Jesús, es que ni siquiera está sudando. Yo, por mi parte, no puedo ni
hablar. Me esfuerzo por respirar debajo de él, como la perdedora que soy, y
le dejo que me llene la cara de besos. Debo de saber a rayos.
—Hummm, sexo y sudor.
Me lame la mejilla y me hace rodar por el suelo. Ahora estoy
despatarrada sobre su estómago. Jadeo y resuello encima de él mientras me
pasa la mano por la espalda sudorosa. Noto una presión en el pecho. ¿Se
puede tener un infarto a los veintiséis años?
Cuando por fin consigo controlar la respiración, me apoyo en su pecho
y me quedo a horcajadas sobre sus caderas, sentada en su cuerpo.
—Por favor, no me hagas volver a casa corriendo —le suplico.
Creo que me moriría. Se lleva las manos a la nuca y se apoya en ellas,
tan a gusto. Se divierte con mi respiración trabajosa y mi cara sudada. Sus
brazos tonificados parecen comestibles cuando los flexiona. Creo que
podría reunir la energía justa para agacharme y darles un mordisco.
—Lo has hecho mejor de lo que esperaba —me dice con una ceja
levantada.
—Prefiero el sexo soñoliento —gruño, y caigo sobre su pecho.
Me sujeta con el brazo.
—Yo también. —Dibuja círculos por mi espalda.
Vale. Hoy estoy enamorada de él de verdad y sólo son las seis y media
de la mañana. Pero debería tener presente con el señor Pedro Alfonso que todo
puede cambiar, mucho y muy rápido. Puede que dentro de una hora lo haya
desobedecido o no haya cedido en algo y entonces, de repente, me toque
lidiar con don Controlador Exigente. Entonces empezará con la cuenta
atrás o me echará un polvo para hacerme entrar en razón (me quedo con el polvo; paso de la cuenta atrás).
—Venga, señorita. No podemos pasarnos el día retozando en el
césped, tienes que ir a trabajar.
Sí, es verdad, y estamos a kilómetros del Lusso. Estoy más cerca de
casa de Kate que de la de Pedro, pero mis cosas se encuentran en la de él,
así que parece que tengo que seguir el camino más largo. Me levanto con
dificultad de su pecho y me pongo de pie. Me flojean las piernas. Pedro,
cómo no, se levanta como un delfín surcando las aguas tranquilas del
océano. Me pone mala.
Me pasa el brazo por los hombros y andamos hacia Piccadilly,
paramos un taxi y nos subimos a él.
—¿Te habías traído dinero para un taxi? —le pregunto. ¿Sabía que no
iba a poder conseguirlo?
No me contesta. Se limita a encogerse de hombros y a tirar de mí
hasta que me tiene entre sus brazos.
Me siento un poco culpable por no haberle dejado hacer su recorrido
habitual, pero sólo un poco. Estoy demasiado cansada como para
preocuparme por eso.
Me arrastra, casi literalmente, por el vestíbulo del Lusso hasta el
ascensor. Me siento como si llevara un mes despierta cuando, en realidad,
no hace ni dos horas que me he levantado. No tengo ni idea de cómo voy a
sobrevivir a lo que queda de día.
Cuando llegamos al ático, me siento en un taburete de la cocina y
apoyo la cabeza entre las manos. Mi respiración empieza a volver a la
normalidad.
—Toma.
Levanto la vista y veo una botella de agua ante mis narices. La cojo,
agradecida, y me bebo el maravilloso líquido helado. Me seco la boca con
el dorso de la mano.
—Llenaré la bañera. —Me mira con simpatía, pero también detecto
cierto deleite. ¡Capullo engreído!
Me levanta del taburete y me lleva arriba, agarrada a él, como ya es
habitual, igual que un chimpancé.
—No tengo tiempo para un baño. Mejor me doy una ducha —digo
cuando me deja en la cama. Lo que daría por poder acurrucarme bajo las
sábanas y no despertarme hasta la semana que viene.
—Tienes tiempo de sobra. Desayunaremos e iremos a La Mansión a
media mañana. Ahora, toca estirar.
Me besa la frente sudada y se va al cuarto de baño.
¿Cómo que a La Mansión? ¿Para qué? Entonces caigo en la cuenta,
antes de que mi cerebro tenga ocasión de ordenarle a mi boca que articule
la pregunta. ¿Decía en serio lo de que él era mi cita de todos los días hasta
el final del año académico?
«¡Mierda!»
Las cien mil libras eran para mantener a Patrick callado mientras
disfruta de mí mañana, tarde y noche. Maldita sea. ¿Y qué pasa con mis
otros clientes, con Van Der Haus, que es mi otro cliente importante? Él
solito es capaz de multiplicar por diez los ingresos de Patrick. Ay, Dios,
creo que van a pasar por encima de alguien.
—Pedro, necesito ir a la oficina. —Pruebo suerte con un tono tranquilo
y razonable. No sé por qué he escogido este tono en particular. ¿Cuál sería
la alternativa? ¿Exigente? ¡Ja!
—No. Estira. —Una respuesta corta y directa seguida de una orden
que me dicta desde el cuarto de baño.
Voy a perder mi trabajo. Lo sé. Se saldrá con la suya, pasará por
encima de mi vida social y de mi carrera, y luego me tirará como un
pañuelo de papel usado. Me habré quedado sin trabajo, sin amigos, sin
corazón y, lo que es peor, sin Pedro. Me estoy mareando. ¿Qué voy a hacer?
Estoy demasiado cansada como para salir corriendo si inicia una cuenta
atrás, no podría llegar muy lejos ni aunque lo intentara con todas mis
fuerzas. Y un polvo de entrar en razón remataría mi pobre corazón, que
lleva una buena paliza encima.
—Todo mi material está en la oficina. Mis programas de ordenador,
mis libros de referencia, todo —digo con una vocecita.
Aparece en el umbral de la puerta del baño mordiéndose el labio.
—¿Te hacen falta todas esas cosas?
—Sí, para hacer mi trabajo.
—Vale, pararemos en tu oficina. —Se encoge de hombros y vuelve al
cuarto de baño.
Me tiro en la cama de nuevo, desesperada. ¿Qué demonios voy a
decirle a Patrick? Suspiro de agotamiento. Me ha dejado sentirme segura al
traerme a casa en taxi y cargar con mi cuerpo cansado escaleras arriba
cuando mis piernas no podían más, y yo me lo he creído. Estoy tan loca
como él. Nunca tendré el control.
—El baño está listo —me susurra al oído y me saca de mis
cavilaciones.
—Lo decías en serio, ¿verdad? —le pregunto cuando me levanta de la
cama y me lleva en brazos al cuarto de baño. La enorme bañera que
domina la habitación está sólo medio llena.
—¿El qué? —Me deja en el suelo y empieza a desprenderme de mi
ropa deportiva mojada.
«¡Tienes la cara muy dura!»
—Lo de no compartirme.
—Sí.
—¿Y mis otros clientes?
—He dicho que no quiero compartirte. —Me baja los pantalones
cortos y me da un golpecito en el tobillo. Obedezco y levanto los pies,
primero uno y luego el otro.
¿Cómo voy a hacerlo? Por un lado, no me entusiasma precisamente la
idea de pasar más tiempo del justo y necesario en La Mansión, bajo la
gélida mirada de doña Morritos, y, por el otro, necesito atender a mis
clientes actuales. Para eso me pagan. ¿No quiere compartirme?
¿Qué?
¿Con nadie?
¿Hasta cuándo?
—Pedro, no necesito estar en La Mansión para hacer los diseños.
Me mete en la bañera y empieza a desvestirse.
—Sí que lo necesitas.
Me hundo en el agua caliente. Mis músculos doloridos lo agradecen.
Es una pena que no me relaje también la mente, que tiene ganas de gritar.
—No, no me hace falta —afirmo. Intento plantarme otra vez. ¡Qué
chiste!
Está muy enfadado cuando entra en la bañera detrás de mí y apoya mi
espalda contra su pecho. Se queda callado un momento antes de respirar
hondo. —Si te permito volver a la oficina, tienes que hacer algo por mí.
¿Si me permite? Este hombre va más allá de la arrogancia y la
seguridad en sí mismo. Pero está negociando, lo cual es una mejora con
respecto a exigírmelo u obligarme a hacerlo.
—Vale, ¿qué?
—Vendrás a la fiesta de aniversario de La Mansión.
—¿Qué? ¿A un evento social?
—Sí, exacto, a un evento social.
Me alegro de que no pueda verme la cara, porque, si pudiera, la vería
retorcida del disgusto. Así que ahora estoy entre la espada y la pared. Me
libro de ir a La Mansión hoy, pero en realidad sólo consigo posponerlo, no
evitarlo del todo. ¿Para un evento social? ¡Preferiría meter la cabeza en el
váter! —¿Cuándo? —Sueno menos entusiasmada de lo que estoy, que ya es
decir. —Dentro de dos semanas. —Me rodea los hombros con los brazos y
hunde la cara en mi cuello.
Debería estar bailando por el cuarto de baño de la alegría. Quiere que
lo acompañe a un evento social. Da igual que sea en su hotel pijo, me
quiere allí. Pero no estoy segura de estar preparada para pasar la velada
bajo la mirada atenta y hostil de Sarah, y no me cabe duda de que ella
también asistirá.
—Vendrás. —Me mete la lengua en la oreja, la recorre un par de
veces y me besa el lóbulo antes de volver a introducir la lengua.
Me retuerzo bajo su calidez, mi cuerpo resbala contra el suyo.
—¡Para! —Me estremezco.
—No. —Me aprieta fuerte y yo me encojo. Hay agua por todas partes
—. Dime que vendrás.
—¡Pedro! ¡No! —Me echo a reír cuando su mano llega a mi cadera—.
¡Para!—
Por favor —me ronronea al oído.
Dejo de resistirme. ¿Por favor? ¿Lo habré oído mal? Me quedo
petrificada. ¿Pedro Alfonso ha dicho por favor? Vale, así que está negociando
y ha dicho por favor. Si lo miro por el lado bueno, al menos sé que planea
tenerme en su vida unas cuantas semanas más. Si hubiera pasado todo el
día en La Mansión, no me cabe la menor duda de que habría tenido que ir a
la fiesta de aniversario de todos modos. Debería dar las gracias, creo.
—Vale, iré —suspiro, y me gano un superapretón y una caricia fuera
de serie. Levanto los brazos y le paso las manos por los antebrazos. Lo he
hecho feliz, y eso, a su vez, me hace muy feliz.
Así que voy a ser su acompañante. Sarah estará encantada. En
realidad, voy a ir y voy a esperar el día con ilusión. Me quiere allí, y eso
significa algo, ¿no? No puedo evitar la sonrisa de satisfacción que me
curva las comisuras de los labios. No suelo ser competitiva, pero detesto a
Sarah y Pedro me gusta mucho, así que es lógico, la verdad.
—¿Cuántos años cumple? —pregunto.
—¿Cómo?
—La Mansión, que cuántos años cumple.
—Unos cuantos.
Me vuelvo para tenerlo en mi campo de visión, pero ha puesto cara de
póquer. No va a decirme nada. Sacudo la cabeza, miro al frente y le dejo
guardar su estúpido secretito. A estas alturas ya me da igual. Lo quiero y
nada puede cambiarlo.
—Nunca me había dado un baño —comenta.
—¿Nunca?
—No, nunca. Soy hombre de duchas. Pero creo que voy a convertirme
en hombre de baños.
—A mí me encanta bañarme.
—A mí también, pero sólo contigo. —Me da un achuchón—. Menos
mal que la decoradora adivinó que iba a hacer falta una buena bañera.
Me río.
—Creo que lo hizo bien. —Ni en un millón de años habría adivinado
que iba a bañarme en ella cuando ayudé a coordinar el traslado del
mamotreto en grúa a través de la ventana. En aquel momento, casi me
arrepentí de haber sido tan extravagante, pero ahora disfruto de los
placeres de la gigantesca bañera hecha a medida. Mi sufrimiento ha valido
la pena.
—Me pregunto si alguna vez pensó en darse un baño en ella —musita.
—Para nada.
—Pues me alegro de que lo esté haciendo. —Me muerde el lóbulo de
la oreja y noto que sus pies se deslizan por mis espinillas y acarician los
míos por encima del agua jabonosa.
Cierro los ojos y apoyo la cabeza en su pecho. A fin de cuentas, tal
vez debería pasar de ir trabajar y quedarme con él todo el día. Adormilada
en la bañera, decido que charlar con Pedro mientras nos bañamos es uno de
mis nuevos pasatiempos favoritos. Y que es posible que empiece a correr
por las mañanas. Nada de distancias para locos, sólo alrededor de los
parques reales, una o dos vueltas día sí, día no. Tengo que acordarme de
estirar.—
Vas a llegar tarde a trabajar —me dice con dulzura al oído. Hago
una mueca. Estoy demasiado a gusto—. Piensa... que si no fueras a trabajar
podríamos quedarnos aquí más tiempo.
Me besa en la sien y se pone de pie para salir. Me deja pensando en
silencio que ojalá hubiera cedido cuando ha insistido en que me quedara
con él todo el día.
Resoplo enfurruñada y cojo su champú. Parece que hoy mi pelo va a volver a tener un mal día.
GRACIAS POR LEER!♥
wowww, buenísimos los 4 caps!!!!!!!!!!!!
ResponderEliminarMuuuy buenos capítulos!!! @AmorpyPybb
ResponderEliminarbuenísimos los capítulos,me encantaron!!!
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