estoy enamorada de un hombre cuya edad desconozco, y posiblemente
nunca la sepa.
—Se jubilaron y viven en Newquay desde hace unos años —suspiro
—. Mi padre dirigía una empresa de construcción y mi madre era ama de
casa. Mi padre tuvo un amago de infarto, cogió la jubilación anticipada y
se fueron a Cornualles. Mi hermano está viviendo sus sueños en Australia.
—Ahí tiene los titulares—. ¿Por qué no hablas de los tuyos? —le pregunto.
Sé que me estoy metiendo en terreno pantanoso, sobre todo después de lo
que contestó la última vez que le pregunté.
Espero con cautela, casi con recelo, su reacción. Me deja más que
sorprendida cuando bebe un sorbo de agua y se lanza a responder.
—Viven en Marbella. Mi hermana también está allí. No hablo con
ellos desde hace años. No aprobaron que Carmichael me dejara La
Mansión y todas sus posesiones.
¿Eh?
—¿Te lo dejó todo a ti? —Entiendo que eso pueda causar una reyerta
familiar, y más cuando también hay una hermana de por medio.
—Eso es. Estábamos muy unidos y no se hablaba con mis padres. No
les gustaba.
—¿No les gustaba vuestra relación?
—No. —Empieza a mordisquearse el labio.
—¿Había algo reprobable? —Ahora sí que siento curiosidad.
Suspira.
—Cuando dejé la universidad me pasaba todo el tiempo con
Carmichael. Mi madre, mi padre y Amalie se fueron a vivir a España y yo
me negué a irme con ellos. Tenía dieciocho años y me lo estaba pasando
como nunca. Me fui a vivir con Carmichael cuando se marcharon. No les
hizo mucha gracia. —Se encoge de hombros—. Tres años después,
Carmichael murió y yo me hice cargo de La Mansión. —Lo cuenta sin
emoción. Bebe otro trago de agua—. La relación se resintió después de
aquello. Me exigieron que vendiera La Mansión, pero yo no podía, era el
legado de Carmichael.
Jesús. He descubierto más sobre este hombre en cinco minutos que en
todo el tiempo que ha pasado desde que lo conozco. ¿Por qué está tan
hablador esta noche? Decido aprovecharme, no sé cuándo volverá a
presentarse la ocasión.
—¿Qué sueles hacer para divertirte?
Sus ojos verdes se iluminan y sonríe con malicia.
—Follarte.
Abro los ojos como platos y trago saliva con dificultad. ¿Me
considera una diversión? Ahora me siento como una mierda. Me revuelvo
en la silla y doy un sorbo al vino para apartar la mirada. Odio este bajón
que me entra de vez en cuando últimamente. Un instante estoy en el
séptimo cielo de Pedro y, al siguiente, cualquier comentario hace que me dé
de bruces contra la cruda realidad. No puedo con tantas señales
contradictorias.
—Te gusta el poder en el dormitorio —le digo sin sonrojarme ni un
poquito. Estoy orgullosa de mí misma. Su habilidad y la influencia que
tiene sobre todo mi ser me ponen nerviosa.
—Sí. —Contemplo su rostro impasible cuando mi mirada vuelve a la
suya.
—¿Eres un dominante? —Suelto, y me clavo mentalmente en las
posaderas el elegante tenedor plata. ¿De dónde ha salido eso?
Se atraganta y está a punto de escupirme el agua encima. ¿Por qué
habré preguntado eso?
Deja la copa sobre la mesa, coge la servilleta, se limpia la boca y
sacude la cabeza con una media sonrisa.
—Paula, no necesito esa clase de arreglo para conseguir que una mujer
haga lo que yo quiero en el dormitorio. No tengo ni tiempo ni ganas de
practicar ese tipo de mierda.
Me relajo un poco.
—Parece que me estás dedicando mucho tiempo.
—Supongo que sí.
Comienza a mirar al vacío, pensativo.
—Eres muy controlador —afirmo con frialdad sin apartar la vista de
mi copa. Voy a poner también ese tema sobre la mesa.
—Mírame —exige con suavidad y, como la esclava que soy, lo miro.
Sus ojos verdes se han suavizado. Se reclina, relajado, en la silla—. Sólo
contigo.
—¿Por qué?
—No lo sé. —Se da un breve mordisco en el labio—. Me vuelves
loco.
¿Qué? En fin, eso lo aclara todo. ¿Se cree que necesito una especie de
padre? Estoy hecha un lío. Suspiro en el interior de la copa de vino. ¿Que
lo vuelvo loco? «¡Lo mismo te digo, Alfonso!»
—Aquí está tu pasta —dice. Alzo la vista y veo a Luigi, que se acerca
cantando. He perdido el apetito.
—Gente encantadora —coloca dos generosos cuencos ante nosotros
—, buon appetito!
—Gracias, Luigi —sonríe Pedro con educación. Me lanza una mirada
inquisitiva, pero la ignoro y sonrío agradecida a Luigi. Es igualito que
Mario.
Revuelvo la pasta con el tenedor. Huele a gloria, pero estoy tan
confusa que se me ha cerrado el estómago. Jugueteo con ella un momento
y luego pruebo un bocado.
—¿Está buena? —pregunta Pedro.
Asiento poco convencida, a pesar de que está deliciosa. Comemos un
rato en silencio, mirándonos de vez en cuando. La comida es maravillosa, y
me siento culpable por no estar disfrutándola como se merece.
—¿Cuándo compraste el ático? —pregunto.
Detiene el tenedor de camino a su boca.
—En marzo —me contesta. Se toma el último bocado y aparta el
cuenco antes de coger el vaso de agua.
—Nunca me has dicho por qué pediste que fuera yo personalmente
quien se encargara de la ampliación de La Mansión.
Me rindo con la pasta y aparto el cuenco.
Pedro mira mi plato a medias y luego me mira a mí.
—Compré el ático y me encantó lo que habías hecho con él. Te
garantizo que no esperaba que aparecieras contoneando tu silueta perfecta,
con esa piel aceitunada y esos ojazos marrones. —Sacude la cabeza como
intentando borrar el recuerdo.
Me siento mejor sabiendo que se quedó tan sorprendido de verme
como yo de verlo a él.
—No eras exactamente el señor de La Mansión que me esperaba —le
digo. Yo también me estremezco al recordar el efecto que me produjo; el
efecto que todavía tiene sobre mí—. ¿Cómo sabías dónde estaba aquel
lunes al mediodía, cuando tropecé contigo en el bar?
Se encoge de hombros.
—Tuve suerte.
—Ya, claro.
Me seguiste, más bien.
Alzo la vista y detecto una sonrisa en la comisura de sus deliciosos
labios.—
Cuando te fuiste de La Mansión no podía pensar en otra cosa.
—Así que me perseguiste sin descanso —le respondo con calma.
—Tenías que ser mía.
—Y ya lo soy. ¿Siempre consigues lo que deseas?
Me observa desde el otro lado de la mesa y se inclina hacia adelante,
muy serio.
—No puedo contestar a eso, Paula, porque nunca he deseado nada lo
suficiente como para perseguirlo sin descanso. No del modo en que te
deseaba a ti.
Habla en pasado.
—¿Aún me deseas?
Se reclina en la silla y me estudia mientras acaricia su copa.
—Más que a nada.
Se me escapa un pequeño suspiro. No sé si es de alivio o de deseo. Ya
no sé nada.
—Soy tuya —digo con decisión.
Ya está. Acabo de ponerle el corazón en bandeja a este hombre.
Se pasa la lengua lentamente por el labio inferior.
—Paula, eres mía desde que apareciste por La Mansión.
—¿Sí?
—Sí. ¿Pasarás la noche conmigo?
—¿Es una pregunta o una orden?
—Una pregunta, pero si das la respuesta equivocada estoy seguro de
que pensaré en algo para hacerte cambiar de idea. —Sonríe un poco.
—Pasaré la noche contigo.
Asiente con aprobación.
—¿Y la noche de mañana?
—Sí.
—Tómate el día libre —me ordena.
—No.
Entorna los ojos.
—¿Y el viernes por la noche?
—He quedado con Kate para salir el viernes por la noche —le
informo. Resisto la tentación de alargar la mano, cogerme un mechón de
pelo y retorcerlo entre los dedos. No puede esperar que esté siempre a su
disposición. Confío en que Kate no tenga planes.
Sus ojos, entrecerrados, se oscurecen.
—Cancélalo.
Esto es algo que tengo que aclarar cuanto antes: sus neurosis son poco
razonables.
—Voy a tomar unas cuantas copas con mis amigos. No puedes
impedirme que los vea, Pedro.
—¿Cuántas copas son unas cuantas?
Noto que frunzo el ceño.
—No lo sé. Depende de cómo me encuentre. —Lo miro, acusadora.
Sospecho que es posible que el viernes esté hecha polvo si sigue
portándose como un loco. Me da dolor de cabeza y hace que el cuerpo me
duela de deseo.
Empieza a mordisquearse el labio inferior otra vez, la cabeza le va a
mil por hora. Está intentando averiguar cómo salirse con la suya. Con la
que pillé el sábado pasado no me he hecho ningún favor. Fue culpa suya.
¿Debería decírselo?
—No quiero que salgas a beber sin mí —dice con firmeza.
—Pues qué mala suerte. —Dios, estoy siendo valiente ¿Qué
graduación tiene este vino?
—Ya veremos —dice para sí.
Permanecemos sentados en silencio, mirándonos el uno al otro, él
enfadado y yo ocultando una sonrisilla. A los pocos instantes, se reclina en
su silla como si nada, un poco de lado, con una intención clara en la
mirada. No me aparto tímidamente de ella, sino que igualo su intensidad.
Es un desafío a cara descubierta. Lo deseo con desesperación a pesar de
que es un tanto difícil.
Luigi se acerca para recoger los platos e interrumpe el momento.
—¿Les ha gustado? —dice señalando los platos.
Pedro no rompe la conexión.
—Estupendo, Luigi. Gracias. —Su voz es gutural y está dando
golpecitos en la mesa con el dedo corazón. Noto que me roza la pierna con
la suya y no hace falta más para que se me acelere la respiración y mis
terminaciones nerviosas cobren vida. Estoy ardiendo de pies a cabeza... Y
lo sabe.
—Luigi, la cuenta, por favor. —Su tono amigable ha pasado a ser
apremiante.
Parece que el italiano capta el mensaje porque no nos ofrece la carta
de postres. Se marcha y vuelve, casi de inmediato, con un plato negro con
caramelos de menta y un trozo de papel. Sin siquiera mirarla, Pedro se
levanta, saca un fajo de billetes del bolsillo de sus vaqueros y deja varios
encima de la mesa.
Estira el brazo hacia mí y me coge de la mano.
—Nos vamos.
Me levanta de la silla y apenas me da tiempo a coger el bolso y a dejar
la servilleta encima de la mesa. Me lleva a toda velocidad hacia la puerta.
—¿Tienes prisa? —pregunto mientras me conduce hacia el coche por
el codo.
No hace el menor intento de aminorar el paso.
—Sí.
Cuando llegamos al coche, me da la vuelta y me empuja contra la
puerta. Su frente encuentra la mía y nuestros alientos, profundos, se funden
en el escaso espacio que separa nuestras bocas. Su erección resulta
dolorosamente dura contra la parte inferior de mi abdomen.
Por Dios, lo quiero aquí y ahora. Me da igual si a la gente le da por
mirar.—
Voy a follarte hasta que veas las estrellas, Paula. —Su voz es áspera
cuando mueve las caderas contra las mías. Lanzo un gemido—. Mañana no
vas a ir a trabajar porque no vas a poder ni andar. Sube al coche.
Lo haría, pero ya me cuesta andar. El suspense me ha dejado inmóvil.
Pasan unos segundos y sigo sin poder convencer a mis piernas de que
se muevan, así que me aparta, abre la puerta y, con cuidado, me deposita en
el asiento del copiloto.
GRACIAS POR LEER!♥
Muy buenos capítulos!! Jaja Pedro es un mandón!! @AmorPyPybb
ResponderEliminarmamitaaa querida que hombre por dios !!
ResponderEliminarwow buenísimos los capítulos,me encantaron!!!
ResponderEliminarEspectaculares los 3 caps!!!!
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