lunes, 3 de marzo de 2014
Capitulo 20 ♥
No tengo ni una gota de sueño y el despertador ni siquiera ha sonado
todavía. Con un prolongado suspiro, me obligo a salir de la cama y me
dirijo al cuarto de baño para darme una ducha. Me espera un día largo en el
Lusso, así que más me vale ponerme las pilas. No he dormido una mierda y
he decidido ignorar el motivo.
Voy a estar todo el día de pie, deambulando por el complejo para
asegurarme de que todo está bien, de modo que me pongo unos vaqueros
anchos gastados (me niego a tirarlos), una camiseta blanca amarillenta y
unas chanclas. Me recojo el pelo en una coleta desenfadada y ruego para
que se comporte después, cuando me peine para la inauguración. Dudo que
tenga tiempo de venir a casa, así que me preparo una minimaleta con todo
lo que necesito para ducharme en el Lusso después. Saco una funda para
trajes, meto en ella mi vestido rojo cereza hasta la rodilla y lo estiro bien
con la esperanza de que no se arrugue. Por último, cojo los tacones negros
de ante, los pendientes de ónice negro, y compruebo que en el maletín de
trabajo tengo todo lo que voy a necesitar en el edificio. Va a ser una
pesadilla cargarlo en el metro, pero no hay más opción, ya que un tipo
impetuoso y arrogante sigue teniendo mi coche secuestrado. Kate deberá
llevarse a Margo a Yorkshire.
Cuando bajo la escalera, veo las llaves de mi coche en el felpudo de la
entrada. Parece que el tipo ha entrado en razón y ha liberado mi Mini.
¿Habrá decidido al fin dejar de perseguirme a mí también? ¿Habrá captado
ya el mensaje? Es posible que sí, porque no ha vuelto a llamarme ni a
escribirme desde que anoche se fue echando humo. ¿Estoy decepcionada?
No tengo tiempo de planteármelo.
—¡Me voy! —le grito a Kate—. Ya tengo el coche.
Ella asoma la cabeza por la puerta de su taller.
—Genial. Que vayas bien. Me pasaré después para beberme todo ese
prosecco tan caro.
—Perfecto. Hasta luego.
Me apresuro hacia el coche y me detengo al ver un móvil barato hecho
pedazos en medio de la acera. Sé quién lo ha tirado ahí. Lo meto de una
patada en la alcantarilla y continúo hasta mi vehículo. ¡Qué alegría haberlo
recuperado! Guardo las cosas en el maletero, me meto en el asiento del
conductor y me encuentro sentada a kilómetros del volante.
Me río y echo el asiento hacia adelante para llegar a los pedales con
los pies. Arranco el motor y casi muero de un infarto cuando Blur empieza
a sonar a todo volumen por los altavoces. Joder, ¿es que ha empezado a
quedarse sordo por la edad? Bajo la radio y vacilo al asimilar la letra de la
canción. Es Country House. Lucho contra la parte de mí que quiere reírle la
broma y extraigo el CD. Creo que no me había cruzado con nadie tan
presuntuoso en la vida. Cambio el disco por una sesión «chillout» de
Ministry of Sound y parto hacia los muelles de Santa Catalina.
Al llegar al Lusso, muestro el rostro a la cámara y las puertas se abren
de inmediato. Aparco y, mientras saco mi cartera de trabajo del maletero y
me dirijo al edificio, veo que el servicio de catering está descargando
vajillas y copas. He estado aquí miles de veces, pero me sigue fascinando
su lujosa magnificencia.
Al entrar en el vestíbulo diviso a Clive, uno de los conserjes,
jugueteando con el nuevo sistema informático. Forma parte de un equipo
que proporcionará un servicio similar al de un hotel de seis estrellas, se
encargará de cosas como hacer la compra, adquirir entradas para el teatro,
alquilar helicópteros o reservar mesas en restaurantes. Avanzo por el suelo
de mármol, pulido hasta la perfección, y me dirijo hacia el mostrador
curvo de la conserjería de Clive.
Veo decenas de floreros negros y cientos de rosas rojas colocados con
esmero a un lado. Al menos no tendré que estar pendiente de esa entrega.
—Buenos días, Clive —digo cuando me aproximo al mostrador.
Él levanta la mirada de una de las pantallas, y percibo el pánico
reflejado en su rostro amistoso.
—Paula, me he leído este manual cuatro veces en una semana y sigo sin
entender nada. En el Dorchester jamás usamos nada parecido.
—No puede ser tan difícil —le digo para tranquilizarlo—. ¿Has
preguntado al equipo de vigilancia?
El hombre lanza las gafas encima del mostrador y se frota los ojos con
frustración.
—Sí, tres veces ya. Deben de pensar que soy idiota.
—Lo harás bien —le aseguro—. ¿Cuándo empezarán las mudanzas?
—Mañana. ¿Estás lista para esta noche?
—Vuelve a preguntármelo esta tarde. Te veo dentro de un rato.
Me sonríe.
—Muy bien, guapa —responde, y vuelve a consultar el manual de
instrucciones mientras farfulla entre dientes.
Llego hasta el otro lado de la planta e introduzco el código del
ascensor que lleva al ático. Es privado, y el único que sube hasta el último
piso.
Me dispongo a subir para distribuir los floreros y las flores entre los
quince pisos del edificio. Eso me llevará un rato.
A las diez y media vuelvo al vestíbulo y coloco las últimas flores en
las consolas de las paredes.
—Traigo unas flores para una tal señorita Chaves.
Alzo la vista y veo a una joven que observa el impresionante recibidor
con la boca abierta.
—¿Disculpa?
Ella señala su portapapeles.
—Tengo una entrega para la señorita Chaves.
Pongo los ojos en blanco. No me puedo creer que hayan duplicado un
pedido de más de cuatrocientas rosas rojas italianas. Es imposible que sean
tan incompetentes.
—Ya hemos recibido las flores —digo con voz cansada mientras me
acerco a ella.
Entonces veo una furgoneta de reparto estacionada fuera, pero no es
de la floristería que yo había contratado.
—¿Ah, sí? —dice algo nerviosa mientras consulta sus papeles.
—¿Qué traes? —pregunto.
—Un ramo de calas para la señorita... —la chica vuelve a consultar el
portapapeles—... Paula Chaves.
—Paula Chaves soy yo.
—Genial, ahora mismo vuelvo.
Se aleja corriendo y regresa al instante
—¡Este sitio es como el Fort Knox! —exclama, y me entrega el ramo
de calas más grande que haya visto en mi vida: unas flores impresionantes,
blancas y frescas, rodeadas de un abundante verde ornamental de tono
oscuro.
Elegancia sencilla.
Siento mariposas en el estómago al firmar la entrega, aceptar las
flores y leer la tarjeta que se esconde entre el follaje.
"Lo siento mucho. Por favor, perdóname. Un beso."
¿Lo siente? Ya se disculpó por su inapropiado comportamiento y mira
cómo acabó todo. Empiezo a preguntarme cómo sabía que estaría aquí,
pero entonces recuerdo que vio el Lusso en mi portafolio. No le habrá
resultado difícil averiguar la fecha de la inauguración e imaginarse que
vendría. La satisfacción que sentí ayer por la tarde después de que Pedro se
marchara empieza a desvanecerse lentamente. No va a rendirse nunca,
¿verdad? Pues ya puede insistir. Sonrío para mí misma. ¿Insistir? De dónde
me he... Bloqueo ese pensamiento de inmediato.
LEAN EL SIGUIENTE.....
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