La sensación de vacío es inevitable. La sensación de miseria y desolación, también. No obstante, no
esperaba el abrumador sentimiento de culpa. He luchado contra las punzadas aquí y allá, cuando lo
tenía delante, derrotado, pero ahora me consume. Y estoy furiosa por sentirme así. El no haberme
hecho la ecografía aún también me está volviendo loca.
Es viernes, el cuarto día sin Pedro. Mi semana ha sido una tortura, y sé que la cosa no va a
mejorar nunca. Se me está partiendo lentamente el corazón. Las grietas son más profundas cada día
que pasa, y sé que probablemente dejaré de ser funcional. Estoy a punto. Aunque lo que más me duele
es la falta de contacto, el no saber si él se está ahogando en vodka, lo que significa también que se
está ahogando en mujeres. Salto de mi mesa y corro al cuarto de baño. Vomito al instante pero no
creo que sean náuseas matutinas o náuseas a cualquier hora del día. Es la pena.
—Paula, deberías irte a casa. Llevas mala toda la semana. —La voz preocupada de Sally me
llega desde el otro lado de la puerta del baño.
Me levanto con un suspiro, tiro de la cadena, salgo y me lavo la cara y las manos.
—Un maldito virus anda suelto —murmuro.
Contemplo la falda lápiz de color gris y la blusa negra de Sal. Se ha transformado por completo.
Las faldas rectas sosas y las camisetas de cuello alto son un recuerdo lejano. No se lo he preguntado
pero, a juzgar por el nuevo vestuario, su vida amorosa va viento en popa.
—¿Sigues saliendo con aquel chico que conociste en internet? —pregunto. No sé su nombre, así
que no sé cómo llamarlo.
—¿Mick? —se ríe—. Sí.
—¿Y marcha bien? —Me vuelvo y me apoyo en el lavabo. Se pone como un tomate, baja la
vista y se arregla la coleta.
—¡Sí! —chilla, y me da tal susto que doy un brinco—. Es el hombre perfecto, Paula.
Sonrío.
—¿A qué se dedica?
—No sé, a un rollo profesional. Ni siquiera intento entenderlo.
Me echo a reír.
—Me alegro. —Iba a añadir que fuera ella misma, pero creo que es un poco tarde. Desde luego,
ya no es la Sal de antes. Mi teléfono grita entonces desde mi nueva mesa—. Disculpa, Sal —digo, y
la dejo delante del espejo retocándose el carmín.
Me acerco a mi mesa nueva de madera en forma de ele y procuro ignorar la decepción que
siento porque no es Angel. Lo que no consigo ignorar es la exasperación que me entra cuando veo
que la que llama es Ruth Quinn, mi clienta entusiasta a la que le he dedicado demasiado tiempo esta
semana.
—Hola, Ruth.
—Puala, parece que todavía te encuentras mal.
Lo sé. Probablemente también tenga un aspecto horrible.
—Me encuentro mucho mejor, Ruth. —Eso es porque acabo de vaciar el contenido de mi
estómago otra vez.
—Me alegro; ¿podemos reunirnos? —De pronto, ya no parece estar muy preocupada por mí.
—¿Es que hay algún problema? —pregunto esperando que no lo haya. Estoy intentando que este
proyecto vaya como la seda porque, aunque Ruth parece muy maja, sé reconocer a un cliente
quisquilloso cuando lo veo.
—No, sólo quiero aclarar unas cosas.
—Eso podemos hacerlo por teléfono —propongo.
—Preferiría que nos viéramos —insiste.
Me encojo en mi silla. Era de esperar. Siempre prefiere que nos veamos. Le va a llegar una
factura astronómica. Una hora por aquí, dos horas por allá, se va a gastar más dinero en verme que en
pagar las obras.
—Hoy —añade.
Me encojo aún más con un gruñido. No voy a terminar mi semana de mierda con Ruth Quinn.
Prácticamente la empecé con Ruth el martes y tuvimos un encuentro a media semana el miércoles.
¿Acaso se cree que es mi única clienta? No me importaría, pero es que se pasa diez minutos
aclarando cosas que ya habíamos aclarado y luego se tira una hora sirviéndome tazas de té y tratando
de convencerme de que salgamos de copas.
—Ruth, de verdad que hoy no puedo.
—¿No puedes? —parece molesta.
—¿El lunes? —¿Por qué habré dicho eso? Voy a empezar la semana con Ruth Quinn otra vez.
—El lunes, pues. ¿A las once?
—Vale. —Paso las páginas de mi agenda y anoto la cita.
—Estupendo —responde. Ya vuelve a ser la Ruth animada de siempre—. ¿Tienes planes para
el fin de semana?
Dejo de escribir. De repente estoy muy incómoda. No tengo planes para el fin de semana, salvo
pasarlo con mi corazón roto, pero antes de que pueda pensar en una respuesta, abro la boca y digo:
—No gran cosa.
—Yo tampoco. —Va a hacerlo otra vez, lo sé—. ¡Deberíamos salir a tomar unas copas!
Mi frente golpea la superficie de la mesa. O no puede o no quiere captar la indirecta. Levanto la
cabeza, que pesa como el plomo.
—Ruth, la verdad es que voy a pasar el fin de semana con mis padres en Cornualles. No es gran
cosa.
Se ríe.
—¡Que no te oigan tus padres!
Me obligo a reírme con ella.
—No lo harán.
—Disfruta del fin de semana, aunque lo pases con tus padres y no sea gran cosa. Nos vemos el
lunes.—Gracias, Ruth. —Cuelgo y miro el reloj. Dentro de una hora podré irme.
Estoy molida cuando llego al apartamento de Kate. Subo por la escalera y me meto en la cocina.
Abro la nevera y me encuentro con una botella de vino. Me quedo mirándola. No sé cuánto tiempo
me paso así. Cuando oigo una voz conocida aparto la vista. Me vuelvo y veo a mi amiga, pero ésa no
es la voz que ha llamado mi atención. Entonces entra Dan. Los dos parecen más culpables que el
pecado.
—¿Qué pasa? —pregunto cerrando la puerta de la nevera.
Kate parpadea pero no dice nada. Mi hermano no se corta.
—No es asunto tuyo —me espeta.
Rodea la cintura de Kate con el brazo y le da un beso en la mejilla. Es la primera vez que lo veo
o hablo con él desde la boda, y no parece que vaya a ser un feliz reencuentro. Frunce el ceño.
—¿Qué tal si te pregunto a ti lo que pasa? ¿Qué haces aquí?
Me quedo petrificada y miro a Kate con unos ojos como platos. Ella niega con la cabeza de
forma imperceptible. No se lo ha contado.
—Quería pasarme por aquí un rato después del trabajo —digo volviendo a mirar a Dan—.
¿Cuándo regresas a Australia?
—No lo sé. —Se encoge de hombros y pasa de mi pregunta—. Me voy.
—Adiós —siseo dando media vuelta y abriendo la nevera para coger la botella de vino.
No debería hacerlo, dado el estado de mis propios asuntos, pero no puedo evitar meterme. Kate
se está buscando problemas y mi hermano me cae cada día peor. Nunca pensé que me gustaría verlo
desaparecer. Ignoro el intercambio de adioses que se está produciendo detrás de mí y me centro en
servirme un vaso de vino.
Para cuando me he bebido la mitad, oigo pasos en la escalera y me vuelvo hacia mi estúpida
amiga pelirroja.
—¿Es que se te ha ido la olla? —le espeto agitando el vaso en su dirección.
—Probablemente —masculla sentándose en una silla y haciéndome un gesto para que le sirva
vino—. ¿Qué tal te encuentras?
—¡Bien! —Cojo otro vaso, le sirvo y se lo dejo en la mesa—. Te estás metiendo en una buena.
Se mofa y le da un trago rápido.
—Paula, ¿no deberíamos plantear bien la situación? Tú eres la que lleva casada menos de una
semana, ha dejado a su marido y está preñada.
Me achico ante su crudeza y entonces ella mira el vaso que tengo en la mano. Me pongo a la
defensiva.
—Sólo estoy de unas semanas. Algunas mujeres no lo saben hasta que están de tres meses. —
Intento mitigar la culpa que me reconcome por dentro.
Se levanta, se sienta en la encimera y enciende un pitillo.
—Un par de copas no te harán daño, y tampoco importa —dice abriendo la ventana de la cocina
y apoyándose en el borde.
—¿Tampoco importa? —Frunzo el ceño y bebo, un poco reticente.
—Bueno, te vas a deshacer de él, ¿no? —me espeta mirándome con las cejas enarcadas.
Sus palabras son tan insensibles que me hieren, pero sigo bebiendo. Creo que estoy más en
negación que nunca.
—Sí —farfullo dejándome caer en una silla. Tengo la cabeza en otra parte.
—¡Venga! —El tono asertivo de Kate me saca de mi ensimismamiento—. ¡Vamos a salir!
—¿En serio? —Es lo último que me apetece hacer.
—Sí. No voy a dejar que te quedes aquí lloriqueando ni un segundo más. ¿Te ha llamado? —Le
da una calada al cigarrillo y me mira expectante.
Ojalá pudiera decir que sí.
—No.
Aprieta los labios y sé que ella también piensa que es extraño.
—Date una ducha. Nos vamos de copas, en plan tranquilo. Pero sólo una o dos. —Mira mi vaso
—. Aunque imagino que tampoco importa.
—No creo. —Niego con la cabeza. Lo que acaba de decir es la puntilla. Suspira y apaga el
cigarrillo en la ventana antes de cerrarla y bajarse de la encimera.
—Venga, Paula. Hace semanas que no salimos juntas. Nos tomamos una copa, charlamos un rato
de otra cosa que no sea ni Pedro, ni Sam, ni Dan. Solas las dos, como en los viejos tiempos, antes de
que los hombres se interpusieran entre nosotras. —Se refiere al período entre Matias y Pedro. Nos lo
pasamos muy bien durante esas cuatro semanas, antes de que el señor de La Mansión del Sexo
pusiera mi vida patas arriba.
—Vale. —Me levanto de la silla—. Tienes toda la razón. Lo único que consigo quedándome en
casa es llenarme la cabeza de tonterías. Iré a arreglarme.
—¡Fabuloso!
—Gracias por no contarle a Dan por qué estoy aquí.
Me sonríe y vamos a arreglarnos para salir a tomar una copa y charlar.
No se me va de la cabeza. Estoy haciendo lo posible por ponerlo en segundo plano, pero cuando
entramos en el Baroque y la primera persona a la que veo es Jay, el portero, me rindo. Me frunce el
ceño al pasar y deja de hablar con el otro portero, pero yo me dirijo al bar sin decirle nada al cabeza
rapada, que evidentemente siente curiosidad.
—¿Vino? —pregunta Kate abriéndose paso hacia la barra.
—Sí, por favor. —Escaneo nuestro garito preferido y no tardo en ver a Tom y a Victoria. Ni
siquiera me siento mal por la decepción que me invade al verlos aquí. Le doy a Kate un golpecito en
el hombro y ella se vuelve—. ¿Sabías que iban a estar aquí?
—¿Quiénes? —me pregunta.
Señalo con la cabeza a mi amigo gay y a mi colega insolente y un poco tonta. Están bailando. No
tienen ni idea de lo que está ocurriendo en mi vida.
—Barbie y Kent —respondo secamente.
Ella pone los ojos en blanco, no los había visto.
—¡Me encanta ese vestido! —canturrea Tom acariciándome la cintura.
Miro el vestido ajustado de punto que me ha prestado Kate.
—Gracias —digo aceptando la copa que me pasan por encima del hombro de Kate—. ¿Estás
bien? —le pregunto a Victoria.
Se atusa el pelo y se lo recoge sobre un hombro.
—Fantástica.
Anda. Ni genial, ni bien. Está fantástica.
—¿Tanto? —pregunto deseando que me pase un poco.
—Sí, tanto. —Se echa a reír.
—Está enamorada de nuevo. —Tom le da un codazo y la rubia guapa le lanza una mirada
asesina.
—No es verdad, y mira quién fue a hablar, ¡el adicto a los hombres!
Tom parece sorprendido y, por primera vez en días, me estoy riendo. Qué bien sienta. Kate se
une a nosotros y, al no haber mesas libres, nos quedamos de pie cerca de la barra, charlando. Sigo
teniéndolo en mente, pero mi astuta amiga sabe cómo distraerme.
Hasta que lo veo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario