viernes, 7 de marzo de 2014
Capitulo 40 ♥
El rugido que inunda el aire bloquea el sonido del tráfico de Londres y
los pitidos de los coches. También hace que se me doblen las rodillas de
alivio. Me vuelvo hacia la voz más oportuna que jamás hubiera esperado
oír y veo a Pedro corriendo por la carretera vestido con un traje y con cara
de asesino.
«¡Gracias a Dios!» No sé de dónde ha salido, y lo cierto es que me da
igual. Siento un alivio tremendo. Nunca me había alegrado tanto de ver a
nadie en mi vida, y el hecho de que sea un hombre al que conozco desde
hace apenas una semana debería significar algo para mí.
La cabeza gorda y espantosa de don Calvorota se vuelve hacia Pedro y
una expresión de pánico profundo se apodera al instante de sus sudorosas
facciones. Ha dejado de apretar. Me suelta, se aparta de Margo y empieza a
evaluar la montaña alta y musculosa que avanza como un rayo hacia
nosotros. Su feo rostro delata su intención de salir pitando, pero no lo
consigue. Pedro lo golpea antes de que logre mover sus cortas piernas y lo
hace salir volando por los aires hasta que aterriza contra el asfalto.
¡Madre mía! Me equivocaba. El calvorota no es el hombre más
agresivo que haya visto en la vida. Pedro le propina un puñetazo en la cara
y a continuación le da una patada en el estómago. El hombre lanza un grito.
—Levanta ese culo gordo del suelo y discúlpate. —Lo alza de la
carretera y lo planta delante de mí—. ¡Discúlpate! —ruge.
Miro al calvo, que no para de resollar. Tiene la nariz rota y la sangre
le gotea sobre el traje. Sentiría pena por él si no supiera que es un capullo
asqueroso. ¿Qué clase de hombre trata así a una mujer?
—Lo... lo siento —tartamudea totalmente aturdido.
Pedro lo sacude sin dejar de agarrarlo de la chaqueta.
—Como vuelvas a ponerle un dedo encima, te arrancaré la cabeza —
le advierte con voz amenazadora—. Y ahora, lárgate.
Suelta con violencia al hombre magullado, me agarra y me estrecha
contra su pecho.
Yo me desmorono y empiezo a temblar y a llorar sobre el costoso
traje de Pedro, que me cobija en su torso firme y cálido.
—Debería haber matado a ese cabrón —gruñe—. Oye, deja de llorar o
me cabrearé.
Me acaricia la cabeza con la palma de la mano y suspira sobre mi
cabello.
—¿De dónde has salido? —musito contra su pecho. No me importa,
me alegra inmensamente que esté aquí.
—Estaba por aquí, y no era muy difícil encontrarte con todo este
jaleo. ¿Y Kate?
Eso, ¿y Kate? Se ha desatado el caos y ella sigue sin aparecer. ¡Voy a
matarla! Cuando me haya recompuesto en brazos de Pedro, voy a matarla.
—Huy, ¿qué pasa aquí?
Saco la cabeza de mi escondite y veo a Kate delante de Margo,
totalmente desconcertada.
—Creo que será mejor que muevas la furgoneta, Kate —le aconseja
Pedro con diplomacia. Ni siquiera ha derramado una gota de sudor.
—Ah, vale —responde, ajena por completo a la situación.
Pedro se aparta y me observa de arriba abajo.
—¿Y tus zapatos? —pregunta con el ceño fruncido. Los ojos se le
vuelven a ensombrecer de ira al pensar que los he perdido en la reyerta con
el calvorota.
—Están dentro de Margo —digo, y me sorbo los mocos—. En la
furgoneta —explico al ver que no sabe a qué me refiero.
Me coge en brazos, me lleva hasta la acera y me deja junto a la pared
de la casa de la señora Link.
—Ni siquiera voy a preguntarte cómo han llegado hasta ahí.
—¡Yo los cojo! —grita Kate. Más le vale. Viene corriendo con los
tacones en la mano—. ¿Qué ha pasado?
—¿Dónde estabas? —le pregunto secamente.
Pone los ojos en blanco.
—Me ha obligado a subir a ver el vestido para la fiesta. Era
demasiado pequeño, ha sido horrible. Han tardado diez minutos en
embutirla en él. —Se detiene y mira a Pedro, que ha ido a coger mi bolso
del asiento delantero de Margo—. ¿Qué ha pasado? —pregunta susurrando
—. Parece furioso.
—El del Jaguar me ha agredido —contesto. Me sacudo la gravilla de
las doloridas suelas de los pies y me pongo los tacones—. Estaba hablando
con Pedro justo cuando ha empezado todo. No sé de dónde ha salido.
—Paula, lo siento mucho. —Se apoya contra la pared y me rodea con el
brazo—. Menos mal que estaba por aquí el señor, ¿eh? —Advierto el
tonillo de insinuación de su voz.
—Kate, mueve la furgoneta antes de que estalle una guerra. —Pedro se
acerca con mi bolso y yo me incorporo. Me duelen mucho las plantas, así
que vuelvo a sentarme. Hago una mueca de dolor. Vaya, el culo también
me duele. Pedro pone mala cara al ver mis gestos—. Paula se viene conmigo
—dice observando cómo muevo mi dolorido trasero.
—¿Ah, sí? —pregunto.
Enarca las cejas.
—Sí —responde con un tono que no da pie a objeciones.
—Tranquilo, puedo irme con Kate —sugiero de todos modos.
Probablemente ya haya interrumpido con mi escenita vespertina lo que
fuera que estuviera haciendo.
—No, te vienes conmigo. —Subraya cada una de las palabras y sus
labios forman una línea recta.
Vale. No voy a discutir por esto.
Kate nos mira como si estuviera viendo un partido de tenis y
finalmente se levanta.
—Te veo en casa. —Me da un beso en la sien y otro bien grande a
Pedro en la mejilla. A él se le salen los ojos de las órbitas, y yo me quedo
boquiabierta.
¿A qué ha venido eso? Se aleja hacia Margo, sin ninguna prisa, se
vuelve, sonríe y me guiña un ojo. Le lanzo una mirada de advertencia que
ignora por completo.
Me vuelvo hacia la bestia alta y atractiva que tengo delante de mí —
con un aspecto de lo más apetecible con un traje gris y una camisa blanca
inmaculada— y veo que me está mirando con los ojos verdes entornados.
—¿Qué te duele? —pregunta.
Me levanto y hago otra mueca cuando mis pies acusan el peso de mi
cuerpo.
—El culo —digo mientras me froto el maltratado trasero y estiro la
mano para cogerle el bolso—. Estaba sujetándole la tarta a Kate en la parte
de atrás de la furgoneta.
—¿No llevabas puesto el cinturón?
—No, no hay cinturones en las partes traseras de las furgonetas, Pedro.
Él sacude la cabeza, me levanta, me acuna entre sus fuertes brazos y
echa a andar por la calle. Yo exhalo con intensidad y le dejo hacer lo que
quiera. Apoyo la cabeza contra su hombro y le rodeo el cuello con los
brazos. —No me has llamado. Te dije que me llamaras —me reprende con un
gruñido.
Suspiro con resignación.
—Lo siento.
—Yo también —dice suavemente.
—¿El qué?
—No haber llegado antes.
—¿Cómo ibas a saberlo?
—Bueno, si me hubieras llamado, habría sabido que ibas a hacer una
tontería y te lo habría prohibido. La próxima vez, haz lo que se te manda.
Frunzo el ceño apoyada en su hombro y él me mira como si se hubiese
percatado de mi reacción ante su regañina. Sonríe y me acaricia la frente
con los labios. Cierro los ojos. Es innegable. No cabe duda de que hay algo
entre nosotros. Y está haciendo que me replantee la idea de seguir soltera.
Cuando llegamos al final de la calle, alzo la vista y veo el Aston
Martin de Pedro abandonado en un punto desde el que está claro que no
podía avanzar a causa del atasco. Unos cuantos peatones revolotean a su
alrededor admirando el vehículo. Me deja en el asiento del copiloto y
cierra la puerta. Pasa por delante del coche, se sienta tras el volante,
arranca y deja atrás todo el caos. Yo me acomodo y admiro su perfil
mientras él sortea el tráfico. Lo ha dejado todo para venir corriendo a
rescatarme. Mentiría si dijera que no agradezco lo que ha hecho.
Me mira y me pone una mano en la rodilla.
—¿Estás bien, nena?
Sonrío. Siento que cada minuto que paso con él me muero por sus
huesos un poco más. Y no sé si eso es bueno o malo. Maldito seas, Pedro Alfonso, de edad desconocida.
Detiene el coche delante de casa de Kate. No me sorprende ver que
Margo no ha llegado todavía. Este tío conduce como un loco. Salgo del
coche y no tarda en cogerme en brazos y llevarme por el camino hasta la
entrada.
—Puedo andar —protesto, pero hace como que no me oye.
Al llegar a la puerta, me coge las llaves de la mano, abre y la cierra de
una patada una vez que entramos. Empiezo a revolverme y me deja en el
suelo, me rodea la cintura con una mano y me atrae hacia él.
Me levanta hasta que mis pies dejan de tocar el suelo y mis labios
alcanzan los suyos. Suspiro, le rodeo el cuello con los brazos y dejo que su
lengua entre en mi boca lenta y suavemente. La llevo clara si creo que
puedo resistirme a él. Pero bien clara.
—Gracias por el libro —le digo pegada a su boca.
Se aparta, me mira y sus ojos verdes brillan de júbilo.
—De nada —responde, y me da un beso casto en los labios.
—Gracias por salvarme.
Entonces esboza esa sonrisa descarada y arrogante.
—Cuando quieras, nena.
La puerta de casa se abre de repente y Kate irrumpe con una prisa
exagerada; nos pilla abrazados.
—Perdón —se disculpa, y sube corriendo al piso por la escalera.
Pedro se ríe y mueve las caderas contra mí, lo cual despierta un
delicioso ardor en mi vientre. Mi respiración se intensifica cuando apoya
su frente contra la mía. Libera un largo suspiro y su aliento fresco me
invade la nariz.
—Si estuviéramos solos, te pondría ahora mismo contra esa pared y te
follaría viva. —Vuelve a adelantar la cadera. El ardor desciende hasta mi
sexo y me obliga a gemir. Maldigo mentalmente a Kate.
—Podemos hacerlo en silencio —susurro—. Te dejo que me
amordaces.
Él sonríe con malicia.
—Créeme, ibas a gritar tanto que ninguna mordaza lo ocultaría. —Me
estremezco físicamente al pensarlo—. Mañana —dice con firmeza—.
Quiero solicitar una cita.
¿Qué? ¿Una cita para follarme? Esto... ¡no hace ninguna falta solicitar
cita!
Se echa a reír. Debe de haber notado mi confusión.
—Quiero que vuelvas a La Mansión para darte la información que
necesitas para empezar a trabajar en serio en algunos diseños.
Abro la boca y él se inclina, me mete la lengua dentro y me ataca con
vehemencia. Dejo que me haga lo que quiera, y me tiemblan las rodillas
cuando menea de nuevo esas benditas caderas.
Se aparta jadeante, con los ojos cerrados con fuerza.
—No pido cita para follar contigo, Paula. Eso lo haré cuando me
plazca.
«Ah, vale.»
Da la sensación de que hace acopio de todas sus fuerzas antes de
soltarme y dejarme donde estoy. Me siento abandonada y débil. Aparta su
mirada sombría de la mía y la dirige hacia la escalera. Sé que él también
está maldiciendo a Kate por estar en casa. No puedo creer que acabe de
tentarme con esos movimientos deliciosos para luego dejarme así. He
pasado de hacerme la dura a suplicar mentalmente.
—En La Mansión, a las doce —exige, y me acaricia la mejilla con el
dedo. Yo asiento—. Buena chica.
Sonríe, me posa los labios en la frente, da media vuelta y se marcha.
Yo me quedo ahí plantada contra la pared, tratando de recobrar el
aliento.
—¿Se ha ido ya el señor?
Alzo la mirada y veo a Kate apoyada en la barandilla y moviendo una
botella de vino. Sí, por favor. Es justo lo que necesito.
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Gracias por este capítulo!! A qué cita irá Paula? Intriga ... @Amor PyPybb
ResponderEliminarWow buenisimos los capitulos,me encantaron!!!
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