sábado, 1 de marzo de 2014

Capitulo 11 ♥



Acabo pronto con las citas del martes y salgo de la nueva y preciosa

vivienda unifamiliar de la señora Kent, en el centro de la ciudad, a las seis

y unos minutos.

La señora Kent es la esposa terriblemente consentida del señor Kent,

director ejecutivo de Kent Yacht Builders, y esta casa de Kensington es su

tercer hogar en cuatro años. Me he encargado del diseño interior de todos

ellos. En cuanto el trabajo está terminado, la mujer decide que no se

imagina envejeciendo allí, y eso que ya ronda los setenta años, de modo

que la casa sale al mercado, se vende y yo empiezo de cero en su nuevo

domicilio.

Cuando tan sólo un mes después de terminar de decorarla se mudaron

y vendieron la primera casa en la que había trabajado, me traumaticé un

poco. Era el primer contrato que había conseguido tras empezar a trabajar

para Patrick. Pero no tardó en volver a llamarme para que fuera a ver su

nueva morada.

—Paula, querida, no es culpa tuya. Es que no la sentía como mi hogar

—me dijo con voz cantarina por teléfono.

Así que ahora me encuentro trabajando en la tercera residencia de los

Kent con las mismas instrucciones que me dieron para las dos viviendas

anteriores, lo cual es una ventaja porque me evita tener que buscar nuevo

mobiliario. Y también amortigua el sablazo a la cartera del señor Kent.

Me meto en el coche y arranco en dirección a Surrey Hills. No le he

contado a Kate por qué voy a llegar tarde a casa. Sólo habría conseguido

que se preguntase por qué voy a volver a La Mansión. Y entonces le

mentiría y le contaría la misma mierda que me cuento a mí misma: que

trabajar allí es beneficioso para mi currículum. Sus encantos no influyen

en mi decisión, para nada.

Esta vez me detengo junto al portero automático, pero cuando me

dispongo a bajar la ventanilla, las puertas comienzan a abrirse. Miro hacia

la cámara y supongo que John debe de estar esperándome. Le dije sobre las

siete y ya son y cinco. Atravieso las puertas y avanzo por el camino de

grava hasta el patio. John me aguarda en los escalones, frente a la entrada

de puertas dobles, con las gafas de sol puestas.

—Buenas tardes, John —lo saludo mientras cojo mi carpeta y mi

bolso.

¿Me hablará hoy?

No, sólo saluda con la cabeza y se vuelve para regresar a La Mansión.

Yo lo sigo hasta el bar. Hay más gente que la última vez que vine.

Probablemente sea por la hora.

—Mario —dice con voz grave.

Un hombre menudo aparece por detrás de la barra.

—Dime.

—Ponle una copa a la señorita Chaves. —John me mira con los ojos

todavía ocultos tras las lentes oscuras—. Ahora vuelvo. Pedro quería

comentar algo.

—¿Conmigo? —le espeto, y me sonrojo al instante ante mi

brusquedad.

—No, conmigo.

—¿Está en su despacho? —pregunto nerviosa.

Estoy haciendo demasiadas preguntas sobre algo muy trivial, pero él

me había asegurado que me dejaría trabajar con John. Con sólo pensar en

ese hombre me vuelvo un manojo de nervios. Jamás pensé que ocurriría

algo así, pero me siento mucho más cómoda con el grandullón. Para

empezar, sé que con él soy capaz de controlarme. Los labios de John se

tensan, es evidente que está conteniendo una sonrisa. Me lamento para mis

adentros. Él lo sabe.

—Tranquila, mujer. —Se vuelve y lanza una mirada burlona a Mario.

El camarero de baja estatura le responde sacudiendo la bayeta.

¿De qué va todo esto?

John, muy serio, se despide una vez más con un gesto de la cabeza

antes de marcharse y dejarme con Mario en la barra.

Echo un vistazo a mi alrededor y advierto la presencia de una mujer

que ríe junto a un hombre de mediana edad en una mesa cercana. Es la

misma mujer con la que coincidí en los baños el viernes pasado. Viste un

traje de pantalón negro y tiene un aspecto extremadamente profesional.

Debe de llevar aquí un tiempo, tal vez por negocios. El hombre que la

acompaña se levanta y le tiende la mano con cortesía. Ella la acepta y

sonríe mientras se pone de pie y deja que la cobije bajo su brazo y la guíe

fuera del bar mientras charlan entre risitas.

Me siento en un taburete mientras espero a John y saco el teléfono

para ver si tengo algún mensaje o llamada.

—¿Le apetece una copa de vino?

Alzo la vista y veo que el pequeño camarero me está sonriendo. Tiene

un acento extraño y llego a la conclusión de que es italiano. Es muy bajito

y bastante mono, con su bigote y su pelo negro con entradas.

—Me apetece, pero tengo que conducir.

—¡Venga! Una pequeña... —dice mientras levanta una copita de

cristal y traza una línea por la mitad con el dedo.

¡Qué diablos! No debería beber en el trabajo, pero tengo los nervios

de punta. Él se encuentra en alguna parte de este edificio y eso ya es razón

suficiente para estar inquieta, de modo que asiento y sonrío.

—Gracias.

Me enseña una botella de Zinfandel. Yo vuelvo a asentir.

—Su vestido es muy... eh... ¿cómo se dice...? ¿Atrevido?

Me pone algo más de media copa. De hecho, está llena.

Observo mi vestido negro ceñido y de corte estructurado. Sí, supongo

que atrevido sería la palabra adecuada. Es mi comodín. Hace que me sienta

guapa en cualquier ocasión.

Ignoro la vocecita de mi cabeza que me pregunta si no me lo habré

puesto con la esperanza de ver a Alfonso. Descarto ese pensamiento de

inmediato y río ante la cuidadosa elección de palabras de Mario mientras

acepto con agrado la copa que me pasa por encima de la barra. Creo que en

realidad quiere decir apretado. Me marca todas las curvas. Teniendo en

cuenta que mi talla es la 38, no son demasiadas, pero si sigo conviviendo

con Kate mucho más tiempo es probable que eso cambie.

—Gracias —le digo sonriendo de nuevo.

—Un placer, señorita Chaves. La dejo tranquila.

El camarero recoge la bayeta y empieza a limpiar el mostrador que

hay bajo las botellas.

Doy unos sorbos al vino mientras espero a John. Está muy bueno, y

me lo termino sin apenas darme cuenta. Estoy deseando llegar a casa y

abrir la botella que tengo enfriándose en la nevera.

—Hola.

Me vuelvo sobre el taburete y me encuentro cara a cara con la mujer

que se lanzó sobre Alfonso el viernes. Ella me sonríe, pero es el gesto menos

sincero que jamás haya tenido el placer de recibir.

—Hola —contesto por educación.


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