jueves, 27 de marzo de 2014

Capitulo 106 ♥


—Paula, ¿estás bien? —oigo preguntar a Drew por encima de mis
sollozos contenidos, y entonces noto que una mano empieza a acariciarme
la espalda.
Me sorbo los mocos y me limpio la nariz con el dorso de la mano.
—Perdonadme, estoy bien.
—No te disculpes —suspira Sam.
Me inclino sobre Pedro, pego mis labios a su frente y los dejo ahí unos
segundos. Cuando me levanto del suelo, su brazo sale disparado de debajo
de la manta y me agarra.
—¿Paula? —Tiene la voz ronca y los ojos, ligeramente abiertos,
inspeccionan la estancia. Cuando encuentran los míos, lo único que veo son
dos fosas vacías. Sus ojos normalmente verdes y adictivos ahora parecen
negros. —Hola —digo, y coloco la mano sobre su brazo.
Intenta levantar la cabeza de la almohada, pero no hace falta que lo
reprenda. Antes de que me dé tiempo a empujarlo de nuevo hacia abajo,
deja de intentarlo.
—Lo siento —murmura con voz lastimera, y su mano empieza a
ascender por mi brazo hasta que encuentra mi rostro de nuevo—. Lo siento,
lo siento, lo siento, lo siento, lo siento...
—Para —susurro con un hilo de voz mientras lo ayudo a alcanzar mi
cara—. Para ya, por favor.
Vuelvo la cabeza hacia su mano, le beso la palma y, cuando lo miro de
nuevo, veo que tiene los ojos cerrados. Ha vuelto a perder el conocimiento.
Le cojo la mano, se la coloco sobre la manta y me aseguro de que está
bien arropado antes de levantarme y volverme hacia Sam, Drew y John,
que se encuentran de pie, observando en silencio cómo lo atiendo. Me
había olvidado por completo de que no estaba sola con Pedro, pero no
siento la menor vergüenza.
—Voy a preparar café —dice Sam rompiendo el silencio, y se dirige a
la cocina, con John y Drew detrás.
Miro a Pedro de nuevo y mi instinto me pide que me suba al sofá y me
acurruque con él, lo acaricie y lo tranquilice. Quizá debería hacerlo, pero
antes he de hablar con los chicos. Los sigo a la cocina, donde Sam y Drew
se hallan recogiendo los taburetes y John, levantando el congelador del
suelo. No estaba así cuando me marché el domingo. Está claro que Pedro
entró en cólera.
—Tengo que irme pitando —anuncia Drew con pesar mientras coloca
el último taburete en su sitio—. He quedado con Victoria.
Parece algo avergonzado.
—Vete tranquilo, tío —responde Sam mientras busca las tazas—.
Luego te llamo.
—En el último armario a la derecha, en el estante de arriba —digo
para indicarle a Sam dónde se encuentran. Él me mira con expresión
socarrona.
Me encojo de hombros.
—Bien, entonces me marcho. Hablamos mañana —dice Drew.
Le regalo una pequeña sonrisa y John se despide con su típico gesto de
la cabeza. Drew se marcha y Sam termina de preparar los cafés.
Lleva tres tazas de café a la isla, donde John y yo hemos tomado
asiento.
—Será mejor no probar suerte con la leche, si es que tiene. ¿Te gusta
solo? —me pregunta Sam.
Asiento y me pongo yo misma el azúcar. John también se sirve y, para
mi asombro, se echa cuatro cucharadas. Sé que no hay leche, pero si la
hubiera sería inútil compartirla.
—Bueno, y ahora que lo hemos encontrado —empieza Sam—, ¿qué
vamos a hacer con él? —bromea.
El Sam despreocupado de siempre ha vuelto, y es todo un alivio.
Verlo tan ansioso no hacía más que alimentar mi propia angustia y, visto lo
visto, tenía motivos para estar así. Siento escalofríos al imaginarme a Pedro
aquí solo, sufriendo durante los últimos cinco días. ¿Cuánto tiempo más
habría permanecido ahí tirado si me hubiera negado a venir?
Probablemente habrían llamado a la policía.
John interviene:
—Todo va bien en La Mansión. No tenemos que preocuparnos por
eso. Volverá a la normalidad dentro de una semana, cuando se haya
recuperado de la resaca.
—¿No necesita rehabilitación? —pregunto—. O terapia, o algo. —No
tengo ni idea de cómo funcionan estas cosas.
John niega con la cabeza y vuelve a ponerse las gafas de sol.
Comienzo a plantearme su relación con Pedro. Creía que era sólo un
empleado, pero parece ser que es el que más sabe de todo esto.
—No, nada de rehabilitación —asevera con firmeza—. No es un
alcohólico propiamente dicho. No está obsesionado con el alcohol, Paula.
Bebía para mejorar su estado de ánimo, para llenar un agujero. Cuando
empieza, no puede parar —dice, y me ofrece una pequeña sonrisa—. Y tú
ayudaste, niña.
—¿Yo? ¿Qué hice yo? —pregunto a la defensiva. No sé por qué me
duele tanto el comentario de John. Acaba de decirme que ayudé con la
situación, pero siento que insinúa que también podría haber contribuido a
su recaída.
Sam apoya su mano sobre la mía en el banco.
—Se había centrado en otra cosa.
—Pero lo dejé —digo en voz baja.
Sólo confirmo lo que ambos están pensando, aunque no éramos una
pareja formal como para dejarlo. No habíamos hablado acerca de nuestra
situación. No pusimos las cartas sobre la mesa respecto a toda esa mierda.
—No ha sido culpa tuya, Paula —me tranquiliza Sam—. Tú no sabías
nada.
—No me lo había contado —susurro—. De haberlo sabido, las cosas
habrían sido distintas —sigo defendiéndome.
No sé hasta qué punto habría sido diferente todo si Pedro me lo
hubiera contado, o de haberlo descubierto por mí misma. Lo que sé es que
no quiero volver a verlo como el domingo pasado nunca más. Si me
marcho ahora, ¿volverá a suceder? O podría quedarme y ayudarlo, pero ¿lo
haría porque lo amo o porque me siento culpable? Puede que ni siquiera
me quiera aquí. Estaba furioso conmigo. Estoy hecha un lío.
Apoyo los codos en el banco y dejo caer la cabeza sobre mis manos.
¿Qué narices debo hacer?
—¿Paula? —La voz profunda de John me obliga a levantar la cabeza de
nuevo—. Es un buen hombre.
—¿Qué lo llevó a beber? ¿Es muy grave? —pregunto. Sé que es un
buen hombre, pero necesito saber más para entenderlo mejor.
—¡Quién sabe! —contesta John, y me mira—. No pienses que estaba
borracho perdido día sí, día también. No es eso. Si se encuentra en ese
estado es sólo porque se siente mal, no porque sea alcohólico.
—¿Y dejó de beber cuando aparecí yo? —No puedo creerlo.
John se echa a reír.
—Exacto, aunque tú has hecho que saque otras cualidades bastante
desagradables de su carácter, niña.
Frunzo el cejo aunque sé exactamente a qué se refiere, y por la
expresión burlona de Sam, él también. Dicen que Pedro suele ser bastante
tranquilo, pero yo sólo he conocido al Pedro Alfonso tranquilo en contadas
ocasiones, y casi siempre era cuando se salía con la suya. La mayor parte
del tiempo lo único que vi fue a un obseso del control hasta lo irracional.
Incluso él mismo admitió que sólo era así conmigo..., afortunada de mí.
¿A qué tendrían que enfrentarse si volviera a marcharme de nuevo?
—Me quedaré, pero si vuelve en sí y no me quiere aquí, los llamaré a
uno de los dos —les advierto.
El alivio de Sam es palpable.
—Eso no va a suceder, Paula.
John asiente.
—Yo he de volver a La Mansión y dirigir ese maldito negocio. —Se
levanta del taburete—. Paula, necesitas mi número. ¿Dónde está tu teléfono?
Miro a mi alrededor buscando mi bolso y entonces me doy cuenta de
que lo he dejado en la terraza. Me levanto y voy a por él.
De vuelta a la cocina, veo que Pedro sigue inconsciente. ¿Cuánto
tiempo estará así, y cuándo debería empezar a preocuparme? No tengo ni
idea de qué debo hacer.
Permanezco ahí, observándolo en silencio. Sus pestañas parpadean
levemente, su pecho se eleva y desciende a un ritmo estable. Incluso
inconsciente parece acongojado. Me acerco en silencio y le subo la manta
hasta la barbilla. No puedo evitarlo. Nunca antes lo había cuidado, pero me
sale de manera instintiva. Me arrodillo y apoyo mis labios sobre su fría
mejilla, deleitándome en el leve consuelo que obtengo del contacto antes
de continuar hacia la cocina.
Al entrar, veo que John se ha marchado.
—Ten. —Sam me pasa un trozo de papel—. Es el número de John.
—¿Tenía prisa? —pregunto. Podría haber esperado a que volviera.
—Nunca se queda más tiempo del necesario en ningún sitio. Oye, he
hablado con Kate. Va a traerte algo de ropa.
—Ah, bien. —Mi pobre ropa debe de estar mareada. No ha parado de
entrar y salir de esta casa.
—Gracias, Paula —dice Sam con sinceridad.
—No me las des —protesto, incómoda. En parte esto es culpa mía.
Sam se revuelve nervioso.
—Ya. Es que..., bueno, después de lo del domingo, y de la sorpresa en
La Mansión...
—Sam, no.
—Cuando bebe, bebe mucho. —Sonríe—. Es un hombre orgulloso,
Paula. Se moriría de vergüenza si supiera que lo hemos visto así.
Sí, me lo imagino. El Pedro que yo conozco es fuerte, seguro de sí
mismo, dominante y muchas otras cosas más. La debilidad y la impotencia
no están incluidas en la larga lista de sus atributos. Quiero decirle a Sam
que lo de su problema con la bebida ha hecho que me olvide de lo de La
Mansión y de sus actividades, pero no es verdad. Ahora que estoy aquí y
que he visto de nuevo a Pedro, todo vuelve a proyectarse con intensidad en
mi mente. Pedro regenta un club de sexo. Además, es usuario de las
instalaciones de su propio club. Sam me lo confirmó, aunque fue bastante
evidente cuando me encontré con el marido de una de las conquistas de
Pedro. En el fondo sabía que debía de ser promiscuo, que debía de ser un
mujeriego hedonista, pero no imaginaba hasta qué punto.
Nos pasamos la siguiente hora recogiendo envases vacíos por todo el
apartamento y metiéndolos en un par de bolsas de basura negras. Saco
todas las botellas de vodka de la nevera y vierto su contenido en el
fregadero. Estoy alucinando con la cantidad de bebida que tiene aquí; debe
de haber comprado una caja entera. Es obvio que planeaba quedarse aquí
solo con su vodka durante una buena temporada. Pero una cosa tengo clara:
yo no pienso volver a beberlo nunca más.
Clive telefonea para decirme que una joven llamada Kate está en el
vestíbulo y, tras informarle sobre lo que nos hemos encontrado aquí,
bajamos a reunirnos con ella, cada uno cargado con una bolsa negra llena
de basura y botellas vacías. Tomo nota mentalmente de que hay que
arreglar la puerta rota.
Kate espera en el vestíbulo, bajo la estricta vigilancia de Clive.
—Hola —saluda con cautela mientras nos acercamos arrastrando las
ruidosas bolsas con nosotros—. ¿Cómo está?
Suelto la bolsa, lo que provoca más ruido de cristales, y miro mal a
Clive para que sepa que estoy muy enfadada con él. Si hubiera dejado a
Sam, a Drew o a John subir al ático antes, tal vez lo habríamos encontrado
borracho en lugar de totalmente comatoso. Al menos tiene la decencia de
parecer arrepentido.
—Está durmiendo —contesta Sam al ver que estoy demasiado
ocupada haciendo que el conserje se sienta culpable.
Cuando vuelvo a centrarme en Kate, veo que Sam le pasa el brazo
libre alrededor de la cintura y la abraza. Ella lo golpetea, juguetona.
—Toma. —Me pasa mi bolsa, que parece un yoyó que no para de ir de
casa de Kate al Lusso y viceversa—. He metido de todo un poco.
—Gracias —digo mientras la cojo.
—¿Vas a quedarte, entonces? —pregunta.
—Sí —contesto encogiéndome de hombros. Sam me mira con
agradecimiento, y en seguida vuelvo a sentirme incómoda.
—¿Durante cuánto tiempo? —quiere saber Kate.
Buena pregunta. ¿Durante cuánto tiempo? ¿Cuánto tiempo llevan
estas cosas? Podría despertarse esta noche, o mañana, o pasado mañana.
Tengo trabajo que hacer, y he de buscar un apartamento. Miro a Sam en
busca de respuestas, pero él se encoge de hombros, cosa que no ayuda.
Miro de nuevo a Kate y me encojo de hombros yo también.
De pronto soy consciente de que he dejado a Pedro solo arriba y me
entra el pánico. Podría despertarse y no ver a nadie.
—Debería subir otra vez —digo, volviéndome hacia los ascensores.
—Claro, tranquila. —Kate me insta a marcharme con un gesto de la
mano y luego coge la bolsa de basura del suelo—. Ya tiramos esto
nosotros.
Nos despedimos, le prometo que la llamaré por la mañana y regreso al
ascensor, dando instrucciones a Clive por el camino de que mande arreglar
la ventanilla del coche de Pedro y la puerta de su apartamento. Él, por
supuesto, se pone a ello de inmediato.
Cuando llego de nuevo al último piso, cierro la puerta, pero no se
queda asegurada del todo. Tiene que bastar hasta que alguien venga a
repararla. Entro en el salón. Pedro sigue dormido.
¿Y ahora qué hago? Miro hacia abajo y veo que aún llevo puestos el
vestido gris topo y los tacones, así que me dirijo a la planta superior y me
autoasigno la habitación que está al otro extremo del descansillo. Me
quedo pasmada al ver todas las almohadas tiradas por el suelo y las
sábanas arrugadas tras mi breve descanso antes de que Pedro me
transportara de nuevo a su cama después de la masacre del vestido. Me
dispongo a hacer la cama y a ponerme los vaqueros rotos y una camiseta
negra. No me vendría mal una ducha, pero no quiero dejar a Pedro solo
mucho tiempo, así que eso tendrá que esperar.
Vuelvo abajo, me preparo un café solo y, mientras me lo tomo en la
cocina, pienso que sería una buena idea informarme un poco sobre el
alcoholismo. Pedro debe de tener un ordenador en alguna parte.
Lo busco y encuentro un portátil en su estudio. Lo enciendo y siento
un inmenso alivio al ver que no me pide contraseña. Este hombre tiene
graves problemas con la seguridad. Lo llevo abajo y me acomodo en el
gran sillón que hay frente a Pedro, para poder controlarlo. En Google,
tecleo «Alcohólicos» y aparecen diecisiete millones de resultados. No
obstante, en la parte superior de la página aparece «Alcohólicos
Anónimos». Supongo que es un buen sitio para empezar. Por mucho que
John diga que Pedro no es alcohólico, yo tengo mis dudas.
Tras unas cuantas horas buscando en internet, siento que mis neuronas
no responden. Hay mucha información que asimilar: efectos a largo plazo,
problemas psiquiátricos, síntomas de abstinencia... Leo un artículo sobre
cómo algunos traumas infantiles llevan al alcoholismo, y me pregunto si a
Pedro debió de sucederle algo de pequeño. De inmediato acude a mi mente
la horrible cicatriz que tiene en el abdomen. También existe una relación
genética, y entonces me pregunto si alguno de sus progenitores era
alcohólico. Hay tantísima información que no sé qué hacer con ella. Este
tipo de preguntas no se hacen así como así.
Mi mente retrocede al domingo pasado y a las cosas que me dijo:
«Eres una calienta braguetas, Paula... Te necesitaba a ti y... tú... tú me
dejaste.» Y después lo dejé... una vez más.
Me dijo que no me lo había dicho porque no quería darme otra excusa
para dejarlo, pero también dijo que no era un alcohólico. Y John aseguró lo
mismo. Si es un problema y está relacionado con el alcohol, eso lo
convierte en un alcohólico, ¿no? Apago el portátil desesperada y dejo la
taza de café vacía sobre la mesita. Son sólo las diez en punto, pero estoy
agotada. No quiero irme arriba a la cama por si se despierta, y tampoco
quiero acomodarme mucho, así que cojo unos cuantos cojines, los
dispongo en el suelo a su lado y me recuesto con la cabeza apoyada en el
sofá, al tiempo que le acaricio el vello de sus brazos torneados. El contacto
me relaja. Los párpados empiezan a pesarme y me quedo dormida.

GRACIAS POR LEER! 


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