Cierro los ojos, tenso todo el cuerpo y espero la ráfaga del primer contacto.
Y ahí está. Una pasada de su lengua directamente por el centro de mi
sexo y una pequeña danza sobre mi clítoris para rematarlo.
—Ah... ¡Dios! —rujo. Me recompensa metiéndome dos dedos hasta el
fondo. Doy un respingo y me aparto un poco de forma involuntaria, pero
Pedro me pone un brazo en la barriga para mantenerme quieta.
—¿Quieres que pare? —Su voz es grave y mi reacción violenta.
Vuelve rápidamente a mi sexo, me penetra de nuevo con los dedos y me
acaricia levemente el clítoris con la lengua.
Al cabo de unos segundos noto una explosión que se cierne en el
horizonte y, tras un último lametón en el centro de mi punto más sensible,
me hago pedazos. Estoy perdida. Sacudo la cabeza a un lado y a otro, se me
escapa el aire de los pulmones en un suspiro largo y pacífico y mi corazón
galopante recupera un ritmo calmado y seguro.
Me lame con cuidado para ayudarme a cabalgar las últimas
pulsaciones del orgasmo y me deja caer hacia atrás con delicadeza
mientras gimo de pura satisfacción. Tiene una boca increíble.
En mi estado subliminal, siento que cambia de postura entre mis
piernas y me mete los dedos en la boca para que pueda lamer las gotas de
mi estallido.
—¿Has visto lo bien que sabes, Paula? —murmura mientras traza
movimientos circulares con el dedo en mi boca. Luego se lo lleva a la suya
y se asegura de saborearme entera con la lengua. Inclina la cabeza cuando
se acerca a mi cara y me mira a los ojos antes de posar con suavidad sus
labios sobre los míos y recorrerlos de un lado a otro—. Eres asombrosa.
Necesito estar dentro de ti.
Cambia de postura con rapidez, tira de mí y me clava su excitación
expectante. Grito ante la invasión inesperada y mi clímax en recesión
resucita.
«¡Jesús!»
—Me toca a mí —jadea, y sale y entra otra vez. Grito y estiro los
brazos por encima de la cabeza cuando él se aferra a mis caderas para
poder moverme adelante y atrás sobre el mármol de la cocina al ritmo de
sus arremetidas. Abro los ojos y veo que está sudando y tiene la mandíbula
apretada.
Los restos de nata y chocolate hacen que me deslice con facilidad
hacia él y una sensación hormigueante me invade la entrepierna; las
deliciosas embestidas de su potente cuerpo amenazan con hacerme
explotar el cerebro.
«¡Joder, joder, joder!»
—¿Te gusta, Paula? —grita entre mis gemidos.
—Dios, sí.
—No vas a volver a huir de mí, ¿verdad?
—¡No!
«¡Nunca!»
Me levanta hacia su cuerpo, se vuelve y mi espalda choca contra la
pared. Se me escapa un grito de sorpresa. He mentido. No estoy
acostumbrada a él, para nada. Y no sé si llegaré a acostumbrarme. Tiene
tanta potencia, tanta fuerza... y es tan grande. Soporto sus embestidas
decididas e incesantes mientras me empotra una y otra vez contra la pared.
Emito un grito tras otro.
En mi desesperación por controlar mi orgasmo inminente, encuentro
su hombro, me aferro a él con la boca y le clavo los dientes.
—¡Joder! —ruge. Oigo que su frente choca contra la pared detrás de
mí y sus caderas empujan hacia adelante con todas sus fuerzas.
Ya está.
Le suelto el hombro, echo la cabeza hacia atrás con un grito áspero y
exploto en un segundo orgasmo que me hace mil pedazos.
Se queda inmóvil de repente, con la respiración entrecortada y
violenta, y entonces lanza una última y potente estocada.
—¡Jesús! —gruñe y se sacude contra mí, dentro y fuera. Convulsiono
entre sus brazos y respiro de manera irregular intentando que llegue algo
de aire a mis pulmones.
«Terror y pavor. ¡Joder!»
Me aferro a él con los brazos y las piernas, cierro los ojos y me derrito
en su cuerpo.
Apenas soy consciente de que me lleva de vuelta a la isla de la cocina.
El movimiento hace que los restos de su erección me rocen la pared del
útero mientras sigo colgada de él deleitándome con su calor. Me tumbo
sobre la espalda cuando me baja y disfruto de la seguridad que me da su
pecho firme sobre el mío. Por instinto, paso los brazos alrededor de su
espalda cuando me baña la cara de besos tiernos.
Ay, Dios, estoy tan abrumada. Nunca me había sentido tan necesitada
ni deseada. El tiempo que he pasado con Pedro, el bueno y el malo, las
rabietas y el afecto, ha arrasado con cualquier otro sentimiento que haya
experimentado y no ha dejado ni rastro. Abro los ojos, sé que me está
mirando.
—Tú y yo —me susurra mientras me observa.
Cierro los párpados pesados y tiro de él para enterrar la cara en su
cuello. Me pierdo por completo en él.
—Necesitamos una ducha.
Abro los ojos con gran esfuerzo. Me está levantando de la barra de
desayuno. Sigo aferrada a Pedro y no tengo intención de soltarme.
—Quiero quedarme aquí —murmuro soñolienta. Estoy muy cansada.
Se ríe.
—Tú agárrate, que ya me encargo yo.
Y eso hago. Me agarro fuerte, con las piernas a su cintura y los brazos
a sus hombros, mientras me lleva por el ático, escaleras arriba, hacia el
cuarto de baño.
—Méteme en la cama —refunfuño cuando me deja sobre el lavabo
doble.—
Estás pegajosa, y yo también. Nos lavaremos los dos y luego ya
podremos meternos en la cama y acurrucarnos. ¿Trato hecho?
Se va a abrir el grifo de la ducha.
Lo miro con ojos soñolientos.
—No. Méteme en la cama —gruño.
—Paula, eres adorable cuando estás medio dormida.
Me recoge del lavabo doble y me mete en la ducha. Apoyo la cabeza
en el hueco de su cuello y no intento separarme de su cálido cuerpo. El
agua es una bendición.
—Te voy a soltar —me dice.
Me agarro a él con más fuerza. Se ríe.
—No puedo enjabonarte con las manos ocupadas.
—Quiero seguir pegada a ti.
Suspira y se apoya en la pared de azulejos conmigo abrazada a él. Me
mira y me da un beso tierno en la frente. Gime contra mi piel. A pesar de
que estoy muy dormida, respondo a su beso acariciándole el cuello con la
nariz y con un pequeño suspiro de satisfacción.
Aparta uno de los brazos de mí. Levanta la rodilla para sujetarme el
trasero mientras se inclina para coger el gel de ducha de una estantería. Lo
deja en el suelo antes de hacer lo mismo con el champú. Baja la rodilla,
vuelve a colocarme el brazo debajo de las rodillas flexionadas y, despacio,
se desliza pared abajo sujetándome con fuerza. Noto la firmeza del suelo
de la ducha cuando ambos quedamos sentados.
Sé que restrinjo sus movimientos, pero yo no me muevo y él no se
queja. Trabaja conmigo encima, sujetándome con un brazo. Me enjabona y
me enjuaga el pelo con la mano libre lo mejor que puede. Se toma su
tiempo a la hora de eliminar los restos de nata y crema de cacao de mi
cuerpo. Su mano se desliza con ternura y cuidado trazando círculos lentos
que me transportan a un estado de duermevela. Sigo abrazada a él. No
quiero soltarme nunca.
—Voy a cuidar de ti para siempre —susurra, y después aprieta los
labios contra mi sien.
Le quito una mano del cuello y se la paso por el pecho y los
abdominales; dibujo círculos lentos alrededor de su ombligo.
—Vale —concedo.
Por mí perfecto. No puedo pensar en nada que me resulte más natural,
ni ahora ni nunca.
Deja escapar una bocanada de aire, está agotado.
—Venga, vamos a secarte.
Me separo de él. Me cuesta mantenerme en pie. Estoy hecha polvo. Le
tiendo la mano y él la acepta de buena gana, aunque no lo ayudo nada
cuando se incorpora. Veo que aún tiene restos de crema de cacao en el
pecho, así que me agacho, cojo el gel de ducha y me echo un poco en la
mano.Me observa formar espuma entre las palmas y apoyarlas contra su
pecho. Luego las muevo a lo largo de su cuerpo. Tiene el pelo rubio ceniza
pegado a los firmes músculos del cuello.
Cuando termino, me inclino para darle un beso casto en el centro del
pecho. Levanto la mirada y veo que tiene los ojos cerrados y la cara
levantada hacia el techo. Me pongo de puntillas y le beso la garganta para
llamar su atención, pero tarda varios segundos en bajar el rostro hacia el
mío.
Le sonrío y me devuelve una pequeña sonrisa. No me convence y me
pregunto qué le está causando tanta angustia.
—¿Qué te pasa? —pregunto nerviosa.
—Nada. Todo va bien.
Me cubre las mejillas con las manos y me ofrece una sonrisa a
medias. Estudia mi rostro antes de cerrar el grifo de la ducha y salir de
ella. Se envuelve una toalla alrededor de la estrecha cintura.
Camino detrás de él y de inmediato me encuentro cubierta por una
toalla de baño. Me seca de pies a cabeza y elimina el exceso de humedad
de mi pelo.
—¿Quieres que te lleve en brazos? —me pregunta.
La verdad es que sí. Qué perezosa. Asiento y sonríe con aprobación.
Alza mi cuerpo desnudo entre sus brazos y me lleva a la cama. Me meto
bajo las sábanas y respiro hondo cuando apoyo la cabeza en la almohada.
El delicioso aroma a Pedro inunda mis sentidos. Qué bien voy a dormir
aquí.
Deja caer la toalla. Retiro las sábanas a modo de invitación y, en
cuanto lo tengo lo bastante cerca, me acurruco en su pecho y entierro la
cara bajo su barbilla. Mi aliento cálido rebota contra su cuello y vuelve a
mi cara. Flexiono una rodilla y coloco una pierna entre sus muslos.
Estoy envuelta en él y es el lugar más tranquilo y agradable del
mundo.
—Eres demasiado cómodo —susurro en su garganta.
—¿Sí?
—Sí.
—Me alegro. A dormir, pequeña. —Me da un beso en la coronilla y
me aprieta contra él. No hay lugar para la distancia entre nosotros.
LINDOOOOO! CAPITULO ♥
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