La frenada brusca al final de los raíles me sobresalta y dejo escapar un
pequeño grito.
Cierra los ojos.
Sí, empiezo a ver las ventajas de esto. Su penetración es profunda,
pero no harán falta muchas idas y venidas de éstas para que le suplique que
haga que me corra.
Cuando abre los ojos, bajo los labios hacia los suyos y él acepta mi
necesidad de contacto. Me encanta su boca. Me encanta lo que hace con
ella. Me encantan las palabras que usa y los tonos que emite esa boca. Me
encanta la forma en que se muerde el labio inferior cuando delibera sobre
algo que le parece importante.
—Te quiero —digo contra sus labios.
Se aparta; su apuesto rostro está radiante.
—No sabes lo feliz que eso me hace —señala, y hace que nos
deslicemos de nuevo al comienzo del raíl—. ¿Me necesitas?
Me preparo para el frenazo, que sé que llegará con el final del
trayecto, y ambos gemimos juntos cuando llega.
—Te necesito.
—Eso también me hace muy feliz. ¿Otra vez? —pregunta, aunque ya
está empujando de nuevo hacia el final del raíl.
—Por favor. —Frenazo—. ¡Ah! —mascullo cuando la sensación de
mi estómago se transforma en un lento ascenso hacia el clímax.
Viajamos de nuevo por el raíl, esta vez un poco más de prisa.
«¡Frenazo!»
—¡Ah!
—Lo sé —susurra—. ¿Más?
—¡Sí!
Hundo la lengua con desesperación en su boca.
Hace que nos deslicemos con suavidad, pero esta vez no deja que
lleguemos al final, sino que empuja con los pies y vuelve a enviarnos al
inicio del raíl. Chocamos con fuerza, nuestros cuerpos colisionan y tengo
que dejar su boca y hundir la cara en su hombro para ahogar un grito.
—¡Mierda!
Repite el mismo delicioso movimiento.
«¡Travesía e impacto!»
Esto es muy intenso. Nunca lo había sentido tan dentro. Poso la boca
en su hombro y me resisto al impulso de clavarle los dientes. Mis manos se
deslizan en su nuca intentando sujetarme con fuerza mientras nos
desplazamos de nuevo hacia el inicio del raíl, listos para otro choque.
Mis entrañas se retuercen y noto cómo su miembro palpita en mi
interior. Pedro hace que nos catapultemos de nuevo al inicio y, cuando
chocamos, mis dientes se clavan en su hombro y grito de puro placer. Es
exquisito.
—¡Joder, Paula!
Dejo de morderlo y beso las marcas que han dejado mis dientes
mientras descendemos de nuevo.
—Vuelve a morderme en el hombro —jadea.
Ah, le gusta. Recuerdo la de veces que lo he mordido y que le he
clavado las uñas. Hago lo que me dice y gimo contra él mientras vuelvo a
morderlo cuando chocamos.
—¡Mierda, voy a correrme! —grita, y deja que nos deslicemos otra
vez—. ¿Lista?
—¡Sí!
Acerco la boca a su hombro y le clavo los dientes con suavidad,
preparada para la arremetida.
Pedro se deja ir. Se acabaron los movimientos controlados. Hace que
nos deslicemos y choquemos sin descanso mientras yo sigo clavándole los
dientes y las uñas en el hombro. La intensidad con la que su poderosa
erección colisiona contra mi interior hace que grite su nombre entre
dientes. Noto fuegos artificiales en el vientre mientras él continúa
deslizándonos y dejándonos chocar, empujándome hacia la detonación
final. Las palpitaciones y las embestidas incansables de su erección,
enterrada muy dentro de mí, hacen que galope hacia la línea de meta, y de
repente me corro, empujada al éxtasis por un choque tremendo y un grito al
unísono. Hundo los dientes en su hombro una vez más y Pedro levanta las
caderas y grita con fuerza.
Dios mío.
Todavía estoy palpitando y sumida en mi orgasmo cuando, apenas
consciente, noto que me mecen con suavidad. El leve movimiento exprime
hasta la última gota que tiene para mí.
Aparto la cara de su hombro y lo beso en la marca que han dejado mis
dientes.
—Es usted una salvaje, señorita.
Gira la cabeza para mirarse el hombro y luego me mira a mí.
Toma posesión de mi boca, me da un beso profundo y yo lo aprieto
con fuerza entre mis brazos, unida a él en la pasión del momento. Podría
quedarme así para siempre, encajada con él.
—Voy a llevarte a la cama y voy a dormir toda la noche dentro de ti.
—Empieza a levantarse despacio, sin soltarme—. Ahora bésame —me
ordena antes de echar a andar para salir del gimnasio conmigo agarrada a
su cintura.
Le paso las manos por el pelo y le doy un tirón para acercar la boca a
la suya.
—Una salvaje —dice contra mis labios.
Sonrío y abro los ojos en el momento en que comienza a subir la
escalera. Me mira cuando nuestras lenguas se entrelazan y bailan a su
ritmo entre nuestras bocas. Le mantengo la mirada durante todo el camino
hasta llegar al dormitorio. Me deposita en la cama, debajo de él. Puedo
sentir cómo se pone duro dentro de mí otra vez. Este hombre es incansable.
Con su mano agarrándome del trasero, me desplaza sobre la cama
hasta que mi cabeza encuentra una almohada. Nuestras bocas y nuestros
cuerpos permanecen unidos todo el tiempo.
—Quédate conmigo —dice mientras me aparta el pelo de la cara. Me
observa atentamente; los ojos le brillan de satisfacción por tenerme entre
sus brazos.
—Estoy aquí.
—Vente a vivir conmigo. —Me acerca la cara y su nariz traza círculos
sobre la mía.
¿Perdón? ¿Es que este hombre no conoce el significado de la palabra
«gradual»? Va un poco de prisa, y todavía no hemos hablado de las cosas
importantes, como La Mansión, el trabajo y su forma imposible de ser.
—Te quiero aquí cuando me voy a dormir. —Lame mi labio inferior
—. Y te quiero aquí al despertarme. Empezar y terminar mi día contigo es
todo cuanto necesito.
Soy perfectamente consciente de que si no le doy la respuesta que
quiere oír me espera una pataleta o un polvo de entrar en razón, y no me
apetece estropear el momento. Necesito este momento.
—¿No crees que es un poco pronto?
Levanta la cabeza y su expresión todavía no es la de una pataleta, pero
está en camino.
—Está claro que para ti lo es.
—Sólo han pasado dos días —digo en un intento de hacerlo razonar.
Frunce el ceño.
—¿Dos días desde qué?
Se incorpora y, al apartarse y apoyar los codos sobre la cama a ambos
lados de mi cabeza, se sale un poco de mí. Empuja hacia adelante y el
aliento se me queda atrapado en la garganta.
—Quiero esto todas las mañanas y todas las noches. —Sonríe, sabe
perfectamente lo que me está haciendo. Me va a echar un polvo de entrar
en razón—. Y quizá un poco entremedias.
Se aparta otro poco y vuelve a empujar con fuerza. Cierro los ojos. No
me engaño: sé que no va a hacerme el amor. Quizá, si le digo que sí,
consiga al Pedro galante, pero no estoy segura de querer venirme a vivir
con él.—
Sólo me quieres por mi cuerpo.
Finjo sorpresa al quedarme sin aliento. Jadea y me penetra lentamente
con un movimiento controlado.
—¿No te gusta esto?
Echo la cabeza hacia atrás y gimo.
—No juega usted limpio, señor Alfonso.
Se retira despacio.
—¡Di que sí! —grita embistiendo hacia adelante, dejándome sin
respiración y obligándome a sujetarme a la cabecera de la cama—. ¿Voy a
tener que echarte un polvo de entrar en razón, Paula?
Ahí está. Va a echarme un polvo de entrar en razón cuando no tiene
razón. ¿Que me venga a vivir con él? Es demasiado pronto.
Se me tensan los músculos y se me calienta la sangre, que corre por
mis venas a velocidad de vértigo. Odio que me haga esto. Todo esto de ser
tan sensible a él es una locura de tomo y lomo.
—¡No! —exploto, y me penetra con más ímpetu mientras suelta un
gruñido.
Con la mano lastimada, me sujeta por la nuca y me obliga a levantar
la cabeza para mirarlo. No estoy segura de si tiene el ceño fruncido porque
está enfadado o porque le duele la mano.
—Dilo —me ordena, y vuelve a cargar hacia adelante.
No voy a ceder. Es demasiado pronto, de verdad. No va a parar, ha ido
demasiado lejos.
—No —digo con claridad y firmeza entre jadeos.
Gruñe y me embiste sin piedad. Me aferro a él con los músculos del
vientre mientras me empuja hacia la cabecera de la cama.
—¡Mierda, dilo de una vez, Paula! —ruge.
Una gota de sudor le cae por la sien, y la arruga de la frente se coloca
en posición.
—¡No!
—¡Paula! —grita, y su voz resuena en la habitación antes de que junte
la boca con la mía con furia.
Retrocedo y me repliego ante el poderío de su cuerpo y la avidez de su
boca mientras mi orgasmo inminente se cuece a fuego lento en mi
entrepierna.
—¿Te gusta? —jadea contra mi boca al tiempo que persiste con sus
embestidas incesantes.
—¡Sí!
—¿Lo quieres todos los días?
—¡Sí! —grito, ¡y es verdad!
Me tira del pelo con más fuerza y mueve las caderas con más brío.
—¡Entonces dilo! —brama.
Siento que mis dudas se disipan mientras vuelo hacia un pozo de puro
placer bajo su cuerpo. La razón se desvanece cuando Pedro se apodera de
mi cuerpo, de mi alma y de mi mente.
—¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! ¡Joder, sí! —grito.
—¡Esa boca! —Su voz atronadora se hace más aguda a medida que se
une a mi placer, y me suelta el pelo antes de hundir el puño en el colchón.
Se adentra en mí todo lo que puede y se queda ahí, con la cabeza echada
hacia atrás.
Ruge.
Siento su orgasmo caliente inundando mi interior. Suelto la cabecera
de la cama y me agarro a su pecho. Deja caer la cabeza, nuestras miradas
se encuentran y balancea las caderas para calmarnos a los dos.
—¿A que no ha sido tan difícil? —Su voz es seca y áspera.
Le acaricio el pecho con las palmas de las manos.
—Estaba embriagada —respondo, y me doy una patada mental por lo
bien que he elegido la frase.
No puede tomarme la palabra, no así. Pero entonces caigo en la cuenta
de que es Pedro, mi hombre controlador y exigente. Me va a tomar la
palabra, no me cabe duda.
Sonríe. Es una sonrisa amplia y gloriosa, y me besa con ternura.
Luego se tumba en la cama, de forma que quedo tendida sobre su pecho.
Sus dedos recorren mi columna vertebral y me recoge el pelo. Me acurruco
feliz contra él.
Suspira.
—No puedo estar contigo las veinticuatro horas del día —comento,
pensativa, aunque tal y como me siento ahora mismo, la idea es tentadora.
¿Por qué no iba a querer esto por las mañanas, por las noches y un poco
entremedias?
Deja escapar un largo suspiro, cansado.
—Ya sé que no puedes, pero ojalá fuera posible.
—Tengo un empleo, una vida...
—Yo quiero ser tu vida.
—Lo eres —respondo con dulzura.
En ocasiones puede ser tan delicado y tan vulnerable, y sé que yo soy
la respuesta. Dista mucho del bruto dominante que acaba de echarme un
polvo de entrar en razón, aunque ¿esto es entrar en razón o es locura pura y
dura?
GRACIAS POR LEER!♥
buenísimos los capítulos,seguí subiendo!!!
ResponderEliminarEspectaculares los caps de hoy!!!!
ResponderEliminarhola la empece a leer hace 4 dias me encanto ya llegue hasta aca la encontre en mi inicio de tw cuando la rt , y eh llegado a la conclucion de que pedro le esconde las pastillas a pau para dejarla emarazada.. bueno eso me encanta espero el siguiente besos
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