenderme una mano
macilenta—. Soy Ingrid. Mikael le dijo que vendría yo, ¿verdad? —Tiene
un acento muy danés.
—Ingrid, llámame Paula, por favor. —Le acepto la mano y se la
estrecho suavemente. Parece muy frágil.
—Claro, Paula. —Sonríe y asiente.
—Mikael me llamó ayer y me dijo que tenía que quedarse unos días
más en Dinamarca.
—Sí, así es. Yo te enseñaré el edificio. Aún no han terminado las
obras, así que será mejor que te pongas esto. —Me entrega un casco duro y
amarillo y un chaleco de alta visibilidad.
Me pongo el equipo de seguridad y empiezo a pensar en el aspecto
que debo de tener con mi vestidito rosa y con esto puesto. Por un momento
temo que me haga ponerme también unas botas de punta de acero, pero
cuando la veo pulsar el botón del ascensor mis preocupaciones
desaparecen.
—Empezaremos por el ático. La disposición es muy parecida a la del
Lusso. —Llega el ascensor y subimos en él—. Imagino que conoces ese
edificio. —Sonríe y revela una boca llena de dientes perfectos.
Me cae bien.
—Sí, lo conozco. —Le devuelvo la sonrisa amistosa. «¡Mejor de lo
que crees!» Me obligo a bloquear esos pensamientos de inmediato. «No
debo pensar en él. No debo pensar en él», me repito una y otra vez mientras
nos dirigimos al ático e Ingrid me explica las pequeñas diferencias entre el
Lusso y la Torre Vida. No hay muchas.
El ascensor llega directamente al interior del ático. Ésa es una de las
diferencias. En el Lusso hay un pequeño vestíbulo. El aparcamiento
subterráneo es la otra.
—Ya hemos llegado. Tú primero, Paula
Sigo la dirección que me indica y entro en un espacio enorme que me
resulta familiar. El tamaño de este ático debe de ser idéntico al del Lusso.
Al estar vacío parece más grande, pero recuerdo que con el otro edificio
me pasó lo mismo.
—Como ves hemos usado madera de roble. Todas las ventanas y las
puertas están fabricadas a medida con madera sostenible. Seguro que
Mikael ya te lo ha comentado en las especificaciones que te mandó. —La
miro. Debe de haber captado mi expresión de no saber de qué me habla,
porque se echa a reír y sacude la cabeza—. ¿No te lo mencionó en su
correo electrónico?
—No —contesto, y rezo por haberlo leído entero y bien.
—Discúlpalo. Anda un poco despistado con lo del divorcio.
¿Divorcio? Vaya, ¿es eso lo que lo retiene en Dinamarca? Me parece
algo inapropiado que me revele algo tan privado de la vida de Mikael.
Todo el mundo parece demasiado abierto y sincero últimamente. ¿O acaso
me estoy mostrando yo excesivamente cerrada y recelosa?
—Lo tendré en cuenta —sonrío.
Durante las horas siguientes, Ingrid me enseña todo el edificio. Yo
hago fotografías de los espacios y voy tomando notas. La Torre Vida posee
los mismos lujos que el Lusso ofrece a sus residentes: un gimnasio
pomposo, conserje las veinticuatro horas y lo último en sistemas de
seguridad. La lista continúa. Mikael y su socio saben cómo crear viviendas
de lujo y modernas. Las vistas de Holland Park y de la ciudad son
increíbles.
Regresamos al vestíbulo principal.
—Gracias por la visita, Ingrid. —Me quito el casco y el chaleco.
—Ha sido un placer, Paula. ¿Tienes todo lo que necesitas?
—Sí. Esperaré noticias de Mikael.
—Dijo que te llamaría el lunes —comenta, y me estrecha la mano.
Nos despedimos y me marcho de la Torre Vida rumbo a la oficina. Por
el camino llamo a mi médico de cabecera. Necesito que me recete más
píldoras. No tengo ni idea de dónde las he metido. Me dan cita para las
cuatro en punto de hoy mismo, lo cual es un alivio. No es que espere tener
muchas relaciones sexuales en los próximos días. Ya he disfrutado de
bastantes para una buena temporada.
—Buenas —saludo a Tom y a Victoria al entrar en la oficina.
Tom frunce el ceño y mira la hora.
—¡Ups! Llego tarde a mi cita con la señora Baines. ¡Se va a poner
hecha una furia! —Se levanta de su asiento, se coloca la corbata de rayas
azules y amarillas (que no quedaría tan mal si no la hubiese combinado con
una camisa naranja), y se atusa el rubio tupé—. Volveré cuando haya
amansado a esa vieja chalada. —Recoge su bandolera y se marcha
danzando de la oficina.
—¡Adiós! —grito al llegar a mi mesa—. ¿Estás bien, Victoria? —
pregunto. Está absorta—. ¡Victoria! —grito.
—¿Eh? Ah, perdón. Tenía la mente en otro sitio. ¿Qué decías?
—Que si estás bien —repito.
Ella sonríe alegremente y juguetea con su melena rizada y rubia por
encima del hombro.
—Mejor que nunca.
Claro. Me pregunto si su buen humor tendrá algo que ver con cierto
personaje engreído y elegante llamado Drew. No la he visto desde el
sábado pero, por lo que recuerdo —antes de acabar como una cuba—,
Drew y ella parecían estar haciendo buenas migas. ¿Es que a todo el mundo
le ha dado por follar ahora?
—¿Y eso por qué? —pregunto con una ceja enarcada.
Ella suelta unas risitas como de niña pequeña.
—He quedado con Drew el viernes por la noche.
Lo sabía, aunque sigo sin ver lo de la simple de Victoria y el serio de
Drew. —¿Adónde iréis? —pregunto.
Se encoge de hombros.
—No me lo ha dicho. Sólo me ha preguntado si quería salir con él. —
Su móvil suena y se disculpa agitando el aparato.
Centro la atención en mi ordenador y silencio el teléfono cuando
empieza a sonar otra vez Black and Gold. Lo de estirar la mano y apretar el
botón de la izquierda sin ni siquiera mirar se está convirtiendo en un gesto
automático. Después de que suene tres veces seguidas, decido silenciar el
teléfono del todo. Desde luego, no cabe duda de que es persistente.
—Me voy —anuncia Victoria al tiempo que se levanta de su asiento
—. Volveré sobre las cuatro.
—Ya no te veré. Tengo cita en el médico a esa hora.
—¿Y eso? —Se vuelve mientras se marcha.
—He perdido las píldoras anticonceptivas —explico. Ella pone cara
de saber lo que es eso y hace que me sienta mejor por ser tan descuidada.
Empiezo a ojear el correo electrónico y hago copias de algunos
bocetos para enviárselas a mis contratistas.
A las tres en punto me levanto para preparar café. Siempre lo hace
Sally, pero necesito apartar la vista de la pantalla del ordenador un rato.
—¿Paula? —me llama Sally. Asomo la cabeza por la puerta de la
cocina y la veo agitando el teléfono de la oficina—. Te llama un hombre,
pero no me ha dicho quién es.
El corazón se me sale por la garganta. Sé perfectamente quién es.
—¿Está en espera?
—Sí, ¿te lo paso?
—¡No! —grito, y la pobre e insegura Sally se estremece—. Perdona.
Dile que no estoy.
—Ah, vale. —Confundida y con los ojos abiertos de par en par,
aprieta el botón para recuperar la llamada de Pedro—. Disculpe, señor. Paula
no est... —Da un brinco. El teléfono se le cae sobre la mesa con un fuerte
estrépito y se apresura en cogerlo de nuevo—. Lo... lo... lo siento, señor...
—No para de tartamudear, lo que indica que Pedro está gritándole al otro
lado de la línea. Me siento muy culpable por hacerla pasar por esto—.
Señor, por favor..., le... le... le aseguro que no... no está.
Se encuentra en su mesa, aterrorizada y mirándome con los ojos
abiertos, mientras don Neurótico la agrede verbalmente. Le sonrío a modo
de disculpa. Le compraré unas flores.
Deja el teléfono en la base y me mira consternada.
—¿Quién era ése? —pregunta. Va a echarse a llorar.
—Sally, lo siento muchísimo. —Cojo los cafés de la cocina (la única
ofrenda de paz que tengo a mano en estos momentos), dejo el de Patrick en
su mesa y salgo corriendo de su despacho antes de que pueda iniciar una
conversación. Le llevo el café a ella y lo dejo sobre su posavasos—. Lo
siento muchísimo —repito, y espero que mi voz refleje lo culpable que me
siento.
Ella deja escapar un largo suspiro de exasperación.
—Me temo que alguien necesita un abrazo —dice entre risitas.
Me quedo de piedra. Esperaba que se echara a llorar toda nerviosa y,
en lugar de eso, la aburrida de Sally acaba de hacer una broma. La chica
tímida y del montón se parte de risa, y yo empiezo a reírme también a
carcajadas y con lágrimas en los ojos hasta que me duele el estómago.
Sally se une a mi histeria y ambas nos desternillamos en medio de la
oficina.
—¿Qué pasa? —grita Patrick desde su mesa.
Agito la mano en el aire para restarle importancia. Pone los ojos en
blanco y vuelve a centrarse en su pantalla mientras sacude la cabeza con
resignación. No podría contárselo ni aunque estuviera en disposición de
hablar. Dejo a Sally llorando de risa y me dirijo a los aseos para
recomponerme. Ha sido buenísimo. Acabo de ver a esa chica desde una
nueva perspectiva. Me gusta la Sally sarcástica.
Tras recobrar la compostura y retocarme el rímel corrido, aviso a
Patrick de que me voy al médico.
—Lo siento, Sally, no puedo mirarte a la cara —le digo entre risas
cuando paso por delante de su mesa para salir de la oficina, y oigo que ella
se echa a reír de nuevo.
Me sereno y me dirijo a la estación de metro.
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