muslos con las manos apoyadas sobre ellos.
—Me gusta tu camisa —dice al tiempo que me frota las piernas.
—¿Es cara? —pregunto con sorna.
—Mucho —sonríe. Ha captado mis intenciones—. ¿Qué recuerdas de
anoche?
Vaya. Pues que estaba como una cuba y más caliente que una mona
sobre la pista de baile y que creo que me di cuenta de que estaba
enamorada de él. Pero no es necesario que sepa esto último.
—Que bailas muy bien —decido responder.
—No puedo evitarlo. Me encanta Justin Timberlake —dice restándole
importancia—. ¿Qué más recuerdas?
—¿Por? —pregunto extrañada.
Suspira.
—¿Hasta cuándo recuerdas?
¿Adónde quiere ir a parar?
—No recuerdo llegar a casa, si es eso lo que quieres saber. Sé que
estaba muy borracha y que fui una estúpida bebiéndome esa última copa.
—¿No recuerdas nada después de salir del bar?
—No —admito. Nunca me había pasado algo así.
—Es una lástima. —Sus ojos apesadumbrados observan los míos y
parecen buscar algo en ellos, pero no sé qué.
—¿El qué?
—Nada. —Se inclina, me besa con ternura en los labios y me acaricia
la cara con las palmas de las manos.
—¿Cuántos años tienes? —le pregunto mirándolo directamente a los
ojos.
Vuelve a pegar sus labios a los míos y me obliga a abrirlos pasando la
lengua alrededor de mi boca lentamente antes de morderme el labio
inferior y de introducirla con suavidad.
—Veintiséis —susurra, y empieza a darme besitos por toda la boca.
—Te has saltado el veinticinco —farfullo, y cierro los ojos con
satisfacción.
—No. Anoche me lo preguntaste, pero no te acuerdas.
—Ah. ¿Después del bar?
Frota la nariz contra la mía.
—Sí, después del bar. —Se aparta y me acaricia el labio inferior con
el pulgar—. ¿Te encuentras mejor?
—Sí, pero tienes que darme de comer.
Se echa a reír y me propina un beso casto en los labios.
—¿Ordena algo más su Señoría?
—Sí —respondo con altivez—. Devuélveme mi ropa.
Me mira con recelo y desliza la mano en dirección a mi cadera. La
aprieta con fuerza y me obliga a dar un brinco sobre el banco al tiempo que
lanzo un chillido.
—¿Quién manda aquí, Paula?
—No sé a qué te refieres —digo entre risas mientras sigue
haciéndome cosquillas en mi punto débil.
—Me refiero a lo bien que nos llevaríamos si aceptases quién manda
aquí.
No puedo soportarlo más.
—¡Tú! ¡Tú mandas!
Me suelta inmediatamente.
—Buena chica. —Me agarra del pelo, tira de mí hacia su cara y me
besa con pasión—. Espero que no se te olvide.
Me derrito en sus labios y acepto su supuesto poder con un largo
suspiro. Se aparta de mí demasiado pronto para mi gusto y me deja sobre la
encimera para regresar unos minutos después con mi ropa interior, mi
vestido, mis zapatos y mi bolso. Le lanzo una mirada asesina mientras me
lo entrega todo.
—No me mires así, señorita. No vas a ponerte ese vestido otra vez,
eso te lo garantizo. Ponte la camisa por encima. —Contempla el vestido
con desaprobación antes de marcharse a la cocina para hacer una llamada.
Me echo a reír. ¿Quién manda aquí? ¡Yo! ¡Yo mando! «¡Maníaco
controlador!» Me pongo la ropa y registro el bolso para sacar las píldoras
anticonceptivas, pero no las encuentro. Vacío todo el contenido sobre la
isla y busco entre todos los trastos que llevo, pero no las cogí.
—¿Estás lista?
Me vuelvo hacia Pedro, que está en la entrada de la cocina
tendiéndome la mano.
—Un momento. —Vuelvo a meterlo todo en el bolso y doy un salto
para tomar su mano.
—¿Has perdido algo? —pregunta, y me guía por el ático.
—No, me las habré dejado en casa. —Me mira con curiosidad—. Las
píldoras.
Levanta las cejas.
—Menos mal que no está Cathy. Le daría un infarto si te viera con ese
vestido.
—¿Quién es Cathy?
—Mi asistenta. —Vuelve a mirar mi vestido con desaprobación y
empieza a abrocharme los botones de la camisa—. Mejor —concluye con
una sonrisita de satisfacción.
Salimos del ascensor y me arrastra por el vestíbulo del Lusso. Clive
nos mira perplejo.
—Buenos días, señor Alfonso —lo saluda alegremente—. Ya tienes mejor aspecto Paula, .
Pedro saluda a Clive con la cabeza pero no se detiene. Yo me pongo
como un tomate y sonrío con dulzura mientras corro para seguirle el ritmo
a Pedro. Qué vergüenza. Dudo mucho que tenga mejor aspecto que anoche.
Tengo el pelo mojado, no me he maquillado y llevo la misma ropa que
anoche con una camisa de Pedro encima.
Me mete en el Aston Martin y me lleva a casa a la misma velocidad
vertiginosa de siempre mientras Ian Brown acaricia mis oídos.
Una vez delante de casa de Kate, bajo del coche y él sale para
despedirse en la acera. Me sigue con la mirada hasta que me tiene delante y
me contempla con esos maravillosos ojos verdes. No quiero que se vaya.
Quiero que me lleve de vuelta a su castillo de ensueño y que me retenga
allí para siempre, en su cama, con él dentro. Soy esclava de este hombre.
Me ha absorbido por completo.
Doy un paso hacia adelante, me aprieto contra su pecho e inclino la
cabeza para mirarlo. Él está como si tal cosa, con las manos en los
bolsillos y mirándome con los ojos brillantes cuando me pongo de
puntillas y le rozo los labios con los míos. Al instante, se saca las manos de
los bolsillos, me estrecha contra su pecho y me hunde la lengua en la boca,
reclamando la mía con vehemencia. Y yo se la entrego sin rechistar. Le
rodeo el cuello con los brazos y me dejo llevar mientras me aprieta y me
lame la boca, devorándome por completo.
Perdida... estoy perdida.
Una vez satisfecho, se aparta con un gran suspiro que me deja sin
respiración y deseando mucho más. Me vuelvo sobre las piernas
tambaleantes y avanzo hasta el portal de Kate. Debería sonreír. Estoy muy
contenta y satisfecha con todo el sexo que he tenido, pero siento una
punzada difícil de ignorar en el estómago.
Me doy la vuelta para ver cómo se aleja con el coche, pero me lo
encuentro detrás de mí, mirándome. Arrugo el ceño. ¿Qué hace? Como
venga a por otro beso de despedida ya no lo suelto.
—¿Qué haces? —pregunto.
—Te esperaré dentro.
—¿Adónde voy a ir?
—Te vienes conmigo al trabajo —contesta como si ya debiera
saberlo.
¿Se va a trabajar? Pues claro, los hoteles no cierran los fines de
semana, pero ¿qué voy a hacer yo mientras él trabaja? Aunque, bien
pensado, ¿qué más da mientras esté junto a él?
—Acabas de darme un beso de despedida.
Esboza una sonrisa.
—No, Paula. Sólo te he besado —dice, y me aparta un mechón de pelo
mojado de la cara—. Arréglate.
Ah, vale. No para de darme órdenes y yo las acato sin rechistar. Soy
su esclava de verdad.
Entro en el salón, con Pedro detrás, y veo a Kate y a Sam tirados en el
sofá, convertidos en un amasijo de brazos y piernas, semidesnudos y
comiendo cereales. Ninguno de los dos hace el más mínimo esfuerzo por
intentar taparse.
—¡Eh, colega! —exclama Sam al levantar la vista y ver a Pedro,
quien, al comprobar que está medio desnudo, lo mira con desaprobación—.
¿Cómo te encuentras, Paula? —me pregunta.
Pongo los ojos en blanco. «Pues... estaba fatal, pero después de que
Pedro me haya follado hasta perder el sentido me encuentro mucho mejor,
gracias.»
—Bien —contesto. Miro a Kate y le indico con la mirada que se reúna
conmigo en mi cuarto inmediatamente—. Me daré toda la prisa que pueda.
Dejo a Pedro en el salón y me retiro a mi habitación, donde me paseo
de un lado a otro mientras espero a Kate. Las palabras de Victoria me
vuelven a la mente, y ahora no sé qué hacer.
Entra en mi dormitorio; tiene un aspecto horrible.
—¡Parece que alguien ha estado follando! —dice entre risas.
La miro con recelo. Hay algo que tengo que aclarar primero.
—¿Por qué le dijiste a Sam dónde estaba? —le reprocho.
Se queda perpleja.
—¿Estás enfadada conmigo?
—Sí... no... un poco. —Bueno, no estoy enfadada en absoluto. Anoche
sí lo estaba un poco, pero ya no. Me sonríe con sorna—. No me mires así,
Kate Matthews. ¿Qué ha pasado entre Sam y tú?
—Es un encanto, ¿verdad? —Me guiña un ojo—. Sólo nos estamos
divirtiendo un poco.
Bueno, sea sólo eso o no, tiene que saberlo.
—Tienes que saber que Victoria vio que una tía enfurecida le tiraba
un frappuccino por encima en Starbucks. —Me quito la camisa de Pedro y
el vestido por la cabeza y los tiro al suelo.
Kate pone los ojos en blanco, recoge las prendas y las coloca sobre mi
cama antes de dejarse caer sobre el edredón con la melena pelirroja
rodeándole el pálido rostro.
—Ya lo sé. Es la loca de su ex novia.
—¿Te lo ha contado? —digo incapaz de ocultar mi sorpresa.
—Sí, no pasa nada.
—Ah. —No puedo creer lo tranquila que está. Todo le parece bien
siempre, nada la irrita nunca.
Me mira.
—Tú no eres la única que se está llevando lo suyo —dice muy en
serio. Me quedo boquiabierta—. Lo llevas escrito en la cara, Paula.
—Me voy con Pedro a su trabajo. —Cojo el secador e intento hacer
algo con mi pelo desastroso.
—Diviértete —canturrea cuando sale de mi cuarto. Pongo la cabeza
boca abajo y me seco del todo la mata de pelo negro mientras intento
ignorar el hecho de que tengo prisa por volver con Pedro.
Cuando vuelvo a levantar la cabeza frente al espejo, me lo encuentro
apoyado en el cabezal de mi cama. Tiene los brazos cruzados por detrás de
la cabeza. Ocupa prácticamente la totalidad de mi cama doble. Apago el
secador y me vuelvo hacia sus ardientes ojos verdes. Quiero saltar sobre
esa cama y sobre él.
—Hola, nena —dice mirándome de arriba abajo.
—Hola —respondo sonriendo y con voz insinuante—. ¿Estás
cómodo?
Cambia de postura.
—No, últimamente sólo estoy cómodo con una cosa debajo de mí. —
Mueve las cejas de forma sugerente.
Esa mirada y esas palabras hacen que me tiemblen las rodillas;
remolinos de necesidad recorren cada milímetro de mi cuerpo. Lo miro
mientras se levanta de mi cama y se aproxima lentamente. Una vez delante
de mí, me da la vuelta y me pone de cara al armario. Estira el brazo por
encima de mi hombro, rebusca entre mi ropa colgada y saca mi vestido
camisero de color crema.
—Ponte esto —me susurra al oído—. Y ponte ropa interior de encaje.
Cierro los ojos con fuerza. Había pensado en ponerme unos vaqueros
y una camiseta, pero no me importa en absoluto ponerme lo que sugiere.
Estiro el brazo, le cojo la percha de las manos y gimo un poco cuando, al
bajar el brazo, me roza un pecho al tiempo que adelanta las caderas contra
mi trasero.
«¡Para, por Dios!»
—Date prisa —dice. Me da una palmadita en el culo, se marcha y me
deja allí plantada, toda temblorosa, con la única posibilidad de aferrarme al
vestido de color crema. Me obligo a volver a la realidad, sacudo el cuerpo
y la cabeza ligeramente y acabo de arreglarme.
Saco todos mis bolsos y empiezo a buscar las píldoras, pero no las
encuentro por ninguna parte. Kate está preparando té en la cocina, vestida
sólo con una camiseta.
—¿Has visto mis pastillas? —pregunto mientras busco en un cajón
donde guardamos todo tipo de trastos, desde pilas y cargadores de teléfono
hasta pintalabios y laca de uñas.
—¿No están en tu bolso?
—No. —Cierro el cajón de golpe con el ceño fruncido.
—¿Has mirado ya en todos tus bolsos? —pregunta Kate, que sale de la
cocina con dos tazas de té.
—Sí —contesto, y empiezo a buscar en los demás cajones de la
cocina, aunque sé que es imposible que estén con los cubiertos o los
utensilios.
—¿Qué pasa?
Alzo la vista y veo a Pedro en la puerta.
—No encuentro las píldoras.
Pruebo, en vano, a buscarlas en el bolso otra vez, pero no están.
—Luego las buscas, vamos. —Me tiende la mano—. Me gusta tu
vestido —comenta, y me mira de arriba abajo mientras camino hacia él.
Claro que sí... lo ha elegido él.
Mete la mano por debajo del dobladillo y me acaricia entre los muslos
con el dedo índice mientras contempla cómo cierro los labios de golpe y
pego las manos a su pecho. Sonríe con satisfacción, desliza el dedo por
debajo de la goma de mis bragas y me acaricia el sexo con suavidad. Lanzo
un suspiro.
—Estás mojada —susurra, y traza círculos con el dedo lentamente.
Tengo ganas de llorar de placer—. Después. —Retira el dedo y se lo lame.
Lo miro mal.
—Tienes que dejar de hacer eso.
—Jamás. —Se ríe y me saca de un tirón de la cocina—. Despídete de
tu amiga.
—¡Adiós! —grito—. También es amiga tuya, ¿verdad? —Todavía no
hemos hablado sobre la pequeña conversación que tuvieron Kate y él
anoche en el bar. Me mira con cara de no entender a qué me refiero—:
Anoche, en el bar, le susurraste algo al oído —digo como si tal cosa.
Abre la puerta de la calle y me insta a salir.
—Me echó la bronca por haber desaparecido y me disculpé. No suelo
disculparme muy a menudo, así que no te acostumbres.
Me echo a reír. La verdad es que no le pega mucho lo de pedir perdón.
Pero conmigo lo ha hecho. Aunque todavía no me ha explicado dónde se
metió durante esos días.
GRACIAS POR LEER!!!♥♥
Muy buenos capítulos!! Intensos!! Le dirá Pedro dónde estuvo? Y las píldoras? @AmorPyPybb
ResponderEliminarGeniales los 5 caps, como siempre!!!! QUiero saber dónde estuvo y qué pasó con las píldoras!!!!!!!!!!!!!
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