domingo, 2 de marzo de 2014

Capitulo 19 ♥



—Ya lo sabes —me espeta.

—¿Ah, sí? —pregunto incrédula.

Lo cierto es que sí. Bueno, creo que lo sé. Quiere seguir donde lo

habíamos dejado. Quiere completar la misión.

—Sí, lo sabes —responde sin más.

Libero mi muñeca de un tirón y retrocedo hasta que toco la pared que

tengo detrás con el trasero.

—¿Porque quieres oír cuánto grito?

—¡No!

—Eres, sin lugar a dudas, el capullo más arrogante que he conocido en

la vida. No estoy interesada en convertirme en una de tus conquistas

sexuales.

—¿Conquistas? —resopla. Se aparta y empieza a pasearse sin rumbo

—. ¿En qué puñetero planeta vives, tía?

Me quedo totalmente pasmada. ¿Cómo se atreve a venir aquí y a

hablarme así? Mis nervios se desvanecen y mi enfado anterior se

transforma en una ferviente ira. La necesidad de defenderme, de ponerle

los puntos sobre las íes, me obliga a apretar la mandíbula hasta hacerme

daño. Tiene una muy baja opinión de mí si cree que voy a meterme en la

cama de cualquier tío que acabe de conocer. Pero no tengo por qué darle

explicaciones. Ahora mismo, el hecho de que tenga novia es irrelevante. Se

cree que puede conseguir todo lo que quiere o montar una escena si alguien

se le resiste.

—¡Lárgate!

Deja de pasearse y me mira.

—¡No! —grita, y reinicia la marcha.

Empiezo a pensar en cómo obligarlo a salir de casa. Jamás

conseguiría hacerle daño físico, y tocarlo sería un tremendo error.

—¡No me interesas una puta mierda! Vete de aquí.

Mi voz temblorosa traiciona mi fachada de frialdad, pero me

mantengo firme.

—¡Esa puta boca!

¿Será posible?

—¡Largo!

—Está bien —dice simplemente. Deja de pasearse y me fulmina con

la mirada—. Si me miras a los ojos y me dices que no quieres volver a

verme, me iré y no volveré a cruzarme en tu camino.

Bien, debería resultarme bastante fácil, pero, para mi total sorpresa, la

idea de no volver a verlo me produce unas punzadas terribles en el

estómago, lo cual, por supuesto, es totalmente absurdo. Es prácticamente

un extraño, pero ejerce una enorme influencia sobre mí. Me hace sentir...

no sabría cómo describirlo. Pero incluso ahora que estoy furiosa por su

insolencia, he de esforzarme para controlar las reacciones involuntarias

que me provoca.

Ante mi silencio, empieza a avanzar hacia mí y, con apenas unos

cuantos pasos largos y firmes, se planta justo delante de mí. Tan sólo nos

separa un centímetro de aire.

—Dilo —me exhorta.

No logro articular palabra. Me cuesta respirar. El corazón se me sale

del pecho y siento una leve palpitación entre las piernas. Me pongo en

guardia al percibir las mismas reacciones en él. El corazón le martillea

bajo su camisa rosa claro. Siento su aliento fresco y pesado sobre mi

rostro. No estoy segura con respecto a la palpitación, pero me imagino que

también la siente. La tensión sexual entre nuestros cuerpos es casi tangible.

—No puedes, ¿verdad? —susurra.

¡No puedo! Lo intento. Lo intento con todas mis fuerzas, pero las

palabras se niegan a brotar. La proximidad de nuestros cuerpos y su

respiración sobre mi rostro está reactivando todas esas sensaciones

maravillosas. Mi mente se traslada al instante a nuestro encuentro anterior,

sólo que esta vez no corremos el riesgo de que nos interrumpan novias

desagradables. Nada me detiene, excepto mi conciencia, que se encuentra

embriagada de deseo, de manera que no es de mucha ayuda.

Me toca el hombro con la punta del dedo y una oleada de fuego me

recorre todo el cuerpo. Suave y lentamente, me acaricia el cuello hasta

alcanzar un punto erógeno debajo de la oreja.

El corazón se me desboca.

—Pum, pum, pum, pum —dice—. Lo noto, Paula.

Me pongo rígida y me pego todavía más a la pared.

—Vete, por favor —digo con un hilo de voz.

—Ponme las manos en el corazón —susurra, y me agarra una de ellas

y se la coloca sobre el pecho.

No hacía falta que lo hiciera. Veo cómo le late a toda velocidad por

debajo de la camisa. No necesitaba notarlo.

—¿Qué quieres demostrar? —le pregunto en voz baja.

Sé perfectamente qué quiere demostrar. Que causo el mismo efecto en

él que él en mí.

—Eres una mujer muy cabezota. Deja que te haga la misma pregunta.

—¿Qué quieres decir? —le pregunto con voz suave, todavía sin

mirarlo.

—¿Por qué intentas evitar lo inevitable? ¿Qué pretendes, Paula?

Me rodea el cuello con los dedos y me levanta la cara para que lo

mire. Me pierdo inmediatamente en sus ojos. Su aliento fresco, expelido a

través de unos labios húmedos y ligeramente separados, me invade la

nariz. Me observa con la mirada ardiente. Sus largas pestañas me acarician

la mejilla cuando se inclina para rozarme la oreja con los labios. Dejo

escapar un gemido ahogado.

—Eso es —murmura, y empieza a darme besitos muy suaves a un

lado de la garganta—. Tú también lo sientes.

Lo siento. Soy incapaz de detenerlo. Mi capacidad para pensar

racionalmente me ha abandonado. Estoy paralizada por completo. Mi

cerebro se ha desconectado y mi cuerpo ha tomado el control. A medida

que su boca se aproxima a mi mandíbula, acepto el hecho de que he

perdido, me he perdido en él. Pero entonces empieza a sonar un móvil. No

es el mío, pero la interrupción consigue sacarme del trance en el que él me

ha sumido. Joder, lo más seguro es que sea Sarah.

Levanto las manos hasta su firme pecho y lo empujo.

—¡Para, por favor!

Él se aparta y se saca el teléfono del bolsillo.

—¡Mierda! —Rechaza la llamada y me mira—. Todavía no lo has

dicho. Estoy pasmada ante mi incapacidad de articular unas palabras tan

simples.

—No me interesas —susurro. Sueno desesperada, soy consciente de

ello—. Tienes que parar de hacer esto. Sea lo que sea lo que crees que

sentiste o lo que crees que sentí yo, te equivocas.

Evito mencionar a Sarah porque eso sería admitir que hay algo, que

ella es la única razón por la que me niego a continuar. No lo es, claro.

También está la evidente diferencia de edad, el hecho de que tiene la

palabra «rompecorazones» escrita en la frente y, sobre todo... que es infiel.

Él se ríe con ganas.

—¿Lo que creo? Paula, no te atrevas a insinuar que todo esto me lo

estoy imaginando. ¿Me he imaginado lo que acaba de pasar? ¿Y lo del otro

día? ¿También me lo imaginé? ¿Por quién me tomas?

—¡¿Por quién coño me tomas tú?!

—¡Esa boca! —grita.

—Te he dicho que te vayas —ordeno con voz tranquila.

—Y yo te he dicho que me mires a los ojos y me asegures que no me

deseas.

Me mira con confianza, como si supiera que soy incapaz de hacerlo.

—No te deseo —farfullo mirándolo directamente a esos dos lagos

verdes.

Decirlo me causa dolor físico. Estoy desconcertada.

Él inspira profundamente. Parece herido.

—No te creo —repone con suavidad, y desvía la mirada hacia mis

dedos, que juguetean nerviosos con mi pelo.

Los retiro al instante.

—Pues deberías —digo subrayando las palabras y recurriendo

claramente a todas mis fuerzas.

Nos quedamos mirándonos durante lo que me parece una eternidad,

pero soy la primera en apartar la vista. No se me ocurre nada más que

decir, así que le imploro en silencio que se vaya antes de que acabe

recorriendo esa senda peligrosa por la que él está dispuesto a arrastrarme.

Se pasa las manos por el pelo, frustrado, maldice y se marcha airado.

Cuando cierra la puerta tras de sí lo hace con brusquedad; permito que el

aire inunde mis pulmones y me dejo caer al suelo.

Esto ha sido, sin duda, lo más difícil que he tenido que hacer en mi

vida, y es curioso porque, teniendo en cuenta las circunstancias, debería

haber sido lo más sencillo. Ni siquiera entiendo las razones de esta

situación. Su expresión de dolor cuando he accedido a su exigencia de

negar que lo deseaba me ha destrozado. Quería gritar que yo también

siento lo mismo, pero ¿adónde nos habría llevado eso? Sé perfectamente

adónde: contra la pared, con Pedro dentro de mí. Y aunque la sola idea me

hace vibrar de placer, habría sido un terrible error. Ya me siento bastante

culpable por mi deplorable comportamiento. Este tío es un gilipollas infiel.

Guapo a morir, pero un gilipollas infiel, a fin de cuentas. Sé que estar a su

lado sólo me acarrearía problemas. Pero todavía tiene mis puñeteras llaves.

Me estremezco y me dirijo a la ducha, satisfecha por haber hecho lo

correcto. He puesto a Pedro Alfonso en su sitio y me he ahorrado tener que

sentirme tremendamente culpable otra vez. Debo ignorar este terrible dolor

de estómago, porque reconocerlo sería como admitir a gritos ante mí

misma y ante Pedro que... sí, yo también lo siento




GRACIAS POR LEER. ♥


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