miércoles, 30 de abril de 2014

Capitulo 210 ♥

Miro la cama con ojos golosos pero, aunque me está llamando, me resisto a la tentación y me
meto en el vestidor. Es verdad que tenemos que recuperar cuatro días y mucho de que hablar. Hemos
pasado la peor parte, razón de más para que ponga remedio a la situación que sin duda hará que Pedro
vuelva a tratarme como si fuera de cristal: sigo estando embarazada.
Entro en la cocina y veo que está rebuscando en los armarios como un poseso. Con los brazos en
alto, su espalda aún parece más ancha. Lleva un polo blanco que acentúa sus músculos, y la vasta
extensión de los mismos hace que me den ganas de pellizcarme para confirmar que es real. Sonrío. Es
de carne y hueso y es todo mío.
—¿Qué haces? —pregunto haciéndome un moño en lo alto de la cabeza.
Se vuelve y me mira, alarmado.
—No queda mantequilla de cacahuete.
—¿Qué? —suelto una carcajada al verlo tan agobiado—. ¿No hay mantequilla de cacahuete?
—¡No tiene gracia! —Cierra la puerta del armario de golpe, abre la nevera y rebusca entre un
sinfín de botellas de agua—. ¡¿A qué coño juega Cathy?! —ruge para sí.
No puedo evitarlo. Me parto de la risa. Una persona normal no se comporta así. No es que le
guste, es que es adicto a la mantequilla de cacahuete. Mi señor es adicto a la mantequilla de cacahuete
y es posible que le dé un ataque si no se toma pronto su dosis. Me estoy muriendo de la risa cuando
oigo que cierra la puerta de la nevera. Enderezo la espalda y no consigo borrar la sonrisa de mi cara.
Tengo que morderme el labio para no soltar una carcajada.
—¿De qué te ríes? —inquiere mirándome de muy mal humor.
—¿A qué vienen tantas ansias de comer mantequilla de cacahuete? —pregunto lo más
rápidamente que puedo para volver a morderme el labio.
Se cruza de brazos. Sigue de mal humor.
—Me gusta.
—¿Te gusta?
—Sí, me gusta.
—Pues estás histérico, no parece que sólo te guste. —Se me escapa el labio de entre los dientes.
No puedo contener la risa más tiempo.
—No estoy histérico —me discute medio riéndose—. No es para tanto.
—Ya. —Me encojo de hombros sin dejar de reír. ¡Si le va a dar algo!
Atraviesa la cocina y se me acerca. Abre unos ojos como platos cuando me ve las piernas.
—¿Qué es eso? —farfulla.
Me miro y luego miro sus sorprendidos ojos verdes.
—Son unos pantalones cortos.
—Querrás decir unas bragas.
Me echo a reír nuevamente.
—No, quiero decir pantalones cortos. —Me subo los bajos de los pantalones cortos vaqueros—.
Si fueran unas bragas, serían así.
Traga saliva al tiempo que estudia la prenda ofensora.
—Paula, mujer, sé razonable.
—Pedro —suspiro—, ya te lo he dicho: si lo que quieres son faldas largas y suéteres de cuello
vuelto, búscate a alguien de tu edad.
Me arreglo los shorts y me arrodillo para atarme los cordones de mis Converse haciendo caso
omiso de los gruñidos y los bufidos que emite mi hombre imposible.
—Tal vez me bañe en la piscina de La Mansión —suelto de pronto. Lo miro y su expresión
gruñona pasa a ser de terror absoluto.
—¿En biquini?
Me río.
—No, en mono de esquí. Pues claro que en biquini. —Estoy tentando mi suerte y lo sé.
—Lo estás haciendo a propósito.
—Me apetece nadar.
—Y a mí me apetece estrangularte. ¿Por qué me haces esto?
—Porque eres un capullo imposible y tienes que relajarte. Puede que tú seas un vejestorio, pero
yo sólo tengo veintiséis años. Deja de comportarte como un troglodita. ¿Qué pasaría si nos fuéramos
de vacaciones a la playa?
—Pensaba que iríamos a esquiar. —Ahora es él quien se burla de mí—. Podría enseñarte lo bien
que se me dan los deportes extremos.
Sonrío cuando repite lo que dijo la primera vez que nos vimos. Luego me abalanzo sobre su
cuerpo y hundo la nariz en su cuello.
—Hueles a gloria.
Inhalo su delicioso aroma mientras me lleva al coche. Con los pantalones cortos puestos.
Llegamos a La Mansión. Me abre la puerta del coche y tira de mí por la escalera de la puerta de
entrada y por el vestíbulo. Oigo las lejanas conversaciones del bar y sonrío al ver a John acercarse a nosotros. Sigue siendo enorme, y da mucho miedo.
—Paula, ¿te apetece nadar? —masculla Pedro cuando John se une a nosotros y echa a andar a la
misma velocidad que él. Yo casi tengo que correr para poder seguirlos.
El grandullón me mira con las cejas enarcadas.
—¿Te apetece, muchacha?
Asiento.
—Hace calor.
La sonrisa que le cruza la cara me dice que sabe perfectamente lo que me traigo entre manos. Sí,
voy a intentar quitarle las manías a mi hombre imposible, y éste es el lugar perfecto para empezar: el
paraíso sexual de mi señor, donde la piel desnuda es el pan nuestro de cada día. No pienso
despelotarme y pasearme por ahí para que me vea todo el mundo. Empezaré por darme un baño en
biquini, uno recatado. Si es capaz de soportarlo aquí, lo soportará en cualquier parte.
Pasamos junto al bar y encontramos a Sam. No le veo la cara, pero está tirado en un taburete y
está claro cómo se siente. Mi mejor amiga es idiota. Está huyendo de algo bueno sólo para retomar
algo muy, muy malo. Puede que Sam la haya arrastrado al lado oscuro, pero no se merece que lo trate
así.
Cuando entramos en la oficina de Pedro, él me suelta la mano y se va directo a la nevera. Coge un
tarro de mantequilla de cacahuete, desenrosca la tapa y sumerge todo un dedo. John ni parpadea, se
sienta en la silla opuesta a la de Pedro mientras yo observo con una sonrisa en el rostro. Se dirige a su
silla y se sienta, se mete el dedo en la boca y suspira. ¿Le gusta?
—¿Cómo va todo? —le pregunta Pedro a John con el dedo en la boca.
—La cámara tres está fuera de combate. La compañía de seguridad va a venir a arreglarla.
John se revuelve en su asiento y se saca el móvil del bolsillo.
—Voy a llamarlos —dice. Luego teclea en el teléfono, se lo lleva al oído, se levanta y camina
hasta la ventana.
—Nena, ¿estás bien? —me pregunta Pedro. Parece preocupado.
—Sí, muy bien. —Caigo en la cuenta de que estoy de pie en la puerta de su despacho, así que me
acerco a la mesa y me siento en la silla que hay junto a la de John—. Sólo estaba soñando despierta.
Vuelve a meterse los dedos en la boca.
—¿Con qué soñabas?
Sonrío.
—Nada. Estaba viendo cómo devorabas tu mantequilla de cacahuete.
Mira el tarro y pone los ojos en blanco.
—¿Quieres?
—No. —Arrugo la nariz, asqueada, y se echa a reír. Le brillan los ojos y se le marcan las patas de
gallo cuando cierra el tarro y lo deja sobre su mesa. Ya se ha tomado su dosis—. ¿Qué tal está Sam?
—Hecho una mierda. No quiere hablar del tema. ¿Y Kate?
—No muy bien. —Es verdad, no está bien.
—¿Qué te ha dicho? ¿Por qué ha cortado con él?
Me encojo de hombros intentando disimular.
—Creo que por este sitio. —Me resisto al impulso de sentarme sobre las manos. No me atrevo a
mencionar a mi hermano—. Seguro que es lo mejor.
Él asiente, pensativo.
—¿Quieres ir a nadar o prefieres quedarte conmigo?
Sé lo que quiere oír.
—¿Tú qué vas a hacer? —pregunto mirando las montañas de papeles que tiene sobre la mesa.
Nunca la había visto tan desordenada, y sé por qué. Sarah ya no está. No obstante, no voy a sentirme ni
un pelín culpable. Me da igual que parezca que ha caído una bomba en la mesa de Pedro.
Él también mira las montañas de papeles y da un suspiro.
—Esto es lo que voy a hacer. —Ojea una de las montañas.
—¿Por qué no contratas a alguien?
—Paula, las cosas no son tan sencillas en este tipo de trabajo. Tienes que conocer a alguien y
confiar en él. No puedo llamar a la oficina de empleo y pedirles que envíen a alguien que sepa escribir
a máquina.
Vale, ahora me siento un poco culpable. Tiene razón. Estamos hablando de personas de la alta
sociedad, con trabajos importantes, de responsabilidad. pedro me ha contado que investigan las
cuentas, el historial médico y criminal de la gente. Imagino que la confidencialidad es importante.
—Yo puedo ayudar —me ofrezco de mala gana, aunque no sabría ni por dónde empezar. Verlo
tan abrumado por la cantidad ingente de papeles me está haciendo sentir muy culpable.
Me mira, perplejo.
—¿De verdad?
Me encojo de hombros y cojo el primer papel que pillo.
—En los ratos libres.
Echo un vistazo al texto y retrocedo. Es un extracto bancario. Al menos, eso creo. Los dígitos
parecen más bien números de teléfono internacionales, así que podría ser una factura telefónica. Lo
miro y veo que sonríe.
—Somos muy ricos, señora Alfonso.
—¡La madre que me trajo!
—Paula...
—Lo siento, pero... —Intento concentrarme en todas las cifras pero no puedo—. Esto no debería
estar danzando por la mesa de tu despacho, Pedro. —Aparece el número de su cuenta y todo—. Un
momento... ¿Sarah se encargaba de tus finanzas?
—Sí —dice tan tranquilo.
Se me ponen los pelos como escarpias. No me fío de esa mujer.
—¿Sabes dónde tienes el dinero? ¿Cuánto tienes? —inquiero dejando el papel sobre la mesa.
—Sí, mira —dice cogiendo el papel, y señala con el dedo—. Esto es lo que tengo y está en este
banco.—
¿Sólo tienes una cuenta? ¿No tienes cuenta de empresa, de ahorro, de pensiones?
Me mira un poco asustado, casi molesto.
—No lo sé.
Lo observo, boquiabierta.
—¿Ella se encargaba de todo? ¿Llevaba todas tus cuentas?
La idea no me gusta un pelo.
—Ya no —gruñe tirando el papel sobre la mesa—. ¿Me vas a ayudar? —Vuelve a sonreír.
¿Cómo no voy a ayudarlo? Este hombre es rico y no tiene ni idea de cómo ni dónde guardan su
dinero.—
Sí, te ayudaré.
Cojo una pila de papeles y empiezo a estudiarlos, pero me doy cuenta de una cosa que me
preocupa. Levanto la cabeza y veo que Pedro me mira la mar de contento.
—He dicho que te ayudaré, eso es todo. En los ratos libres, Pedro.
Quiere que sustituya a Sarah.
Mis palabras le caen como un jarro de agua fría.
—Pero sería la solución ideal.
—¡Para ti! ¡La solución ideal para ti! Yo tengo una carrera. ¡No voy a dejarla para venir aquí
todos los días a encargarme de tu papeleo!
Qué cabrón. Quiere que sustituya a Sarah y me convierta en su secretaria. ¡De eso, nada!
—Además... —Dejo la pila sobre la mesa y me pongo de pie—. Yo no sé manejar un látigo, así
que no creo estar lo bastante cualificada. —No sé por qué he dicho eso. No era necesario y ha sido de
mal gusto.
Se queda de piedra y veo que se reclina en su sillón con una mezcla de incredulidad y enfado.
—Eso ha sido muy infantil, ¿no te parece?
—Perdona. —Cojo mi bolso—. No ha sido a propósito.
John vuelve con nosotros y rompe el incómodo silencio.
—Estarán aquí dentro de una hora —anuncia al tiempo que se guarda el teléfono en el bolsillo—.
Antes de que se me olvide, otros tres socios han solicitado cancelar su suscripción.
Pedro arquea las cejas, siente curiosidad.
—¿Tres?
—Tres —confirma John de camino a la puerta—. Tres mujeres —añade saliendo del despacho.
Pedro apoya los codos sobre la mesa y hunde la cara entre las manos. Me siento fatal. Suelto el
bolso, camino hasta él, hago que se recline en el respaldo y me siento encima de la mesa, frente a él.
Me observa y se muerde el labio.
—Yo me encargaré de esto —digo señalando los papeles que hay por todas partes—. Pero tienes
que contratar a alguien. Es un trabajo a tiempo completo.
—Ya lo sé. —Me coge los tobillos y tira para que apoye los pies en sus rodillas—. Ve a nadar.
Yo voy a ponerme con esto, ¿vale?
—Vale —asiento. Escruto su rostro y él me observa atentamente.
—Adelante, mi preciosa mujer. Suéltalo —dice sonriendo.
—Quieren dejar de ser socias porque ya no estás disponible para fo... —Me muerdo la lengua—.
Para acostarte con ellas.
Es algo que me hace tremendamente feliz, y salta a la vista.
—Eso parece —contesta mirándome con recelo—. Y veo que mi mujer está encantada.
Me encojo de hombros pero no puedo ocultar lo feliz que me hace la noticia.
—¿Cuál es la proporción de hombres y mujeres?
—¿Socios?
—Sí.
—Treinta, setenta.
Me quedo boquiabierta. Recuerdo que Pedro dijo que había unos mil quinientos socios. Eso son
mil mujeres detrás de mi marido.
—En fin —intento olvidar mi estupor—, es posible que tengas que convertir La Mansión en un
club para gays.
Se echa a reír y me quita los pies de la mesa.
—Vete a nadar.
Los vestuarios están vacíos. Me pongo el biquini, me quito el diamante, vuelvo a recogerme el
pelo y meto mis cosas en una taquilla de madera de nogal. No he usado nunca el spa ni las
instalaciones deportivas, pero me han dicho que no está permitido nadar desnudo, así que voy a
estrenarlas y a poner a Pedro a prueba al mismo tiempo. Paseo por la zona en busca de alguna señal de
vida, pero todo está vacío. Es domingo y la hora de comer. Pensaba que a estas horas era cuando los
socios disfrutaban de esta parte de La Mansión.
Entro en el enorme edificio de cristal. Los jacuzzis, la piscina y el solárium están vacíos. Está
todo tan tranquilo que hasta da repelús. Lo único que se oye es el sonido de las bombas de agua. Dejo
mi toalla en una tumbona pija de madera, me meto en el agua y suspiro. Está tibia. Maravilloso. Bajo
los escalones y empiezo a nadar hasta el otro lado de la piscina.
Estoy disfrutando de la paz y la tranquilidad y sigo nadando un largo detrás de otro. Nadie se
acerca, nadie viene a bañarse en los jacuzzis y nadie se tumba en el solárium. Entonces oigo
movimiento y me detengo a mitad de un largo para ver quién aparece por la entrada de los vestuarios.
Mis ojos van del de mujeres al de hombres hasta que aparece Pedro con un bañador negro puesto. Se
me cae la baba al verlo y me ciega con su sonrisa antes de tirarse de cabeza al agua, sin apenas
salpicar ni hacer ruido. Yo estoy flotando en el centro de la piscina y observo cómo su cuerpo esbelto
se me acerca bajo el agua hasta que lo tengo delante, pero permanece sumergido.
Luego me coge por el tobillo, chillo y tira de mí para meterme bajo el agua. Sólo he podido coger
un poco de aire antes de desaparecer, y cierro los ojos. Sus labios atrapan los míos, me rodea con los
brazos, nuestras pieles resbalan la una contra la otra y nuestras lenguas bailan, salvajes.
Esto es muy bonito, pero se me da de pena aguantar la respiración, y él, que lleva más tiempo que
yo sumergido, también debe de necesitar oxígeno. Lo pellizco para indicarle que me he quedado sin
aire y mis pulmones le dan las gracias a gritos cuando emergemos. Mis piernas siguen rodeando su
cintura y mis brazos hacen lo propio con sus hombros. Intento recuperar el aliento y abrir los ojos y,
cuando lo consigo, una enorme sonrisa picarona me da la bienvenida. Sé que no llega al fondo, así que
debe de estar agitando las piernas como un loco para poder mantenernos a flote. Aunque nadie lo diría.
Y eso si es que está moviendo las piernas, porque parece que flota sin esforzarse.
Le aparto el pelo mojado de la cara y le devuelvo la sonrisa.
—Has cerrado la piscina.
—No sé de qué me hablas. —Se me echa a la espalda y empieza a nadar hacia un lateral—. No
suele haber nadie a estas horas.
—No te creo —replico apoyando la mejilla en su hombro—. No podías soportar que nadie me
viera en biquini. Confiésalo.
Conozco de sobra a mi señor.
Llegamos al borde de la piscina y me pone con la espalda contra la pared.
—Me encanta imaginarte en biquini.
—Pero sólo para tus ojos.
—Ya te lo he dicho, Paula. No te comparto con nada ni con nadie, ni siquiera con sus ojos.
Desliza las manos por mis costados, hasta mis caderas.
—Sólo puedo tocarte yo —susurra, y no puedo evitar apretarlo con los muslos cuando me besa
con dulzura antes de observarme con atención—. Sólo para mis ojos.
Desliza un dedo por el interior de la parte de abajo de mi biquini y contengo la respiración
cuando me acaricia.
—Sólo para darme placer a mí, nena. Sé que lo entiendes.
—Sí. —Me recoloco bajo su cuerpo y le paso los brazos por los hombros.
—Muy bien. Bésame.
Me lanzo a por su boca y le demuestro mi gratitud con un beso largo, apasionado y ardiente que
nos hace gemir a ambos. Me sujeta por la cintura con sus grandes manos y nos besamos durante una
eternidad en la piscina, solos él y yo, ahogándonos el uno en el otro, consumiéndonos, amándonos.
Todo lo que sucede entre nosotros es el resultado del amor, fiero y a veces venenoso, que
compartimos. Nos deja tontos, nos empuja a comportarnos de forma irracional e imprevisible. En
realidad, estamos más o menos igual de locos, aunque puede que yo lo haya superado. La verdad es
que siento que me he vuelto loca. Lo que estoy planeando me sitúa en esa categoría. Y si descubre lo
que la loca de su mujer está planeando, no me cabe duda de que lo dejaré al borde de perder la razón.

GRACIAS POR LEER!! 


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