—Mira, Clive. Vamos a adornar un poco este mármol negro.
Él alza la vista sólo un momento y vuelve a centrarse en sus
quebraderos de cabeza. Parece agobiado. Lo dejo tranquilo y sigo dando
una vuelta para comprobar que todo se encuentra como y donde tiene que
estar.
Victoria aparece a las cinco y media, tan perfecta como siempre, con
su pelo rubio, sus ojos azules y exageradamente arreglada.
—Siento llegar tarde. Había un montón de tráfico y no encontraba
aparcamiento —dice, y empieza a mirar a su alrededor—.Todas las plazas
están reservadas para los invitados. ¿Qué hago? ¡Estoy superemocionada!
—canturrea mientras pasa la mano por las paredes del ático.
—Ya he terminado. Sólo necesito que te des una vuelta para
comprobar que no se me haya pasado nada.
La acompaño hasta la sala principal.
—Madre mía, Paula, ¡vaya pasada!
—¿A que es fantástico? Nunca había tenido un presupuesto tan
enorme. Ha sido divertido poder gastar un montón de dinero ajeno —digo,
y soltamos unas risitas—. ¿Has visto la cocina? —le pregunto.
—No la he visto terminada. Seguro que es increíble.
—Sí, ve a verla. Voy a ir a prepararme al spa. En los demás
apartamentos está todo listo, así que céntrate en éste. Aquí es donde tendrá
lugar toda la acción. Asegúrate de que todos los almohadones estén
mullidos y en su sitio. Quiero que brillen hasta los pimientos sobre las
tablas de cortar. ¡Usa abrillantador! La mini Dyson está aquí. Aspira
cualquier mota que pueda haber quedado en las alfombras de la habitación.
—Le paso la aspiradora de mano totalmente cargada—. Haz lo que
consideres necesario, y si hay algo de lo que no estás segura, anótalo. ¿De
acuerdo?
Victoria coge la aspiradora.
—Me encantan estas cosas —dice, y enciende la Dyson para posar
como un vaquero en un duelo.
—¿Cuántos años dices que tienes? —le digo con fingida
desaprobación.
Ella arruga la cara, sonríe y se dispone a seguir mis instrucciones.
Una hora después, tras haber hecho uso de todos los sofisticados
servicios del spa, estoy lista. El vestido no tiene ni una arruga y mi pelo
está bastante decente. Me doy una vuelta por ahí. Ésta será la última vez
que pise este edificio. Pronto estará atestado de gente de negocios y de la
alta sociedad, así que aprovecho la última ocasión que tengo para saborear
su magnificencia. Es impresionante. Todavía no puedo creerme que lo haya
decorado yo. De pie en el inmenso espacio diáfano de la primera planta,
sonrío para mis adentros. Unas puertas plegables dan a una terraza con
forma de L con suelo de piedra caliza y una zona con tarima de madera,
tumbonas y un enorme jacuzzi. Cuenta con un estudio, un comedor, un
enorme pasillo que da a una cocina de dimensiones absurdas y una escalera
de ónice retroiluminada que asciende hasta las cuatro habitaciones con
baño incluido y hasta un inmenso dormitorio principal. El spa, la sala de
fitness y la piscina, en la planta baja del edificio, son de uso exclusivo para
los residentes del Lusso, pero el ático cuenta con gimnasio propio. Es
extraordinario. No cabe duda de que quien quiera que haya adquirido ese
piso disfruta de las cosas más exquisitas de la vida, y se ha hecho con una
de ellas por la friolera de diez millones de libras.
Regreso a la cocina, donde me encuentro a Victoria aún armada con la
Dyson.—
Ya está —dice mientras aspira de la encimera de mármol una
miguita que se le había escapado.
—Bueno, echemos un trago. —Sonrío, cojo dos copas y le paso una a
Victoria.
—Por ti, Paula. Estilosa en cuerpo y mente —dice entre risitas mientras
levanta la copa para brindar.
Ambas damos un sorbo y suspiramos.
—¡Vaya! ¡Qué bueno está! —Mira la botella.
—Ca’Del Bosco, Cuvée Annamaria Clementi, de 1993. Es italiano,
por supuesto. —Arqueo una ceja y Victoria se echa a reír de nuevo.
Oigo unas voces en el vestíbulo, así que salgo de la cocina y me
encuentro a Tom con la boca abierta como un pez de colores y a Patrick
sonriendo con orgullo.
—¡Paula, esto es una auténtica maravilla, cielo! —exclama Tom
mientras corre hacia mí y me rodea con los brazos. Se aparta un poco y me
mira de arriba abajo—. Me encanta ese vestido. Es muy ceñido.
Ojalá pudiera decirle lo mismo, pero se empeña en llevar el contraste
de colores a un nivel extremo. Entorno los ojos, cegada por su camisa azul
eléctrico combinada con una corbata roja.
—Deja a la chica, Tom. Vas a arrugarle la ropa —gruñe Patrick
mientras lo aparta suavemente y se inclina para darme un beso en la
mejilla—. Estoy muy orgulloso de ti, flor. Has hecho un trabajo increíble
y, entre tú y yo... —dice, y se inclina para susurrarme al oído—: la
promotora ha dejado caer que te quieren a ti para su próximo proyecto en
Holland Park. —Me guiña un ojo y su cara arrugada se arruga todavía más
—. Bueno, ¿dónde está el prosecco?
—Por aquí.
Los guío hasta la enorme cocina y oigo más elogios por parte de Tom.
La verdad es que el piso es una pasada.
—¡Chin, chin! —digo, y les paso una copa de prosecco.
—¡Chin, chin! —brindan todos.
Me paso unas cuantas horas conociendo a gente de la alta sociedad y
explicándoles en qué me he inspirado para el diseño. Los periodistas de
revistas de arquitectura y diseño interior revolotean tomando fotografías y
curioseando en general. Para mi desgracia, me obligan a tumbarme sobre el
diván de terciopelo para hacerme una foto. Patrick me arrastra de un lado a
otro proclamando el orgullo que siente y asegurándole a todo el que quiera
escucharlo que yo solita he metido a Rococo Union en el mapa de los
diseñadores. Yo me pongo como un tomate y no paro de restarles
importancia a sus declaraciones.
Doy gracias al cielo cuando aparece Kate. La guío hasta la cocina, le
pongo una copa de prosecco en la mano y yo me bebo otra.
—Un poquito pijo, ¿no? —comenta mientras observa la ostentosa
cocina—. Hace que mi casa parezca una chabola.
Me río ante el comentario sobre su precioso y acogedor hogar, que
tiene el mismo aspecto que si la célebre diseñadora Cath Kidston hubiese
vomitado, estornudado y tosido sobre él todas sus flores.
—Sé que has querido decir que es impresionante.
—Sí, eso también. Aunque yo no podría vivir aquí —afirma sin
ningún pudor.
No me ofendo. Aunque estoy muy orgullosa del resultado, la
inmensidad del lugar me intimida.
—Ni yo —coincido.
—Me he encontrado con Matias. —Apura el prosecco e inmediatamente
coge otra copa de la bandeja de un camarero que pasa por allí.
—Vaya, seguro que te ha encantado verlo —bromeo; me imagino a
Kate bufando y escupiendo como un gato enfurecido contra el pobre Matias.
Tampoco se merece otra cosa.
—La verdad es que no. Y lo que menos me ha gustado ha sido que me
diga que has quedado con él para ir a cenar —me espeta frunciendo los
labios—. Paula, ¿en qué estás pensando? He venido a amenazarte.
—Vaya, y yo que creía que habías venido a apoyar a tu amiga en su
triunfo laboral —digo arqueando las cejas.
—¡Bah! Tú no necesitas apoyo en tu vida laboral. Por el contrario, tu
vida personal es muy interesante últimamente. —Suelta una risita mientras
sube y baja las cejas, como insinuando algo.
Imagino adónde quiere llegar, y eso que no sabe ni la mitad. Y ya le
vale también a Matias. Ya ni siquiera estamos juntos, pero todavía no puede
evitar tomarle el pelo.
La miro fingiendo sentirme herida.
—No te preocupes. Te aseguro que no voy a volver a caer en eso.
Estoy disfrutando de mi soltería y no tengo intención de cambiar mi
situación a corto plazo. De todos modos, para que quede claro, Matias te está
tomando el pelo. —Doy un sorbo de prosecco.
—¿Ni siquiera por un rubio alto, atractivo y algo mayor? —dice con
una sonrisa burlona.
La miro con recelo.
—Ni siquiera por él —confirmo.
—Mira que eres aburrida.
—¿Perdona?
Esta vez mi expresión herida no es fingida. ¿Aburrida? Yo no soy
aburrida, ¡Kate está loca! La miro con desconcierto, realmente dolida por
su cruel comentario. Espero que lo retire, pero no lo hace. En lugar de eso,
mira por encima de mi hombro con una gran sonrisa malévola dibujada en
el rostro.
Impaciente y bastante enfadada con ella, me vuelvo para ver qué le
hace tanta gracia.
«¡Mierda, no!»
—Está hasta en la sopa, ¿eh? —replica Kate con sorna.
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