domingo, 23 de marzo de 2014

Capitulo 93 ♥



Pasamos el resto de la mañana y buena parte de la tarde vagando por
Camden. Me encanta, la diversidad es uno de los mayores atractivos de
Londres. Podría pasarme horas en las callejuelas adoquinadas de los
mercados. Pedro me sigue cuando me paro a mirar los puestos, no se separa
de mí y no me quita las manos de encima. Me alegro mucho de haberme
disculpado.
Caminamos por la zona de restaurantes y ya no puedo aguantar más el
calor. No es un día especialmente caluroso, pero, con tanta gente y tanto
turista, estoy agobiada. Me quito el bolso y luego la chaqueta para atármela
a la cintura.
—¡Paula, a tu vestido le falta un buen trozo!
Me vuelvo con una sonrisa y lo veo mirándome atónito la espalda
descubierta. ¿Qué va a hacer? ¿Desnudarme y cortarlo a tiras?
—No, está diseñado así —lo informo tras anudarme el cárdigan a la
cintura y ponerme de nuevo el bolso. Me da la vuelta y me sube la
chaqueta todo lo que puede para intentar ocultar la piel expuesta.
—¿Quieres parar? —Me río y me aparto.
—¿Lo haces a propósito? —salta. Me coloca la palma de la mano en
la espalda.
—Si quieres faldas largas y jerseys de cuello alto, te sugiero que te
busques a alguien de tu edad —murmuro cuando empieza a guiarme entre
la multitud. Me gano unas cosquillas por descarada. Lo siguiente que hará
será ponerme un burka.
—¿Cuántos años crees que tengo? —pregunta con incredulidad.
—Resulta que no lo sé, ¿recuerdas? —contraataco—. ¿Quieres
sacarme de la ignorancia?
Resopla.
—No.
—Me lo imaginaba —murmuro. Algo me llama la atención. Me
desvío hacia un puesto lleno de velas aromáticas y cosas hippies. Pedro
maldice detrás de mí y se abre paso entre la gente para no perderme.
Consigo acercarme y el hippy new age me saluda. Luce unas rastas
indómitas y muchos piercings.
—Hola. —Sonrío y estiro el brazo para coger una bolsa de tela de un
estante.
—Buenas tardes —responde—. ¿Te ayudo con eso?
Se acerca y me ayuda a sacar la bolsa.
—Gracias. —Noto la palma tibia de Pedro en la espalda, abro la bolsa
de tela y saco el contenido.
—¿Qué es eso? —me pregunta Pedro mirando por encima de mi
hombro.
—Son unos pantalones tailandeses —le digo mientras los estiro.
—Creo que necesitas unas tallas menos. —Frunce el ceño y mira el
enorme trozo de tela negra que tengo en las manos.
—Son talla única.
Se ríe.
—Paula, ahí dentro caben diez como tú.
—Te los enrollas a la cintura. Le valen a todo el mundo. —Hace
meses que quiero cambiar los míos, ya gastados, por unos nuevos.
Se aparta sin quitarme la mano de la espalda y mira los pantalones; no
está del todo convencido. La verdad es que parecen unos pantalones hechos
para el hombre más obeso del mundo, pero cuando les coges el truco son lo
más cómodo que hay para estar por casa en un día perezoso.
—Se lo enseñaré. —El dueño del puesto me coge los pantalones y se
arrodilla delante de mí.
Noto que la mano de Pedro se tensa en mi espalda.
—Nos los llevamos —escupe a toda velocidad.
Vaya, empieza la estampida.
—Necesita una demostración —dice Rastas alegremente. Sonríe y
abre los pantalones a mis pies.
Levanto un pie para meterlo en los pantalones, pero Pedro tira de mí
hacia atrás. Levanto la vista y le lanzo una mirada de advertencia. Está
haciendo el tonto. El hombre sólo intenta ser amable.
—Tiene unas piernas estupendas, señorita —comenta Rastas con
alegría.
Me da un poco de vergüenza.
—Gracias. —«¡No lo provoques!»
—Dame eso. —Pedro le quita los pantalones a Rastas antes de
colocarme contra un estante lleno de velas. Menea la cabeza y farfulla algo
incomprensible, hinca una rodilla en tierra y abre los pantalones. Sonrío
con dulzura a Rastas, que no parece haberse dado cuenta del numerito a lo
apisonadora de Pedro. Probablemente esté demasiado colocado como para
eso. Me meto en los pantalones y me los subo mientras Pedro sujeta las dos
mitades, con la arruga muy marcada en la frente. ¡Dios, cómo lo quiero!
Rápidamente, me hago con las cintas por miedo a que Rastas intente
cogerlas.
—Así, ¿lo ves? —Doblo los pantalones por encima y las ato a un lado.
—Maravilloso —se burla Pedro, que los mira confuso. Su mirada
encuentra la mía y sonrío de oreja a oreja. Sacude la cabeza, le brillan los
ojos.
—¿Los quieres?
Empiezo a desatármelos y a bajármelos bajo la atenta mirada de Pedro.
—Los pago yo —lo aviso.
Pone los ojos en blanco y se ríe con sorna mientras saca un fajo de
billetes del bolsillo.
—¿Cuánto cuestan los pantalones extragrandes? —le pregunta a
Rastas—
Sólo diez libras, amigo mío.
Los doblo y los meto en la bolsa.
—Voy a pagarlos yo, Pedro.
—¿Sólo? —Pedro se encoge de hombros y le da el billete a Rastas.
—Gracias. —Rastas se lo guarda en la riñonera.
—Vamos —dice, y coloca de nuevo la mano sobre la piel expuesta de
mi espalda.
—No tenías que pasar por encima del pobre hombre —gimoteo—. Y
yo quería pagar los pantalones.
Me sitúa a su lado y me besa en la sien.
—Calla.
—Eres imposible.
—Y tú preciosa. ¿Puedo llevarte ya a casa?
Hago un gesto de negación con la cabeza. Qué difícil es este hombre.
—Sí. —Los pies me están matando y tengo que felicitarlo por lo
tolerante que ha sido con mi vagabundeo ocioso de hoy. Se ha mostrado
bastante razonable.
Dejo que me guíe entre la multitud hasta la salida del bullicioso
callejón, donde el sonido de los altavoces y la música tecno me asalta los
oídos. Levanto la vista y veo luces de neón destellando entre la oscuridad
del edificio de una fábrica y un montón de gente en la puerta. Nunca he
estado en ese sitio, pero es famoso por la ropa de club estrafalaria y los
accesorios extremos.
—¿Te apetece ir a verlo?
Miro a Pedro, que ha seguido mi mirada hasta la entrada de la fábrica.
—Pensé que querías irte a casa.
—Podemos echar un vistazo. —Cambia el rumbo hacia la entrada y
me conduce hacia ese lugar poco iluminado.
La música me taladra los oídos al entrar. Lo primero que veo es a dos
gogós en un balcón suspendido en el aire, vestidas con ropa interior
reflectante y realizando movimientos para quedarse con la boca abierta. No
puedo evitar mirarlas embobada. Cualquiera pensaría que estamos en un
club nocturno a primera hora. Pedro me lleva a una escalera mecánica y
bajamos a las entrañas de la fábrica. Al llegar al fondo, mis ojos sufren el
ataque del brillo de prendas fluorescentes de todos los tipos y colores. ¿De
verdad que la gente se pone eso?
—No es precisamente encaje —musita cuando me ve mirando
patidifusa una minifalda amarillo chillón con pinchos de metal en el bajo.
—No es encaje —asiento. Es horroroso—. ¿De verdad la gente se
pone eso?
Se ríe y saluda a un grupo de personas que parecen a punto de
desmayarse de la emoción. Deben de llevar como un millón de piercings
entre todos. Me guía por el laberinto de pasillos. Estoy alucinada con lo
que veo. Es ropa de noche de infarto para los amantes de la noche cañeros.
Vagamos por los pasillos de acero y bajamos más escalones. De
repente estamos rodeados por todas partes de... juguetes para adultos. Me
pongo roja. La música es muy ruidosa y absolutamente vulgar. Flipo al
escuchar a una demente gritando algo sobre chupar pollas en la pista de
baile mientras una dominatrix embutida en cuero restriega la entrepierna
arriba y abajo por una barra de metal negra. No soy una mojigata, pero esto
escapa a mi comprensión. Vale, estamos en la sección de adultos y me
siento muy, muy incómoda. Nerviosa, levanto la vista hacia Pedro.
Le brillan los ojos y parece estar divirtiéndose mucho.
—¿Sorprendida? —me pregunta.
—Más o menos —confieso. No es tanto por los productos como por la
chica llena de piercings, tatuajes y semi desnuda que hay en el rincón.
Lleva plataformas de dieciséis centímetros y ejecuta movimientos que se
pasan de descarados. Eso es lo que me tiene con la mandíbula tocando el
suelo.«¡Madre de Dios, joder!» ¿A Pedro le mola esta mierda?
—Es un poco exagerado, ¿no? —musita, y me lleva a una vitrina de
cristal. Respiro de alivio al oírle decir eso.
—¡Vaya! —exclamo cuando me encuentro cara a cara con un vibrador
enorme cubierto de diamantes.
—No te emociones —me susurra Pedro al oído—. Tú no necesitas de
eso.
Trago saliva y se ríe con ganas en mi oído.
—No lo sé. Parece divertido —respondo pensativa.
Esta vez es él quien traga saliva con dificultad, sorprendido.
—Paula, antes muerto que dejarte usar uno de ésos. —Mira con asco el
objeto ofensivo—. No voy a compartirte con nadie ni con nada. —Me
aparta—. Ni siquiera con aparatos a pilas. —Me río. ¿Pasaría por encima
de un vibrador? Sus exigencias escapan a toda razón. Me mira y me dedica
su sonrisa arrebatadora. Me derrito—. Aunque es posible que acepte unas
esposas —añade.
«¿Sí?» ¿Esposas?
—Esto no te pone, ¿verdad? —Señalo la habitación que nos rodea
antes de levantar la cabeza hacia él.
Me mira con ternura, me atrae hacia sí y me da un besito en la frente.
—Sólo hay una cosa en el mundo que me pone, y me gusta cuando
lleva encaje.
Me derrito de alivio y miro al hombre al que amo tanto que me duele.
—Llévame a casa.
Me dedica una media sonrisa y me planta un beso de devoción en los
labios. —¿Me estás dando órdenes? —pregunta pegado a mis labios.
—Sí. Llevas demasiado tiempo sin estar dentro de mí. Es inaceptable.
Se aparta y me observa detenidamente; los engranajes de su cabeza se
disparan y aprieta los dientes.
—Tienes razón, es inaceptable. —Vuelve a morderse el labio y a
centrarse en el camino que tenemos por delante. Me saca de la mazmorra y
me lleva de vuelta a su coche.

GRACIAS POR LEER!


2 comentarios:

  1. buenísimos los capítulos!!! que secreto oculta pepe por eso no le cuenta se verdad,me intriga.

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  2. Me tiene atrapada esta novela y te agradezco que subas muchos caps cada día.

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