sábado, 15 de marzo de 2014

Capitulo 70 ♥



Sacudo la cabeza de desesperación y me resigno ante el hecho de que

estoy enamorada de un hombre cuya edad desconozco, y posiblemente

nunca la sepa.

—Se jubilaron y viven en Newquay desde hace unos años —suspiro

—. Mi padre dirigía una empresa de construcción y mi madre era ama de

casa. Mi padre tuvo un amago de infarto, cogió la jubilación anticipada y

se fueron a Cornualles. Mi hermano está viviendo sus sueños en Australia.

—Ahí tiene los titulares—. ¿Por qué no hablas de los tuyos? —le pregunto.

Sé que me estoy metiendo en terreno pantanoso, sobre todo después de lo

que contestó la última vez que le pregunté.

Espero con cautela, casi con recelo, su reacción. Me deja más que

sorprendida cuando bebe un sorbo de agua y se lanza a responder.

—Viven en Marbella. Mi hermana también está allí. No hablo con

ellos desde hace años. No aprobaron que Carmichael me dejara La

Mansión y todas sus posesiones.

¿Eh?

—¿Te lo dejó todo a ti? —Entiendo que eso pueda causar una reyerta

familiar, y más cuando también hay una hermana de por medio.

—Eso es. Estábamos muy unidos y no se hablaba con mis padres. No

les gustaba.

—¿No les gustaba vuestra relación?

—No. —Empieza a mordisquearse el labio.

—¿Había algo reprobable? —Ahora sí que siento curiosidad.

Suspira.

—Cuando dejé la universidad me pasaba todo el tiempo con

Carmichael. Mi madre, mi padre y Amalie se fueron a vivir a España y yo

me negué a irme con ellos. Tenía dieciocho años y me lo estaba pasando

como nunca. Me fui a vivir con Carmichael cuando se marcharon. No les

hizo mucha gracia. —Se encoge de hombros—. Tres años después,

Carmichael murió y yo me hice cargo de La Mansión. —Lo cuenta sin

emoción. Bebe otro trago de agua—. La relación se resintió después de

aquello. Me exigieron que vendiera La Mansión, pero yo no podía, era el

legado de Carmichael.

Jesús. He descubierto más sobre este hombre en cinco minutos que en

todo el tiempo que ha pasado desde que lo conozco. ¿Por qué está tan

hablador esta noche? Decido aprovecharme, no sé cuándo volverá a

presentarse la ocasión.

—¿Qué sueles hacer para divertirte?

Sus ojos verdes se iluminan y sonríe con malicia.

—Follarte.

Abro los ojos como platos y trago saliva con dificultad. ¿Me

considera una diversión? Ahora me siento como una mierda. Me revuelvo

en la silla y doy un sorbo al vino para apartar la mirada. Odio este bajón

que me entra de vez en cuando últimamente. Un instante estoy en el

séptimo cielo de Pedro y, al siguiente, cualquier comentario hace que me dé

de bruces contra la cruda realidad. No puedo con tantas señales

contradictorias.

—Te gusta el poder en el dormitorio —le digo sin sonrojarme ni un

poquito. Estoy orgullosa de mí misma. Su habilidad y la influencia que

tiene sobre todo mi ser me ponen nerviosa.

—Sí. —Contemplo su rostro impasible cuando mi mirada vuelve a la

suya.

—¿Eres un dominante? —Suelto, y me clavo mentalmente en las

posaderas el elegante tenedor plata. ¿De dónde ha salido eso?

Se atraganta y está a punto de escupirme el agua encima. ¿Por qué

habré preguntado eso?

Deja la copa sobre la mesa, coge la servilleta, se limpia la boca y

sacude la cabeza con una media sonrisa.

—Paula, no necesito esa clase de arreglo para conseguir que una mujer

haga lo que yo quiero en el dormitorio. No tengo ni tiempo ni ganas de

practicar ese tipo de mierda.

Me relajo un poco.

—Parece que me estás dedicando mucho tiempo.

—Supongo que sí.

Comienza a mirar al vacío, pensativo.

—Eres muy controlador —afirmo con frialdad sin apartar la vista de

mi copa. Voy a poner también ese tema sobre la mesa.

—Mírame —exige con suavidad y, como la esclava que soy, lo miro.

Sus ojos verdes se han suavizado. Se reclina, relajado, en la silla—. Sólo

contigo.

—¿Por qué?

—No lo sé. —Se da un breve mordisco en el labio—. Me vuelves

loco.

¿Qué? En fin, eso lo aclara todo. ¿Se cree que necesito una especie de

padre? Estoy hecha un lío. Suspiro en el interior de la copa de vino. ¿Que

lo vuelvo loco? «¡Lo mismo te digo, Alfonso!»

—Aquí está tu pasta —dice. Alzo la vista y veo a Luigi, que se acerca

cantando. He perdido el apetito.

—Gente encantadora —coloca dos generosos cuencos ante nosotros

—, buon appetito!

—Gracias, Luigi —sonríe Pedro con educación. Me lanza una mirada

inquisitiva, pero la ignoro y sonrío agradecida a Luigi. Es igualito que

Mario.

Revuelvo la pasta con el tenedor. Huele a gloria, pero estoy tan

confusa que se me ha cerrado el estómago. Jugueteo con ella un momento

y luego pruebo un bocado.

—¿Está buena? —pregunta Pedro.

Asiento poco convencida, a pesar de que está deliciosa. Comemos un

rato en silencio, mirándonos de vez en cuando. La comida es maravillosa, y

me siento culpable por no estar disfrutándola como se merece.

—¿Cuándo compraste el ático? —pregunto.

Detiene el tenedor de camino a su boca.

—En marzo —me contesta. Se toma el último bocado y aparta el

cuenco antes de coger el vaso de agua.

—Nunca me has dicho por qué pediste que fuera yo personalmente

quien se encargara de la ampliación de La Mansión.

Me rindo con la pasta y aparto el cuenco.

Pedro mira mi plato a medias y luego me mira a mí.

—Compré el ático y me encantó lo que habías hecho con él. Te

garantizo que no esperaba que aparecieras contoneando tu silueta perfecta,

con esa piel aceitunada y esos ojazos marrones. —Sacude la cabeza como

intentando borrar el recuerdo.

Me siento mejor sabiendo que se quedó tan sorprendido de verme

como yo de verlo a él.

—No eras exactamente el señor de La Mansión que me esperaba —le

digo. Yo también me estremezco al recordar el efecto que me produjo; el

efecto que todavía tiene sobre mí—. ¿Cómo sabías dónde estaba aquel

lunes al mediodía, cuando tropecé contigo en el bar?

Se encoge de hombros.

—Tuve suerte.

—Ya, claro.

Me seguiste, más bien.

Alzo la vista y detecto una sonrisa en la comisura de sus deliciosos

labios.—

Cuando te fuiste de La Mansión no podía pensar en otra cosa.

—Así que me perseguiste sin descanso —le respondo con calma.

—Tenías que ser mía.

—Y ya lo soy. ¿Siempre consigues lo que deseas?

Me observa desde el otro lado de la mesa y se inclina hacia adelante,

muy serio.

—No puedo contestar a eso, Paula, porque nunca he deseado nada lo

suficiente como para perseguirlo sin descanso. No del modo en que te

deseaba a ti.

Habla en pasado.

—¿Aún me deseas?

Se reclina en la silla y me estudia mientras acaricia su copa.

—Más que a nada.

Se me escapa un pequeño suspiro. No sé si es de alivio o de deseo. Ya

no sé nada.

—Soy tuya —digo con decisión.

Ya está. Acabo de ponerle el corazón en bandeja a este hombre.

Se pasa la lengua lentamente por el labio inferior.

—Paula, eres mía desde que apareciste por La Mansión.

—¿Sí?

—Sí. ¿Pasarás la noche conmigo?

—¿Es una pregunta o una orden?

—Una pregunta, pero si das la respuesta equivocada estoy seguro de

que pensaré en algo para hacerte cambiar de idea. —Sonríe un poco.

—Pasaré la noche contigo.

Asiente con aprobación.

—¿Y la noche de mañana?

—Sí.

—Tómate el día libre —me ordena.

—No.

Entorna los ojos.

—¿Y el viernes por la noche?

—He quedado con Kate para salir el viernes por la noche —le

informo. Resisto la tentación de alargar la mano, cogerme un mechón de

pelo y retorcerlo entre los dedos. No puede esperar que esté siempre a su

disposición. Confío en que Kate no tenga planes.

Sus ojos, entrecerrados, se oscurecen.

—Cancélalo.

Esto es algo que tengo que aclarar cuanto antes: sus neurosis son poco

razonables.

—Voy a tomar unas cuantas copas con mis amigos. No puedes

impedirme que los vea, Pedro.

—¿Cuántas copas son unas cuantas?

Noto que frunzo el ceño.

—No lo sé. Depende de cómo me encuentre. —Lo miro, acusadora.

Sospecho que es posible que el viernes esté hecha polvo si sigue

portándose como un loco. Me da dolor de cabeza y hace que el cuerpo me

duela de deseo.

Empieza a mordisquearse el labio inferior otra vez, la cabeza le va a

mil por hora. Está intentando averiguar cómo salirse con la suya. Con la

que pillé el sábado pasado no me he hecho ningún favor. Fue culpa suya.

¿Debería decírselo?

—No quiero que salgas a beber sin mí —dice con firmeza.

—Pues qué mala suerte. —Dios, estoy siendo valiente ¿Qué

graduación tiene este vino?

—Ya veremos —dice para sí.

Permanecemos sentados en silencio, mirándonos el uno al otro, él

enfadado y yo ocultando una sonrisilla. A los pocos instantes, se reclina en

su silla como si nada, un poco de lado, con una intención clara en la

mirada. No me aparto tímidamente de ella, sino que igualo su intensidad.

Es un desafío a cara descubierta. Lo deseo con desesperación a pesar de

que es un tanto difícil.

Luigi se acerca para recoger los platos e interrumpe el momento.

—¿Les ha gustado? —dice señalando los platos.

Pedro no rompe la conexión.

—Estupendo, Luigi. Gracias. —Su voz es gutural y está dando

golpecitos en la mesa con el dedo corazón. Noto que me roza la pierna con

la suya y no hace falta más para que se me acelere la respiración y mis

terminaciones nerviosas cobren vida. Estoy ardiendo de pies a cabeza... Y

lo sabe.

—Luigi, la cuenta, por favor. —Su tono amigable ha pasado a ser

apremiante.

Parece que el italiano capta el mensaje porque no nos ofrece la carta

de postres. Se marcha y vuelve, casi de inmediato, con un plato negro con

caramelos de menta y un trozo de papel. Sin siquiera mirarla, Pedro se

levanta, saca un fajo de billetes del bolsillo de sus vaqueros y deja varios

encima de la mesa.

Estira el brazo hacia mí y me coge de la mano.

—Nos vamos.

Me levanta de la silla y apenas me da tiempo a coger el bolso y a dejar

la servilleta encima de la mesa. Me lleva a toda velocidad hacia la puerta.

—¿Tienes prisa? —pregunto mientras me conduce hacia el coche por

el codo.

No hace el menor intento de aminorar el paso.

—Sí.

Cuando llegamos al coche, me da la vuelta y me empuja contra la

puerta. Su frente encuentra la mía y nuestros alientos, profundos, se funden

en el escaso espacio que separa nuestras bocas. Su erección resulta

dolorosamente dura contra la parte inferior de mi abdomen.

Por Dios, lo quiero aquí y ahora. Me da igual si a la gente le da por

mirar.—

Voy a follarte hasta que veas las estrellas, Paula. —Su voz es áspera

cuando mueve las caderas contra las mías. Lanzo un gemido—. Mañana no

vas a ir a trabajar porque no vas a poder ni andar. Sube al coche.

Lo haría, pero ya me cuesta andar. El suspense me ha dejado inmóvil.

Pasan unos segundos y sigo sin poder convencer a mis piernas de que

se muevan, así que me aparta, abre la puerta y, con cuidado, me deposita en

el asiento del copiloto.

GRACIAS POR LEER!♥


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