martes, 11 de marzo de 2014

Capitulo 57 ♥




Me coloca sobre la encimera de la isla y se coloca entre mis

muslos con las manos apoyadas sobre ellos.

—Me gusta tu camisa —dice al tiempo que me frota las piernas.

—¿Es cara? —pregunto con sorna.

—Mucho —sonríe. Ha captado mis intenciones—. ¿Qué recuerdas de

anoche?

Vaya. Pues que estaba como una cuba y más caliente que una mona

sobre la pista de baile y que creo que me di cuenta de que estaba

enamorada de él. Pero no es necesario que sepa esto último.

—Que bailas muy bien —decido responder.

—No puedo evitarlo. Me encanta Justin Timberlake —dice restándole

importancia—. ¿Qué más recuerdas?

—¿Por? —pregunto extrañada.

Suspira.

—¿Hasta cuándo recuerdas?

¿Adónde quiere ir a parar?

—No recuerdo llegar a casa, si es eso lo que quieres saber. Sé que

estaba muy borracha y que fui una estúpida bebiéndome esa última copa.

—¿No recuerdas nada después de salir del bar?

—No —admito. Nunca me había pasado algo así.

—Es una lástima. —Sus ojos apesadumbrados observan los míos y

parecen buscar algo en ellos, pero no sé qué.

—¿El qué?

—Nada. —Se inclina, me besa con ternura en los labios y me acaricia

la cara con las palmas de las manos.

—¿Cuántos años tienes? —le pregunto mirándolo directamente a los

ojos.

Vuelve a pegar sus labios a los míos y me obliga a abrirlos pasando la

lengua alrededor de mi boca lentamente antes de morderme el labio

inferior y de introducirla con suavidad.

—Veintiséis —susurra, y empieza a darme besitos por toda la boca.

—Te has saltado el veinticinco —farfullo, y cierro los ojos con

satisfacción.

—No. Anoche me lo preguntaste, pero no te acuerdas.

—Ah. ¿Después del bar?

Frota la nariz contra la mía.

—Sí, después del bar. —Se aparta y me acaricia el labio inferior con

el pulgar—. ¿Te encuentras mejor?

—Sí, pero tienes que darme de comer.

Se echa a reír y me propina un beso casto en los labios.

—¿Ordena algo más su Señoría?

—Sí —respondo con altivez—. Devuélveme mi ropa.

Me mira con recelo y desliza la mano en dirección a mi cadera. La

aprieta con fuerza y me obliga a dar un brinco sobre el banco al tiempo que

lanzo un chillido.

—¿Quién manda aquí, Paula?

—No sé a qué te refieres —digo entre risas mientras sigue

haciéndome cosquillas en mi punto débil.

—Me refiero a lo bien que nos llevaríamos si aceptases quién manda

aquí.

No puedo soportarlo más.

—¡Tú! ¡Tú mandas!

Me suelta inmediatamente.

—Buena chica. —Me agarra del pelo, tira de mí hacia su cara y me

besa con pasión—. Espero que no se te olvide.

Me derrito en sus labios y acepto su supuesto poder con un largo

suspiro. Se aparta de mí demasiado pronto para mi gusto y me deja sobre la

encimera para regresar unos minutos después con mi ropa interior, mi

vestido, mis zapatos y mi bolso. Le lanzo una mirada asesina mientras me

lo entrega todo.

—No me mires así, señorita. No vas a ponerte ese vestido otra vez,

eso te lo garantizo. Ponte la camisa por encima. —Contempla el vestido

con desaprobación antes de marcharse a la cocina para hacer una llamada.

Me echo a reír. ¿Quién manda aquí? ¡Yo! ¡Yo mando! «¡Maníaco

controlador!» Me pongo la ropa y registro el bolso para sacar las píldoras

anticonceptivas, pero no las encuentro. Vacío todo el contenido sobre la

isla y busco entre todos los trastos que llevo, pero no las cogí.

—¿Estás lista?

Me vuelvo hacia Pedro, que está en la entrada de la cocina

tendiéndome la mano.

—Un momento. —Vuelvo a meterlo todo en el bolso y doy un salto

para tomar su mano.

—¿Has perdido algo? —pregunta, y me guía por el ático.

—No, me las habré dejado en casa. —Me mira con curiosidad—. Las

píldoras.

Levanta las cejas.

—Menos mal que no está Cathy. Le daría un infarto si te viera con ese

vestido.

—¿Quién es Cathy?

—Mi asistenta. —Vuelve a mirar mi vestido con desaprobación y

empieza a abrocharme los botones de la camisa—. Mejor —concluye con

una sonrisita de satisfacción.

Salimos del ascensor y me arrastra por el vestíbulo del Lusso. Clive

nos mira perplejo.

—Buenos días, señor Alfonso —lo saluda alegremente—. Ya tienes mejor aspecto Paula, .

Pedro saluda a Clive con la cabeza pero no se detiene. Yo me pongo

como un tomate y sonrío con dulzura mientras corro para seguirle el ritmo

a Pedro. Qué vergüenza. Dudo mucho que tenga mejor aspecto que anoche.

Tengo el pelo mojado, no me he maquillado y llevo la misma ropa que

anoche con una camisa de Pedro encima.

Me mete en el Aston Martin y me lleva a casa a la misma velocidad

vertiginosa de siempre mientras Ian Brown acaricia mis oídos.

Una vez delante de casa de Kate, bajo del coche y él sale para

despedirse en la acera. Me sigue con la mirada hasta que me tiene delante y

me contempla con esos maravillosos ojos verdes. No quiero que se vaya.

Quiero que me lleve de vuelta a su castillo de ensueño y que me retenga

allí para siempre, en su cama, con él dentro. Soy esclava de este hombre.

Me ha absorbido por completo.

Doy un paso hacia adelante, me aprieto contra su pecho e inclino la

cabeza para mirarlo. Él está como si tal cosa, con las manos en los

bolsillos y mirándome con los ojos brillantes cuando me pongo de

puntillas y le rozo los labios con los míos. Al instante, se saca las manos de

los bolsillos, me estrecha contra su pecho y me hunde la lengua en la boca,

reclamando la mía con vehemencia. Y yo se la entrego sin rechistar. Le

rodeo el cuello con los brazos y me dejo llevar mientras me aprieta y me

lame la boca, devorándome por completo.

Perdida... estoy perdida.

Una vez satisfecho, se aparta con un gran suspiro que me deja sin

respiración y deseando mucho más. Me vuelvo sobre las piernas

tambaleantes y avanzo hasta el portal de Kate. Debería sonreír. Estoy muy

contenta y satisfecha con todo el sexo que he tenido, pero siento una

punzada difícil de ignorar en el estómago.

Me doy la vuelta para ver cómo se aleja con el coche, pero me lo

encuentro detrás de mí, mirándome. Arrugo el ceño. ¿Qué hace? Como

venga a por otro beso de despedida ya no lo suelto.

—¿Qué haces? —pregunto.

—Te esperaré dentro.

—¿Adónde voy a ir?

—Te vienes conmigo al trabajo —contesta como si ya debiera

saberlo.

¿Se va a trabajar? Pues claro, los hoteles no cierran los fines de

semana, pero ¿qué voy a hacer yo mientras él trabaja? Aunque, bien

pensado, ¿qué más da mientras esté junto a él?

—Acabas de darme un beso de despedida.

Esboza una sonrisa.

—No, Paula. Sólo te he besado —dice, y me aparta un mechón de pelo

mojado de la cara—. Arréglate.

Ah, vale. No para de darme órdenes y yo las acato sin rechistar. Soy

su esclava de verdad.

Entro en el salón, con Pedro detrás, y veo a Kate y a Sam tirados en el

sofá, convertidos en un amasijo de brazos y piernas, semidesnudos y

comiendo cereales. Ninguno de los dos hace el más mínimo esfuerzo por

intentar taparse.

—¡Eh, colega! —exclama Sam al levantar la vista y ver a Pedro,

quien, al comprobar que está medio desnudo, lo mira con desaprobación—.

¿Cómo te encuentras, Paula? —me pregunta.

Pongo los ojos en blanco. «Pues... estaba fatal, pero después de que

Pedro me haya follado hasta perder el sentido me encuentro mucho mejor,

gracias.»

—Bien —contesto. Miro a Kate y le indico con la mirada que se reúna

conmigo en mi cuarto inmediatamente—. Me daré toda la prisa que pueda.

Dejo a Pedro en el salón y me retiro a mi habitación, donde me paseo

de un lado a otro mientras espero a Kate. Las palabras de Victoria me

vuelven a la mente, y ahora no sé qué hacer.

Entra en mi dormitorio; tiene un aspecto horrible.

—¡Parece que alguien ha estado follando! —dice entre risas.

La miro con recelo. Hay algo que tengo que aclarar primero.

—¿Por qué le dijiste a Sam dónde estaba? —le reprocho.

Se queda perpleja.

—¿Estás enfadada conmigo?

—Sí... no... un poco. —Bueno, no estoy enfadada en absoluto. Anoche

sí lo estaba un poco, pero ya no. Me sonríe con sorna—. No me mires así,

Kate Matthews. ¿Qué ha pasado entre Sam y tú?

—Es un encanto, ¿verdad? —Me guiña un ojo—. Sólo nos estamos

divirtiendo un poco.

Bueno, sea sólo eso o no, tiene que saberlo.

—Tienes que saber que Victoria vio que una tía enfurecida le tiraba

un frappuccino por encima en Starbucks. —Me quito la camisa de Pedro y

el vestido por la cabeza y los tiro al suelo.

Kate pone los ojos en blanco, recoge las prendas y las coloca sobre mi

cama antes de dejarse caer sobre el edredón con la melena pelirroja

rodeándole el pálido rostro.

—Ya lo sé. Es la loca de su ex novia.

—¿Te lo ha contado? —digo incapaz de ocultar mi sorpresa.

—Sí, no pasa nada.

—Ah. —No puedo creer lo tranquila que está. Todo le parece bien

siempre, nada la irrita nunca.

Me mira.

—Tú no eres la única que se está llevando lo suyo —dice muy en

serio. Me quedo boquiabierta—. Lo llevas escrito en la cara, Paula.

—Me voy con Pedro a su trabajo. —Cojo el secador e intento hacer

algo con mi pelo desastroso.

—Diviértete —canturrea cuando sale de mi cuarto. Pongo la cabeza

boca abajo y me seco del todo la mata de pelo negro mientras intento

ignorar el hecho de que tengo prisa por volver con Pedro.

Cuando vuelvo a levantar la cabeza frente al espejo, me lo encuentro

apoyado en el cabezal de mi cama. Tiene los brazos cruzados por detrás de

la cabeza. Ocupa prácticamente la totalidad de mi cama doble. Apago el

secador y me vuelvo hacia sus ardientes ojos verdes. Quiero saltar sobre

esa cama y sobre él.

—Hola, nena —dice mirándome de arriba abajo.

—Hola —respondo sonriendo y con voz insinuante—. ¿Estás

cómodo?

Cambia de postura.

—No, últimamente sólo estoy cómodo con una cosa debajo de mí. —

Mueve las cejas de forma sugerente.

Esa mirada y esas palabras hacen que me tiemblen las rodillas;

remolinos de necesidad recorren cada milímetro de mi cuerpo. Lo miro

mientras se levanta de mi cama y se aproxima lentamente. Una vez delante

de mí, me da la vuelta y me pone de cara al armario. Estira el brazo por

encima de mi hombro, rebusca entre mi ropa colgada y saca mi vestido

camisero de color crema.

—Ponte esto —me susurra al oído—. Y ponte ropa interior de encaje.

Cierro los ojos con fuerza. Había pensado en ponerme unos vaqueros

y una camiseta, pero no me importa en absoluto ponerme lo que sugiere.

Estiro el brazo, le cojo la percha de las manos y gimo un poco cuando, al

bajar el brazo, me roza un pecho al tiempo que adelanta las caderas contra

mi trasero.

«¡Para, por Dios!»

—Date prisa —dice. Me da una palmadita en el culo, se marcha y me

deja allí plantada, toda temblorosa, con la única posibilidad de aferrarme al

vestido de color crema. Me obligo a volver a la realidad, sacudo el cuerpo

y la cabeza ligeramente y acabo de arreglarme.

Saco todos mis bolsos y empiezo a buscar las píldoras, pero no las

encuentro por ninguna parte. Kate está preparando té en la cocina, vestida

sólo con una camiseta.

—¿Has visto mis pastillas? —pregunto mientras busco en un cajón

donde guardamos todo tipo de trastos, desde pilas y cargadores de teléfono

hasta pintalabios y laca de uñas.

—¿No están en tu bolso?

—No. —Cierro el cajón de golpe con el ceño fruncido.

—¿Has mirado ya en todos tus bolsos? —pregunta Kate, que sale de la

cocina con dos tazas de té.

—Sí —contesto, y empiezo a buscar en los demás cajones de la

cocina, aunque sé que es imposible que estén con los cubiertos o los

utensilios.

—¿Qué pasa?

Alzo la vista y veo a Pedro en la puerta.

—No encuentro las píldoras.

Pruebo, en vano, a buscarlas en el bolso otra vez, pero no están.

—Luego las buscas, vamos. —Me tiende la mano—. Me gusta tu

vestido —comenta, y me mira de arriba abajo mientras camino hacia él.

Claro que sí... lo ha elegido él.

Mete la mano por debajo del dobladillo y me acaricia entre los muslos

con el dedo índice mientras contempla cómo cierro los labios de golpe y

pego las manos a su pecho. Sonríe con satisfacción, desliza el dedo por

debajo de la goma de mis bragas y me acaricia el sexo con suavidad. Lanzo

un suspiro.

—Estás mojada —susurra, y traza círculos con el dedo lentamente.

Tengo ganas de llorar de placer—. Después. —Retira el dedo y se lo lame.

Lo miro mal.

—Tienes que dejar de hacer eso.

—Jamás. —Se ríe y me saca de un tirón de la cocina—. Despídete de

tu amiga.

—¡Adiós! —grito—. También es amiga tuya, ¿verdad? —Todavía no

hemos hablado sobre la pequeña conversación que tuvieron Kate y él

anoche en el bar. Me mira con cara de no entender a qué me refiero—:

Anoche, en el bar, le susurraste algo al oído —digo como si tal cosa.

Abre la puerta de la calle y me insta a salir.

—Me echó la bronca por haber desaparecido y me disculpé. No suelo

disculparme muy a menudo, así que no te acostumbres.

Me echo a reír. La verdad es que no le pega mucho lo de pedir perdón.

Pero conmigo lo ha hecho. Aunque todavía no me ha explicado dónde se

metió durante esos días.



GRACIAS POR LEER!!!♥♥


2 comentarios:

  1. Muy buenos capítulos!! Intensos!! Le dirá Pedro dónde estuvo? Y las píldoras? @AmorPyPybb

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  2. Geniales los 5 caps, como siempre!!!! QUiero saber dónde estuvo y qué pasó con las píldoras!!!!!!!!!!!!!

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