sábado, 22 de marzo de 2014

Capitulo 89 ♥


—Hola, Matias. —Suena como si de verdad tuviera ganas de verlo.

—Joder, Paula. Estás estupenda. —Me da un repaso con una mirada

obscena, cosa que me hace sentir muy incómoda. ¿Cómo puede darme

tanto repelús ahora? Lo quise durante cuatro años. O eso creo. Lo que

sentía por Matias palidece hasta la insignificancia en comparación con lo que

siento por cierto don Controlador de edad desconocida.

—Gracias; ¿cómo estás? —pregunto educadamente, y reparo en su

camisa y sus vaqueros negros. Odio esos vaqueros, y la camisa parece mala

y barata.

—Muy bien, gracias. ¿Qué es de tu vida?

«Sexo ¡Sexo del bueno y en abundancia!»

—No gran cosa. Tengo un montón de trabajo y estoy buscando piso.

—Es mentira, por supuesto. Ni siquiera he visitado una agencia

inmobiliaria. Matias no se percata de que me estoy retorciendo el pelo.

Nunca se dio cuenta de lo que significa ese tic. ¿Una señal, tal vez?

—¿Qué tal el trabajo?

Apoya los codos en el borde de la mesa e invade por completo mi

espacio personal. Estiro la espalda y me aparto cuanto puedo de él mientras

rezo para que Kate vuelva pronto. Se pirará en cuanto ella aparezca.

—Muy bien, gracias. —Medito sobre si debo preguntarle lo mismo.

Después de que me llamara y me comentase que iban a reducir plantilla en

su empresa, supongo que debería hacerlo, pero prefiero no alargar mucho

la conversación.

Sonríe radiante, es su sonrisa falsa.

—Genial. Oye, sólo quería disculparme otra vez. Me pasé. No te

culparía si me mandaras a la mierda.

«¡Vete a la mierda!»

—Tranquilo, Matias. No te preocupes.

—Genial.

Vomito para mis adentros cuando James se acerca para unirse a

nosotros y me mira con el mismo desprecio que yo siento hacia él. ¡Que se

vaya a tomar viento! Sonrío con dulzura y me recoloco en la banqueta con

cuidado. Este vestido es ridículo, y aunque me sentía perfectamente

cómoda antes de ver a Matias, ahora creo que enseño demasiado y me siento

expuesta y vulnerable bajo las miradas escrutadoras de mi ex y de su

amigo.

—James. —Lo saludo con una inclinación de cabeza.

—Paula —replica. La frialdad de su tono no se me escapa. Ya debe de

haberle contado a Matias que me vio con un tipo alto, rubio y agresivo, así

que ¿por qué se está comportando Matias de una forma tan agradable?

—¿Puedo invitarte a una copa por los viejos tiempos? —se ofrece mi

ex.

—No, de veras, no hace falta.

Levanto mi copa de vino medio llena. ¿Por los viejos tiempos?

¿Cómo? ¿Para celebrar lo estúpido que era? ¡Por favor!

No la veo, pero sé que está cerca. La corriente helada que de repente

emana del cuerpo de Matias es muy poderosa. James no le da una bienvenida

mejor. Kate y él tampoco se entienden.

—¿Qué coño haces tú aquí? —le grita al aproximarse.

Se me tensan los hombros.

—No pasa nada, Kate —apaciguo a la fiera de mi amiga pelirroja.

—Ya me iba —sisea Matias.

—¡Pues ya estás tardando!

Él se vuelve hacia mí.

—Me alegro de verte, Paula.

—Igualmente, Matias. —Sonrío. ¿Qué gano siendo hostil? El tipo está

arrepentido, o eso creo. Bueno, da igual. Ya no forma parte de mi vida y no

puedo continuar con el drama para siempre. Me río para mis adentros. Mi

vida es una gran obra dramática en estos momentos.

Matt y James me dejan en paz, pero la calma sólo dura hasta que Kate

se desata.

—¿Qué haces hablando con esa serpiente? —me suelta desde el otro

lado de la mesa mientras se encarama a su taburete.

—Ha venido a saludar, sólo estaba siendo educado. —Mi tono de

aburrimiento la irritará aún más. ¡Está como una moto!

—¡Me importa una mierda!

Arrugo la cara.

—Hablas igual que Pedro.

Dios, no necesito que la fiera de mi mejor amiga se parezca a la fiera

de mi hombre. Resopla un poco antes de beberse el vino de un trago. Hago

lo mismo y me termino la copa.

—¿Otra? —Saco dinero de la cartera—. Vigílame el bolso.

Me dirijo a la barra para pedir otra ronda de bebidas y espero

pacientemente a que el camarero me atienda.

—¿Todo bien, preciosa?

Pongo los ojos en blanco y me vuelvo. Hay un tipo bajo, fornido,

baboso y creído mirándome de arriba abajo.

—Hola —digo cortésmente, y me vuelvo de nuevo hacia la barra. El

camarero trae nuestras copas—. Gracias. —Le doy un billete de veinte y

echo un trago. El baboso no me quita los ojos de encima, sigue a mi lado,

salivando sobre su pinta. Se me ponen los pelos como escarpias. Suplico

mentalmente al camarero que se dé prisa con el cambio e incluso considero

la posibilidad de renunciar a mi dinero y huir de aquí.

—¿Bailamos?

—No, gracias. —Sonrío, cojo el cambio de la mano del camarero y

hago una maniobra de fuga veloz. Me mira decepcionado, pero no vuelve a

probar suerte.

Ésta es mi tercera copa de vino. Soy una rebelde. Al diablo. Después

del numerito que me ha montado Pedro en casa, estoy en una misión secreta

de resistencia: tener la última palabra.

Unas cuantas horas después ya no hay tanta gente en el bar y vamos,

probablemente, por la tercera botella de vino. Nos ha entrado la risa floja

como a un par de adolescentes y mis preguntas se vuelven más atrevidas.

—¿De verdad estabas atada a la cama? —pregunto descaradamente.

La sonrisa que se dibuja en su cara me dice que Sam no me estaba tomando

el pelo. Ni siquiera me sorprendo. Debe de ser cosa del alcohol, o quizá sea

consecuencia del sexo ardiente del que he estado disfrutando últimamente

—. Lo sabía. —Me echo a reír—. Tienes que decirle que se ponga algo

encima cuando se pasea por el piso. No sé adónde mirar.

—¿Estás loca? —Me mira escandalizada—. ¡Qué desperdicio de

cuerpo!

Su mirada se pierde en la distancia, obviamente está pensando en el

cuerpo de Sam. Sí, es bastante atractivo, pero eso no significaque me

interese verlo. Yo ya tengo otro cuerpazo que admirar. Hablando del

cuerpazo, estoy borracha y tengo ganas de verlo. Puede que lo llame.

Entonces me acuerdo... Se supone que no debería estar bebiendo. ¡Bah! Me

tomo otro trago de vino.

—Entonces ¿a qué se dedica? —pregunto.

Conduce un Porsche y no parece que vaya nunca a trabajar.

Se encoge de hombros.

—Es un huérfano rico.

—¿Huérfano?

—Al parecer —dice pensativa—, sus padres murieron en un accidente

de coche cuando él tenía diecinueve años. No tiene hermanos, ni familia, ni

nada. Vive de su herencia y le va la marcha. —Sonríe de satisfacción otra

vez.

Dios, ¿Sam es huérfano? No me puedo imaginar perder a mis padres a

esa edad. A ninguna edad, de hecho. Tuvo que ser horrible. ¿Y nadie se

hizo cargo de él? De repente ya no veo a ese chico descarado de la misma

manera. Nadie se imaginaría que le ha pasado algo tan espantoso; siempre

está sonriendo y bromeando.

—¿Cuántos años tiene?

—Treinta —responde casi de mala gana, como si se sintiera culpable

por saber la edad del hombre al que se está tirando.

Lo dejo estar. No es culpa de Kate que a mí me tengan a oscuras.

—¿Qué opinas de Drew?

Levanta las cejas.

—Es un poco frío y cuadriculado, ¿no crees?

—¡Sí! —Me alegra no ser la única que lo piensa—. No es para nada el

tipo de Victoria.

—Dos citas, como mucho. —Kate me apunta con su copa y derrama

un poco de vino sobre la mesa—. Lo aburrirá hasta la muerte con un

informe detallado de su última visita al salón de bronceado.

—Cada semana está más naranja. —Me río.

—Eso no es naranja, tía. —Otro salpicón de vino sobre la mesa—. Eso

es caoba. Jamás podrá encontrarla en la oscuridad. Y sí, ella sólo lo hace a

oscuras.

—¡No!

—Sí. Es por no sé qué rollo de la celulitis y el pelo de recién follada.

Un coñazo. Con el último tío con el que estuvo decía que se levantaba una

hora antes que él para ducharse, peinarse y maquillarse para estar

presentable cuando él se despertara.

—¡Eso es ridículo!

Asiente.

—Oye, ¿te ha mencionado Pedro algo sobre una fiesta en La Mansión?

—¡Sí! —Me planteo seriamente si decirle que me ha sobornado para

que vaya. Por favor, que Sam haya pedido a Kate que lo acompañe. Eso

haría mucho más soportable la velada—. ¿Tú vas a ir?

—¡Pues claro que sí! Me muero por ver el sitio. —Le brillan los ojos

de emoción—. Creo que se avecina una sesión de compras.

—Probablemente yo me las apañe con lo que ya tengo en el armario.

—Me encojo de hombros. Me he gastado quinientas libras en este estúpido

y minúsculo vestido. Me reclino en el taburete y en seguida me doy cuenta

de que no tiene respaldo, así que tengo que agarrarme al borde de la mesa.

El vino sale volando por los aires.

—¡Mierda! —grito mientras intento no caerme al suelo de culo.

Me uno a las inevitables carcajadas de Kate, y nuestras copas se

tambalean peligrosamente mientras nos reímos a mandíbula batiente como

un par de adolescentes borrachas que se han pasado con la sidra. Necesito

parar de beber ya. Estoy a punto de sobrepasar el umbral de la diversión

para caer en el terreno de hablar arrastrando las palabras y hacer eses como

una borracha. Mi señor de La Mansión, exigente y nada razonable,

aparecerá mañana a las ocho de la mañana y debo asegurarme de no tener

resaca.—

Creo que va siendo hora de retirarse —dejo caer con toda la

diplomacia posible.

Kate asiente con la copa de vino en los labios.

—Sí, yo ya estoy. —Se escurre de la banqueta y se me acerca a

trompicones. Vale, parece que Kate ya está en el territorio de las eses—.

Huy, me encanta esta canción. ¡Vamos a bailar! —chilla, y me empuja

hacia la pista de baile.

—¡Kate, no hay nadie en la pista! —protesto. Tampoco hay casi nadie

en el bar.

—¿Y qué más da? —responde al tiempo que avanza dando tumbos

hacia la música. Me arrastra con ella—. Nos iremos después de es... ¡Ay!

—Se precipita al suelo y tira de mí con un aullido—. ¡Perdón! —Se echa a

reír.

Estamos las dos despatarradas en el suelo, riéndonos como locas y

mirando las tenues luces del local. Me avergonzaría... si no estuviera tan

pedo. ¿Cómo se nos verá desde fuera? Ninguna de las dos hace siquiera un

intento rápido de ponerse en pie.

—¿Crees que los de seguridad vendrán a ayudarnos? —balbuceo entre

carcajadas.

Kate se enjuga una lágrima.

—No lo sé. ¿Gritamos? —Busca mi brazo para apoyarse en él y poder

sentarse—. ¡Mierda! —exclama con un tono que ha pasado del cachondeo

a la seriedad.

—¿Qué? —Yo también me incorporo para averiguar a qué ha venido

eso, y resulta que tenemos a Pedro mirándonos desde arriba, con los brazos

cruzados y una expresión de cabreo extremo en su bonito rostro.

GRACIAS POR LEER!



2 comentarios:

  1. buenísimos los capítulos,me encantaron... seguí subiendo!!!

    ResponderEliminar
  2. Wowwwwwwwwwww, geniales los caps de hoy!!!!!!!!!!!!! Me imagino la cara de Pedro

    ResponderEliminar