viernes, 21 de marzo de 2014

Capitulo 85 ♥


—Nena, ¿te he agotado? —dice sonriente.

Jesús, es que ni siquiera está sudando. Yo, por mi parte, no puedo ni

hablar. Me esfuerzo por respirar debajo de él, como la perdedora que soy, y

le dejo que me llene la cara de besos. Debo de saber a rayos.

—Hummm, sexo y sudor.

Me lame la mejilla y me hace rodar por el suelo. Ahora estoy

despatarrada sobre su estómago. Jadeo y resuello encima de él mientras me

pasa la mano por la espalda sudorosa. Noto una presión en el pecho. ¿Se

puede tener un infarto a los veintiséis años?

Cuando por fin consigo controlar la respiración, me apoyo en su pecho

y me quedo a horcajadas sobre sus caderas, sentada en su cuerpo.

—Por favor, no me hagas volver a casa corriendo —le suplico.

Creo que me moriría. Se lleva las manos a la nuca y se apoya en ellas,

tan a gusto. Se divierte con mi respiración trabajosa y mi cara sudada. Sus

brazos tonificados parecen comestibles cuando los flexiona. Creo que

podría reunir la energía justa para agacharme y darles un mordisco.

—Lo has hecho mejor de lo que esperaba —me dice con una ceja

levantada.

—Prefiero el sexo soñoliento —gruño, y caigo sobre su pecho.

Me sujeta con el brazo.

—Yo también. —Dibuja círculos por mi espalda.

Vale. Hoy estoy enamorada de él de verdad y sólo son las seis y media

de la mañana. Pero debería tener presente con el señor Pedro Alfonso que todo

puede cambiar, mucho y muy rápido. Puede que dentro de una hora lo haya

desobedecido o no haya cedido en algo y entonces, de repente, me toque

lidiar con don Controlador Exigente. Entonces empezará con la cuenta

atrás o me echará un polvo para hacerme entrar en razón (me quedo con el polvo; paso de la cuenta atrás).

—Venga, señorita. No podemos pasarnos el día retozando en el

césped, tienes que ir a trabajar.

Sí, es verdad, y estamos a kilómetros del Lusso. Estoy más cerca de

casa de Kate que de la de Pedro, pero mis cosas se encuentran en la de él,

así que parece que tengo que seguir el camino más largo. Me levanto con

dificultad de su pecho y me pongo de pie. Me flojean las piernas. Pedro,

cómo no, se levanta como un delfín surcando las aguas tranquilas del

océano. Me pone mala.

Me pasa el brazo por los hombros y andamos hacia Piccadilly,

paramos un taxi y nos subimos a él.

—¿Te habías traído dinero para un taxi? —le pregunto. ¿Sabía que no

iba a poder conseguirlo?

No me contesta. Se limita a encogerse de hombros y a tirar de mí

hasta que me tiene entre sus brazos.

Me siento un poco culpable por no haberle dejado hacer su recorrido

habitual, pero sólo un poco. Estoy demasiado cansada como para

preocuparme por eso.

Me arrastra, casi literalmente, por el vestíbulo del Lusso hasta el

ascensor. Me siento como si llevara un mes despierta cuando, en realidad,

no hace ni dos horas que me he levantado. No tengo ni idea de cómo voy a

sobrevivir a lo que queda de día.

Cuando llegamos al ático, me siento en un taburete de la cocina y

apoyo la cabeza entre las manos. Mi respiración empieza a volver a la

normalidad.

—Toma.

Levanto la vista y veo una botella de agua ante mis narices. La cojo,

agradecida, y me bebo el maravilloso líquido helado. Me seco la boca con

el dorso de la mano.

—Llenaré la bañera. —Me mira con simpatía, pero también detecto

cierto deleite. ¡Capullo engreído!

Me levanta del taburete y me lleva arriba, agarrada a él, como ya es

habitual, igual que un chimpancé.

—No tengo tiempo para un baño. Mejor me doy una ducha —digo

cuando me deja en la cama. Lo que daría por poder acurrucarme bajo las

sábanas y no despertarme hasta la semana que viene.

—Tienes tiempo de sobra. Desayunaremos e iremos a La Mansión a

media mañana. Ahora, toca estirar.

Me besa la frente sudada y se va al cuarto de baño.

¿Cómo que a La Mansión? ¿Para qué? Entonces caigo en la cuenta,

antes de que mi cerebro tenga ocasión de ordenarle a mi boca que articule

la pregunta. ¿Decía en serio lo de que él era mi cita de todos los días hasta

el final del año académico?

«¡Mierda!»

Las cien mil libras eran para mantener a Patrick callado mientras

disfruta de mí mañana, tarde y noche. Maldita sea. ¿Y qué pasa con mis

otros clientes, con Van Der Haus, que es mi otro cliente importante? Él

solito es capaz de multiplicar por diez los ingresos de Patrick. Ay, Dios,

creo que van a pasar por encima de alguien.

—Pedro, necesito ir a la oficina. —Pruebo suerte con un tono tranquilo

y razonable. No sé por qué he escogido este tono en particular. ¿Cuál sería

la alternativa? ¿Exigente? ¡Ja!

—No. Estira. —Una respuesta corta y directa seguida de una orden

que me dicta desde el cuarto de baño.

Voy a perder mi trabajo. Lo sé. Se saldrá con la suya, pasará por

encima de mi vida social y de mi carrera, y luego me tirará como un

pañuelo de papel usado. Me habré quedado sin trabajo, sin amigos, sin

corazón y, lo que es peor, sin Pedro. Me estoy mareando. ¿Qué voy a hacer?

Estoy demasiado cansada como para salir corriendo si inicia una cuenta

atrás, no podría llegar muy lejos ni aunque lo intentara con todas mis

fuerzas. Y un polvo de entrar en razón remataría mi pobre corazón, que

lleva una buena paliza encima.

—Todo mi material está en la oficina. Mis programas de ordenador,

mis libros de referencia, todo —digo con una vocecita.

Aparece en el umbral de la puerta del baño mordiéndose el labio.

—¿Te hacen falta todas esas cosas?

—Sí, para hacer mi trabajo.

—Vale, pararemos en tu oficina. —Se encoge de hombros y vuelve al

cuarto de baño.

Me tiro en la cama de nuevo, desesperada. ¿Qué demonios voy a

decirle a Patrick? Suspiro de agotamiento. Me ha dejado sentirme segura al

traerme a casa en taxi y cargar con mi cuerpo cansado escaleras arriba

cuando mis piernas no podían más, y yo me lo he creído. Estoy tan loca

como él. Nunca tendré el control.

—El baño está listo —me susurra al oído y me saca de mis

cavilaciones.

—Lo decías en serio, ¿verdad? —le pregunto cuando me levanta de la

cama y me lleva en brazos al cuarto de baño. La enorme bañera que

domina la habitación está sólo medio llena.

—¿El qué? —Me deja en el suelo y empieza a desprenderme de mi

ropa deportiva mojada.

«¡Tienes la cara muy dura!»

—Lo de no compartirme.

—Sí.

—¿Y mis otros clientes?

—He dicho que no quiero compartirte. —Me baja los pantalones

cortos y me da un golpecito en el tobillo. Obedezco y levanto los pies,

primero uno y luego el otro.

¿Cómo voy a hacerlo? Por un lado, no me entusiasma precisamente la

idea de pasar más tiempo del justo y necesario en La Mansión, bajo la

gélida mirada de doña Morritos, y, por el otro, necesito atender a mis

clientes actuales. Para eso me pagan. ¿No quiere compartirme?

¿Qué?

¿Con nadie?

¿Hasta cuándo?

—Pedro, no necesito estar en La Mansión para hacer los diseños.

Me mete en la bañera y empieza a desvestirse.

—Sí que lo necesitas.

Me hundo en el agua caliente. Mis músculos doloridos lo agradecen.

Es una pena que no me relaje también la mente, que tiene ganas de gritar.

—No, no me hace falta —afirmo. Intento plantarme otra vez. ¡Qué

chiste!

Está muy enfadado cuando entra en la bañera detrás de mí y apoya mi

espalda contra su pecho. Se queda callado un momento antes de respirar

hondo. —Si te permito volver a la oficina, tienes que hacer algo por mí.

¿Si me permite? Este hombre va más allá de la arrogancia y la

seguridad en sí mismo. Pero está negociando, lo cual es una mejora con

respecto a exigírmelo u obligarme a hacerlo.

—Vale, ¿qué?

—Vendrás a la fiesta de aniversario de La Mansión.

—¿Qué? ¿A un evento social?

—Sí, exacto, a un evento social.

Me alegro de que no pueda verme la cara, porque, si pudiera, la vería

retorcida del disgusto. Así que ahora estoy entre la espada y la pared. Me

libro de ir a La Mansión hoy, pero en realidad sólo consigo posponerlo, no

evitarlo del todo. ¿Para un evento social? ¡Preferiría meter la cabeza en el

váter! —¿Cuándo? —Sueno menos entusiasmada de lo que estoy, que ya es

decir. —Dentro de dos semanas. —Me rodea los hombros con los brazos y

hunde la cara en mi cuello.

Debería estar bailando por el cuarto de baño de la alegría. Quiere que

lo acompañe a un evento social. Da igual que sea en su hotel pijo, me

quiere allí. Pero no estoy segura de estar preparada para pasar la velada

bajo la mirada atenta y hostil de Sarah, y no me cabe duda de que ella

también asistirá.

—Vendrás. —Me mete la lengua en la oreja, la recorre un par de

veces y me besa el lóbulo antes de volver a introducir la lengua.

Me retuerzo bajo su calidez, mi cuerpo resbala contra el suyo.

—¡Para! —Me estremezco.

—No. —Me aprieta fuerte y yo me encojo. Hay agua por todas partes

—. Dime que vendrás.

—¡Pedro! ¡No! —Me echo a reír cuando su mano llega a mi cadera—.

¡Para!—

Por favor —me ronronea al oído.

Dejo de resistirme. ¿Por favor? ¿Lo habré oído mal? Me quedo

petrificada. ¿Pedro Alfonso ha dicho por favor? Vale, así que está negociando

y ha dicho por favor. Si lo miro por el lado bueno, al menos sé que planea

tenerme en su vida unas cuantas semanas más. Si hubiera pasado todo el

día en La Mansión, no me cabe la menor duda de que habría tenido que ir a

la fiesta de aniversario de todos modos. Debería dar las gracias, creo.

—Vale, iré —suspiro, y me gano un superapretón y una caricia fuera

de serie. Levanto los brazos y le paso las manos por los antebrazos. Lo he

hecho feliz, y eso, a su vez, me hace muy feliz.

Así que voy a ser su acompañante. Sarah estará encantada. En

realidad, voy a ir y voy a esperar el día con ilusión. Me quiere allí, y eso

significa algo, ¿no? No puedo evitar la sonrisa de satisfacción que me

curva las comisuras de los labios. No suelo ser competitiva, pero detesto a

Sarah y Pedro me gusta mucho, así que es lógico, la verdad.

—¿Cuántos años cumple? —pregunto.

—¿Cómo?

—La Mansión, que cuántos años cumple.

—Unos cuantos.

Me vuelvo para tenerlo en mi campo de visión, pero ha puesto cara de

póquer. No va a decirme nada. Sacudo la cabeza, miro al frente y le dejo

guardar su estúpido secretito. A estas alturas ya me da igual. Lo quiero y

nada puede cambiarlo.

—Nunca me había dado un baño —comenta.

—¿Nunca?

—No, nunca. Soy hombre de duchas. Pero creo que voy a convertirme

en hombre de baños.

—A mí me encanta bañarme.

—A mí también, pero sólo contigo. —Me da un achuchón—. Menos

mal que la decoradora adivinó que iba a hacer falta una buena bañera.

Me río.

—Creo que lo hizo bien. —Ni en un millón de años habría adivinado

que iba a bañarme en ella cuando ayudé a coordinar el traslado del

mamotreto en grúa a través de la ventana. En aquel momento, casi me

arrepentí de haber sido tan extravagante, pero ahora disfruto de los

placeres de la gigantesca bañera hecha a medida. Mi sufrimiento ha valido

la pena.

—Me pregunto si alguna vez pensó en darse un baño en ella —musita.

—Para nada.

—Pues me alegro de que lo esté haciendo. —Me muerde el lóbulo de

la oreja y noto que sus pies se deslizan por mis espinillas y acarician los

míos por encima del agua jabonosa.

Cierro los ojos y apoyo la cabeza en su pecho. A fin de cuentas, tal

vez debería pasar de ir trabajar y quedarme con él todo el día. Adormilada

en la bañera, decido que charlar con Pedro mientras nos bañamos es uno de

mis nuevos pasatiempos favoritos. Y que es posible que empiece a correr

por las mañanas. Nada de distancias para locos, sólo alrededor de los

parques reales, una o dos vueltas día sí, día no. Tengo que acordarme de

estirar.—

Vas a llegar tarde a trabajar —me dice con dulzura al oído. Hago

una mueca. Estoy demasiado a gusto—. Piensa... que si no fueras a trabajar

podríamos quedarnos aquí más tiempo.

Me besa en la sien y se pone de pie para salir. Me deja pensando en

silencio que ojalá hubiera cedido cuando ha insistido en que me quedara

con él todo el día.

Resoplo enfurruñada y cojo su champú. Parece que hoy mi pelo va a volver a tener un mal día.


GRACIAS POR LEER!♥


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