jueves, 20 de marzo de 2014

Capitulo 81 ♥




Cierra de un portazo y Pedro pone los ojos en blanco a causa de la

frustración. No creo que nunca me haya caído tan mal una persona.

—¿Qué ha querido decir? —pregunto. Me siento como si fuera el

blanco de una broma privada.

—Nada. No le hagas ni caso. Intenta hacerse la graciosa —murmura.

Ya no está del mismo humor.

Pues yo no le veo la gracia por ninguna parte, pero su respuesta, busca

y breve, hace que me lo piense dos veces antes de intentar seguir con el

tema. Maldición. Quiero que termine lo que había empezado.

Me levanta de la mesa y me pone de pie. Me coloca las copas del

sujetador sobre los senos, me abrocha la camisa y me quita los pantalones

de cuero. Voy a parecer una arruga andante. Recoge mi bolso del suelo y

me deja las bailarinas al lado de los pies para que me las ponga. Empiezo a

meterme la camisa por dentro para intentar estar más presentable y

observo a Pedro mientras se sienta en su enorme sillón giratorio de cuero

marrón. Está muy callado. Apoya los codos en los reposabrazos y se pone

las puntas de los dedos ante los labios. Me mira atentamente mientras

termino de arreglarme.

—¿Qué? —pregunto.

Parece pensativo. ¿A qué le estará dando vueltas?

—Nada. ¿Tienes hambre?

Me encojo de hombros.

—Más o menos.

Una sonrisa le curva las comisuras de los labios.

—Más o menos —repite—. El filete está muy bueno. ¿Te apetece?

Asiento. Sí, me apetecería un filete. Coge el teléfono del despacho y

marca un par de números.

—Paula va a tomar el filete. —Aprieta el auricular contra el hombro—.

¿Cómo te gusta?

—Al punto, por favor.

Vuelve a hablar por el auricular.

—Al punto, con patatas nuevas y una ensalada.

Me mira con las cejas levantadas.

Asiento otra vez.

—En mi despacho... y trae vino... Zinfandel. Eso es todo... Sí...

Gracias.

Cuelga y vuelve a marcar.

—John... Sí... Cuando quieras.

Cuelga y lo coge de nuevo.

—Sarah... Bien, no te preocupes. Tráeme los últimos datos de

asistencia.

Cuelga otra vez.

—Siéntate. —Señala el sofá que hay junto a la ventana.

Vale, me está entrando de nuevo esa sensación de incomodidad, así

que mi apetito desaparece a toda velocidad. Maldición, cómo odio venir

aquí.

—Puedo irme si estás ocupado.

Frunce el ceño y me mira inquisitivo.

—No, siéntate.

Me acerco al sofá y me siento en el cuero suave y marrón. Es como si

fuera una pieza de recambio: estoy rara e incómoda. Como no tengo nada

más que hacer, observo a Pedro hojear varios montones de papeles y firmar

aquí y allá. Está absorto en su trabajo. De vez en cuando, levanta la vista y

me dedica una sonrisa reconfortante que hace poco por aliviar mi

desasosiego. Quiero irme.

Paso veinte minutos, más o menos, jugando con mis pulgares y

deseando que se dé prisa, cuando llaman a la puerta y Pedro le dice que

pase a quienquiera que esté al otro lado. Pablo entra con una bandeja y sigue

la dirección que señala el bolígrafo de Pedro, hacia mí.

—Gracias, Pablo. —Sonrío cuando me coloca la bandeja delante y me

da unos cubiertos envueltos en una servilleta de tela blanca.

—El placer es mío. ¿Me permite abrirle el vino?

—No —sacudo la cabeza—, yo me encargo.

Asiente y se marcha en silencio.

Levanto la tapa del plato y un aroma delicioso invade mis fosas

nasales. Me ha hecho recuperar el apetito. Desenvuelvo el cuchillo y el

tenedor y lo clavo en la ensalada, la más colorida que haya visto jamás:

pimientos de todos los colores, cebolla roja y una docena de variedades de

lechuga, todo bañado en aceite aromatizado. Podría comer sólo con esto.

Es una maravilla.

Cruzo las piernas y me pongo la bandeja encima. Corto el filete y

gimo de satisfacción cuando me meto el tenedor en la boca. La comida de

La Mansión está muy bien.

—¿Está bueno?

Pedro apoya la barbilla en mi hombro.

—Buenísimo —mascullo con el filete en la boca—. ¿Quieres

probarlo?

Asiente y abre la boca. Corto un trozo de filete y lo llevo hacia mi

hombro para que lo muerda.

—Hummmm, qué rico —dice mientras mastica.

—¿Más? —le pregunto. Abre los ojos, agradecido, así que le corto

otro trozo y vuelvo a llevarlo hacia mi hombro. Me observa mientras

envuelve el tenedor con los labios carnosos y retira lentamente el trozo de

carne. No puedo evitar que una sonrisa me inunde la cara. Los ojos le

brillan de placer y le cuesta no sonreír mientras come. Me aprieta los

hombros con las manos y entierra la cara en mi nuca desde atrás.

Me da un mordisco juguetón en el cuello.

—Tú sabes mejor.

Mi sonrisa se torna más amplia en el momento en que se dedica a

mordisquearme el cuello, gruñendo y acariciándome con la nariz a su

gusto. Me río y levanto el hombro cuando me mordisquea la oreja y me

estremezco entera. Provoca muchas reacciones extremas en mí: frustración

extrema, deseo extremo y felicidad extrema, por citar sólo algunas. Este

hombre sabe tocarme la fibra sensible, y lo hace realmente bien.

—Come —me dice, y me besa la sien con ternura. Empieza a

trazarme círculos con el pulgar en lo alto de la espalda—. ¿Por qué estás

tan tensa? —me pregunta.

Estiro el cuello en señal de agradecimiento. Estoy tensa porque me

encuentro aquí, es la única razón. ¿Cómo puede una mujer hacerme sentir

tan incómoda? Llaman a la puerta.

—¿Sí? —Sigue con mis hombros cuando entra Sarah.

Hablando del rey de Roma. La temperatura baja en picado en cuanto

ve a Pedro dándome un masaje en los hombros. Le cambia el color de la

cara. Yo me doy cuenta, pero Pedro no parece notar la frialdad de su

presencia. Me tenso aún más y, de repente, me sorprendo deseando que

Pedro me quite las manos de encima. Nunca pensé que ansiaría algo así

pero, ahora mismo, me siento una impostora, y la mirada gélida de Sarah

hace que me revuelva, incómoda, en el asiento. El hecho de que esté aquí

sentada, con las piernas cruzadas, tan campante en el sofá, con un filete en

el regazo y don Divino haciéndome virguerías, no mejora las cosas.

—Los datos —murmura con el archivador en la mano y caminando

como si tal cosa hacia la mesa de Pedro para dejarlo delante de su silla. Se

vuelve para observarnos y me lanza dagas con la mirada. Me detesta a más

no poder.

—Gracias, Sarah. —Se inclina y me roza la mejilla con los labios,

respira hondo y me suelta—. Tengo que trabajar, nena. Disfruta de la cena.

Sarah pone cara de asco durante un instante, antes de volver a

colocarse la sonrisa falsa en los morros carnosos cuando Pedro se vuelve

hacia ella. Él se mete la mano en el bolsillo de los vaqueros.

—Transfiere cien mil a esta cuenta lo antes posible —le ordena

entregándole un sobre.

—¿Cien mil? —pregunta Sarah. Mira el sobre.

—Sí. Ahora mismo, por favor.

La deja mirando el sobre y se sienta detrás de la mesa sin prestarle

atención. Sarah está boquiabierta, pero él la ignora. Morritos calientes me

lanza una mirada asesina. Y entonces me doy cuenta de que es el sobre que

Sally le ha dado a Pedro.

¿Cien mil? Es demasiado. Pero ¿de qué va? Me gustaría decir algo.

¿Debería decir algo? Me vuelvo hacia Sarah, que sigue mirándome de hito

en hito, con los labios fruncidos. No la culpo. Sólo quiero esconderme

debajo del sofá y morirme. ¿Cien mil? Jesús, ella ya piensa que voy detrás

de él por su dinero.

—Eso es todo Sarah —la despacha Pedro, y ella se da la vuelta para

marcharse, pero no sin antes lanzarme una mirada furibunda.

Avanza despacio hacia la puerta y se topa con John en el umbral. Él la

saluda con la cabeza, se aparta para dejarle paso y cierra la puerta detrás de

ella. Me saluda y le sonrío antes de volver a picotear la ensalada y el filete.

Sí, mi apetito se ha ido a paseo. Necesito hablar con Pedro y preguntarle

qué papel tiene esa mujer en su vida. ¿Y por qué me odia tanto?











Dejo la bandeja en la mesita de café para servir un poco de vino, pero caigo en la

cuenta de que Pablo sólo ha traído una copa, así que voy al armario a coger

un vaso pequeño para mí y vuelvo al sofá para servir el vino. Cuando dejo

la copa en la mesa de Pedro, John se calla y los dos miran primero a la copa

y luego a mí.

Pedro la coge y me la devuelve.

—Yo no quiero, gracias, nena —me sonríe—. Tengo que conducir.

—Ah. —Recojo el vaso—. Lo siento.

—Descuida, disfrútalo. Lo he pedido para ti.

Vuelvo a mi sitio en el sofá y cojo una revista llamada SuperBike. Es

la única que hay, así que tendrá que bastarme.

Empiezo a hojearla y me sumerjo en los artículos sobre motos de

MotoGP, y me emociono cuando encuentro una sección dedicada a los que

van de pasajero en una moto de carrreras; los paquetes, que ahora ya sé

cuál es el término adecuado. ¿La moto de Pedro es de ésas? Leo las reglas

para viajar de paquete y un artículo titulado «La seguridad es lo primero».

Conseguiré que se ponga ropa de cuero aunque sea lo último que haga.

Estoy concentrada en los detalles de los motores de cuatro cilindros, las

clasificaciones por caballos de potencia y la próxima Feria de la Moto de

Milán, cuando noto que unas manos cálidas me envuelven el cuello. Echo

la cabeza atrás para ver a sus rasgos del revés.

Me bendice con su sonrisa arrebatadora.

—Había empezado algo, ¿verdad?

Se agacha y me posa los labios en la frente.

—¿Por qué no te has comprado la nueva 1198?

—Lo hice, pero prefiero la 1098.

—Pero ¿cuántas tienes?

—Doce.

—¿Doce? ¿Todas son supermotos?

Sonríe.

—Sí, Paula, todas son supermotos. Venga, voy a llevarte a casa.

Dejo la revista en la mesita y empiezo a ponerme de pie.

—Deberías llevar ropa de cuero —lo presiono así como quien no

quiere la cosa.

—Ya lo sé.

Me coge de la mano y me guía hacia la puerta.

—¿Y por qué no lo haces?

—Llevo moto desde... —Se para sin terminar la frase y me mira—.

Desde hace muchos años.

—En algún momento tendrás que decirme cuántos años tienes.

Me mira, le lanzo una brillante sonrisa y, a cambio, él me regala otra.

—Tal vez —dice con calma.

Si hace muchos años que conduce motos, debería ser consciente de los

peligros.

Caminamos por La Mansión y nos encontramos a Sam y a Drew en el

bar. Parece ser que Sam no va a ver a Kate esta noche. Está como siempre,

igual que Drew, con el traje negro y el pelo negro peinado a la perfección.

—¡Amigo mío! —lo saluda Sam—. Paula, me encantan tus bragas de

los dibujos animados de Little Miss. —Me entrega una bolsa de gimnasio

que me resulta muy familiar.

Me muero, me muero, me muero. ¿Ha estado husmeando en mi cajón

de la ropa interior? ¡Cabrón descarado! Noto que la cara me arde, miro a

Pedro y veo que la ira mana de todo su ser. ¡Ay, Sam!

—No tientes tu suerte, Sam —le advierte en un tono muy serio. La

sonrisa del otro desaparece y levanta las manos en señal de sumisión.

Drew resopla mientras sacude la cabeza y deja la cerveza en la barra.

—Te pasas de la raya, Sam —dice. Está de acuerdo con la reacción de

Pedro al inapropiado comentario de su amigo.

—Vaya, lo siento —murmura aquél mientras me mira con una sonrisa

que se le escapa involuntariamente.

Miro el bar. Está lleno. Hay mucha gente. Todos charlan, algunos

saludan a Pedro con la mano, pero ninguno se acerca. Siento que las

mujeres me tienen la misma animadversión que las del salón de verano. Es

como si se lo hubiera birlado. Ahora estoy segura de que el éxito del

negocio se basa únicamente en el señor de La Mansión y en lo guapísimo

que es. —Me llevo a Paula a casa. —Pedro me coge la bolsa del gimnasio—.

¿Mañana vas a correr? —le pregunta a Sam.

—No, quizá tenga algo entre manos. —Me sonríe.

Me pongo aún más roja. Nunca me acostumbraré a que sea tan directo

y a sus comentarios subidos de tono. Sacudo la cabeza en dirección al

cabrón descarado.

—¿Dónde está Kate? —pregunto. Debería llamarla.

—Tenía que hacer unas entregas. Estaba muy emocionada por llevarse

a Margo Junior en su primera salida oficial. Me han plantado por una

furgoneta rosa. —Da un trago a su cerveza—. Voy para allá cuando

termine aquí.

—¿Cuando termines de qué? —pregunta Drew con una ceja arqueada.

—De follarte —le espeta Sam.

¿Cuando termine de qué, exactamente?

Pedro tira de mí para sacarme del bar.

—Hasta la vista, chicos. ¡Di a Kate que Paula está conmigo! —grita por

encima del hombro. Me despido con la mano libre mientras me arrastra

fuera del bar. Ambos alzan las copas en señal de despedida. Los dos

sonríen.

Pedro me lleva a la salida de La Mansión y a su Aston Martin a un

ritmo más bien alto. Me abre la puerta del copiloto para que entre.

—Quiero ir en moto —protesto. Estoy enganchada.

—Ahora mismo te quiero cubierta de encaje, no de cuero. Sube al

coche. —Su mirada se ha vuelto pícara y prometedora. ¿En qué momento

ha cambiado?

Subo al Aston Martin, aprieto los muslos y espero a que se siente a mi

lado. Arranca el coche, lo saca marcha atrás y la grava sale despedida

cuando el vehículo vuela por el camino hacia las puertas. Tiene una

misión. Sé que se ha cabreado cuando Sarah nos ha interrumpido. Si llega a

entrar unos minutos más tarde, le habría dado la bienvenida un primer

plano perfecto del duro culo de Pedro. ¿O se lo habrá visto ya? Vomito por

dentro. Dios, espero que no. Miro el hermoso perfil del hombre que va

sentado a mi lado, relajado mientras conduce. Me mira un instante antes de

volver a centrarse en la carretera. Sé que está haciendo todo lo que puede

para no sonreír.

—Cien mil libras es una adelanto mayúsculo —digo con frialdad.

—¿Lo es?

—Sabes que sí.

Lo miro, desafiante, y él lucha con una sonrisa que amenaza con

inundar esa cara tan adorable que tiene.

—Te vendes demasiado barata.

—Debo de ser la puta más cara de la historia —contraataco, y veo que

aprieta los labios en una línea recta.

—Paula, si vuelves a decir eso de ti...

—Era una broma.

—¿Ves que me esté riendo?

—Tengo otros clientes con los que tratar —lo informo con valentía.

No puede esperar que dedique toda mi jornada laboral a su ampliación. O a

él. Dudo que me deje trabajar en ella sin molestarme, y Patrick sospechará

de todo el asunto si no estoy nunca en la oficina.

—Lo sé, pero yo soy un cliente especial. —Me da un apretón en la

rodilla y observo su sonrisa maliciosa.

—¡Y tan especial! —Me río y me hace cosquillas en el hueco que se

forma sobre la cadera.

Sube el volumen y Elbow me devuelve al respaldo del asiento

mientras veo el mundo pasar. Ahora mismo estoy muy enamorada de él, que no es lo mismo que estar sólo enamorada de él. A pesar del lapso, ha
resultado ser un bonito día.




GRACIAS POR LEER! ♥





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