miércoles, 5 de marzo de 2014

Capitulo 31 ♥




—¡Pedro! —grito. Va a ser imposible que esté callada si continúa así.

Por Dios, qué potencia tiene.

Se retira despacio.

—Silencio, Paula —me reprende, y ataca de nuevo dejándome sin

aliento.

Intento seguir agarrada a la encimera, pero me sudan las manos y

resbalan por el granito. Estiro y tenso los brazos para evitar que vuelva a

empujarme hacia adelante; a duras penas logro estabilizarme antes de que

vuelva a embestirme. Me martillea incansablemente, sin apenas dejarme

espacio entre sus penetraciones, fuertes e implacables. No tiene piedad.

Me suelta el cuello y el pecho, me agarra de las caderas y tira de mí

con fuerza para obligarme a recibir cada una de sus arremetidas, que me

entran hasta el fondo. He perdido todo sentido de la realidad. No hay nada

más, aparte de Pedro, su apetito brutal y mi cuerpo ansioso de él. Es algo

que no puede explicarse.

Aprieto el estómago cuando siento que el orgasmo se acerca,

rápidamente provocado por el implacable ímpetu de Pedro.

—Aún no, Paula —me advierte.

¿Cómo lo sabe? No puedo contenerlo durante mucho más tiempo. Voy

a estallar en cualquier momento. Oigo que nuestros cuerpos sudorosos

chocan con violencia y los gruñidos guturales de Pedro sobre mí. Me

concentro en sofocar la necesidad de dejarme llevar. Siento tanto placer

que casi roza el dolor. Pero con la mente puesta en cualquier sitio excepto

en mi cerebro, soy esclava de las necesidades de mi cuerpo.

Entonces sale de mí y me deja con las ganas. ¿Qué hace? Yo gimoteo

al sentir que mi inminente descarga se retira. Me dispongo a gritarle, pero

siento que empieza a deslizarme un dedo por el centro del trasero. Me

tenso de los pies a la cabeza.

«¡Ay, no!»

—Puedes hacerlo, Paula. —Desliza los dedos entre mis muslos y los

introduce en mi interior, recoge la humedad y la arrastra hacia mi culo—.

Relájate, lo haremos despacio.

¿Que me relaje? ¡No puedo! Con lentitud, empieza a trazar círculos

alrededor de mi abertura, y todos y cada uno de los músculos de mi trasero

se contraen y rechazan automáticamente la invasión.

—Relájate, Paula —dice subrayando las palabras.

—Lo estoy intentando, joder —mascullo—. ¡Dame un poco de

tiempo, coño!

¡Lo siento pero no pienso quedarme callada ahora! Oigo que se ríe

suavemente mientras baja los dedos hasta mi clítoris y lo masajea,

causándome enormes oleadas de placer.

—Esa boca —me reprende.

Me concentro en respirar hondo.

—¿No hace falta un poco de lubricante o algo? —jadeo.

—Estás empapada, Paula. Con eso basta. No se te da muy bien seguir

órdenes, ¿verdad? —Me mete el pulgar en el orificio y yo me muerdo el

labio—. Relájate, mujer.

—Dios, esto va a dolerme, ¿verdad?

—Al principio sí. Tienes que relajarte. Una vez esté dentro de ti, te

encantará, confía en mí.

«¡Joder! ¡Joder!»

Continúa masajeándome el orificio y yo dejo caer la cabeza, jadeando

y sudando por los nervios. Me pone una mano en el cuello y me masajea

los músculos tensos. Mientras intento automotivarme mentalmente, su

mano abandona mi cuello y aterriza en mi trasero. Me abre suavemente

hasta que siento la húmeda cabeza de su erección empujando en mi

abertura.

«¡Joder!»

—Tranquilízate. Deja que pase —murmura mientras mueve el

miembro muy despacio alrededor de mi entrada.

«Respira, respira, respira.»

Entonces avanza y la inmensa presión que siento me hace echarme

hacia adelante impulsivamente. Una de sus manos me agarra de los

hombros y me obliga a permanecer donde estoy; la otra continúa guiándolo

hacia mi interior. La presión aumenta cada vez más y yo no dejo de

temblar.

—Eso es, Paula. Ya casi está.

Su voz es irregular y forzada. Noto el sudor de su mano sobre mi

hombro cuando flexiona los dedos. Y entonces embiste hacia adelante con

un gruñido ahogado, atraviesa mis músculos y se desliza hasta el fondo de

mi lugar prohibido.

—¡Mierda! —grito. ¡Eso duele, joder!

—¡Dios, qué apretada estás! —resuella—. Deja de resistirte, Paula.

¡Relájate!

Yo jadeo mientras me sumerjo en algún punto entre el dolor y el

placer. La plenitud que siento es indescriptible, el dolor es intenso, pero el

placer... Joder, no hay palabras para describir el placer, y esto no me lo

esperaba. La opresión de mis músculos a su alrededor hace que sienta cada

vena palpitante y cada sacudida de su erección. Mi cuerpo libera un poco

de la tensión acumulada y un placer puro ocupa su lugar.

—Joder, qué bueno. Ahora voy a moverme, ¿de acuerdo?

Yo asiento, tomo aire y me agarro a la encimera de la isla. Su mano

abandona mi hombro y desciende por mi espalda hasta unirse a la otra en

mis caderas, pero esta vez no doy ningún brinco cuando me agarra. Estoy

demasiado ocupada preparándome para lo que está por llegar.

—Muy despacito, Paula —jadea mientras sale lentamente de mí.

—¡Joder, Pedro! —Como me diga que me calle, voy a enfadarme de

verdad.

—Lo sé. —Empieza a entrar y a salir a un ritmo lento y controlado.

Me estoy deshaciendo de placer. Jamás lo habría imaginado. Siempre

lo vi como algo sucio y obsceno. Pero no es así. Me está haciendo el amor,

y me encanta. No puedo creérmelo. La intensidad de su reclamo sobre mí

hace que se me formen nudos en el estómago. Si me rozara el clítoris ahora

mismo me haría estallar.

—Eres increíble, Paula —gruñe con voz ronca mientras entra una vez

más—. Podría pasarme así toda la puta noche, pero no aguanto más.

Me sorprendo a mí misma moviéndome contra sus sacudidas

pausadas, invitándolo a acelerar el ritmo. Este placer inesperado es

increíble, y estoy al borde de tener el orgasmo más intenso de mi vida. Ni

siquiera puedo creerme que lo esté haciendo. Necesito más.

—Sigue. —Pronuncio la palabra que jamás creí que diría.

—Sí, nena. ¿Te falta mucho?

—¡No! —grito, y me empotro contra él. Oigo sus gemidos mientras

me coloca una mano sobre el hombro y la otra entre las piernas—. ¡Más

fuerte! —grito. Lo necesito.

—¡Joder, Paula! —exclama, y me penetra con más ímpetu, agarrado de

mi hombro y trazando círculos con el dedo sobre mi clítoris palpitante.

Lanzo la cabeza hacia atrás.

—¡Me viene! —grito.

—¡Espera! —me ordena.

Siento que su polla se hincha y se estira mientras continúa acelerando.

Estoy ida de placer, casi delirante, y justo cuando creo que voy a

desmayarme, brama:

—¡Ahora!

Y me dejo llevar.

La habitación empieza a dar vueltas y yo me pierdo. Me dejo caer

sobre la encimera con los brazos estirados sobre la cabeza y arrastro a

Pedro conmigo. Pesa bastante, pero tengo el cuerpo aturdido por el placer.

Sólo soy consciente de que su pecho húmedo y firme me aplasta contra el

granito, de que su aliento cálido y entrecortado me acaricia el pelo y de que

su pene vibrante continúa hundido en mi interior mientras sus espasmos se

reflejan sobre mí. Mis músculos se contraen con cada uno de sus latidos y

absorbo hasta la última gota de su simiente mientras él acaricia

perezosamente los restos de mi orgasmo.

Estoy flotando.



GRACIAS POR LEER!♥


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